El arte nuevo de hacer libros, de Ulises Carrión

Jul 14 • Lecturas, Miradas • 2989 Views • No hay comentarios en El arte nuevo de hacer libros, de Ulises Carrión

POR ERNESTO KAVI Desde hace cientos de años una tribu dispersa de hombres recorre el mundo con un solo propósito: la destrucción de todos los libros que hay sobre la tierra. Los anima la extraña superstición de que ese objeto de papel encarna la imaginación y la memoria humana y que, al destruirlo, abolirán la Historia. Los que conocen con precisión la liturgia de esa tribu, acometen el sacrificio de purificación –dicen ellos– mediante el fuego. Los que apenas se inician lo hacen mediante la escritura de otros libros. Odín sacrificado a Odín, colgado en el árbol durante nueve noches.

 

El libro sacrificado al libro. En eso consiste su ardua lógica. Se nombran los biblioclastas, y extienden su dominio aun en los territorios donde el objeto de su odio es escaso, y su comercio casi inexistente. Ulises Carrión (Veracruz, 1941 – Ámsterdam, 1989) formó parte de esa tribu. El fuego no fue su instrumento, sino el papel. Pero, ¿quién fue Ulises Carrión? Un coleccionista de tarjetas postales, un librero, un archivista, un escritor, y hay quien afirma incluso que fue un artista. Quien no carezca de curiosidad por conocer el frágil razonamiento que lo mueve, puede consultar todos sus escritos teóricos publicados bajo el título El arte nuevo de hacer libros (Tumbona, 2012).

 

FOTOGRAFÍA: Especial


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Quien carezca de ella, entonces puede leer en estas palabras lo que encierra su ciencia: «Mi meta ha sido acabar con los libros por ser una forma obsoleta de comunicación: objetos pesados, feos, perecederos, torpes, sucios.» En esa batalla, dice, «consideré a cualquiera que no leyera libros como mi aliado y a cualquiera que escribiera libros como mi enemigo.» ¿Y quiénes son sus aliados? «Hasta donde sé, únicamente los artistas están celebrando la muerte de los libros.» Esas líneas emanan ya un extraño olor a masacre y deportación. Pero no le bastan. Como un heresiarca que anuncia la muerte de su antiguo dios, triunfal, proclama: «Prefiero detenerme aquí. En el momento en que la bestia ha muerto.» Este es, sin embargo, sólo el inicio de la guerra. Todos los biblioclastas tienen su propio libro sagrado, y Carrión no es la excepción. Se ha levantado para imponerlo.

 

La obra-libro es su nombre. Sus escasos apologistas le llaman –quizá para otorgarle una dimensión arcana que su creador no supo darle: Bookwork. ¿Cómo es su rostro? Por fuera es un objeto de forma común, semejante a sus semejantes. Para conocerlo hay que recorrer sus páginas. Deus absconditus. Al abrirlo, ¿qué encontramos? Nada. Un lugar donde, si alguna palabra sobrevive, es porque la higiene no ha sido completa. Lo que queda son signos vacíos. Carrión, inspirado, describe a su ídolo: «El libro más hermoso y perfecto del mundo es un libro con las páginas en blanco».

 

Imagina un libro absoluto, ab-solutum, separado de todo, aun de las palabras. Un libro cuyo único tema es el libro, y que debe ignorar todo lo que ocurre fuera de él. Un soliloquio. Un autista mirándose al espejo. El silencio como  ideal, la esterilidad como meta. Y para lograrlo, como todo profeta moderno, invoca la libertad: «los libros tenían que liberarse a sí mismos de la literatura. Luego, tenían que liberarse de las letras.» Esa es, dice el libertador, la única salida: «El único género que implica una renovación esencial para el arte y para los libros son las llamadas obras-libro.» ¿Qué queda? He tenido entre mis manos ese ídolo de papel, esa renovación esencial, y he visto un objeto como cualquier otro en el que las palabras no son más importantes que el color de la portada, o la tinta, o la fibra vegetal con la que está modelado. Una obra de arte, dice él. Un fetiche, en realidad. Carrión ha caído en la trampa que, al menos desde hace dos siglos, se teje lentamente: creer que un objeto, cualquier objeto, es una de las formas del Bien, y que su cuidado y su adoración nos hacen mejores.

 

Platón, otro biblioclasta, combatió el arte porque en él adivinó un theios phobos, un terror divino, una fuerza incomparable capaz de transformar a los hombres y a sus días. Venció. La obra-libro de Carrión es el resultado. El arte no es ya la fuente del peligro y del terror, no es ya el concurso de la sangre, de la imaginación y de la inteligencia, sino un objeto estéril, anodino, débil, en pugna consigo mismo.

 

Al pasar las páginas de El arte nuevo de hacer libros tengo la sensación de recorrer un desierto, el mismo desierto de siempre donde la nada se erige en el centro como el gran ídolo que debemos adorar, desierto donde el lenguaje perdió todo poder y toda magia, ahora signo vacío e indescifrable, mundo mudo en fragmentos que nadie se digna a recoger. A los artistas, a los escritores, les pregunto: ¿hasta cuándo? ¿hasta hacernos polvo? ¿acaso ignoran que esas ideas –la Vanguardia, la Destrucción, la obsesión por lo Nuevo– nacieron en Europa de la desesperación y de la guerra? ¿frente al libro ya sólo nos queda el duelo, y como un rabino balancearnos ante nuestro muro en ruinas, ante nuestro Templo destruido? ¿no fueron hasta hace poco, el arte, el libro, una forma de la armonía, la construcción incansable de la belleza, un conjuro contra el caos, un invisible orden? ¿no son ya aquella fuerza indestructible, universal, secreta, que se oculta en nosotros?.

 

Intempestivo, anacrónico, prefiero cerrar el libro en blanco de Carrión, y mirar a lo alto, al libro celeste que cae a pedazos sobre nosotros, y restaurarlo, descifrarlo, traducirlo, porque aún tiene algo que decir.

 

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