La memoria, una diáspora migrante. Entrevista con Horacio Castellanos Moya

Mar 4 • Conexiones, destacamos, principales • 8407 Views • No hay comentarios en La memoria, una diáspora migrante. Entrevista con Horacio Castellanos Moya

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En entrevista, el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya aborda las causas de la migración, desde la “democratización de la violencia” al uso del terror como estrategia de control político, además de la memoria como territorio de identidad y pertenencia

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POR CATERINA MORBIATO

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Provocadora, impúdica, sarcástica. No cabe duda que la prosa del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) ha sabido inspeccionar la realidad social centroamericana de los últimos tiempos. Obras como El asco, Insensatez, La sirvienta y el luchador y El arma en el hombre nos escupen en la cara los esperpentos más macabros de la violencia que ha destrozado países como El Salvador y Guatemala, sin dejar de registrar con precisión de cirujano el inacabable dolor que ahí se vive.

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Para el novelista salvadoreño, famoso por su mirada radicalmente cínica, el reto de la literatura es saber trascender las visiones maniqueas. Quien escribe ficción debe tratar de tocar el corazón de cada uno de sus personajes sin juzgarlos; no importa que éstos sean asesinos o torturadores: la literatura es una llamada a sondear en lo invisible, en las motivaciones más secretas que mueven al ser humano.

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En esta entrevista, en la que habla sobre el momento actual desde Estados Unidos, donde ahora reside, Castellanos Moya se confiesa descorazonado. Nos espera un éxodo caótico dice y muchos países latinoamericanos no dejarán de hundirse en un grave deterioro social: el futuro es una bomba de tiempo y sólo ve callejones sin salida.

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En la actualidad vemos a miles de personas levantarse contra la oleada de racismo, misoginia, homofobia, xenofobia, islamofobia que desde Estados Unidos amenaza con replicarse en el resto del mundo. Como novelista que ha registrado la violencia en Centroamérica y que ha vivido en Estados Unidos durante años, ¿en dónde estamos parados?

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Estados Unidos es un país muy complejo. No se puede perder de vista que más del 50% de la población votó en contra del actual presidente y no cabe duda de que hay alrededor de un 48% de la población que lo apoyó [a Donald Trump]. Pero no necesariamente todos comparten sus valores. La gente ha votado por él por distintos puntos de vistas. Ahora hay un núcleo duro de ultraderecha con todas estas características que usted menciona y como es el país más poderoso del mundo, influye en todos lados. Yo creo que el gran reto es la resistencia de las instituciones, hasta dónde la institucionalidad democrática, los poderes del Estado, podrán hacer frente a una situación inédita. Ese es el gran dilema que se vive. Hasta ahora ha habido resistencia, pero es una situación muy nueva y conflictiva. Apenas ha transcurrido un mes y medio desde la llegada del nuevo gobierno y ya han pasado muchísimas cosas: renuncias, manifestaciones, gente que no acepta los cargos, pleitos jurídicos, vetos judiciales contra la ley antiinmigrantes. Entonces es un momento muy arriesgado para dar una opinión con certeza de lo que viene. Es en un momento de ebullición, de confrontación. Como extranjero, veo esto desde la barda porque no puedo participar en política interna; pero como latinoamericano me siento conmocionado. La preocupación es general, no sólo acá sino que en todos los países, ¿no? Y es por la subversión de ciertos valores que habían estado rigiendo esta sociedad por décadas.

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En México observamos que se fortalece la retórica nacionalista y la aplicación de medidas como la militarización de la frontera sur para, entre otros objetivos, dificultar el paso de migrantes que vienen de Centroamérica y otros países. Usted, que ha vivido en este país, ¿cómo mira a México en esta dinámica migratoria y esta “retórica nacionalista”?

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Yo viví en México hace 13-14 años, seguramente ha cambiado muchísimo. Creo que este rol de control de la frontera sur para evitar el paso de los inmigrantes centroamericanos no es nuevo. Es algo que ha estado ahí desde la época de las guerras civiles en Centroamérica; lo que ha variado mucho son las formas y los niveles de involucramiento tanto del Estado como de otros agentes (grupos de narcotraficantes o de mafiosos). Hace poco leí una novela que refleja bastante bien este fenómeno, se llama Las tierras arrasadas, del escritor Emiliano Monge. Es una novela dura, muy fuerte y trata precisamente de estos grupos vinculados al Estado que se dedican a interceptar a los refugiados y a hacer con ellos cosas horribles. Me parece tremendo eso. Los testimonios de las víctimas revelan que las cosas llegan a niveles terribles y no sólo en la frontera sur. Pensemos en lo que pasó en aquel rancho en Tamaulipas. Entonces yo creo que lo que estamos viendo en Latinoamérica es una gran descomposición del tejido social y de las instituciones dedicadas a la seguridad y a la justicia, que ya estaban mal pero ahora los niveles de deterioro son impresionantes. Habrá excepciones, pero la mayor parte de países latinoamericanos sufren esto: en Guatemala, El Salvador, Honduras, la cosa es tremenda. La contradicción que vive México, entre su discurso nacionalista y su rol de gendarme de Estados Unidos es muy fuerte. En la época de las guerras civiles, México jugó un papel más de mediador. Detenía el flujo migratorio pero mediaba más entre las partes que estaban en conflicto en Centroamérica. Ahora que los conflictos no son políticos, sino que tienen que ver con crimen y corrupción, las cosas han sido modificadas. Desde su Revolución, México siempre había sido una especie de retaguardia para los movimientos progresistas, los movimientos de cambio en Centroamérica, era un lugar seguro para los dirigentes y los intelectuales que eran expulsados y que huían de las dictaduras militares. Todo eso se acabó a principios de los 90 con el Tratado de Libre Comercio, que no sólo implicó un aspecto económico sino incluyó una reingeniería estratégica del papel político de México.

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La situación actual es bastante complicada. No se le ve salida: los centroamericanos seguirán saliendo de sus países porque las condiciones de vida ahí son asfixiantes –por la violencia y la pobreza, básicamente–, y muchos mexicanos también seguirán saliendo de sus estados por lo mismo. El éxodo caótico crecerá.

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¿Qué le preocupa a futuro en la relación Estados Unidos-México-Centroamérica?

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Es muy difícil ver hacia adelante. Ya estoy viejo y probablemente me muera antes de la gran explosión (Ríe). Pero sólo se ven callejones sin salida. No veo soluciones: por todos lados la situación se deteriora. Es decir, no va a parar el flujo migratorio porque las condiciones de violencia, pobreza y crimen son cada vez más altas. Y el flujo es tan alto que aquí seguirán con las medidas represivas para tratar de controlarlo. Entonces, esta situación se alargará por bastantes años. ¿En que desembocará? No puedo hacer predicciones.

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Usted suele decir que escribe desde la rabia. ¿Esta violencia que se vive en Estados Unidos le ha generado la furia suficiente para escribir a partir de ella?

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La violencia es un término bastante amplio. Yo en realidad no tengo experiencia personal de violencia antiinmigrantes. Vivo en una pequeña ciudad universitaria de 80 mil habitantes, en el medio oeste, pero muy al norte, donde no soy testigo de esta violencia que seguramente se vive en otras poblaciones hacia el lado fronterizo con México o en las grandes ciudades. Y si yo no tengo una experiencia directa, es muy difícil que esto me motive como para transformarlo en ficción. Escribir ficción a partir de puras referencias no es mi cosa. La ficción necesita añejamiento, distancia. La inmediatez pertenece al periodismo.

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El éxodo y la diáspora son temas recurrentes en la obra de Castellanos Moya; él mismo ha almacenado múltiples andanzas por países del mundo tan distintos como Guatemala, Alemania o Japón. Sin embargo es El Salvador, país en donde transcurrió su juventud, la mecha de la mayoría de sus creaciones literarias.

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A menudo usted se ha definido como apátrida, un autor que escribe desde el destierro. Su patria, dice, es más bien el territorio de la memoria. ¿De qué se conforma este territorio de la memoria y porque preferirlo a un país?

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La memoria está marcada por el país. Es decir, la memoria está hecha de todos los entornos en los que se mueve el ser humano: desde el entorno más íntimo que es la familia, hasta el entorno más grande que es el entorno social del país. La memoria no está afuera de eso, no está afuera de la historia. En este sentido, para mí es mucho más importante trabajar desde eso, desde mi experiencia, desde mis vivencias, desde las cosas que me han afectado porque creo que ahí puedo encontrar historias que reflejarán problemas que pueden ser universales. La verdad es que con la distancia y con los años (Ríe) la memoria comienza a pagar. ¡Uno comienza a tener pedazos en blanco! Pero hay que hacer una salvedad y es que yo trabajo la memoria desde la ficción y cuando se trabaja la memoria desde la ficción la relación entre memoria y verdad no es la misma de quien la trabaja desde otros ámbitos. La memoria que se desarrolla en las ficciones, si bien está enraizada en la historia, tiene una gran libertad y puede en buena medida no encajar exactamente en cómo ciertos grupos sociales ven los hechos. Eso porque la ficción es esencialmente subjetiva, es producto de la imaginación de un escritor que vive en situaciones históricas concretas pero que reacciona de forma personal y no necesariamente como lo hacen grupos con intereses. Entonces, por eso digo yo que es el territorio personal de la memoria, desde donde uno lo ve, como lo vive uno. Es decir, en un libro como Insensatez –en donde se describe el contexto guatemalteco de violencia y de recuperación de la memoria de las víctimas del conflicto–, el personaje de la novela tiene una visión completamente subjetiva, tiene una visión marcada por sus necesidades, por su forma de ver el mundo, que no coincide con la bondad de una causa histórica. Es decir, la literatura no se puede encajonar en los parámetros de la verdad histórica. El escritor de ficción trata de construir un mundo en que pueda ir más allá, en que pueda contar los hechos de una manera nueva y basada en las motivaciones profundas del ser humano. La literatura trabaja en buena medida con las emociones, con el mundo invisible y secreto del ser humano.

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En el caso de El Salvador hubo una guerra civil, luego hubo una resolución exitosa del conflicto a nivel político y una ausencia de resolución de los conflictos económicos, sociales y culturales. El país sigue postrado en todas estas áreas. Lo que pasa es que el pleito de la memoria que se da a nivel político responde a los intereses particulares, y los intereses están determinados por el momento que vive el actor político y, si el actor político está en el gobierno, ya no ve el problema de la memoria como lo miraba cuando era oposición (Ríe). Hay una gran relatividad, y se juega a partir de intereses y tomas de posición dentro del juego del poder. Pero la literatura no participa de este juego de intereses. El escritor trata de tocar el corazón de cada uno de sus personajes y estos personajes pueden estar en el lado oscuro –un torturador o un asesino, por ejemplo–, pero el escritor no los puede prejuzgar. El reto es meterse en el personaje y ver cómo funciona su mente y su corazón, sin hacer juicio; sino que se evidencien por sí mismos.

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En un pasaje de La luna y las fogatas de Cesare Pavese. El protagonista, de regreso a su pueblo después de haber recorrido el mundo, reflexiona: “Nos hace falta un país, aunque sólo fuera por el placer de abandonarlo. Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando”. ¿Qué le provocan estas palabras? ¿Qué valor pueden tener si las leemos desde El Salvador, un país cuya población vive una diáspora sin tregua?

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¡Hace tantos años que yo leí esas novelas de Pavese! La playa, La luna y las fogatas, ¡cómo pasa el tiempo! Todavía tengo su Diario en una edición de Bruguera… son muy lindas esas palabras. Pero la cosa es ésta: todo está en realidad en la memoria, porque el país que uno deja, inmediatamente cambia. Entonces cuando uno regresa, regresa a otro país. Ahora, estas palabras de Pavese, si uno las aplica a El Salvador, lo que sucede es que entre más tiempo pasa, cuando se regresa es un caos mayor. Esto es tremendo: usted sale huyendo de la violencia y de la pobreza, pero cuando vuelve hay más pobreza y más violencia. Entonces es una contradicción permanente, porque el ser humano no puede quedarse sin este sentido de pertenencia: lo necesita como los árboles necesitan de la tierra. El sentido de pertenencia se lo da básicamente el país, y a partir de ahí construye su identidad. Pero cuando este sentido de pertenencia lo remite a una situación de caos, de violencia, de pobreza, de valores negativos, se vive en un estado muy esquizofrénico. Porque por un lado el ser humano ama lo que significa su país, recuerda con mucha nostalgia las cosas buenas del lugar, pero cuando regresa casi no hay nada de eso, lo que encuentra es lo duro, lo violento, lo sangriento, lo absurdo… Pues evidentemente la mayoría no estamos bien de la cabeza.

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Ha pasado un cuarto de siglo de la firma de los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la larga guerra civil salvadoreña. Hoy en día El Salvador sigue profundamente polarizado, con exigencias para la aplicación de la pena de muerte, el salario mínimo que ronda el dólar por hora y la impunidad para los crímenes cometidos durante la guerra sigue gozando una salud de hierro.

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En 2017 se conmemoran los 25 años de los Acuerdos de Paz con que se decretó el fin del conflicto armado en El Salvador, ¿cómo podemos dimensionar los Acuerdos de Paz?; ¿hay algo qué celebrar?

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Los Acuerdos de Paz fueron exitosos en términos políticos porque desarmaron una guerra y lograron que se construyera una institucionalidad democrática que, mal que bien, funciona. Entonces eso es lo que hay que celebrar, que se terminó una guerra de carácter político y que se logró construir una institucionalidad democrática que, con todas sus taras y todas sus imperfecciones, ha logrado sobrevivir veinticinco años. Ahora, no hay nada que celebrar en otros niveles, en lo que respecta las condiciones de vida del salvadoreño: ¡nada! Porque todo se invirtió en lo político, la maldición de este país es lo político. Nada se invirtió en lo social, en los mecanismos económicos para que la gente se pudiera reinsertar. Esto se dejó a un lado. Lo que hay que lamentar es esta oportunidad perdida, y que el país siguió siendo el mismo, o más bien peor, precisamente por la tara económica y social.

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En su libro Breves palabras impúdicas utiliza la idea de la “democratización” del crimen como un importante rasgo de la violencia de la posguerra salvadoreña, junto con la pérdida de referentes. ¿A qué se refiere con esta “democratización”?

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Durante la guerra el crimen tenía una función política y era controlado por las élites políticas: ellas decidían a quién matar y cómo. Pero una vez que se desarmó el conflicto, quedó un caldo de cultivo de violencia gracias al cual ahora se sigue matando con la misma intensidad. A eso me refiero. No hubo inversión social, y tampoco se combatió la impunidad, entonces el crimen rebalsó: se salió del ámbito de lo político y se derramó a toda la sociedad. Y ahí está: desde las pandillas, hasta los funcionarios corruptos, los violadores… Todo lo que sucede en ese país, que es increíble. ¡Es un país de página roja! Lo cual es triste.

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Para Horacio Castellanos Moya la violencia puede ser entendida como una constante cultural, un prisma a través del cual podemos entender las relaciones de poder que atraviesan El Salvador. En una sociedad regida por el terror -advierte- no solamente disminuye el espacio público, sino que el espacio mental y emocional sufre profundos trastornos.

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En su novela El asco, hay un pasaje en donde el protagonista dice no reconocer a su misma casa, a su ciudad ya totalmente amurallada: “a causa del terror cada casa se ha convertido en un pequeño cuartel y cada persona en un pequeño sargento”. ¿Qué tipo de violencia genera este amurallamiento, junto con la carencia de espacios públicos que se experimenta en El Salvador?

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En El Salvador, el terror es la forma de dominación por excelencia, y lo ha sido por muchas décadas, desde antes de la guerra. Se puede ver a través de la prensa, de los medios: el culto a la violencia y el culto al terror fueron siempre una forma de dominio. He revisado prensa de la década de los 60, la época del gobierno del coronel Rivera, un tiempo bastante pacífico, en que no había crímenes políticos y las fuerzas tenían una convivencia más o menos civilizada. Pero si se lee los periódicos de la época, cada día los titulares son crímenes. Eso me permitió comprender que el fenómeno de la violencia en El Salvador no es producto de la guerra, sino que ha sido una forma de dominación que la oligarquía y el ejército han utilizado por más de un siglo, y que ahora utiliza el FMLN [Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, partido en el poder], fomentando un determinado mensaje de miedo y terror: “ustedes aquí están inseguros, se pueden morir en cualquier momento, no tienen ninguna garantía”.

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Ahora lo que tenemos es esta situación llevada al delirio, porque se le fue de las manos a todo el mundo. No es solamente que la gente tenga que vivir encerrada, aterrorizada y sólo sale a los lugares donde se pueda encerrar y que le garanticen seguridad. No se trata sólo de la pérdida del espacio público, sino de la pérdida del espacio mental y emocional que en cualquier otra sociedad se tiene. La gente sólo piensa y habla de la violencia. ¡Y si uno sólo se la pasa pensando en eso, evidentemente otras partes del cerebro se le atrofian! Entonces es muy difícil desarrollar una conversación sobre otros aspectos de la vida humana. Esta situación no influye solamente en la población común y corriente, sino en la élite intelectual llamada a entender y dar salidas al país: toda su energía mental está dedicada a hablar, escribir y discutir sobre el crimen y la corrupción. No hay otro tema y esto es tremendo.

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En sus libros están primariamente retratados la violencia, la impunidad y el odio que desgarran a la región ístmica, pero entre líneas también se asoma el profundo dolor que la carcome. Pienso, por ejemplo, en los testimonios indígenas que salpican su novela Insensatez como heridas que nunca secan: ¿las sociedades centroamericanas se están dejando devorar?

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La verdad es que tras un dolor viene otro, y esto es parte de la lógica de dominación de la que hablaba. Por ejemplo, usted menciona a los sobrevivientes de las masacres en Guatemala que pasaron por un dolor tremendo porque no tuvieron la posibilidad de luto; la mayoría de ellos no supieron nunca dónde quedaron los cadáveres de sus familiares. A este luto se suma ahora el día a día donde hay otra violencia. El hecho de haber podido afrontar las 442 masacres y documentarlas pudo haber servido para que el país diera un salto histórico, pero ¡no! Mataron al obispo que estaba a cargo de eso [se refiere al obispo Juan José Gerardi, asesinado el 26 de abril de 1998 a pocas horas de presentar el Informe sobre crímenes de guerra Guatemala: nunca más]. Y no sólo es eso: la gente tiene ahora que lidiar con la memoria de lo perdido y con el día a día de lo que va perdiendo. Es una situación realmente asfixiante. La pregunta es cómo detener este deterioro. Bueno, no es labor para un escritor de ficciones, pero los que se dedican a ello no le han atinado, y no sólo no le han atinado, sino que han propiciado una situación peor. Es decir, ahora se dice que hay tantas decenas de miles de personas [en El Salvador] vinculadas con la mara, como las que durante la guerra estuvieron vinculadas con el FMLN. Entonces, ¿qué tipo de sociedad es ésta que nada más recicló la exclusión? Porque estamos hablando de lo mismo: la gente estaba excluida política, social y económicamente en la década de los 80. Con el fin de la guerra, ya no hay exclusión política, pero la exclusión social y económica sólo se recicló y se convirtió en el fenómeno de violencia que se tiene ahora. La impunidad sigue, a las víctimas de la guerra no se les ha hecho justicia. Si usted tiene un país en donde puede matar a su pastor, a su líder religioso máximo [se refiere a Monseñor Óscar Romero, asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba misa en una capilla de San Salvador] y seguir como si nada, pues es muy difícil emprender algo: ¿qué clase de ejemplo tenemos? ¿A partir de qué regeneramos esto, si los que ordenaron el asesinato del líder espiritual de este pueblo siguen ahí, disfrutando de su dinero? Algunos han muerto de viejos, ¡pero nadie ha pagado nada! ¿De dónde sacar la energía espiritual, la energía moral para dar un ejemplo que permita hacerle creer a la gente que se puede ser mejor?

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FOTO: El salvadoreño, nacido en Tegucigalpa, también es autor de las novelas El arma en el hombre y La sirvienta y el luchador. El Tiempo/GDA.

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