Los deportados son como los desaparecidos: Leonardo Tarifeño

Mar 30 • Conexiones, destacamos, principales • 2949 Views • No hay comentarios en Los deportados son como los desaparecidos: Leonardo Tarifeño

/

Con su libro No vuelvas (Almadía, 2018), el cronista y periodista argentino Leonardo Tarifeño aborda el tema de las personas deportadas a Tijuana desde Estados Unidos, abandonadas a su suerte tanto por el gobierno de Washington como el de México

/

POR ADAM CRITCHLEY

Basándose en entrevistas y convivencias con personas deportadas de Estados Unidos, Leonardo Tarifeño retrata cómo viven, desamparadas y desesperadas, sin dinero y sin techo en Tijuana, Baja California, ‘ciudad de excesos la frontera más transitada del planeta y que en el 2018 rebasó su propio récord anual de homicidios.

 

El libro aparece en un momento en que el tema de la migración hacia Estados Unidos nuevamente ocupa las portadas de los periódicos, y en que la ira y el desprecio hacia los migrantes en aquel país ha crecido de manera alarmante. Pero más que enfocarse en esas personas que se van ‘al otro lado’, Tarifeño se detiene a escuchar las historias de los que, por alguna razón u otra, han sido abandonados a su suerte en México y, como resultado, son tratados como delincuentes.

 

“La cuestión migratoria de México a Estados Unidos tiene decenas de años, pero más que el flujo migratorio, esta historia se trata de la brutalidad y la arbitrariedad”, Tarifeño cuenta en conversación con Confabulario. “La gente en Tijuana me decía: ‘las personas piensan que saben mucho de la deportación, pero en realidad no sabe nada’.

 

 

Además de tratar de romper esa ignorancia y apatía que padecemos, ¿el libro sirve como una denuncia?

 

Lo que se ha hecho en México durante décadas es ignorar el problema de los deportados. ¿Qué credibilidad moral tiene un estado de condenar al abandono a la gente? Es una traición por parte del estado, porque los deportados, cuando están al otro lado, envían remesas a casa, pero en el momento en que deja de enviar, y queda deportado, esa persona ya no vale nada. Sólo vale por lo que tiene. Y eso fue uno de los motores de este libro. Estamos hablando de crímenes.

 

 

¿Cómo llegaste a interesarte en el tema?

 

Llegué a Tijuana para colaborar en el libro Nadie me sabe dar razón. Tijuana: Migración y memoria (El salario del miedo, 2017), y durante ese proceso vi que los propósitos con que habíamos ido habían sido muy ingenuos. Llegamos con las buenas intenciones desde la Ciudad de México, pero no sabíamos realmente qué pasaba en la frontera. Esa cuestión de querer verlo de cerca me dio ganas de regresar. Yo vengo del periodismo cultural y tuve la idea de poder aportar algo.

 

 

¿De darles una voz a los deportados?

 

Me preocupaba mucho eso, de mostrar a la gente quiénes son, y transmitir la calidad humana de esas personas. Me acordé de un trabajo que hice cuando visité una cárcel y hablé con los internos, y me di cuenta de que, independientemente de lo que habían hecho para acabar ahí, todas son personas con quien te puedes sentar a platicar, y hasta te pueden enseñar muchas cosas.

 

 

Un gran logro del libro es que evitas el morbo. Como comentaba la periodista Lydia Cacho durante la presentación de tu libro en la FIL, en el género de crónica hay una tendencia de resaltar el morbo con el fin de vender más libros. ¿Cómo lograste evitar eso?

 

Eso era otra de mis preocupaciones, y no sólo literaria, sino personal. Son personas que pueden provocar empatía. Es gente con nombre y apellido, cada una con sus experiencias personales. Fue difícil convivir con eso porque no estamos preparados a vivir con el dolor ajeno. Nos sentimos inmunes, pero no lo somos. Fue todo un aprendizaje. Y luego tuve que encontrar una manera de contarlo.

 

 

¿Cómo decidiste mezclar lo personal y las historias de esas personas?

 

Al poner al lector en un mundo bastante violento y oscuro, me interesaba que hubiera una intriga, una tensión para que el lector no supiera qué iba a pasar, que no supiera bien hacia dónde iba yo, y que es lo mismo que me pasaba a mí mientras estuve ahí.

También te remites a tu pasado y nos cuentas un poco de tu vida, de tus épocas de ‘vago’ en varias ciudades, cuando acabaste en la cárcel en Cuba, por ejemplo. ¿Eso fue un intento de identificarte con los personajes en Tijuana?

 

Creo que en el fondo todos pasamos por situaciones que implican una enseñanza. Pero también tenía miedo de parecer arrogante al compararme con esa gente. Toda esa gente que está en el libro está pasándola pésima, buscando a un lugar dónde dormir. Y ahora la situación está más grave, desde aquel entonces han llegado otros 6 mil migrantes, y la mitad de los cuales están en la calle.

 

 

Estamos acostumbrados a echarle la culpa a los gringos, porque son los que deportan, pero también revelas el maltrato a esa gente por parte de México. ¿Escribir el libro cambió tu perspectiva sobre México, como extranjero y como residente de largo plazo?

 

Nos acostumbramos a vivir con la barbarie y la crueldad, pero también hay un lado ‘civilizado’, como son las ‘patronas’ que preparan y regalan comida a los migrantes en su paso por este país. Pero me dolió personalmente que el país trata mejor a mí que a gente que nació aquí pero que se fueron a buscar una mejor vida al otro lado. Y me duele el hecho de que a cualquier persona le puede pasar eso. Que el estado se preocupa por negarte tus derechos. Sí me hizo doler mucho, pero lo que más me molestó no fue tanto la violencia que pude ver o que me contaron, sino lo que me decepcionó fue ese trato hacia la pobreza. Pienso que lo importante es ponerse a pensar un poquito, pensar que los deportados son tan mexicanos como los demás mexicanos, y que tiene que haber una política de estado que haga algo por ellos.

 

 

El panorama sería negrísimo si no fuera por personas como las que atienden en el Desayunador Salesiano Padre Chava que visitaste, y por personas como las patronas. ¿Crees que la gente sólo se salva porque hay personas que se preocupan y se movilizan?

 

A mí me consta que las cosas pueden ser distintas porque lo he visto. Luego uno tiene cierto escepticismo, uno piensa que algo no va a funcionar, o sólo sirve de parche, y sobre todo ahora que hay una tendencia hacia la ira, y a no escuchar a los demás. Sin embargo, pienso que las cosas sí pueden cambiar. La idea del libro es ‘vamos a pensar un poco, cómo se puede ir mejorando, y en qué nos convertiríamos si dejamos de ayudar a los pobres’. No puedes construir una sociedad a espaldas de los pobres. Hay que empezar a pensar.

 

 

Cuando la realidad supera a las creencias

¿Es el libro también en parte una consecuencia de tu libro anterior, Extranjero siempre (Almadía, 2014), un libro de crónicas que habla desde el punto de vista de tu nomadismo?

 

De no haber pasado por lo que yo he pasado, quizá no sería capaz de contar estas historias. Cuando escribía este libro pensaba mucho que los deportados son como los desaparecidos de Argentina, mi país natal, que son personas invisibles, personas que han sido extirpados. Me impactaron mucho las historias de los deportados, que llegan aquí, con su familia al otro lado, y no hay nadie que le pueda escuchar o ayudar. La gente no sabe qué derechos tiene, no tiene idea, han sido educados en aguantar vara, y no tiene instinto de buscar a alguien que le pueda ayudar.

 

 

¿Y es por eso que tampoco sienten una sensación de alivio al ‘llegar a casa’, de estar a salvo?

 

Esa escuela de humillación no la aprendieron en Estados Unidos, sino en casa, en México. Una cosa sería que les diera trabajo de regreso en su país, pero ni siquiera los trata como personas, sino como un desecho. La gente no sólo cruza a Estados Unidos por el dinero. Es que México los abandonó, estaban en el abandono mucho antes de que salieran a Estados Unidos.

 

 

Aunque tú puedas poner un punto final a tu libro, la situación sigue, es una historia que no acaba. Quizá se gane una batalla, una victoria, pero como historia, como situación, ¿sientes que la guerra sigue, como una guerra sin fin?

 

Escribir sobre el tema tiene un poco de eso, como ser corresponsal de guerra. Porque es una guerra que Estados Unidos promueve. Pero también hay una guerra silenciosa en México, de ver por el otro lado. Y yo tenía esa sensación, de estar en un frente, y me preguntaba, ¿cuál es el límite, hasta dónde vamos a llegar?

 

 

También tiene algo del trabajo de detective. La mujer que te pide que le ayudes a buscar a su hija al principio del libro, por ejemplo, hace que la narrativa arranque con una búsqueda, como una especie de misión imposible, y que crea una historia de intriga.

 

 

Tuve que intentar ayudarle, pero sin ninguna esperanza de poder ayudarle a encontrar a su hija. Mucha gente me pedía cosas, y en caso de esa mujer, yo no sabía qué hacer, qué decirle. Me traumó bastante.

 

 

Son historias trágicas, de personas que, como dice uno de ellas, al citar a Cerati, ‘quedan a un millón de años luz de casa’, pero a la vez hay historias que relevan la calidez humana, y la esperanza.

 

 

Para mí era muy importante que el libro no tuviera un tono oscuro. En esos lugares, con esa gente, hay sentido de humor, hay coqueteo, la gente no está desesperada todo el tiempo. Yo quería entrar a la historia sin los anteojos de la ideología, y me pareció importante transcender ésa.

 

 

Y logras muy bien retratar el lado humano, más allá de la política.

 

No se trata de una cosa de ideologías, de política, porque al verlo así pierdes de vista las cosas. Me di cuenta que el verdadero peligro no es esa gente, los deportados, sino la gente que quiere negar esa realidad o convertir a esa gente en criminales, o desinformar a propósito. Tuve que aprender a convivir con ellos y entenderlos y enfrentar este miedo que tenemos.

 

 

¿Escribir el libro fue una especie de activismo, al arrojar una luz sobre un asunto que está siendo ignorado?

 

Se trata de informar, que es lo que he hecho toda mi vida como periodista, a través de un relato. Mi motivo es informar e ir más allá de lo que vemos, ir al fondo, y así ojalá pueda crear conciencia. Pero me cuesta verme como alguien que pueda crear conciencia de algo. Lo que sí puedo hacer es transmitir la experiencia del aprendizaje que yo viví.

 

 

¿Cómo fue el proceso de la escritura?

 

El proceso duró como año y medio, durante el cual yo iba y regresaba de Tijuana. Al principio pensé que no podía escribirlo, no quería alejar al lector con tanta tristeza, y pasé mucho tiempo trabajándolo, la estructura y el tono. Estuve mucho tiempo dudando, hasta lograr pensar que era algo que tenía que soltar.

 

 

El libro mezcla tus andanzas personales con la narrativa sobre los deportados, y tienes una gran habilidad para encontrar personajes y contar sus historias. ¿Has pensado en escribir ficción?

 

Yo me considero un narrador de lo real, no veo la crónica como un trampolín hacia la ficción. Cada género tiene sus propias reglas, y yo soy de la no ficción, sé cómo lidiar con esto. Tengo que escribirlo de tal manera para que siga apareciendo como real, para que el lector crea en lo que estoy contando. La ficción te plantea otros problemas. Pero sí me preocupé de que el libro tuviera el ritmo y la lógica de una novela, para mantener el interés del lector. Quería que tuviera un impacto real que una novela no podría tener. Con la ficción la gente tiene el privilegio de no creer que es real. Estamos habituados a descalificar, a no creer. Yo quería llegar a un grado narrativo que la gente no podría desmentir. Donde hay humanidad, generosidad y el no juicio, las cosas se pueden cambiar, porque lo he visto.

 

 

 

FOTO: Aspecto de la valla fronteriza en los límites de Tijuana, México, y San Diego, California. /  Amalia Escobar / EL UNIVERSAL

 

« »