Infarto menguante

Feb 16 • destacamos, Ficciones, principales • 1214 Views • No hay comentarios en Infarto menguante

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Los cuadros de la pintora Remedios Varo son escenarios en los que transitan los personajes de este cuento, uno de los primeros que publicó el escritor tijuanense 

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A Remedios Varo

POR FEDERICO CAMPBELL

La creación del Universo tiene sus causas en el círculo inquieto de una mesa: los platos y las frutas elevaron el mantel abombado, le dieron movimiento: fijaron la incandescencia de la vela central despegando hacia el aire en infinitas espirales. Y la mesa que todas las tardes rendía a los habitantes del castillo la brisa de las manzanas partidas y el estallido de las granadas infundió a todas las habitaciones la calidad de recintos etéreos. Dueña de la torre más alta, Selene preparó la evasión para la última noche. Nutría con polvo de estrellas a la luna enjaulada. Intercambiaba con ella silencios de gratitud y ojos desprovistos de pupila.

 

La expedición subrepticia de las monjas se inició el mismo instante en que Selene cruzó la puerta del claustro y se encerró. Cuando la buena Selene continuaba accionando el molino de harina estelar, Sarina se extraviaba en las cabelleras de los enviados orientales y, cobardemente, el abate Víctor ensayaba otras dimensiones con las paredes y los pisos de su alcoba; clavaba dos largas agujas transversales en uno de los diseños más antiguos de Américo Vespucio. El abate sólo participaba de uno de los dislocamientos del cuarto. Los globos terráqueos, el frasco donde guardaba los cabellos blancos que se le iban cayendo, las estructuras de alambre que ilustraban el movimiento de los átomos, se sostenían precariamente. Dos puntas de alfiler le servían de ojos, lente para admirar el infinito y contemplar la llegada de la Tierra por la ventana. Allí abundaba en motivos para olvidarse del rapto perpetrado por los mandarines (la huida de las monjas siempre le causó una indiferencia irreprochable).

 

Las ninfas envueltas en sus mantos monacales se dejaban llevar arrastradas por la túnica rodante de Santa Magenta. Los únicos testigos indiscretos fueron los gigantes góticos con sus sombreros de dos aguas y sus alféizares curiosos la nochebuena en que las hojas de los árboles se desvanecieron heladas y fueron recobradas por las nubes. La excursión clandestina tuvo un guía: Feliciano Ménestrier, fabricante de triciclos fugitivo.

 

Los destinos de Sarina y el grupo desaparecido de las Hermanas siguen los pasos de las historias felices. Selene y el abate San Víctor se inscriben en otro orden de finales.

 

Sarina fue rescatada, tomada de la mano, en un paraguas flotante que navegaba boca abajo sobre uno de os componentes del agua. Con la mano derecha guiaba el timón, con la izquierda se asía a su acompañante u el insólito personaje, el salvador Renato d’Argine, tomaba entre los dedos las riendas capilares de la nave. Al fondo aparecía, entre el suelo nebuloso, la puerta que más tarde los conduciría al espacio exterior y ambos aunaban una sola mirada a la cueva transitoria.

 

Por su parte, Santa Magenta eligió uno de los valles más ocultos para refugiar a sus seguidoras. En el último reducto de un castillo lejano, tomado al azar, organizó un taller de nuevos mundos. Ella misma, encapuchada, dirigía personalmente la sesión u entonaba las primeras canciones sacrílegas de ese tiempo fraguado en otro espacio; las niñas se habían despojado de sus vestimentas más íntimas, pero el hábito que las hacía inconfundibles las vestía ahora circunspectas y sabias. Bordaban otra planificación del globo sin sentido de la gravedad. De los tapetes quiméricos emergían otros castillos infantiles —ninguno sobrepasó la altura de los conejos. Ellas aceptaron la responsabilidad de esta recreación del Universo al que tornaron finito, por capricho. ¿Y Selene? Ella, Selene, abandonada, abrió las puertas del claustro al que había entrado voluntariamente y coqueteó con la vida terrestre. Los utensilios que hicieron posible su trabajo secreto, su confabulación con los polvos hurtados al cielo nocturno, quedaron empolvados en el suelo y su oficiosa manía de alimentar seres extraños tuvo como desenlace la condena por parte de todos los miembros de la constelación de Orión. No pasó más de dos semanas dedicada penosamente a la cartomancia; deambulaba entre los vestigios del castillo sobando las llaves mohosas, alisándose las canas más tenues para desagraviar a los espectros. De pronto, cayó una puerta inesperada: el abate San Víctor hacía rodar estrellas por el piso y miraba a Selene reducido.

 

—Selene —le dijo—, tiene usted las pestañas enredadas como Sor Juana y un lado del pelo como el joven Byron.

 

Éste fue el primer elemento terrenal reconquistado. Fue en ese instante cuando el abate San Víctor tuvo la imagen primera de la ciudad; vio los grupos de casas rastreadas en los confines por un par de nubes andariegas. La descripción de Selene nunca se había ocurrido tan necesaria: con la boca del ancho de la nariz, los ojos estampados como dos ciruelas lilas, el cuello elevado y negro, Selene no se permitió una palabra. El abate caminó por el pasillo lateral y advirtió con asombro que el castillo navegaba a flote sobre el aire; algunos restos de la construcción improvisaban una base desfigurada. El edificio carcomido se desplazaba salvando el cuerpo de un piso y unas paredes ondulantes. Selene permanecía como último sobreviviente silenciosa, sereno capitán de su nave loca. Uno de los travesaños ofrecía la última oportunidad: una cuerda se columpiaba por el peso de una red. El abate miró a la mujer. Selene se volvía de espaldas y sacaba del bolsillo el juego de llaves. San Víctor, el abate, aseguraba la punta de la cuerda y se envolvía en la red.

 

Antes de sucumbir, el castillo daba la apariencia de un ave volando y dejando caer gruesos hilos de sangre. El abate se tambaleaba peligrosamente y los lagos reflejaban su rostro. Abajo se alineaban los juegos luminosos que marcan las avenidas de la ciudad y la planicie urbana, en todo su cordón periférico, se ladeaba. Así, inclinada, emergió suavemente; quedaba la lejanía detenida de la ciudad. La red se enganchó en las puntas de unas rejas forjadas; el abate San Víctor cayó a salvo de las rejas presa de una lividez inusitada. Abrió la puerta de hierro y, a rápidos pasos, dio alcance a un señor que se acomodaba en un automóvil. Le explicó la situación de su estado achacoso, es decir, que se sentía mal. Era urgente trasladarlo a una clínica. El transeúnte no respondió. Impávido, examinó al forastero de la cabeza a los pues; apagó el motor y bajó del coche. Llevaba una bata blanca, lentes de cristal delgado, sin aros; un rostro así, trazado irregularmente en las cejas y en los pómulos, ajado apenas, no podía ser de muchas palabras. Puesto como corbata, un par de tripillas terminaba dando forma a un objeto encendido. El señor murmuró un “vamos a ver” y acto continuo desabrochó la camisa del abate a la altura del pecho. San Víctor sintió entonces una moneda de plata, fría, bajo la tetilla izquierda. Poco a poco se le fueron enfriando las costillas flotantes; después, el señor separó sus labios e introdujo el periscopio iluminante, recorrió todo el conducto que va de la faringe al estómago y el abate percibió, al aspirar, que su tórax desalojaba las tinieblas. El señor de la bata blanca montó de nuevo a su auto y al encender la máquina dijo que no era nada, “son sus nervios”, que se fuera a dormir. Más tarde el abate caminaba en declive por la baqueta; la calle se disponía en forma de medio columpio; todos los semáforos se suplían sincronizadamente a cada cuadra mientras los incontables anuncios se combinaban para no dejar un momento de quietud a los ojos. Antes de que los edificios se vinieran encima, un avión asomó por las azoteas. El caminante solitario pudo, a pesar del frío, dialogar con el piloto; era un buen amigo, a primera vista. Le recomendó abrigarse y le indicó con la mano las nubes en complot. Se unían todas. Se abrazaban unas a otras, se batían profusamente y dejaban flotar la espuma. Muy pronto, se integraban en bloques que, sólidos y pesados, achataban las cúpulas de las iglesias y las puntas de los rascacielos contra la superficie. El pavimento empezó a derretirse; el asfalto se erguía elástico difundiendo un olor a gasolina quemada. Las nubes conflagradas arrasaban la Tierra. Toda la pasta del aire y de las tumbas, todos los alambres de los postes, dejaban hundidos los semblantes. El cielo y el planeta enteros se aplastaban a lo ancho de la ciudad desierta; producían el sonido que hace el agua al recibir un objeto caliente.

 

El abate San Víctor sintió segura, fija, su nueva coraza glacial y su rostro quedó grabado en un montículo de granizo que servía de piedra importante, curiosa, en el museo de historia natural de los venidos a menos.

 

 

“Infarto menguante”, cuento publicado originalmente en  Cuadernos del viento, no. 57-58 (marzo-abril de 1966)

 

FOTO:  Exploración de las fuentes del Río Orinoco. Remedios Varo, 1959. / Especial

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