Ishiguro: la música de la literatura

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Las novelas de Ishiguro están hechas de un puñado de instantes decisivos”, escribe Solares. Un acercamiento a la obra narrativa de este autor británico nos permite conocer lo que él llama “reverberación”, o la forma en que sus historias guardan resonancias históricas y emocionales en la mente de sus personajes.

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POR MARTÍN SOLARES

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Como una caprichosa tormenta eléctrica, la Academia Sueca ha sorprendido desde sus inicios a lectores e incluso a corredores de apuestas de todo el mundo al anunciar cada año al ganador del Premio Nobel de Literatura. Ha ignorado a muchos de los autores preferidos de la crítica (Joyce, Proust, Kafka, Woolf, Borges, Rulfo, Joyce Carol Oates) pero también a los favoritos demasiado visibles (Twain, Tolkien, Roberto Bolaño, Margaret Atwood, Paul Auster o Haruki Murakami). Si bien no siempre ha logrado que sus elegidos se vuelvan una referencia habitual de los lectores, como fue el caso de Quasimodo, Shólojov o Agnon, durante décadas nos ha invitado a descubrir a autores que han aportado una voz con honda influencia, un punto de vista singular, un estilo artístico radical y, otra de sus tradiciones, historias de personajes desamparados que subrayan un aspecto inusual de la condición humana, sobre todo en lo que se refiere a la lucha entre la fragilidad y la resistencia, como fue el caso de Heinrich Böll, Samuel Beckett, Yasunari Kawabata, Toni Morrison, Nadine Gordimer, Kenzaburo Oe, J. M. Coetzee o William Golding. Y los tiempos están cambiando, pues durante los últimos tres años la Academia ha demostrado que puede premiar a un autor que además de una aportación literaria de calidad inobjetable también ha gozado de cierto éxito comercial.

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Kazuo Ishiguro no era el único escritor del dream team británico que merecía el galardón. Entre los autores de Gran Bretaña también estaban el gran Julian Barnes, el atrabiliario Martin Amis, el siniestro y delicioso Ian McEwan, el majestuoso Hanif Kureishi y por supuesto, el polémico y siempre admirable Salman Rushdie. ¿Quién, que los haya leído, puede olvidar El loro de Flaubert o Una historia del mundo en diez capítulos y medio, El libro de Raquel o Dinero, Los perros negros y El inocente, El Buda de los suburbios e Intimidad, Vergüenza y El último suspiro del moro? Frente a estos autores que han aportado un nuevo modo de reír, personajes fascinantes pero extraídos de las cloacas del buen gusto, historias estremecedoras sobre el lado oscuro de los seres que nos rodean, o bien, novelas sobre el momento en que dos culturas gigantescas chocan como tsunamis y al retirarse dejan al descubierto las palabras secretas que rigen la vida de sus tribus, las novelas de Kazuo Ishiguro se distinguen de las propuestas anteriores por su capacidad para percibir un fenómeno peculiar que él llama “la reverberación”, y que sus lectores percibimos como una excepcional resonancia. En lugar de contar el conflicto a medida que ocurre, como si tuviera lugar frente a los ojos del lector, Ishiguro prefiere contar cómo persiste una historia en la mente de los protagonistas. Mientras otros artistas de la memoria cuentan peleas de box en tiempo real, Ishiguro se sienta en primera fila del auditorio y comienza a contar cuando el hombre que hace la limpieza llega a barrer los restos del ring.

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Hijo de un oceanógrafo educado en Shanghai, “que sonreía cada vez que algo salía mal”, y de una mujer que sobrevivió a diversos bombardeos, entre ellos a la segunda bomba atómica arrojada por los Estados Unidos, Ishiguro vivió hasta los cinco años en Nagasaki, cuando la urbe luchaba por sobreponerse a los estragos de la segunda guerra mundial. De esta enorme ciudad devastada, en donde el mundo parecía haber terminado, la familia Ishiguro se mudó al pequeño y optimista pueblo de Guildford, en el sur de Inglaterra. Dos cosas le impactaron de su nuevo país: los erizos atropellados por los enormes autobuses y las figuras de las iglesias cristianas, que mostraban a un hombre sangrante clavado a una cruz. Supo que había más de una manera de hablar inglés cuando sus maestros le reclamaron que se expresaba como los personajes de su programa favorito de televisión: El llanero solitario. Su primer relato lo pergeñó en la escuela primaria y era una historia de detectives, en la línea de Sherlock Holmes. No siempre escribió: en su adolescencia se olvidó de la literatura y viajó por los Estados Unidos con el cabello largo y una guitarra, siguiendo los pasos de Bob Dylan más que de Jack Kerouac, pero le robaron la guitarra. Al regresar a Inglaterra fue trabajador social voluntario en una depauperada comunidad industrial escocesa y conoció a algunos ejemplos extremos del fracaso y la desolación humana. Intentó ganarse la vida componiendo canciones de rock, pero no lo logró. En cambio, fue admitido al curso de escritura creativa que Malcolm Bradbury dirigía en la Universidad de East Anglia. Allí comprendió que su imaginación se avivaba cada vez que abandonaba el mundo de todos los días: el borrador de su primera novela ocurría en Cornwall, y no lograba despegar, pero tan pronto decidió que la historia debía suceder en el Japón de su infancia, “algo se desbloqueó”, como dijo a Susannah Hunnewell: comprendió que si contaba esa historia bajo coordenadas japonesas, todo lo que parecía limitado y pequeño produciría una notable “reverberación”. Gracias a este sistema, sus primeras tres novelas son sutiles como algo que está flotando en el aire y pronto va a a desaparecer: Pálida luz en las colinas tuvo un éxito notable, pero Un artista del mundo flotante y Los restos del día consolidaron su fama internacional. Dado que sus primeras dos novelas tienen lugar en el Japón contemporáneo, algunos apostaron que Ishiguro se concentraría en desarrollar el mismo territorio en sus trabajos posteriores. Pero cuando empezó a escribir Los restos del día, descubrió que podía mover la esencia de sus relatos de un país a otro, incluso adoptar a Inglaterra como escenario, si tenía la paciencia de reescribir el mismo libro hasta tres veces, de modo que el narrador y el escenario fueran capaces de expresar todas las resonancias históricas y emocionales de un conflicto. A los detectives, pintores, clones, pianistas, mayordomos o granjeros medievales que protagonizan sus historias los describe como seres emocionalmente distantes, “que tienen algo roto en su manera de entender el mundo”. Sus personajes más emblemáticos son el pintor Masuji Ono, que sirvió al emperador Hirohito, y el señor Stevens, el excepcional mayordomo interpretado por Anthony Hopkins en la cinta de James Ivory. Este libro vendió más de un millón de ejemplares y el crítico del New York Times sólo consiguó reclamar que era “demasiado perfecto”. A raíz de este libro, Ishiguro supo que se había convertido en una celebridad porque su esposa le suplicó que comprara una contestadora automática.

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Como hizo Bohumil Hrabal con el mesero de Yo que serví al rey de Inglaterra, en Los restos del día Ishiguro eligió a un personaje menor, el omnipresente mayordomo de las novelas de detectives, y lo transformó en un héroe universal. Stevens representa mejor que nadie la capacidad de sacrificio de su país, pero también cierta frialdad emocional que implica tolerar injusticias, ignorar al amor de su vida, la inolvidable Miss Kenton, y dejar las decisiones políticas en manos de otros. Y es que los héroes de Ishiguro están convencidos de que hacen el bien, pero su idea del bien incluye estropear sus propias vidas. ¿Eso que llamamos verdad, eso que llamamos valores, son sólo dos formas de un engaño que nos ha hecho miserables?, se pregunta Ishiguro, ¿Hasta dónde llega la lucidez? “A veces la gente construye sus vidas sobre una sincera convicción que podría estar equivocada. De eso tratan mis libros: de personas que creían que sabían. Sólo que no hay ningún personaje como Sócrates. Mis personajes son su propio Sócrates”, dijo a The Paris Review.

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Pronto le hicieron falta espacios más amplios para desarrollar el abismo y escribió novelas sobre mundos soñados o paralelos, que alguien recuerda cuando todo acabó. Si en sus primeras novelas hablaba de los trucos que usan las personas para olvidar el desastre de sus vidas, en Nunca me abandones y El gigante enterrado explora de qué son capaces las sociedades para recordar u olvidar. Las novelas de Ishiguro están hechas de un puñado de instantes decisivos, donde los personajes son puestos a prueba: el momento en que cerraron los ojos ante una injusticia, el día en que ignoraron el dolor de los otros, el momento en que perdieron al único amor de su vida. Vivir equivale a atravesar sucesivos bancos de niebla: las mentiras que inventamos para tolerar el fracaso, las ilusiones que creamos para vivir en pareja, las ficciones que contamos para vivir en sociedad.

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Sus libros están compuestos por un puñado de grandes escenas, contadas en decenas de páginas arrebatadoras, donde sus personajes se asoman con frecuencia a ese otro lado del abismo y, como aves espantadas, regresan a vivir las mentiras que toman por verdades. Siempre hay un momento de alta intensidad en sus novelas, en las que parece que sus personajes abrirán los ojos y actuarán de otro modo. De esa tensión entre la calma de las ilusiones y el vértigo del abismo están hechas sus novelas.

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A Neil Gaiman le confesó que la gente no debería tomarse los géneros literarios demasiado en serio, que sólo los snobs y los vendedores de libros se quejan si uno decide mezclar los sabores. Gracias a esta convicción sus novelas recientes retoman rasgos de la narrativa policiaca, de la ciencia ficción o esquemas de los libros de fantasía épica.

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Le basta una idea para escribir sus novelas: clones humanos creados para donar órganos, artistas que adoraron al emperador, mayordomos que sirvieron a un colaborador de los nazis. Para algunos una obra maestra, para otros una montaña oscura que ha merecido decenas de tesis doctorales, Los inconsolables es su novela más compleja, porque, según Ishiguro, sigue la gramática de los sueños.

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Con el premio a Svetlana Alexievich la Academia Sueca demostró que puede encontrar literatura en géneros no convencionales. Con el premio a Bob Dylan, que tiene sentido del humor y visión periférica. Con el reconocimiento a la obra resonante de Kazuo Ishiguro, que es tiempo de leer a una nueva generación de escritores: los que nacieron por debajo del paralelo 35 pero son capaces de asomarse al abismo y escuchar una música que resuena mucho después de que termina el concierto.

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FOTO:  Varias de las novelas del escritor británico Kazuo Ishiguro ha sido llevadas al cine, como Lo que queda del día y Nunca me abandones. En la imagen, el autor afuera de su casa durante la conferencia de prensa que ofreció luego del anuncio de la Academia Sueca sobre su elección como Premio Nobel de Literatura 2017. /AFP

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