Eso: un cuento de hadas para nuestros tiempos

Oct 21 • destacamos, principales, Reflexiones • 3190 Views • No hay comentarios en Eso: un cuento de hadas para nuestros tiempos

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Las complejidades de esta novela, en la que se basa la actual versión cinematográfica, arrojan luz sobre problemas propios de la sociedad estadounidense. Compendio de horrores, no sólo psíquicos derivados de la intolerancia y una reflexión sobre el drama de ser niño y convertirse en adulto

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POR JOSÉ HOMERO

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La historia es un territorio donde diariamente suceden muchas y distintas acciones pero cuyo paisaje cambia muy poco. La variedad de acontecimientos que constituyen las noticias políticas no inciden demasiado en las estructuras, cuya transformación, como la de la tierra, es lenta, gradual y a menudo sólo perceptible cuando concluye. Esta aparente contradicción entre una vertiginosa sucesión y una variación apenas visible es un enfoque que transformó la disciplina de la historia. Es también el principio que sustenta Eso (It), la célebre novela de Stephen King, hoy otra vez actual no sólo por su nueva adaptación cinematográfica.

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Acaso por ello no sea casual que Michael Hanlon, un historiador diletante, antiguo integrante de la pandilla Los Perdedores y el único que permaneció en la ciudad, sea quien descubra esa cuenta larga como secreto fundador. Mientras que para el observador foráneo y el habitante promedio, Derry es sólo una localidad de mediana población con un elevado número de crímenes y desapariciones –principalmente de niños, adolescentes y jóvenes–, para Hanlon hay un cabo delator: cada veintisiete, veintiocho años se desarrollan ciclos violentos. Comienzan con crímenes o desapariciones aisladas, pronto aumentan ambos delitos y culminan de manera apoteósica con una suerte de festival sangriento donde ocurrieron los grandes desastres y tragedias que marcan el curso del pueblo. Esta frecuencia sería fácilmente discernible para quien consultase los anales y registros. Sin embargo los pobladores persisten en un sopor con respecto a su pasado, acaso porque hay una conciencia superior que domina todo y estimula el olvido, la indolencia de sus habitantes.

Llevada a la pantalla grande y aún en cartelera, la novela de King aborda el drama de la transición a la edad adulta./ ESPECIAL

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La suma de todos los miedos

A pesar de la reducción a que la han sometido las adaptaciones fílmicas –un relato sobre un payaso criminal–, Eso es una novela asombrosamente compleja y no sólo voluminosa. Es a grandes rasgos sí la historia de un monstruo pero es mucho más que eso. Apenas si necesito invocar su argumento: un grupo de chicos marginados por sus peculiaridades –tartamudo, judío, negro, chica pobre, gordo, asmático, cuatrojos– se enfrenta a una entidad maligna responsable de la muerte del hermano menor del líder, Bill, mientras lidian de paso con otra pandilla, acosadores que los han cogido de víctimas. Conviene recordar este detalle porque resulta tan importante combatir a la potencia maligna como comprender que el acoso y el abuso a los niños es también emanación de esa naturaleza.

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Uno de los temas recurrentes de la narrativa de Stephen King ha sido el abuso, como lo atestigua su primer novela: Carrie (1973). Podría acotarse incluso que este tema se convirtió, antes que en las novelas reconocidas “serias”, en una constante de la literatura de terror. Bastaría citar como precursora a La vuelta de tuerca (1898) de Henry James, con su pareja de niños asolados por una presencia fantasmal que presumiblemente –y uso este adjetivo porque todo lector de esta obra clásica sabe que la resolución plantea un dilema y en ello reside su magistral ejemplo de ambigüedad preceptiva– fueron abusados por el antiguo preceptor, pero igualmente a Fantasmas (1979), la compleja novela de Peter Straub. Y después de King, un ejemplo de horror construido sobre el acoso es Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist.

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Eso es un compendio de horrores. Por la preponderancia de los criterios económicos, la novela posee ventaja sobre la cinta, pues ésta, por la duración, se limita a la anécdota sin reflejar toda su abigarrada riqueza. Para utilizar una frase trivial diríamos que Eso es la suma de los miedos de sus protagonistas. Y de este modo al invocar un linaje de formas monstruosas, King, quien acababa de escribir su ensayo homenaje a la tradición del terror, Danse macabre (1981), termina urdiendo una telaraña textual de motivos horripilantes. Como aprende el lector, Eso es una de las grandes obras del terror contemporáneo y una maquinaria de voracidad textual; no sólo registra los miedos de sus protagonistas, en especial a las criaturas del cine de serie B –la momia, el monstruo de la laguna negra, el hombre lobo adolescente, las pirañas–, que determinaría la imaginación de King del mismo modo que lo hiciera la literatura horripilante, sino también entraña alusiones y referencias a otros hitos del género.

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Eso es una obra compleja, además de por la gravitación en torno a libros fundamentales del género –Fantasmas, ya indicada, pero igualmente El color que cayó del espacio de H. P. Lovecraft, La máquina del tiempo de H. G. Wells, La feria de las tinieblas de Ray Bradbury, Peter Pan de J. M. Barrie, el universo de Arthur Machen, los cuentos de hadas–, por el diestro manejo de sus elementos. Peter Straub ofreció en Fantasmas un espectáculo de técnicas narrativas, de manera que el viejo prejuicio sobre la ingenuidad con que un escritor de género compone su narración se tornó ridículo. Con un alarde de utensilios y técnicas que harían ver a Jonathan Franzen un chapucero, Straub cuenta su relato con múltiples voces, entrecruza discursos –cartas, cuentos, diarios, reportes periodísticos… sí, la lección de Drácula–, combina los puntos de vista, los tiempos, retoma otras historias, parafrasea argumentos conocidos, imita estilos… Un delirio literario e intertextual (polifónico, posmoderno) que aún me sorprende. King, amigo de Straub, cuya novela había saludado con entusiasmo, reparó en el modelo, y lo retomó. Por ello es que Eso resulta tan exuberante y de no ser eminentemente terrorífica sería una complejísima reflexión sobre el drama de ser niño y convertirse en adulto. Es prolijamente realista con un narrador omnisciente introduciendo personajes y distribuyendo información sobre su pasado. Se organiza mediante un constante vaivén entre los tiempos principales, el pasado (1957-58) y el presente (1985). [En la reciente adaptación fílmica los tiempos se han desplazado: It sucede en 1987 y su secuela presumiblemente ocurrirá en nuestra época] Ambas líneas se distribuyen de manera alterna con excepción del momento en que los antiguos perdedores retornan. La composición discurre entonces en dos horizontes: los sucesos de 1958, cuando fueron niños; y el presente adulto, situado en 1985. Acciones comunes entre ambos presentes –manejar una bicicleta, escuchar una campana– son el pasadizo, la galería de cristal que une ambas duraciones. Entre ellas se intercalan episodios de la demencia sanguinaria que cada cierto tiempo trastorna la ciudad; fragmentos de la historia inconclusa de Michael Hanlon, el historiador de la pandilla.

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Si los chicos son unidos/nunca, nunca, serán separados

Invocar la prolijidad literaria, la variedad de técnicas y de voces es un recurso afanosamente retórico para persuadir del mérito de una obra. Sin embargo a menudo los relatos memorables son aquellos que impactan nuestro imaginario provocando una huella tan honda como en la que se asienta esta ciudad condenada. Y Eso, cuyo monstruo es una entidad de edad millonaria, surgida de los abismos del tiempo y del espacio, es más que sólo miedo e intrincada tubería referencial y narratológica. Es, ya lo he dicho, una novela sobre los años de formación y el arduo proceso de madurez; un elemento consustancial a varias de las piezas del universo de King –¿mencionamos El cuerpo, que inspira Stand by me? Más allá de Eso, los otros monstruos –o su emanación o acaso su origen, no lo sabemos– son los adultos. Para estos chicos, la amenaza no proviene únicamente de los grandulones que los golpean, humillan y buscan victimarlos, sino también, especialmente, de sus padres; quienes a su modo oblicuo abusan de su inocencia, los corrompen, someten a su poder arbitrario. Así los convierten en minusválidos emocionales por sobreprotección, los inducen a ser enfermizos, tragones, débiles, los castigan, a veces con tal vehemencia que requieren de un martillo, los vejan, sienten impulsos obscenos… La vieja feria tenebrosa de los padres terribles. Como comprende uno de los personajes, la verdadera pesadilla es convertirse en adulto.

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Si ciertamente la novela traza líneas hacia un panteón personal de obras fílmicas y literarias, no menos cierto es que su anécdota elemental recuerda a la de un cuento de hadas. Quizá por eso la insistencia en las similitudes con Los tres cabritos Gruff (1842), clásico infantil de Peter Christen Asbjørnsen y Jørgen Moe –conocido en español como Los tres cabritos Billy. En ese sentido estamos ante el cuento de hadas más extenso y más elaborado de cuantos conocemos. Y como en todo cuento de hadas su sabiduría elogia la puerilidad. Y ese tesoro, ese saber único, es la imaginación. Si los adultos perdedores logran derrotar a Eso es gracias a que conservan aún un rescoldo del fuego primordial de la imaginación infantil. Así, a su modo King nos recuerda que el arte, como forma privilegiada de la imaginación creadora, es nuestra única defensa ante el mal. El auténtico poder reside en crear, no en destruir.

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Y aquí me parece resalta la vigencia de esta fábula y de por qué ha regresado en una época singular, la de la actual sociedad norteamericana gobernada por un payaso con mechones de cabello color amarillo huevo, piel naranja y ojillos de brillo metálico; un payaso cuyas ocurrencias y bromas, como las del infame Pennywise, tampoco divierten a nadie sin que ello sea obstáculo para que se contenga de espetarlas desde Twitter. Acaso una de las formas posibles de entender el arte sea como un punto de enlace entre el subconsciente individual y el inconsciente colectivo; un rito para cifrar nuestros anhelos y temores como sociedad en una forma, que habrá de convertirse en una suerte de modelo, un tótem, de un periodo histórico. Eso deviene emblema de la locura estadunidense, de la enfermedad fundamental de esta sociedad, construida sobre el crimen primario de la guerra y la expoliación. Por ello se antoja profética: cada cierto tiempo despiertan las primitivas proclamas de crimen y odio para amenazar a los más desprotegidos, a la población que abriga y promueve ideas democráticas. Porque más allá de sus terrores y su pequeña feria de las tinieblas, Eso es una novela que promueve la tolerancia. No olvidemos que los grandes crímenes que se perpetran en Derry provienen de la xenofobia, la homofobia, el racismo, el abuso infantil, el maltrato a las mujeres… Hecatombes rituales que celebran a la maligna potencia que sustenta a la ciudad.

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Moderno cuento de hadas, el lector de Eso queda inoculado contra el rechazo a la otredad. Y por ello se convierte en una fábula que nos alerta de los cíclicos despertares del fascismo, de la violencia como delirio enfermizo de las comunidades, que buscan expulsar el odio que las alimenta convirtiendo en blanco al diferente. No, el criminal está dentro, internalizado, inextricable de la ideología. Eso es Derry, el monstruo es legión. Esa ceguera o marasmo criminal que invade a la ciudad periódicamente, ¿no podemos verla hoy en este casi otoño de 2017 como un canto por la época oscura en que hemos entrado desde la elección del payaso naranja como presidente?, ¿no acaso en el histrionismo y necesidad de público que lo distingue encontramos una proyección de la personalidad lúdica y proteica del viejo Robert Gray?, ¿acaso esos aquelarres de sangre contra los afroamericanos o los foráneos no sugieren poderosamente las manifestaciones supremacistas? Y si Eso es una metáfora para nuestros tiempos, como buen clásico aporta una solución: sólo a través de la defensa de los valores de la tolerancia y la ética, sólo mediante la unión de aquellos a quienes los fuertes consideran débiles, se podrá derrotar al horror.

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FOTO: Cualquier semejanza de este payaso terrorífico con Trump no es mera coincidencia./ ESPECIAL

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