Una amistad en la escena

Nov 16 • Conexiones, destacamos, principales • 1164 Views • No hay comentarios en Una amistad en la escena

POR JOSÉ RAMÓN ENRIQUEZ

 

Mi amistad con Ignacio Solares sobrepasa en mucho mi breve encuentro con el maestro Fuentes Mares. Hace alrededor de cuatro décadas nos conocimos gracias al teatro y con su dramaturgia como objetivo. Después encontramos muchas otras coincidencias, entre las cuales la fe tiene lugar preponderante. Pero la fe vista desde la Historia, nuestras historias, el Relato de la Historia de la fe y nuestros relatos de nuestras historias de fe. Tales son las playas en que encontramos con frecuencia cómo se estrellan las olas de nuestras angustias y nuestras esperanzas.

 

 

Y, también, desde hace alrededor de cuarenta años he tenido que ver con el montaje o al menos la lectura de prácticamente todas sus obras, así como de gran parte de su narrativa. Ahora, desde la península yucateca en que me encuentro, la lejanía me hace, más que otra cosa, un entusiasta fan. Y como gran parte de sus obras ha sido de tema histórico, como lo ha sido gran parte de las mías, puedo afirmar que también en los escenarios la historia nos ha convocado.

 

 

La personal manera de encarar la historia que tiene Ignacio Solares ha sido desde muy dentro de ella. Siempre lo he imaginado a la hora de construir sus textos de este tipo, sean narrativos o teatrales, como uno más de esos personajes que reciben la visita de fantasmas y son poseídos por ellos. Este, creo, es el secreto, de la literatura histórica de Solares, que él permite la posesión. En otras palabras, si habláramos en términos de espiritismo: él entra en un trance durante el cual él mismo se convierte en personajes que, a su vez, serán poseídos por otros personajes en una especie de laberinto sin fin o en una especie de casa de espejos que logra resultados excepcionales.

 

 

No es fácil este “dejarse ir” o este “permitir que lleguen” a tomar posesión de uno fuerzas desconocidas. Requiere valor en cualquiera de sus dos modalidades. Es preciso que el artista quede lo suficientemente anclado en su propia realidad para no perderse en la del Otro. Y, durante el proceso, si habláramos de porcentajes, habría en una sola persona un 25% de sí misma y un 75% de Otro. Un Otro que es un personaje histórico, ni siquiera un producto puro de la imaginación. Es decir, un Otro que viene de afuera. Podrá entenderse que el valor necesario para permitir este tipo de posesión poética es el que se requiere para viajar por la muchas veces indistinguible línea entre eso que llamamos cordura y eso que llamamos delirio. Solares, sin embargo, en cada una de sus obras, se lanza en busca de esa frontera para cruzarla sin dejar de quedarse bien afincado del lado de la cordura, desde el cual solamente puede darse el hecho estético.

 

 

Pero sus personajes no necesariamente quedan del lado de la cordura. Perdidos en las casas de los espejos o en los laberintos sin fin pueden acabar extraviados y guiados por sus fantasmas hacia regiones que trascienden la mirada del espectador, como le ocurre al anciano general Calles de su El Jefe Máximo.

 

 

Y esta obra me resulta especialmente cercana porque, gracias a ella, volví al teatro. El Jefe Máximo fue a buscarme a mi retiro de Cuernavaca durante un breve pero contundente periodo en el cual quise dar el paso hacia una visión más contemplativa de la literatura y aun de la propia vida. Pero llegaron los fantasmas históricos y me poseyeron también, hasta obligarme a regresar al DF para construir el entramado escénico con cómplices como el siempre admirado Miguel Flores, un Jesús Ochoa por quien viajé media República para traerlo de su mismísima Ures natal (en realidad, de triunfar en Hermosillo), un muy jovencito Antonio Crestani que estaba por terminar la carrera y el talento plástico y musical de José de Santiago.

 

 

Si me atrevo a hablar de trance y posesión en el método de Solares para enfrentar la historia es porque lo conocí en carne propia al trabajar con El Jefe Máximo. Y, después, con cada una de sus obras.

 

 

Hay una en especial que no tenía en la memoria al empezar a escribir estas notas. Me refiero a Los Mochos.

 

 

Primero por cuestiones de salud y, después, porque se me vinieron encima los trabajos de fin de cursos, retrasé la entrega. Lo suficiente como para enterarme de la reciente muerte de Xavier Rosales, luego de una penosa enfermedad. Xavier era un muy joven egresado del Centro Universitario de Teatro de la UNAM cuando estrenamos Los Mochos y tuvo que enfrentarse a un ser tan complejo, tan lleno de laberintos religiosos y morales, como era José de León Toral, extraordinariamente tratado por Ignacio Solares. Pero, al propio tiempo, se encontró mano a mano con uno de los mejores y más experimentados actores teatrales de nuestro país quien, además, había sido su maestro: Miguel Flores.

 

 

Recuerdo cómo siguió mi manera de entender el teatro: que el actor no construye al personaje sino que es el personaje quien construye al actor, y que la principal obligación de este radica en encontrarse técnicamente en la mejor forma y permitir que ocurra el contacto y la transformación. Así, Xavier Rosales entró en relación auténtica con Toral. Inclusive tuvo en sus manos una carta del asesino de Obregón quien se sentía enviado de Dios para efectuar un tiranicidio justificado por la Biblia y por Santo Tomás de Aquino, y ofreció una entrañable personificación de ese “mocho” frente al otro “mocho”, el general Obregón, quien encontró en Miguel Flores toda la sorna y la inteligencia para jugar a lo que Solares pedía: haberse salvado de la muerte.

 

 

Ahora, las memorias tanto de Xavier Rosales como del propio Toral llenan estas notas y se unen a las fantasmagorías que ha propuesto Ignacio Solares a lo largo de su obra histórica.

Si la Historia no hubiera transcurrido de tal forma sino que se hubiera ido por tal otro camino, ¿qué sería de sus personajes, qué del país y, sobre todo, qué de nosotros mismos?, se pregunta Solares con frecuencia. O, de otra manera, si todos los presidentes de un partido único que rigiera México durante setenta años, se volvieran uno solo, centenario, que reflexionara sobre sí mismo y se encontrara con el fantasma del Apóstol de la Democracia, Francisco I. Madero, en uno de esos juegos espíritas que tanto le gustaban, ¿qué se diría y qué vendría a decirnos?

 

 

Estas últimas preguntas llevaron a Solares a escribir El gran elector y a mí me permitió dirigir tanto a mi maestro Ignacio Retes, en una de sus últimas actuaciones, junto con mi entrañable alumno que hoy de muchas maneras se ha vuelto también un maestro para mí, Antonio Crestani. Y con ellos otros dos queridos compañeros de fatigas: Emilio Guerrero y Augusto Molina. Como en El Jefe Máximo, nos movimos también en el espacio diseñado por José de Santiago.

 

 

Creo que cada uno de nosotros puede dar testimonio de cómo han llegado esos fantasmas al escenario y nos han usado para relatar a su manera una Historia que, en realidad, es muchas. Yo, por lo menos, puedo dar testimonio veraz y sin sombra alguna de dudas, de que los personajes de Solares llegaron a mí, de la misma manera en que el Padre Pro llegó hasta el general Calles en El Jefe Máximo y hablaron conmigo más o menos en los mismos términos: “Usted sabe quién soy, General. O ¿no? Tanto tiempo de temer que apareciera… Años de esperarme, de temerme, de saber que finalmente llegaría… Aquí me tiene frente a usted, corporificado…”

 

FOTO: Ignacio Solares, autor de literatura histórica

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