Collins y Vengerov: dos niños prodigio de visita en México

Jun 24 • Miradas, Música • 1343 Views • No hay comentarios en Collins y Vengerov: dos niños prodigio de visita en México

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Las recientes presentaciones del clarinetista Michael Collins y el violinista Maxim Vengerov son la muestra de comunión sonora con el conjunto lo que los coloca como referentes de sus instrumentos

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POR IVÁN MARTÍNEZ 

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La Ciudad de México recibió en semanas recientes a dos súper solistas de quienes bien podría decirse que comparten trayectoria. Ambos llegaron con cierta madurez, en plenitud de sus facultades técnicas y expresivas y una consolidación artística inigualable y sobre todo personal, digamos en plenitud, pero antes que eso, ambos pasaron de ser niños prodigio a –se diría de mala leche– aburrirse de su instrumento, tomar caminos no siempre convenientes en el campo de la dirección orquestal, pasar por momentos que no siempre han sido bienvenidos estéticamente por la mayoría y ahora encontrarse con nuevos bríos de excepcional esplendor para continuar siendo referentes de lo más alto en sus respectivos instrumentos. Me refiero al clarinetista británico Michael Collins y al violinista ruso Maxim Vengerov.

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Collins lo hizo principalmente para ejecutar el Concierto para clarinete y orquesta (1977) de John Corigliano al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional. Los escuché el viernes 26 de mayo y, como había sucedido meses atrás con la Primera sinfonía del mismo compositor, salí conmovido y emocionado, no sólo porque las dos obras contengan elementos de lirismo estremecedor y compartan ese dramatismo al más profundo estilo trágico, fúnebre, de características lo mismo intelectuales que sentimentales a los que suele recurrir este autor. No. Lo hice por el virtuosismo de Collins, un virtuosismo que no se limita a la perfección y claridad con que pronunció las cadencias del primer movimiento, a la musicalidad grandiosa de sonido y fraseo en el segundo o a la precisión y la fuerza de sus articulaciones del tercero, sino que va a la capacidad de articular un discurso claro, evidente. En medio de la sonoridad de extremos, dirección en el mensaje.

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Pero también porque me pareció haber presenciado una velada de esas, como pocas pero que las hay, memorables de este ensamble y una de las mejores actuaciones de su director titular, Carlos Miguel Prieto, quien ha encontrado en el repertorio estadounidense una veta que, al entenderla en lo más profundo y organizarla con tal exactitud milimétrica cuando es necesaria –como el caso de estas dos obras–, le ha brindado estéticamente y a nivel de público mucho éxito.

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Esa pasión la ha ido compartiendo con sus músicos, quienes ahora como en aquella ocasión, brindaron a la obra un excepcional compromiso: de la ternura poderosa con que la concertino Shari Mason acompañó los largos pasajes a dúo con el solista en el segundo movimiento (especialmente emotivos: al ser comisionada la obra por la Filarmónica de Nueva York, el padre del compositor era el concertino de esa orquesta) a la fuerza sonora expresada en los complejos pasajes del tercero por el tutti. Salí, pues, con esa emoción que lo deja a uno palpitando todavía horas después no sólo por el clarinetismo de Collins, sino por el juego virtuoso que le brindó toda la orquesta.

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Otra cosa fue al día siguiente. Como días antes en Guadalajara, Collins ofreció un recital con piano en la Sala Ponce del Palacio de Bellas Artes. Alguien le jugó una mala broma poniéndolo a tocar con el pianista mexicano Mauricio Náder, con quien todo resultó un desastre.

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Es verdad que ambos músicos tocaron a media luz, sin electricidad y un par de celulares del público aluzando el teclado (Collins tocó prácticamente de memoria), pero no radica ahí el problema del pianista, quien si aludiera a esto, no hubiera tocado todas sus notas como sí lo hizo. El problema es estético y de respeto a su compañero. De no poder oírlo. Mientras Collins recurría a la Segunda Sonata de Brahms de manera ortodoxa, el acompañamiento del teclado era más parecido al acompañamiento que se hace de un mal bolero en cualquier sitio de arrabal, desde un pianismo que no puede considerarse menos que vulgar. Antes, no había podido entender las intenciones de su acompañado en el muy conocido Introducción y rondó de Charles Marie Widor y tras el intermedio, tampoco seguirlo atinadamente, ni en el estilo de las Cinco bagatelas de carácter inglés bastante claro de Gerald Finzi y menos en la Sonata de Francis Poulenc, donde el desfase llegó al compás de diferencia.

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El mal sabor se me quitó hasta el pasado domingo 11 de junio cuando apareció, también en Bellas Artes, Maxim Vengerov, acompañado por el pianista Vag Papian. Todo el recital corrió en el mismo tenor y con las mismas características, desde el Scherzo de Brahms (de la sonata conocida como F-A-E, para violín y piano) que no estaba en el programa de mano y la Sonata no. 3, op. 108 también de Brahms con que se completó la primera parte, como en la Sonata de Cesar Frank y el Tzigane de Ravel de la segunda: no fue la interpretación más ortodoxa, de hecho se trató de una lectura bastante libre que me recordó el estilo –que suena a improvisación y que en la práctica suele ser impredecible– del chelista Peter Wispelwey, con las mismas cualidades plausibles: un discurso orgánico, natural, que si se tratara de otro lenguaje artístico se calificaría como “creíble”. Y lo más sobresaliente: con una excepcional comunicación, en comunión sonora, con el pianista, en estilo, en la capacidad de crear un sonido único y propio, en un discurso indivisible.

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FOTO: Maxim Vengerov estuvo acompañado por el pianista Vag Papian./INBA

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