Lugar común el miedo

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La violencia contra los periodistas en México es narrada en Todos los miedos, novela que recrea 20 horas de horror en la vida de la reportera Daniela Real

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POR VICENTE ALFONSO

De acuerdo con el Manual de Seguridad para Periodistas distribuido por la organización internacional Reporteros Sin Fronteras, casi 95% de los periodistas muertos en el cumplimiento del deber son reporteros locales que no cubrían conflictos armados sino asuntos locales. La abrumadora mayoría de esos crímenes (93.4%) queda sin castigo. He recordado estos números mientras leía Todos los miedos, la más reciente novela de Pedro Ángel Palou, pues el libro toca dos áreas de reflexión: la primera en torno al papel que juega el periodismo en tiempos de la posverdad y la segunda acerca de los nuevos rumbos que toma nuestra literatura.

 

Vamos primero al terreno periodístico. La novela de Palou continúa las exploraciones en torno a la compleja relación entre la prensa y el poder iniciadas por autores como Vicente Leñero (Los periodistas, 1978), Federico Campbell (Pretexta, 1979), Héctor Aguilar Camín (La guerra de Galio, 1991) y Daniel Salinas Basave (Vientos de Santa Ana, 2016). En el nivel de la historia, Todos los miedos cuenta 20 horas en la vida de Daniela Real, reportera que sobresale por su olfato periodístico y por su instinto para detectar eso que en literatura llamamos lugares comunes, es decir, frases hechas, recurrentes, como cuando decimos “llueve a cántaros”. Al inicio de la novela nos enteramos de que Daniela ha perdido su empleo porque ha tenido el mal gusto de emprender una investigación que vincula a funcionarios de alto nivel con el crimen organizado. Dado que eso le acarrea problemas al periódico, sus superiores deciden cesarla. El despido no amedrenta a la muchacha, que continúa su indagación por la libre. Como es previsible, no tardan en llegar las amenazas por un lado y los intentos de soborno por el otro.

 

Todos los miedos cuenta también la historia de Fausto Letona, ex militar desahuciado en busca de una última misión. Letona es, por así decirlo, un tigre cebado: un hombre que ha probado a qué sabe hacer justicia por propia mano. En su búsqueda se topa con la joven reportera. A su modo, la relación entre Fausto y Daniela evoca el baile de Filiberto y Martita en El Complot Mongol: el ex militar se propone proteger a la muchacha sin que ella lo sepa. No va a ser fácil. Pronto quedará claro que los sicarios no son los enemigos más peligrosos de la joven.

 

En 29 capítulos, Palou nos hace ver que para cualquiera que viva en México —pero en especial para ciertos grupos como reporteros, activistas y mujeres jóvenes— la cotidianidad exige cuidarse la espalda. Con más de cien periodistas asesinados en México en lo que va del siglo, el miedo se ha convertido en el lugar común del gremio. Acaso para dejarlo claro Palou menciona los nombres de Javier Valdez y Miroslava Breach, por ejemplo, o el de Manuel Buendía, asesinado el 30 de mayo de 1984. Y también evoca a víctimas reales cuyos casos han caído en el olvido: Valeria, la niña de once años violada y asesinada en una combi en Neza, Mariana Joselín Baltierra, de 18 años, asesinada con brutalidad en Ecatepec.

 

“La ética y la técnica son indisolubles en el periodismo. La primera es el alma de la segunda”, ha escrito el periodista colombiano Javier Darío Restrepo. La frase viene a cuento porque la novela de Palou muestra que en literatura ocurre lo mismo. La historia de la novela es tan amarga y tan oscura que corre el riesgo de eclipsar a la forma, es decir, la carpintería con que está escrita. Pero una relectura evidencia que es justo la técnica lo que nos permite conmovernos. Me explico: en una sociedad que olvida los nombres de las víctimas reales pero dedica decenas de páginas electrónicas a explicar la muerte de Adriana La Cerva en Los Soprano, Palou sabe que no basta enunciar el horror: hay que lograr que el lector lo sienta. Pero ¿cómo conmovernos frente a una historia que por desgracia hemos escuchado demasiadas veces en clave periodística? Para hacerlo elige el esquema del thriller. Los datos duros están allí: sabemos que tan sólo en Tamaulipas desaparecieron mil 629 niñas el año pasado. O que una víctima de trata puede ser violada hasta 30 veces en un día. Pero únicamente la carpintería narrativa permite contar, junto a los datos, la subjetividad que les acompaña: el estrés, la incertidumbre, la impotencia, el horror que implica vivir hoy en México.

 

La estructura de la novela es la de dos líneas narrativas que se trenzan. Una de estas líneas sigue a Daniela, la otra a Fausto. Los hechos nos llegan contados por dos voces distintas: una asustada y nerviosa, la otra infectada de rabia. Con ello Palou nos hace ver que el lenguaje es uno de los espacios donde reside el horror. El mundo es según lo contamos. La violencia comienza en las palabras. Por ejemplo: el argot judicial está diseñado para despersonalizar, criminalizar, intimidar o restar importancia. Recordemos el lenguaje descafeinado al que recurren los funcionarios cuando no quieren comprometerse, ese que habla de osamentas y de víctimas colaterales. Pero si la palabra es violencia, también puede ser su antídoto. Denunciar estas prácticas, desenmascararlas, es parte de las funciones del género novelístico en este momento. “¿En dónde les enseñarán a hablar así? ¿En la academia de policía o con sus jefes en las reuniones de mando?”, piensa Daniela cuando un oficial le impide penetrar en su propia casa. Frente estos lugares comunes del horror, Pedro Ángel Palou usa la técnica del zurcido invisible para introducir en el libro citas textuales o variaciones de Juan Rulfo, de Carlos Fuentes, de Martín Luis Guzmán.

 

Así, Todos los miedos es una lograda pieza de relojería que fluye a una velocidad rabiosa hasta estrellarnos contra la realidad. Novelas como ésta, como 49 cruces blancas de Imanol Caneyada, como Una novela criminal de Jorge Volpi y como No manden flores de Martín Solares, nos muestran cuáles son los nuevos derroteros del género en el convulso país en que vivimos.

 

 

FOTO: Pedro Ángel Palou, Todos los miedos, Planeta, 2018. 201 pp. /Especial

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