Octavia

Feb 16 • destacamos, Ficciones, principales • 750 Views • No hay comentarios en Octavia

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En un pueblo suizo, un joven expedicionario conoce a una muchacha ansiosa de creer en algo, al menos en un idilio

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POR FEDERICO CAMPBELL

Octavia vivía en el cerro. Me mandaría frambuesas con su hermana y muchos saludos (muy cordiales). Yo lo sabía porque todas las tardes se acercaba por detrás de la casa color madera como queriendo llegar.

 

Nosotros bajábamos en el desmonte de una brecha porque la gente de Bergün necesitaba un acceso a la montaña para explorar los bosques y para otras cosas. Veíamos las puntas de las montañas perfectamente blancas y unos ríos de cielo dejaban pasar las nubes. Abajo se planchaban unos montones de techos rosas sobre la tierra verde, verde en el fondo, seca donde se cortaba la loma. En otros sitios se asomaban unos tejabanes construidos al parecer con materiales sobrantes de la guerra.

 

Al bajar, teníamos que ir de uno en uno para abreviar camino y aprovechar las partes sin pasto. Pequeños montones de ramas secas y trozos de corteza oscurecían las orillas.

 

Las condiciones del campamento eran elementales. El invierno había dejado algunas vetas de nieve terrosa. El agua con que nos lavábamos era apenas soportable: el frío de los tobillos se tenía en la cabeza. Había juegos de dominó y cartas, pero a mí me gustaba más andar por las calles angostas viendo a los ancianos con sus bastones o a los lugareños que volvían del campo con sus vacas y luego salían muy arreglados, como predispuestos a una fiesta o a reunirse en la cafetería. Los domingos tocaban en la plaza. Nosotros los oíamos desde las ventanas del segundo piso. Por eso me daba cuenta de que niños y mujeres se acercaban poco a poco como si fueran a recibir algo. El padre de Octavia también frecuentaba esas calles; encendía su pipa varias veces y se sentaba solo en unos escalones que dominaban todo el centro del pueblo. Tenía unas orejas salientes. Su rostro apenas sostenía una capa de mejillas rasposas.

 

Octavia caminaba por aquella banqueta, con sus pantalones de invierno y su bufanda. Así tenía que andar porque aunque era verano, las tardes de la aldea empezaban a enfriarse desde las cuatro. “Tú tienes que venir el jueves y el viernes y el sábado, ¿verdad?”, me decía en una nota. Su letra se ladeaba sobre el papel como queriendo dar un círculo. Luego ponía su nombre. Otras veces me decía que durante el resto del año no vivía allí, que tenía su casa cerca de los lagos, que el agua pasaba sin hacer ruido.

 

Al principio, el otro poblado aparentaba estar por encima de nosotros; ascendíamos casi verticalmente. Al regreso, uno comprobaba que los dos pueblos no estaban tan cerca uno del otro. Ésas eran la vereda y las sillas de madera ancha colocadas oportunamente. Los viejos que gustaban de pasear se encontraban a cada vuelta, no como en la noche, cuando yo acompañaba a Octavia, sino como en las mañanas de los domingos. Octavia no veía esas cosas. Ella dormía hasta las once.

 

Me preguntó en qué creía. Yo traté de acomodarme a su pregunta tomando un poco de tiempo. Le dije que en algunas cosas sí y que en otras no. Porque es muy feo no creer en nada, añadió. Esa actitud pensativa apretujaba nuestro diálogo. (¿Por qué era necesario pensar en todo?) ¡Creo en ti, en los árboles, en el viento que no es frío, en tu risa! Ella me miraba y se metía las manos en los bolsillos. Caminaba más despacio que yo. Luego más rápido. Me dijo: Estoy muy sola. No tengo nada que hacer mañana y me molesta acordarme de los días que han pasado, aunque fueran encantadores. Me repugnan porque se han ido. Se han ido para atrás. ¿Por qué tiene uno que pagar con aburrimiento otros momentos? Nada debe tener precio. Quiero nacer todos los días y como quiero ser feliz tengo que ser irresponsable. Con compromisos el camino no es libre, no satisface. Pero, ¿hay algo que entender? La necesidad mueve la vida. Quiero que me busquen para no estar sola, pero no le hago falta a nadie.

 

El último día del campamento, en la noche, salimos a recorrer la carretera que iba a otro pueblo de la montaña. Caminábamos y los autos cruzaban veloces. Nosotros nos movíamos hacia la orilla atrás de unas piedras, escondiéndonos. El coche podría ser el de su padre. Avanzamos y regresamos al no ver luces en el poblado vecino. Al regresar por el mismo trayecto, el grupo de muchachos con quienes andábamos se apartó por el sendero central, pero nosotros, Octavia y yo, fuimos al caserón en donde me hospedaba. Estaba oscuro, eran las tres de la mañana; entré saltando cuidadosamente a mis compañeros que dormían en camas de paja. Alcancé el suéter y salí. Cuando bajé, Octavia me esperaba sentada en los escalones de madera, con su pelo corto, con sus ojos negros. No dije nada. Dispuse las mangas del suéter en posición adecuada. Metió sus brazos y la tomé redonda, sin cálculos. Seguimos por la carretera. Nos abrazábamos en la absoluta oscuridad del monte. No se oían voces. Mi mano se abrigaba entre el suéter y su espalda. Se escuchaba el agua de los lados, casi cuajada. Advertimos el corrillo de voces más enfrente, nada de luna, ni los faros distantes de los autos sugerían presencias. La tomé y me tomó. Me alzó en sus brazos y yo reía. La besé contra una roca al tiempo que tomaba una raíz saliente con la mano. Alcanzamos al grupo que reaparecía y se quedaba atrás o adelante, según la ocultación a que se acostumbran los ojos en la noche. Llegamos a un llano de tiendas de lona, junto a las que ya alguien había encendido una pequeña fogata. Uno de los muchachos sacó de su mochila un pastel de fruta que traía envuelto en papel metálico y una botella de oporto. Al disminuir muy tenuemente la oscuridad nos distribuimos en las tiendas. Hablábamos en voz baja. Fumamos. Octavia no salió y por un momento creí que nos quedaríamos dormidos. Contra la primera luz del amanecer distinguí su rostro y sus ojos cerrados. Me puso la mano en la boca: ¿Por qué lo echas todo a perder?

 

El alba obligaba a salir. Tomamos el mismo camino, cortándolo. Ya estaba de día. Le dije que era infantil porque creí que eso la heriría, y eso la hirió. Yo temía acercarme demasiado a su casa, la casa de sus padres.

 

El sabor a mañana se resecaba en mi paladar. Mis bostezos interrumpían los escalofríos. El pueblo asomaba ya muy cerca, abajo. Me devolvió el suéter y se perdió de vista. Yo empezaba a bajar por el sendero de costumbre, pero en esa dirección se encontraba la ventana de su padre. Al entrar Octavia, se asomaría y vería alejarse a un muchacho de suéter negro.

 

Tomé por el otro lado del cerro. Era verde, con los hoyos escondidos en la yerba. Mis pies resbalaban por la humedad de la mañana. Recaminé la vereda de la víspera y encontré el mismo puente cerca de las piedras. Al llegar al caserón preparé café, arreglé mis maletas y me dirigí hacia la estación del tren. Antes de abordarlo, Octavia apareció al otro lado de la vía. Una lluvia indecisa cambiaba el tono de la tierra, el ritmo de sus pasos. Ésa era la torre y aquel el camino, el camino de siempre (el de la iglesia, el de la zapatería, el que llevaba al campo donde robábamos manzanas). No había dormido aún. Cruzó los rieles y nos besamos. El tren empezó a moverse y nos dijimos adiós. La vida daba vuelta en espiral y a cada túnel salíamos, el tren y yo, viendo otra vez el caserío blanco pintado en las faldas verdes de la cuna. Subíamos y bajábamos, el tren y yo, hasta encontrar de nuevo el mismo fondo cada vez más pequeño.

 

 

Publicado en la revista Mester en 1964. La presente versión se publicó en Territorios sentimentales (Instituto Mexiquense de Cultura, 1990). Cortesía: Álvaro Cepeda Neri.

 

 

ILUSTRACIÓN: Dante de la Vega

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