La secta del prepucio

Feb 11 • destacamos, Ficciones, principales • 8240 Views • No hay comentarios en La secta del prepucio

POR ANTONIO MORENO 

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Para Carlitos Marx, cuyas ideas siempre anticiparán algo.

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De Esmirna a Alejandría, y de allí a Ascalón, tierra de Herodes el Grande. Y de Ascalón, el grupo de hombres se desplazó a caballo por diez días con sus noches hacia las legendarias llanuras de los amonitas, descendientes de Amón, hijo menor de Lot. En esas llanuras fue edificado el palacio de Abdul-Rahman Ibn Abi Tálib, imponente por su tamaño y majestuosidad en el decorado, con un jardín interior que también servía de laberinto para los animales exóticos que amenizaban las tardes prolongadas y calurosas de sus inquilinos.

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Muchos siglos después, los aguerridos cruzados de Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa, sitiaron “el castillo de los unicornios”, como empezaron a llamarlo, seguramente porque en la puerta de acceso, resguardada por una barbacana, había un escudo heráldico con esos animales flotando entre nubes, coronados de luces celestiales, proporcionándole un ámbito crepuscular; todo eso era sostenido al pie del escudo por una tortuga roja que ilustraba bizarría de espíritu.

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Antes de que el castillo fuera saqueado y reducido a ruinas, Elvira, la esposa del conde de Tolosa, llegó ex profeso para dirigir el traslado de los animales del zoológico al puerto de Narbona, incluyó también un compendio de ilustraciones en papiros y pergaminos que podría catalogarse como el primer bestiario non sancto que exhibe a seres humanos fornicando con animales. Aunque no se precisa geográficamente el camino que tomaron los hombres, cabe suponer, por la tardanza, que hicieron muchos rodeos tomando atajos ocultos. Los dirigía el navegante Abdelaziz bin Camandari. Eran diez hombres en total, conocidos como los Elegidos. Cada quien llevaba un regalo secreto; además, tenía que revelar una noticia íntima para el anfitrión, narrada al oído, en la segunda noche de estancia en el castillo.

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Cuando los centinelas, al despuntar el día, avistaron a los hombres galopando muy a lo lejos en la llanura, con su cielo insondable y ese espejismo que toda planicie provoca, como el de experimentar la sensación de caminar en el aire, soltaron los halcones de las jaulas. Abdelaziz bin Camandari fue el primero en percatarse del provocativo espectáculo fomentado por los halcones, que suspendidos en el éter, formaban figuras, hacían piruetas y a gran velocidad pasaban rasantes sobre sus cabezas. Se apearon de los caballos y ceremoniosamente se postraron de hinojos sobre la hierba fresca para darle gracias al Altísimo, por Su munificencia al consentir y prohijar la creación de una secta cuyos devotos congregantes Lo adorarían hasta el fin de los tiempos. La creencia pagana por venir los persuadió de proponer un concordato entre doctrinas aparentemente antagónicas: monofistas consuetudinarios, prenestorianos ecuménicos; maniqueos primitivos, monoarquistas cacúmenos, babilónicos atávicos; mandeos mesopotámicos, ebionitas salomónicos, arrianos monocordes, docetistas bicéfalos y montaneses concupiscentes.

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Para los tiempos que corrían, la alianza entre rupturistas y conciliadores se había llevado a cabo por razones que sólo competen al milagro, porque según rumores, Tariq ibn Ziyad había conquistado recientemente la Hispania Visigoda, lo que ya empezaba alentar en la extensa región de la cuenca del Mediterráneo un optimismo que les otorgaba a los comerciantes un brillo inusual en sus ojos; y estaba muy enterado, y en contra, como era de esperarse, del propósito de los heréticos. Los hombres sabían que su curva espada era larga, filosa, despiadada y podía con facilidad cortar de un tajo sus gargantas. Por su fe profunda hacia el Profeta, y debido a sus caprichosos estados de ánimo, jamás habría aceptado, Tariq, un pacto de tal naturaleza. Los once jinetes sabían de antemano que, pese a los riesgos que corrían —un delator nunca falta—, tenían que cumplir con la misión, las señales en el cielo revelaban que no volvería a registrarse en el resto del año, una luna en Cuarto Creciente como la que se anticipaba para la noche próxima. De lo contrario, el hombre podía perder la oportunidad de volver a legitimar lo que Noé, con mucho esmero, había logrado mucho tiempo atrás: un pacto parcial del hombre con las bestias, que, por desgracia, estaba erosionándose.

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A una distancia mínima, los jinetes advirtieron que de las troneras del castillo empezaron a asomarse las trompetas de carnero. Los encargados hicieron sonar el shofar en señal de que la liturgia había comenzado. Que el nuevo pacto estaba en proceso. Una nueva creación. El sonido los remitió —de tan agudo— entre suspiros y quejidos, al momento único en que el Altísimo creaba los cielos y la tierra, pero sobre todo, al día sexto, y no había que olvidarlo jamás, por orden jerárquico, cuando formaba con sus manos los animales terrestres, también a imagen y semejanza Suya, como el hombre, criatura que creó después. Había que darse prisa. Para evitar cualquier eventualidad, Usman bin Nimra, el anfitrión, ordenó que mil arqueros se parapetaran en las almenas y torreones del castillo, para lograr sin contratiempos el ungimiento de las bestias sagradas. Les había dado la orden de disparar, después del crepúsculo, a todo aquel que osara acercarse a la fortaleza. Una vez que los jinetes cruzaron el puente levadizo, con Abdelaziz bin Camandari en punta, rumbo a las caballerizas, con los brazos en alto, como signo de satisfacción, Usman bin Nimra, les dio la bienvenida desde la torre del homenaje. El primer designio se había cumplido.

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Pasaron en seguida a sus aposentos para las abluciones, después, les esperaba un rígido protocolo: vestirse con una túnica larga, hecha de algodón egipcio, sin ropa interior, y calzarse los pies con un par de sandalias del Lejano Oriente. Antes de la consumición de los alimentos, visitarían la sala de papiros y pergaminos; acto seguido, darían un breve paseo por el jardín, idéntico en la flora y fauna al que poseyó el jardín de Edén, aunque esta vez sí contaría con los animales marginados, jamás vistos por ojo humano. De inmediato los llevarían a una pequeña sala para colocar los regalos dentro de una caja de carey, finamente labrada, que cada uno de ellos había traído para el anfitrión. La culminación de la ceremonia consistía en una cena especial por dos razones, serían agasajados con dos platillos que formaron parte de la dieta de Noé y su prole; también porque compartirían el alimento con los animales diluvianos. Para tan alta distinción, los Elegidos —ahora enfundados en túnicas color escarlata— entregarían los preciados regalos; seguidamente narrarían al oído del anfitrión las noticias secretas. De los unicornios y pegasos ya tenían conocimiento, pero no de los animales que fueron rechazados por Noé antes de diluviar cuarenta días y cuarenta noches. Sobrevivieron por sus virtudes innatas: extrañas criaturas que poseían el don de la ubicuidad, eran hermafroditas, razonaban como el hombre, podían desplazarse por tierra a gran velocidad y se alimentaban de hojas y flores. Ante todo, el Eterno les concedió una preciada virtud, otorgada sólo al humano: la capacidad de discrepar de lo que fuese; cuando manifestaban júbilo o enfado, emitían ruidos capaces de romper los tímpanos. Pero tenían un punto débil, que ellos disfrutaban, sin embargo: la concupiscencia. La fundación de la secta del prepucio, de la cual emergerían cientos de denominaciones y credos en el transcurso de los siglos, en alianza entre el hombre y las bestias, habría de fortalecerse como un acto de humildad radical, desde el momento en que el hombre decidiera renunciar a su vano orgullo y falsa superioridad, entregándose por el bien de los mitos y leyendas, al placer del membrum virile de los animales excluidos del Arca, de las Sagradas Escrituras y de la imaginación misma. Esta era la evidencia de que el Altísimo había cometido un error deliberado con el propósito de que el hombre se percatara y tratara de enmendarlo. De modo que había que registrar gráficamente, para la posteridad, la evidencia máxima e irrefutable de que el hombre declinó a favor del animal desterrado para rectificar la omisión del Eterno.

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Usman bin Nimra había dispuesto de los mejores pintores de Levante. Sin embargo, al poco tiempo, oyó de boca de un mercader que en una ciudad desconocida para él, había una academia de pintura donde los artistas tenían la tradición de pintar animales salvajes al momento de la cópula, o los sacrificaban para despojarlos de la piel, abrirlos en canal y pintarlos en rigor mortis. Vio con asombro, con la quijada al suelo, ese arte expresivo extraordinario, muy emblemático, porque jamás había visto algo semejante, animales copulando ajenos al mundo, como si no existiera, dibujados y coloreados con perfección sobre pieles de antílope y papiros. Compró todas las pinturas que el mercader le había mostrado.

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Dio órdenes inmediatas para que partiera al alba una caravana con diplomáticos hacia la lejanísima ciudad de Bilad al-Barbar, sitio en el que la academia de pintura abría sus puertas desde el ocaso hasta el amanecer. Hablaran con los mejores pintores, trataran de convencerlos de que era importante participar en una tarea que la Historia y el Eterno los había seleccionado, y que él, Usman bin Nimra, les gratificaría generosamente. Recibirían a cambio de los bestiarios todas las monedas de oro que ellos desearan, más cien camellos y cincuenta odaliscas, las más bellas de la tierra, para cada uno de los artistas, por sus servicios y discreción. Lo que más le atrajo fue que desempeñaban su trabajo artístico a oscuras o, para pintar el cadáver del animal, se iluminaban con la luz de una vela. Usaban pinceles hechos de pelo de camello y cerdas del jabalí de la isla de Socotra. Convenientes virtudes porque los Elegidos no deseaban que los pintores repararan mucho en los detalles, al momento en que ellos arremetieran en los órganos genitales de las bestias diluvianas. Casualmente, los pintores de Bilad al-Barbar, que tenían conocimiento del latín, llamaban a sus pinceles phallus y praeputium. Con el pincel de cerdas del jabalí de Socotra, los pintores dibujaban la constitución anatómica del pene del animal, en su forma, dirección y dimensiones. La cópula entre animales, con el pincel de pelos de camello, respectivamente. Era la primera vez que lo usarían para reproducir la cópula entre hombre y animal. El segundo designio se había cumplido

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Cuando Abdelaziz bin Camandari guiaba al grupo en una de las salas que exhibía las pinturas de los penes de los animales —colgadas de los fríos muros— elaboradas por los artistas de la academia de Bilad al-Barbar, se podía observar que casi todos los miembros alcanzaban, en el caso de la cebra macho, cincuenta centímetros en estado de reposo, y noventa en estado de erección. Abdelaziz se dio cuenta que los Elegidos sudaban, carraspeaban, cruzaban miradas, el terror se había apoderado de ellos. Pasaron a la pintura del leopardo, la cual los recibió con un florete de carne desafiante, rígida y azulenca, tal vez por la presión de la sangre a todo tope. Disponían del tiempo necesario para seguir el recorrido, faltaban las pinturas del león, el rinoceronte negro, el elefante y la del hipopótamo. Los Elegidos le sugirieron suspenderlo; prefirieron ir al paseo por el jardín para ver los animales diluvianos, jamás vistos por ojo humano.

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Pisaron el jardín. Revoloteaban pájaros de muchos colores, había árboles frutales de todas las variedades, plantas trepadoras, flores que despedían aromas terapéuticos. Un arroyito de aguas cristalinas lo atravesaba hasta desembocar en el foso del castillo. El color verde imantaba la memoria de los Orígenes y todas las reminiscencias planetarias.

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¿Qué es eso?, dijo el ebionita salomónico, inquieto, al ver un animal de mediana alzada que pastaba como si fuese un caballo enano, cambiaba de posición y parecía una oveja, cambiaba de posición y parecía una gata gigante. Como parte de un trampantojo.

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Es un Enurco, uno de los animales excluidos por Noé. Es el más veloz de todos y el más obediente, dijo Usman bin Nimra, con tono bíblico, uniéndose al grupo.

Silbó.

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El Enurco se acercó como un animal amaestrado. Olisqueó las sandalias del ebionita salomónico. Después, con su lengua, humedeció la orilla de la túnica. Trató de levantársela.

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Provocó risas porque la intención del animal era llegar hasta su órgano viril.

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Ahora no es el momento—, dijo Usman bin Nimra, con delicadeza, mientras sus dedos se enterraron en la pelusa acolchada del cuello del animal, como la caricia de quien se sabe imprescindible. Luego, levantó la mano con gravedad herética, señalando hacia uno de los prados del jardín. El Enurco entendió la señal y partió.

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Los hombres estaban asombrados por la inteligencia del animal, de su rapidez y condición de variar formas, colores.

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Le has gustado y te ha elegido, dijo Usman bin Nimra. —¡Qué honor!—, añadió.

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¿Pero qué es?, dijo de nuevo el ebionita salomónico.

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Es lo que tú quieras, es muchos animales en uno, a veces es hembra, a veces es macho, puede ser una gata, oveja, salamandra, o un caballo, dijo Usman bin Nimra. Adquiere la forma de cualquier animal vertebrado y terrestre, de sangre caliente, el que tú desees e imagines.

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El ebionita salomónico volvió a ensimismarse.

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Cuando el Enurco se marchó del grupo, el ebionita salomónico percibió de reojo un extraño abultamiento en forma cónica que resaltaba de sus patas traseras. Cerró los ojos y se dejó llevar por la imaginación hasta el jardín de su casa, un paisaje verdaderamente hermoso, perfumado por olivos y árboles frutales (higos, uvas, granadas y pomelos), donde su padre, en las tardes ferruginosas, salía a tocar la cítara para ennoblecer el espíritu, juntos en familia. Conocía de antemano la importancia de formar parte de esta liturgia, era consciente de que había sido escogido no al azar como el correr del tiempo, sino por las señales que le había mandado el Altísimo. El tercer designio se había cumplido.

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La entrega de dádivas se celebró en silencio absoluto, celebrada en un salón rectangular, medianamente iluminado por unas cuantas antorchas, dispuestas a lo largo de un pasillo que conducía hasta una mesa con dos copas (una roja, una verde), y una corona de oro muy grande, puesta en el centro, símbolos de prestancia y poder. La única silla la ocupaba Usman bin Nimra, flanqueado de dos chambelanes; al costado de ellos, un par de baúles, donde depositarían los regalos, antes vistos, tocados y olidos por el anfitrión. El reverbero de las antorchas, al chocar con la oscuridad y la silueta de los Elegidos, proyectaba figuras intrépidas que se ensanchaban, trepaban en las gruesas y frías paredes del recinto, como si tuvieran vida propia. Los baúles, ya cargados, fueron traslados a una cámara contigua. Entretanto, los Elegidos volvieron a colocarse en fila; de la misma manera que en el episodio anterior, se acercaría uno tras otro para notificar la noticia secreta, haciendo bocina con la mano izquierda, no sin antes efectuar dos giros de cabeza, a la izquierda y a la derecha, según el protocolo, para empezar a narrar el mensaje. Lo relatado por el docetista bicéfalo, que nadie supo, que nadie sabrá jamás, originario de Nicosia, provocó la risa del anfitrión, a tal grado que llegó a sujetarse el estómago con ambas manos y humedecer, con una mancha visible a la altura de sus partes, la fina y purpurada túnica que vestía para tan grande ocasión. El cuarto designio se había cumplido.

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Diez edecanes y un mayordomo condujeron a los Elegidos al refectorio. Compartirían la mesa con los animales diluvianos, jamás vistos por ojo humano, con sus respectivos nombres originales: Layate, Anítpero, Gorjo, Letote, Nerro, Areye, Orpe, Enurco, Cozma, Nise. En el menú había dos opciones: a) pan ácimo, tres higos secos, un vaso de leche de cabra y miel; b) pescado del río Jordán a las brasas, condimentado con hisopo; tres huevos cocidos de codorniz y un vaso de vino aguado. La tarea del edecán consistía en escuchar la elección, notificársela al cocinero, esperar el platillo y servirlo. El quinto designio se había cumplido.

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Los artistas de Levante y de Bilad al-Barbar estaban ansiosos, preparados para dibujar y colorear los primeros bestiarios de la humanidad. Jamás imaginaron que esa noche fundarían, en el segundo tercio de la Era Común, un género pictórico y literario, admirado e imitado en los siglos posteriores. El encargo de Usman bin Nimra fue tajante, había que cumplirlo al pie de la letra: dibujar por cada Elegido dos bestiarios, en el momento de la felación; en el momento de la cópula con el animal diluviano. Tras la muerte de Elvira, condesa de Tolosa, la colección de bestiarios desapareció, algunos fueron confiscados y destruidos por el Papa Honorio Tercero. Arqueólogos y zoólogos de la Universidad de San Petersburgo afirman con pruebas irrefutables que algunos bestiarios cayeron en manos de Maimónides, Raimundo Lulio, Giovanni Boccaccio, Dante Alighieri y Giordano Bruno. Sin evidencias concretas aún, los científicos han formulado la hipótesis que los bestiarios restantes circulan en museos privados de Europa y Estados Unidos, basándose a partir de la lectura de un texto inédito de Vladimir Nabokov, custodiado por la familia Mikhelson —en Moscú—, la cual por órdenes expresas del autor, publicará ese manuscrito de 459 páginas en el año 2030, en el que Nabokov se ocupa detalladamente del análisis e interpretación de tres bestiarios, elaborados por órdenes del magnífico, visionario e infalible Usman bin Nimra. Los edecanes recogieron los recipientes y limpiaron las mesas. El trabajo de ellos había concluido.

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El mayordomo del castillo, de gran estatura, hizo acto de presencia; trató de deleitar a los presentes como si fuera un saltimbanqui, de entusiasmar a los hombres por el acontecimiento que estaba a punto de comenzar, porque notó dos estados emocionales contrapuestos; no obstante, sus gracias pasaron desapercibidas. A causa de la lujuria que los consumía, los animales ya estaban impacientes. Por su parte, los hombres lucían cabizbajos y resignados, no era eso lo que esperaban. Ya nadie podía dar marcha atrás. Era imposible.

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Dijo con voz cavernosa que pasaran a una sala ornamentada con muebles, según esto, fabricados con la madera que usó Noé para construir el arca. Había almohadones por todos lados, de diferentes colores, de tan esponjados que el cuerpo pronto sentía alivio.

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Por fin. El momento esperado.

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El mayordomo sofocó las antorchas y abrió las puertas para que ingresaran los artistas, preparados con los pinceles y todos los utensilios necesarios. Usman bin Nimra observaba la escena a través de un ojo de venado, hecho a propósito en el muro. No podía ni debía intervenir. De lo contrario, se violaría el pacto. Con este encuentro íntimo, el hombre, finalmente, redimía su parte animal. El sexto designio se ha cumplido, dijo el mayordomo antes de cerrar la puerta, tratando de hacer oídos sordos a los bramidos de los animales que empezaron a destrozarle los tímpanos…

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ILUSTRACIÓN DE EKO

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