Fernando del Paso: “A mí lo que me encantaba era jugar con el idioma”

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Autor de novelas ambiciosas y fundamentales de la literatura iberoamericana del siglo XX como José Trigo, Palinuro de México, Noticias del Imperio y Linda 67, la obra de Fernando del Paso ha sido un estímulo decisivo para varias generaciones de escritores. Presentamos esta conversación inédita con el crítico Christopher Domínguez Michael

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POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

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En la primavera de 2012, Fernando del Paso Morante (Ciudad de México, 1935-Guadalajara, 2018), quien residió en Guadalajara muchos años, me invitó a su departamento en la Ciudad de México, en un edificio de la que alguna vez fue la Glorieta de Chilpancingo en la Colonia Roma Sur, para conversar sobre su vida literaria, en el rodaje de la temporada de la Historia de la literatura mexicana, de Clío TV, a la cual agradezco el permiso para reproducir algunos fragmentos de aquella conversación. Con el Premio Cervantes de 2015, autor de José Trigo (1966), Palinuro de México (1977), Noticias del Imperio (1987) y Linda 67 (1995), hablamos de sus cuatro novelas, desde luego, pero también de su pasión por la pintura, no del todo frustrada, así como, brevemente, de la experiencia, siempre ancilar, junto a la del novelista mayor, del poeta semisecreto, diplomático, publicista, director de la Biblioteca Pública Octavio Paz de la Universidad de Guadalajara y miembro –desde 1996– de El Colegio Nacional… A todo ello lo presidía la perplejidad ante el mundo, acaso la gran virtud de Fernando del Paso y el grano del cual floreció ese gran ingenio suyo que acaba de perder la literatura en español. (CDM)

 

 

¿Qué hay del niño que fue Fernando del Paso?
Yo fui un lector precoz, cuando yo… desde que tenía cuatro o cinco años mi padre me leía las historietas de los domingos, que me apasionaban, Mandrake, Pancho y Ramona, El Capitán Tiburón, Tarzán, todas ésas, y yo quería leerlos por mí mismo; así que aprendí a leer en el kínder, nunca cursé primero de primaria y entré directamente a segundo. El primer libro que me regalaron fue una edición infantil, sin sodomías y otras cosas divertidas, de Las mil y una noches, y lo devoré, pero aún así era una versión de unas trescientas páginas. Ese libro me impactó para el resto de mi vida, fue maravilloso.
Fui de esa generación que leía a Alejandro Dumas, a Salgari, a los autores de fábulas como Esopo, Iriarte y Samaniego; leía los cuentos de los hermanos Grimm, Julio Verne, devoré todo eso. Fui un gran lector desde niño y me dieron ganas de escribir y de dibujar también. Primero fui dibujante y luego escritor. Pero como dibujante o como pintor, pues me sentí frustrado: más bien me dediqué a la literatura.

 

¿Cómo era el México de los años cincuenta para un adolescente que quería ser escritor? ¿Quiénes eran los escritores importantes, a quiénes admirabas de los mexicanos, a quiénes no, cómo era ese mundo de iniciación para alguien que quería ser escritor?
Aunque a mis padres les gustaba leer, no tenían una cultura muy sólida, de modo que yo no leía autores mexicanos de niño. Lo primero de un escritor nacional que leí, a los once años, fueron los tremendos Bandidos de Río Frío de Manuel Payno. Me sorprendió mucho que las novelas pudieran ocurrir en mi país, pensé que solamente ocurrían en otros países, ¿verdad?, porque leía yo a autores extranjeros y Payno fue uno de los que más me interesó. Luego me dio por leer poesía, y leí a Acuña, a Manuel M. Flores, a toda esa cáfila de poetas de aquel entonces, pero autores mexicanos propiamente dicho en la adolescencia, no tenía yo favoritos.

 

 

¿Cuáles son sus lecturas de formación?
Mi padre era lector de novelistas, de biografías también. Leí mucho a Zweig, a Merezkovski —que tenía unas biografías excelentes—, y libros de viajes. Entré a trabajar en la publicidad y ahí llegó un día Antonio Montaño, un escritor colombiano, que era amigo de José de la Colina y entre ellos me enseñaron muchas cosas. Fueron mis grandes maestros de literatura. Entonces empecé a leer a William Faulkner, la literatura en lengua inglesa sobre todo: Lionell Trilling y a Wolfe, a un gran, gran escritor, que era Thomas Wolfe, no Tom Wolfe el actual, sino Thomas Wolfe, autor de Del tiempo y el río, una novela maravillosa, que además como a mí me gustaba entonces el beisbol, pues también me gustó por más de una razón; y a Joseph Conrad, por supuesto; y a autores incluso poco conocidos en esa época, pero grandes autores como el francés Julien Green, o Restif De la Bretonne, el autor de las Noches de París. Ellos me abrieron un horizonte absolutamente luminoso. Fue cuando empecé a escribir literatura joyceana. Me dijo Antonio Montaño, antes de leer a Joyce: “Tú tienes que leer el Ulises”. Insistió y entré al Ulises… Nunca he salido de él.

 

 

¿Ya leías en inglés en este momento?
No, yo aprendí a leer en inglés hasta muy tarde cuando viajé a Londres. Eso después de trabajar muchos años en publicidad. Me conseguí un empleo en la BBC, en el servicio latinoamericano, radio onda corta, y me fui con mis tres hijos. Ahí nació mi hija Paulina y entonces sí aprendí inglés, claro, y releí muchas cosas que había leído en español como Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll y tantos otros libros.
Leí mucho teatro también, muchísimo teatro, aparte de todo Shakespeare por supuesto, y de Cervantes, y de todo Ibsen —que le gustaba tanto a Joyce—; leí a Tennessee Williams, a Eugene O’Neill y a un autor italiano, que era buenísimo, que se llamaba Ugo Betti y Jean Giraudoux. Me encantaba leer teatro.

 

 

Antes de Londres, Fernando, ¿cómo era —porque ya en los sesentas, en 1966, aparece tu José Trigo— la vida literaria en la Ciudad de México en los sesenta y cómo era para ti, que no estabas identificado con los grupos que predominaban en esa década?
De alguna manera me introdujeron a uno de esos grupos, porque De la Colina era del grupo de Fernando Benítez, que dictaba cátedra desde México en la cultura y Novedades, entonces el mejor suplemento literario que había, después se acabó eso y se pasaron a la revista Siempre! con La cultura en México, y de alguna manera yo pertenecía a ese grupo, no muy integrado a ellos pero pertenecía. Recibí las influencias de gente más joven, como José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis o José Agustín, de otro círculo. Era un ambiente bastante relajiento, sí, pero muy agradable. Había muchas fiestas, muchas borracheras, pero se hablaba de cosas muy interesantes en las reuniones. Sobraba inteligencia.

 

 

¿Y cómo fue recibido José Trigo?
José Trigo tuvo una recepción un poco ambigua. Tuve críticas en contra en México y críticas a favor en España y América del Sur. Aquí en México no parece haber caído muy bien, me acusaron de ser demasiado joyciano, en fin, no le fue muy bien a José Trigo. Con los años le ha ido mejor aquí.

 

 

¿Tú cómo recuerdas este primer libro tuyo? ¿Con cariño, con distancia? ¿Qué sentimientos te produce esta novela tuya?
No me he arrepentido de nada de lo que he publicado, por fortuna, incluso de ningún artículo periodístico, y a José Trigo lo recuerdo con mucho cariño. Fue una iniciación quizás demasiado ambiciosa en la literatura, pero a mí me dejó muchas satisfacciones y por fin, un día en España, alguien lo incluyó en la antología de los mejores cien libros del siglo XX. Pero a mí lo que me encantaba era jugar con la lengua, con el idioma. Estaba en mi medio: explotar el lenguaje dentro de todas mis posibilidades y de ciertas posibilidades del lenguaje mismo. El español, combinado con los mexicanismos rurales, los nahuatlismos, los mexicanismos urbanos, etcétera. Se ha convertido en el libro favorito, de mi obra, de los profesores de literatura norteamericanos a los que les gustan las cosas complicadas.

 

En los Estados Unidos, y después de tu estancia en Inglaterra en ese momento tan vivo y tan importante del mundo occidental, en aquella década y aún en los años setenta…
En la Universidad de Iowa, el poeta norteamericano Paul Engel creó un Programa Internacional de Escritores, consiguió dinero de varias fundaciones y empresas particulares, y reunía cada año a quince o veinte poetas, novelistas, cuentistas de todo el mundo; ahí estuvo Gustavo Sainz. Me recomendó a mí, me dieron la beca y me fui con mi esposa y mis hijos a esa pequeña ciudad que era casi un campus universitario, duplicaba su población en los tiempos de clases, y, bueno, ahí empecé a aprender más inglés y mejor, pues nos reuníamos con poetas rumanos, africanos, rusos, y de América Latina pues había de Perú, de Cuba. Fue una experiencia también maravillosa, inclusive gastronómica, porque cada quien tenía cierta obligación de hacer una reunión de vez en cuando, o en las reuniones generales cada quien llevar un platillo de su país.
De ahí supe que Alberto Díaz, escritor mexicano, se había ido a la BBC de Londres. Le escribí y le dije que cuáles eran los requisitos para ingresar a la BBC. Desde niño creía inalcanzable ir a Europa, pues la literatura europea para mí era exótica, pero lo logré. Me hicieron un examen en la radio, examen de dicción, traducción, locución, etcétera, y me dieron el contrato para la BBC. Estuve catorce años en Londres, antes de pasar a Radio Francia Internacional. Y, bueno, qué te cuento, sí fue una experiencia maravillosa porque Londres estaba en su apogeo. Acababan de pasar los Beatles.
Por primera vez en mi vida pude conocer grandes museos. Aquí en México conocía las pinturas clásicas a través de los cerillos, los cerillos Clásicos: la Venus de Milo, el Partenón, Velázquez, Caravaggio, Da Vinci, qué sé yo. Así conocí la pintura clásica. Releí pero ya en inglés Drácula, de Bram Stoker, Jonathan Swift, Oscar Wilde…

 

 

En este contexto londinense es donde nace Palinuro, ¿no? Ahí nace un poco la historia de este libro…
Sí, yo quería estudiar medicina y en la preparatoria conocí a la que es hoy mi esposa todavía, y ya no pude entrar a la Escuela Médico Militar. Quería ingresar a la Médico Militar; ahora soy antimilitarista pero eso es otra cosa, porque no se podía estudiar y estar casado y me decidí por ciencias económicas, sólo dos años. Pero entonces conocí a alguien que trabajaba en una agencia de publicidad y me llamaron, me dieron un empleo como copywriter, en el argot. Es decir, escritor de textos e imaginador de comerciales. Y vi que ganaba yo más ahí que un economista. Entonces destripé, dejé la economía y me dediqué a la publicidad. Pero Palinuro de México expresa ciertas frustraciones que tuve y tiene un alto contenido autobiográfico. Yo pensaba que estaba frustrado por no haber estudiado medicina, pero cuando terminé Palinuro ya no tenía ninguna frustración. Me di cuenta de que lo que me interesaba de la medicina eran los aspectos históricos y románticos, nada más.
Le dediqué a Palinuro diez años, estando en Londres. Ahí la terminé y comencé Noticias del Imperio. Soñaba con Noticias del Imperio desde muy niño. Desde la primaria había oído la historia de un emperador de barbas rubias que nos habíamos echado al plato en Querétaro, y que su emperatriz se había vuelto loca. Esa historia me llamó mucho la atención y nunca me aparté de ella. Siempre, durante todos esos años en que escribí José Trigo y Palinuro de México, estuve leyendo sobre el Imperio mexicano, la Intervención francesa, biografías de Juárez, y al final pues todo se conjugó después de Palinuro con Noticias del Imperio, a la que le dediqué otros ocho, nueve años.

 

 

Quisiera detenerme en un aspecto de Palinuro de México. Es un libro inmenso pero de manera lateral es un libro sobre el 68 mexicano.
Palinuro mismo, de acuerdo a como fue concebido inicialmente no era estudiante del 68, pero mientras yo escribía Palinuro ocurrió el 68. Estaba demasiado grande para ser estudiante y demasiado joven para tener hijos estudiantes de esa edad, pero esa tragedia me conmovió hasta… Me pareció espantoso todo lo que pasó y participé en alguna manifestación. Yo era idealista y ya había participado en una manifestación pro Castro. Me sentía muy de izquierda y la tragedia es fuertísima, muy honda. Entonces Palinuro decidió convertirse en estudiante del 68 y decidí darle el tratamiento de una obra de teatro, Palinuro en la escalera, inspirado en la comedia del arte de la que yo conocía algo. Y, bueno, así es como se ha representado en varias ocasiones el penúltimo capítulo de Palinuro.

 

 

En relación a Noticias del Imperio, no sólo es una de las grandes novelas latinoamericanas y una de las novelas históricas más importantes, también tuvo su influencia en la modificación de la idea de ese episodio en muchos mexicanos. Se dice con razón que de alguna manera con tu novela los mexicanos acabamos de perdonar a Maximiliano. Me gustaría que nos hablaras un poco de cómo era tu vida privada durante todos esos años de escritura, con Carlota pero también con el propio Maximiliano. Realmente pareciera que viviste con ellos todos esos años…
Me alegra mucho de que así sea pero, es que es muy difícil hablar de la obra propia. A mí me han preguntado muchas veces sobre Noticias del Imperio y he creado algunos clichés. Algunas cosas las contesto siempre igual, voy a tratar de no hacerlo.
Como te dije, esa tragicomedia, el gran melodrama, me llamó la atención desde muy niño y a medida que iba documentándome más y más, pues más me impactaba, más me interesaba y la solución de la novela la dio el monólogo de Carlota. Ya sé que no es nada nuevo: existía el monólogo de Molly Bloom, pero el monólogo del Molly Bloom se atuvo a la idea de una verdadera corriente de la subconsciencia y a la asociación interminable de ideas. El monólogo de mi Carlota es más bien retórico, está muy bien construido desde fuera. Es muy retórico y alude a la frase que antecede a la novela. Se le atribuye a varios personajes, entre ellos a Santa Teresa y a Malherbe: “la imaginación, la loca de la casa”. En el monólogo de Carlota se expresa la locura de Carlota pero también su imaginación, su rencor, su odio, su amor.
Visité el Castillo de Miramar y me conmovió muchísimo cómo vivía esta gente, en una especie de pequeño paraíso en el que de pronto irrumpió el diablo, ¿verdad? Y se los trajeron aquí, los obligaron prácticamente a venir. Ellos venían con las mejores intenciones del mundo, pero también traían muchas ambiciones y aquí se les derrumbaron, uno tras otro, sus sueños, porque Maximiliano era liberal pero nunca los liberales lo apoyaron; y Maximiliano era católico, pero a final de cuentas perdió el apoyo del Papa, perdió el apoyo de la Iglesia, perdió el apoyo de todo el mundo y se vio totalmente abandonado por todos… Yo trabajaba en el turno en la noche en la BBC, de las diez de la noche a las cinco de la mañana, tres noches seguidas, y teníamos como descanso tres noches, tres noches con sus días, que era cuando yo podría ir a las bibliotecas. Tenía mucho tiempo para escribir Noticias del Imperio.

 

 

La reacción a Palinuro de México fue espléndida, más que ante Noticias del Imperio.
Sí, recibió varios premios, o, mejor dicho, yo los recibí gracias a Palinuro. Entre ellos el Premio al Mejor Libro Extranjero publicado en Francia, que me halagó mucho; el Premio Rómulo Gallegos de Venezuela. Me sentí muy bien ante la reacción. Palinuro es mi libro consentido, pero el que ha tenido mucho mayor alcance y mayor repercusión es Noticias del Imperio, el cual me dejó, también, un poco vacío.

 

 

Háblanos de tu novela policiaca.
Linda 67 nació de un reto de Álvaro Mutis hace muchos años. Siempre hemos sido amigos. Él me dio a conocer la Colección del Séptimo Círculo, publicada por Borges y Bioy Casares en Buenos Aires, que era de novelas policiacas, y a mí me gustó mucho. Leí no menos de treinta o cuarenta títulos y le dije un día a Mutis: “Voy a escribir una novela policiaca”. Me dijo: “No, no puedes, porque hay que tener una vocación especial para eso”. Veinte años después recogí el reto y viajé a San Francisco para situarla ahí porque hay que escoger un buen escenario también. No es lo mismo la Muerte en Venecia, que la muerte en Arkansas, por supuesto ¿no? Y entonces la hice, pero tenía razón: no es una novela policiaca, es un thriller, ¿verdad?

 

 

Tus lectores nos acabamos de llevar la muy grata sorpresa de ver aparecer el primer tomo de Bajo la sombra de la historia (2011), esta historia personal escrita por un lector universal, una historia extremadamente seria, cuidadosa, documentada del judaísmo y del Islam, que a la vez es un libro erudito. ¿Cómo tuviste la idea de hacer este libro del que faltan dos tomos por aparecer? ¿Cómo te documentaste? ¿Cómo fue esta segunda parte de la vida de Fernando del Paso ya no como novelista exactamente, sino como historiador y erudito?
Dije antes que Las mil y una noches fue un libro que me influyó en toda mi vida, porque nació para mí una gran curiosidad por el pretendido exotismo del Medio Oriente. Y hace diez años el bombardeo de las Torres Gemelas fue una especie de detonador de esta segunda vocación, aunque yo no me considero historiador, sino un simple testigo de mi siglo, de mi tiempo. Pero, como narro ahí, tuve una niñez privilegiada, con un tío húngaro, un tío checoslovaco, un tío británico que hablaban en la mesa, en la sobremesa, tanto de la Primera como de la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido recibí una educación cosmopolita, podemos decirlo así.
Me interesé siempre en las guerras, en la historia, quizá por la vocación de Francisco del Paso y Troncoso, mi tío bisabuelo. Pero sobre todo el Holocausto me impactó. Cuando yo tenía veintidós años y estaba yo recién casado, hicimos una cena y llegó un amigo alemán inmenso, nacido en México pero hijo de alemanes y abuelos alemanes, al que le daba mucha vergüenza el Holocausto y nos llevó a la casa un proyector y el documental Noche y niebla. Eso para mí fue una sorpresa espantosa, es decir, yo no sabía que había pasado aquello en el mundo, la posibilidad misma de esa clase de atrocidades, y desde entonces me interesé mucho en el judaísmo, aparte de que leía a Maimónides a los doce o trece años de edad, iba yo a las librerías que se consideraban de libros herméticos y leía muchas cosas esotéricas. Y de Maimónides, tú sabes, su principal libro ha sido traducido como Guía de los descarriados o como Guía de los perplejos. Yo prefiero la segunda porque yo me agregué al número de los perplejos. Al principio no entendí nada, pero tras vivir en Londres catorce años y vivir en París siete, donde el mundo musulmán se impone tanto, se acumuló todo ello para que yo escribiera este libro que no he terminado todavía. El segundo tomo está en la imprenta, estamos en proceso de revisión, y el tercero no lo acabo todavía, necesito como dos años más.

 

 

¿Qué podrías adelantarle al público? ¿Qué es lo que te angustió? Ya dijiste que el 11 de septiembre de 2001 de una manera directa, pero, ¿qué pretendes con este libro? ¿Qué es lo que quieres discutir?
En el segundo tomo hablo del esplendor de Bizancio y de la expansión del Islam durante los dos primeros siglos; después la conquista de España, el desembarco de los árabes en Gibraltar, la conquista de España, una parte de la conquista de Francia, de Sicilia, el Cid Campeador, la invasión de los almorávides, de los almohades, la expulsión de los moriscos de España… Luego viene un capítulo dedicado a las diversas sectas del Islam comenzando por la división más grande que es entre sunitas y chiitas… Luego la historia de la España musulmana y de la grandeza árabe. Y por último un capítulo puente que se titula “De las murallas de Jericó a los muros de Auschwitz” que sirve de puente para el tercer (tomo) sobre el Holocausto y el conflicto entre Israel y Palestina, que era con lo que yo comencé. Ante ese conflicto de Israel y Palestina me tuve que ir atrás, pues sabía muy poco, a los antecedentes y a los antecedentes de los antecedentes, hasta que, por un lado, legué al nacimiento de Mahoma y, por el otro, a Adán y Eva. Ya no podía irme más lejos.

 

 

¿La pintura ha sido una pasión paralela que ha acompañado a tus novelas? Cuando te leo pienso, siento que algo de lo que estoy leyendo tiene un reflejo en lo que tu pintas. ¿Nos puedes hablar de esa otra pasión de tu vida?
Primero dibujé antes de escribir y cuando escribí pues dibujé las letras. Cada letra es un dibujo en sí, ¿no? Soñaba con ser un gran pintor pero me frustré, jamás pude con el óleo y entonces me dediqué a escribir. Pero no considero mis dibujos como una afición o un hobby, sino como una vocación verdadera. Nunca he dejado de escribir para dibujar, pero muchas veces he dejado de dibujar para escribir, porque para mí escribir es mi vocación más importante. Ahora gozo, gozo mucho el dibujo, lo gozo enormemente, pero hace como diez años que no hago un solo dibujo porque estoy escribiendo este libro sobre las religiones que me tiene totalmente absorbido y absorto. Para mí el dibujo sigue siendo una expresión muy necesaria y creo que voy a seguir dibujando… En fin, ya me cansé, qué bueno que estás contento con la entrevista, Christopher, pues yo también lo estoy.

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FOTO: El escritor Fernando del Paso en su casa de Guadalajara durante una entrevista en 2012./  Luis Cortés / EL UNIVERSAL.

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