Vis a vis: “Ninfeta” de García Ponce y “Silvia” de Cortázar

Ago 26 • destacamos, principales, Reflexiones • 8878 Views • No hay comentarios en Vis a vis: “Ninfeta” de García Ponce y “Silvia” de Cortázar

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La sensualidad y provocación de Lolita, personaje central de la célebre novela de Vladimir Nabokov, fue retomada por Juan García Ponce y Julio Cortázar, desde la realidad ficcional, en el caso del mexicano, y desde el origen del deseo inasible, en el caso del argentino. Presentamos un adelanto de Territorio Lolita (Alfaguara), la más reciente obra de Ana Clavel, que comenzará a circular en septiembre

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POR ANA CLAVEL

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Tanto el escritor mexicano Juan García Ponce (1932-2003) como el autor argentino Julio Cortázar (1914-1984) desarrollaron en varias de sus obras personajes en el cruce de la infancia y la adolescencia. Pero en particular es en los cuentos “Ninfeta”, del primero, incluido en el volumen Cinco mujeres (1995),1 y “Silvia”, del segundo, incluido en el libro Último round (1969),2 en los que aparecen sendas nínfulas de “fulgor resplandeciente”. Los he elegido para esta sección no sólo por la maestría con que están confeccionados, sino porque entre ambos textos se traza un recorrido que va del arquetipo al estereotipo sin rozar apenas ese territorio aún bastante inexplorado de la interioridad de la nínfula. No es que no existan obras que hayan buscado explorar el océano de turbulencias de la niña-mujer —ahí están, por ejemplo, El amante de Duras o Las vírgenes suicidas de Eugenides, que por haber sido llevadas al cine analizaré en la sección correspondiente—, pero son todavía contados los casos de autores que no hayan caído seducidos por el “fantástico poder” de la Lolita convertida en icono.

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I

De hecho, en el cuento de García Ponce no sólo se hace alusión al concepto tradicional desde el título mismo como una traducción casi literal del inglés (nymphet), sino que en el comienzo de la historia se menciona al autor ruso y a su personaje en una suerte de homenaje-divertimento literario:

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Santiago no había leído a Nabokov, pero sabía qué era una “Lolita”. Del mismo modo, sin conocer a Cervantes más que por el nombre, se dice de alguien “es un Quijote” o se afirma de una intensa pareja de enamorados que son como “Romeo y Julieta”, haciendo una referencia nacida no del conocimiento de Shakespeare sino del reconocimiento del tipo clásico de jóvenes enamorados. A esto se le llama crear un mito. Nada hay de anormal en ello, al contrario: es un mérito, aunque ni Lolita, ni el Quijote, ni Romeo y Julieta, sean normales. Diferencias y simultáneamente similitudes entre la realidad y la literatura.3

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Con una intertextualidad consumada, el autor mexicano sitúa los límites inciertos de lo literario y lo real a través de una realidad ficcional que aquí es más bien metaliteratura, aunque por supuesto tiende puentes con lo real convencional a partir de un tema cada vez más escandaloso en nuestros días: la fascinación que una chiquilla puede despertar en un hombre maduro. Es decir, una Lolita en todo su esplendor. Pero ¿cómo es mirada esta pequeña en la narración de García Ponce?

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Partiendo del hecho de que García Ponce declara desde la primera línea que su relato tiene como subtexto, fundamento, contexto la novela de Nabokov, no es de extrañarse que nos presente un personaje muy apegado al “fenotipo” original: en este caso Enedina, una ninfa de doce años que es observada desde la escoptofilia cada vez más creciente del narrador y protagonista de la historia, Santiago, un hombre maduro que a la sazón es amante de la madre de la pequeña, de nombre Carola. Por principio de cuentas, Enedina rivaliza con su madre por la figura masculina. Tiene apenas nueve años cuando Santiago y Carola comienzan su relación amorosa, pero ya se ufana frente a ella en un gesto ambiguo, que el narrador nos presenta como una mezcla de juego infantil y una voluntad posesiva:

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Enedina le tenía un gran afecto a Santiago. Muchas veces, después de haber estado sentada en las piernas de Santiago y que él la besara con cariño en la mejilla, Enedina le aseguraba, encantada, cuando ella y Carola estaban a solas:

—Santiago me quiere más que a ti.4

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Juego, inocencia o perversidad, comienzan a desplegarse los rasgos característicos del estereotipo de la enfant fatale como en el momento en que Santiago, de ser un hombre que “siempre supuso tener una sexualidad normal”,5 empieza a desarrollar una inclinación por la pequeña ninfa ya de doce años:

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Enedina tenía doce años cuando una enfermedad la obligó a guardar cama y Santiago entraba a visitarla a su cuarto casi todos los días. En la cama, Enedina estaba en camisón. Los camisones eran largos, casi transparentes. Enedina se acostaba sobre las mantas para que Santiago la viese con ellos. Estaba orgullosa de sí misma precisamente por la enfermedad y su indiferencia hacia ella, pero también por su aspecto físico. ¡Cuánto había crecido Enedina! Sus pies descalzos eran seductores, igual que el cuello y los hombros mostrados por el camisón. Ya tenía pechos, pequeños pero muy atractivos. Sus labios, la nariz chica y los ojos negros como el pelo. Santiago, sin darse cuenta de ello, tomando su admiración como algo natural, había empezado a advertir la calidad de “Lolita” encerrada en Enedina. Sin embargo, no lo pensaba. Su admiración era inocente y también sus besos en las mejillas de ella. ¡Nada hay tan peligroso como la inocencia!6

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Conforme nos es presentada por el narrador en tercera persona, Enedina se va mostrando en su creciente belleza e inocencia-perversidad de Lolita típica, es decir cada vez se comporta más como una nínfula seductora. Por su parte, el personaje de Santiago se va abriendo progresivamente a una fascinación que, si bien lo emparenta con Humbert Humbert, surge a partir de que la chiquilla despliega ante él sus atributos y cualidades. Una diferencia sustancial con el cuarentón de la novela de Nabokov que ha sido ninfulómano prácticamente desde muy joven, cuando aún fáunulo conoció a Annabel, su amor de la Riviera francesa, la nínfula que sería el origen de su pasión y el antecedente de Lolita y las otras niñas-mujer que siguieron. En otras palabras, Santiago se hace ninfulómano como resultado de la magia subyugante que irradia la pequeña Enedina.

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¿Era inocente Enedina al mostrarse de una manera tan provocativa para Santiago? Al principio, él ni siquiera se planteaba estas preguntas. Luego, su admiración por la belleza de Enedina fue cada vez más evidente, pero Santiago sólo era consciente de la necesidad de ocultar esta admiración, tanto ante Enedina como ante Carola. Por eso tenía que besarla en la mejilla como de costumbre y visitarla en su cuarto como lo hacía desde que estaba enferma y aun antes cuando Enedina, Santiago lo recordaba perfectamente, dormía en piyamas. Entonces ella empezó a hablarle a Santiago de sus admiradores en la escuela, por supuesto, cuando Carola no estaba presente. ¡Sus pies, el camisón mostrando cada vez más sus piernas o resbalando por uno de sus hombros! Todo era natural; el que no era natural era Santiago. ¡Y su sensualidad, tan natural hasta entonces, se gratificaba con ella! Enedina era la provocadora indirecta y Carola obtenía las satisfacciones directas.7

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A partir de ese momento y de manera creciente, el narrador mantendrá una ambivalencia para mostrarnos la naturaleza pervertida de esta Lolita. A veces con preguntas retóricas, otras con descripciones sensuales que excitan la sensibilidad del lector en las que la dulce y subyugante niña es presentada con una inconciencia-malicia que deja poco a la imaginación y facilita el juicio de valor.

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¿Era culpable Enedina, se daba cuenta de algo? La incertidumbre de Santiago hacía todo más atractivo por un lado y por el otro lo decidía a ser cada vez más audaz. En una ocasión al poner sus manos alrededor de la cintura de Enedina metió una de ellas por debajo de su suéter. ¡La piel de Enedina! Ella dio un breve grito y se separó más bruscamente que nunca de Santiago. El grito y la separación podrían ser tanto de placer como de rechazo.8

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Bella, inocente, atractiva, Enedina se sentó en las piernas de Santiago. Él la acercó enseguida hacia sí. Bajo el short, su erección era descomunal y no podía ser ignorada por Enedina. Las vastas manos de Santiago se posaron en la piel desnuda del estómago de Enedina mientras la besaba una y otra vez en la mejilla, bajo la alarma de Enedina, las miradas temerosas de Manuel [hermano menor de Enedina] y la ignorancia de Carola. Sin poder evitarlo, él bajó sus labios hacia el cuello de Enedina al tiempo que sus manos apretaban su cintura y las pequeñas nalgas de Enedina se movían contra su verga. Estaba ya muy cerca de eyacular cuando Enedina se puso de pie de un salto para besar a su madre en la mejilla. Ella acababa de aparecer sin que la borrosa visión de Santiago advirtiese su presencia.9

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Poco sabemos del mundo interior de esta nínfula. Lo que sabemos de ella —que es caprichosa, juguetona y seductora— nos viene referido desde el punto de vista aparentemente objetivo del narrador en tercera persona, pero en realidad más cercano a las fantasías y deseos del protagonista. Como en la escena en que, de vacaciones en la playa, Enedina entra al cuarto de Santiago para despertarlo y decirle que su madre y su hermano lo esperan para desayunar. Entonces Santiago, atraído por su belleza irremediable, comienza a acariciarla.

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Santiago la miraba sin moverse. Enedina dio unos pasos y se sentó en la cama de él. Ninguno de los dos habló más. Sin pensar en lo que hacía, sin darse cuenta de nada, la mano derecha de Santiago tocó el principio desnudo del hombro de Enedina. Ella no se movió. Tampoco miraba a Santiago, sólo estaba sentada muy cerca de él, en la misma cama. La mano de Santiago entró bajo la blusa y llegó hasta el pequeño pecho de Enedina. Era un contacto esperado y ahora resultaba superior a todo lo esperado. Su mano en el pecho de Enedina; su mano acariciando, palpando ese pecho; su mano llegando hasta el pezón. Se detuvo ahí mucho tiempo, un tiempo interminable, y de pronto se retiró del pezón, del pecho, salió de la blusa y se quedó sobre la sábana. Enedina no se movió. La mano volvió a entrar a la blusa, sin que Enedina dijese nada ni se moviese; su pezón endurecido hablaba por ella. La mano de Santiago tocó también el otro pecho. Otro tiempo interminable mientras pasaba de un pecho al otro y de pronto estaba otra vez fuera sobre la sábana. Enedina seguía sin mirarlo. Entonces se puso de pie de un salto, caminó hasta la puerta y con ella entreabierta volvió a hablar:

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—Nos están esperando, te están esperando.10

Así, al verla aceptar las caricias y contactos furtivos, sin intentar atisbar su muy probable turbación, sorpresa, curiosidad y también su innegable goce, Santiago convierte a Enedina en una Lolita típica: ese ángel demoniaco que ya habíamos visto perfilarse desde el deseo fantasmático del narrador y personaje de la novela de Nabokov, pero allá por lo menos nos llegaba referido desde el tono confesional, en primera persona, de Humbert Humbert, y por ello tamizado y relativizado por su subjetividad deseante. En cambio, el narrador omnisciente de “Ninfeta” está más cerca del punto de vista del ninfulómano adorador y de esta manera embozada, aparentemente “objetiva”, nos define la naturaleza nínfica, dual, de la joven deseada —descartando así su incierto pero no menos rotundo placer, ese que tal vez encuentre su plenitud sin necesidad de ir más allá, como no sucede con el deseo de su cazador:

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El silencio de Enedina todavía más ambiguo. Sin embargo, Enedina no podía ignorar la mano de él en sus pechos, no podía ignorar lo que había pasado. No obstante, parecía ignorarlo. Santiago tenía que esperar. Esperar. Fácil de decir; difícil de hacer con Enedina tan cerca siempre y con tan poca ropa. La contemplación era intensa, pero no le bastaba a alguien tan acostumbrado a la actividad como Santiago. Enedina boca abajo en el petate con el sostén del bikini desabrochado y la frágil espalda a la vista, el breve calzón bajo el que se ocultaban las redondas y pequeñas nalgas, las largas y bien formadas piernas de niña que entraba a la adolescencia, los adorables y delgados pies sin edad, las manos bajo la cabeza, el negro pelo. A veces, Enedina se ponía de perfil un momento y desde la orilla del petate, Santiago podía ver sus delicados párpados cerrados, las largas pestañas, la nariz pequeña, la boca sensual, sensual como todo en ella. Luego Enedina estaba boca arriba y Santiago esparcía arena por su cuerpo. ¿Los movimientos de Enedina durante esta operación querían ser provocativos o sólo eran el resultado natural del inesperado contacto con la arena? ¿Estaban dirigidos a Santiago?11

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Mirada así, esta otra nínfula contemporánea —maestría aparte del autor para mostrárnosla por entero hechizante— se apega al estereotipo consagrado: la inocencia manipuladora, la pequeña femme fatale, capaz de convertir al hombre de sexualidad más “normal” en un enfebrecido adorador, cada vez más cerca del abismo, como cuando Enedina lo invita, jugando, a que la alcance en una carrera al mar:

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La alcanzó en efecto y la tomó desde atrás por la cintura desnuda, apretándola contra sí. Las nalgas de Enedina se pegaban al calzón de baño de Santiago, se movían, él apretaba su cintura y seguía riéndose, aunque las pausas entre carcajada y carcajada eran cada vez más amplias y Santiago dejó al fin de reírse, sujetando con las manos la cintura de Enedina y sintiendo el contacto de sus nalgas sobre su verga. Su eyaculación fue interminable.12

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Es admirable cómo en unas cuantas páginas García Ponce consigue dotar de vida a su nínfula en la línea del mito fundado por Nabokov y del estereotipo reforzado por sus sucesores. Pero lejos del atormentado Humbert que se sabe culpable todo el tiempo, el personaje de García Ponce descarga en la pequeña la responsabilidad de su deseo una vez que es descubierto y confrontado por Carola: “Enedina me provocó todo el tiempo”,13 llega a declarar ante la madre furibunda, a manera de excusa. Tal vez por eso su autor, haciendo gala de un toque maestro intertextual a la novela canónica y en un golpe de singular ironía aleccionadora, permite la muerte de su personaje masculino en estos términos:

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Sonaron tres disparos. Santiago cayó al piso. Si hubiese leído a Nabokov en vez de sólo saber de la existencia de “Lolitas” hubiera sabido también que antes de gozar plenamente de Lolita se debe contar con la ausencia temporal o definitiva de la madre.14

II

Frente a la suerte de divertimento literario en torno al tema de las Lolitas que nos plantea “Ninfeta” de Juan García Ponce, Julio Cortázar nos ofrece una mirada más vaga y menos tipificada de la nínfula en su cuento “Silvia”. La vaguedad de esa mirada se presenta desde la aceptación de que el motivo que da origen al deseo es inasible, no sólo por el hecho de que el deseo sea en sí mismo escurridizo sino porque lo provoca una muchacha intangible como los sueños: Silvia. Aunque el cuento tiene una estructura retrospectiva que se reconstruye desde la memoria, la historia que da origen al recuerdo comienza cuando el narrador, Fernando, un escritor argentino que vive en Francia, visita a un grupo de amigos que lo han invitado a un tradicional “asado” en una casa de veraniego. Ahí, entre las discusiones literarias y las luchas infantiles, lejano al mundo de los adultos y cercano al de los hijos pequeños, en medio de un patio que colinda con el bosque, surge:

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algo que ni siquiera tuvo principio y sin embargo es sobre todo Silvia, esta ausencia que ahora puebla mi casa de hombre solo, roza mi almohada con su medusa de oro, me obliga a escribir lo que escribo con una absurda esperanza de conjuro, de dulce gólem de palabras.15

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Mediante fugaces menciones, poco a poco creemos entender que Silvia es una chica algo mayor que el resto de los niños (Graciela: hija de Raúl y Nora; Lolita y Álvaro: hijos de Javier y Magda; y el más pequeño: Renaud, hijo de Liliane y Jean Borel), que se trata de una joven que juega con los pequeños, los atiende y los cuida. Todo parece indicar que estamos frente a una nínfula, con la edad limítrofe que la sitúa entre la niñez y la adolescencia, tal y como la contempla el narrador la primera vez que la ve:

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Era casi de noche cuando los chicos empezaron a aparecer, limpios y aburridos, primero los de Javier discutiendo sobre unas monedas, Álvaro obstinado y Lolita petulante, después Graciela llevando de la mano a Renaud que ya tenía otra vez la cara sucia. Se juntaron cerca de la pequeña tienda de campaña verde; nosotros discutíamos a Jean-Pierre Faye y a Philippe Sollers, la noche inventó el fuego del asado hasta entonces poco visible entre los árboles, se embadurnó con reflejos dorados y cambiantes que teñían el tronco de los árboles y alejaban los límites del jardín; creo que en ese momento vi por primera vez a Silvia, yo estaba sentado entre Borel y Raúl, y en torno a la mesa redonda bajo el tilo se sucedían Javier, Magda y Liliane; Nora iba y venía con cubiertos y platos. Que no me hubieran presentado a Silvia parecía extraño, pero era tan joven y quizá deseosa de mantenerse al margen, comprendí el silencio de Raúl o de Nora, evidentemente Silvia estaba en la edad difícil, se negaba a entrar en el juego de los grandes, prefería imponer autoridad o prestigio entre los chicos agrupados junto a la tienda verde.16

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A pesar de que la ve a lo lejos, entretenida en maternales labores que la hacen crecer frente a los niños, Fernando queda cautivado por la magia que irradia esta deidad nínfica y cuya aparición entre las sombras de la noche, a la luz del fuego de la fogata, se torna en la revelación de una belleza fulgurante, que invita al pasmo y a la contemplación —pero tal vez una belleza más de niña crecida que de adolescente y por ello el narrador no se atreve a preguntar abiertamente por Silvia y delatarse ante los otros por el deseo desatado.

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De Silvia había alcanzado a ver poco, el fuego iluminaba violentamente uno de los lados de la tienda y ella estaba agachada allí junto a Renaud, limpiándole la cara con un pañuelo o un trapo; vi sus muslos bruñidos, unos muslos livianos y definidos al mismo tiempo como el estilo de Francis Ponge del que estaba hablándome Borel, las pantorrillas quedaban en la sombra al igual que el torso y la cara, pero el pelo largo brillaba de pronto con los aletazos de las llamas, un pelo también de oro viejo, toda Silvia parecía entonada en fuego, en bronce espeso; la minifalda descubría los muslos hasta lo más alto, y Francis Ponge había sido culpablemente ignorado por los jóvenes poetas franceses hasta que ahora, con las experiencias del grupo de Tel Quel, se reconocía a un maestro; imposible preguntar quién era Silvia, por qué no estaba entre nosotros, y además el fuego engaña, quizá su cuerpo se adelantaba a su edad y los sioux eran todavía su territorio natural.17

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En esa primera velada, al calor del vino y la plática literaria con los otros adultos, las intervenciones e interrupciones de los niños le permiten a Fernando fugarse hacia ese otro mundo donde respira la magia de la nínfula, y cada vez sentirse más subyugado por su presencia enigmática:

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Entre los hombros de Magda y de Nora yo veía a lo lejos la silueta de Silvia, una vez más agachada junto a Renaud, mostrándole algún juguete para consolarlo; el fuego le desnudaba las piernas y el perfil, adiviné una nariz fina y ansiosa, unos labios de estatua arcaica (¿pero no acababa Borel de preguntarme algo sobre una estatuilla de las Cícladas de la que me hacía responsable, y la referencia de Javier a Xenakis no había desviado el tema hacia algo más valioso?). Sentí que si alguna cosa deseaba saber en ese momento era Silvia, saberla de cerca y sin los prestigios del fuego devolverla a una probable mediocridad de muchachita tímida o confirmar esa silueta demasiado hermosa y viva como para quedarse en mero espectáculo…18

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Entonces acontece la revelación en sentido contrario, la señal que demarca y separa los territorios de la sordidez y de la magia: como el narrador mismo, nos sorprendemos al enterarnos de que Silvia, desde la mirada de los adultos, es una amiga imaginaria que han inventado los niños. Fernando no puede evitar desconcertarse pues él ha visto innegablemente a la nínfula —y nosotros con él al grado que hemos quedado enganchados con la imagen etérea y hechizante de la joven.

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Del territorio de Silvia, otra vez invisible, vino Graciela la gacelita, la sabelotodo; le tendí la vieja percha de la sonrisa, las manos que la ayudaron a instalarse en mis rodillas; me valí de sus apasionantes noticias sobre un escarabajo peludo para desligarme de la conversación sin que Borel me creyera descortés, apenas pude le pregunté en voz baja si Renaud se había hecho daño.

—Pero no, tonto, no es nada. Siempre se cae, tiene solamente dos años, vos te das cuenta. Silvia le puso agua en el chichón.

—¿Quién es Silvia, Graciela?

Me miró como sorprendida.

—Una amiga nuestra.

—¿Pero es hija de alguno de estos señores?

—Estás loco —dijo razonablemente Graciela—. Silvia es nuestra amiga. ¿Verdad, mamá, que Silvia es nuestra amiga?

Nora suspiró, colocando la última servilleta junto a mi plato.

—¿Por qué no te volvés con los chicos y dejás en paz a Fernando? Si se pone a hablarte de Silvia vas a tener para rato.

—¿Por qué, Nora?

—Porque desde que la inventaron nos tienen aturdidos con su Silvia —dijo Javier.

—Nosotros no la inventamos —dijo Graciela, agarrándome la cara con las dos manos para arrancarme a los grandes—. Preguntales a Lolita y a Álvaro, vas a ver.

—¿Pero quién es Silvia? —repetí.

Nora ya estaba lejos para escuchar, y Borel discutía otra vez con Javier y Raúl. Los ojos de Graciela estaban fijos en los míos, su boca sacaba como una trompita entre burlona y sabihonda.

—Ya te dije, bobo, es nuestra amiga. Ella juega con nosotros cuando quiere, pero no a los indios porque no le gusta. Ella es muy grande, comprendés, por eso lo cuida tanto a Renaud que solamente tiene dos años y se hace caca en la bombacha.

—¿Vino con el señor Borel? —pregunté en voz baja—. ¿O con Javier y Magda?

—No vino con nadie —dijo Graciela—. Preguntales a Lolita y a Álvaro, vas a ver. A Renaud no le preguntés porque es un chiquito y no comprende. Dejame que me tengo que ir.19

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Es ese territorio vago e indeterminado, ambiguo, de la identidad de Silvia, surge la presencia cada vez más perentoria de la nínfula, con atributos y sensualidad también crecientes que influyen en el ánimo del protagonista. El hecho de que sus apariciones sean fugaces y siempre convocadas a partir de la presencia colectiva de los niños, permite a Fernando contemplarla únicamente desde el lado del deslumbramiento, sin posibilidad concreta de interactuar con ella. Como en la segunda ocasión en que niños y padres se reúnen ahora en casa del protagonista, quien ha organizado el convivio con grandes y pequeños con la intención de volver a ver a la muchacha. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos, Silvia no aparece. Cuando el narrador está a punto de darse por vencido, es la pequeña Graciela quien le da noticias de la joven.

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La llevé [a Graciela] hasta la escalera exterior, le mostré el baño y le pregunté si no se perdería para bajar. En la puerta del baño, con una expresión en la que había como un reconocimiento, Graciela me sonrió.

—No, andate nomás, Silvia me va a acompañar.

—Ah, bueno —dije luchando contra vaya a saber qué, el absurdo o la pesadilla o el retardo mental—. Entonces vino, al final.

—Pero claro, sonso —dijo Graciela—. ¿No la ves ahí?

La puerta de mi dormitorio estaba abierta, las piernas desnudas de Silvia se dibujaban sobre la colcha roja de la cama. Graciela entró en el baño y oí que corría el pestillo. Me acerqué al dormitorio, vi a Silvia durmiendo en mi cama, el pelo como una medusa de oro sobre la almohada. Entorné la puerta a mi espalda, me acerqué no sé cómo, aquí hay huecos y látigos, un agua que corre por la cara cegando y mordiendo, un sonido como de profundidades fragosas, un instante sin tiempo, insoportablemente bello. No sé si Silvia estaba desnuda, para mí era como un álamo de bronce y de sueño, creo que la vi desnuda aunque luego no, debí imaginarla por debajo de lo que llevaba puesto, la línea de las pantorrillas y los muslos la dibujaba de lado contra la colcha roja, seguí la suave curva de la grupa abandonada en el avance de una pierna, la sombra de la cintura hundida, los pequeños senos imperiosos y rubios. “Silvia”, pensé, incapaz de toda palabra, “Silvia, Silvia, pero entonces…”.20

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La posibilidad de que sólo se trate de un sueño o una alucinación, cede ante la habilidad narrativa del autor que de golpe nos sitúa ante un plano de realidad inminente y para colmo, seguido del hecho de que la propia Silvia despierta de su ensimismamiento para acudir en ayuda de quien la llama:

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La voz de Graciela restalló a través de dos puertas como si me gritara al oído: “¡Silvia, vení a buscarme”. Silvia abrió los ojos, se sentó en el borde de la cama; tenía la misma minifalda de la primera noche, una blusa escotada, sandalias negras. Pasó a mi lado sin mirarme y abrió la puerta. Cuando salí, Graciela bajaba corriendo la escalera…21

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Así, inaprensible, escurridiza como el reflejo de la luna en una superficie de agua, la nínfula del cuento de Cortázar se vuelve imposible toda vez que ya no volverán a reunirse los cuatro infantes de la historia, como si sólo su pureza e imaginación desbordada tuvieran el poder de convocarla. No debe ser gratuito que la adivinanza final que resuelve Graciela, la sabelotodo, después de varios intentos, sea precisamente la que pudiera orientarnos sobre el simbolismo de un arquetipo femenino por excelencia: “Es la luna. Qué adivinanza más sonsa, che”.

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Y es en este sentido que reconocemos que Silvia camina más propiamente del lado de la femme-enfant surrealista,22 idealizada, inspiradora, redentora. Un hada-mujer de sensualidad y pureza, una suerte de Melusina de “pelo como una medusa de oro”, capaz de vincular la parte racional del hombre con el universo inconsciente de la imaginación creadora. De menor tamaño y edad, inspira el ideal que encarna para André Breton el personaje de Nadja (1928), y para el propio Cortázar el de la Maga (1963).

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Si atendemos a la etimología del nombre (latín: selva) percibimos entonces su vinculación con la deidad de los bosques: Diana, la diosa lunar, aquí en su fase luminosa. De hecho, en la narración, Silvia es contemplada como una deidad resplandeciente y seductora a la que no es posible acceder, sólo avizorar o vislumbrar del mismo modo que se perciben los prodigios o el misterio. Y es desde esta orilla que el personaje de Fernando rememora su encuentro fugaz y su recuerdo persistente.

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Por supuesto, por la temática planteada en términos de cuento fantástico que idealiza la magia de la pequeña deidad —o por lo menos de una narración donde las lindes de la realidad aparente se desdibujan como en otros hermosos relatos del autor—, difícilmente podría incursionarse en la interioridad de la nínfula. De hecho, no es el objetivo de la historia y el cuento mantiene su unidad de efecto como un artefacto que incita a la fascinación en torno a la nínfula etérea, en su calidad de hada, aparición o espejismo, muy lejos del diablillo manipulador de las típicas enfant fatales.

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NOTAS:

1J. García Ponce, Cinco mujeres, México, Conaculta-El Equilibrista, 1995.

2J. Cortázar, Último round, México, Siglo XXI, 19a. ed., 2006, t. I.

3J. García Ponce, Cinco mujeres, p. 9.

4Ibídem, p. 11.

5Ibídem, p. 9.

6Ibídem, pp. 12-13.

7Ibídem, p. 13.

8Ibídem, p. 15.

9Ibídem, pp. 23-24.

10Ibídem, pp. 24-25.

11Ibídem, pp. 25-26.

12Ibídem, pp. 27-28.

13Ibídem, p. 29.

14Ídem.

15J. Cortázar, Último round, pp. 173-174.

16Ibídem, pp. 177-178.

17Ibídem, pp. 178-179.

18Ibídem, p. 180.

19Ibídem, pp. 180-183.

20Ibídem, pp. 189-190.

21Ibídem, p. 190.

22 Alicia H. Puleo, Dialéctica de la sexualidad. Género y sexo en la filosofía contemporánea, Madrid, Ediciones Cátedra-Universitat de València, 1992.

ILUSTRACIONES: EKO

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