1984, el año de la distopía

Mar 13 • Reflexiones • 1568 Views • No hay comentarios en 1984, el año de la distopía

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Desde su publicación, poco después de la Segunda Guerra  Mundial, esta novela de George Orwell ha representado la libertad de pensamiento frente a las tentaciones totalitarias de diversos líderes políticos

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POR RAÚL ROJAS
Cuando en 1946 George Orwell comenzó a escribir su aclamada novela 1984, la segunda Guerra Mundial había apenas concluido y la memoria del fascismo estaba fresca. El estalinismo aún tendría aliento en la Unión Soviética hasta 1956, cuando Nikita Kruschov denunció los crímenes del dictador. Así que 1984 parecía una fecha todavía muy lejana, era casi como referirse siglo XXI en los sesentas o setentas del siglo pasado. Pero el año 1984 inexorablemente llegó y la novela distópica de Orwell se había materializado en diferentes países y contextos culturales.

 

Desgraciadamente se sigue aún materializando. 1984 es, sin lugar a dudas, una de las críticas más ácidas y lúgubres de las dictaduras y del control cognitivo que ejercen. Junto con Rebelión en la Granja, el libro constituye un estudio de la forma en que se puede doblegar a una sociedad, no con base a la pura violencia, sino subvirtiendo su capacidad de razonar. Se esclaviza a la sociedad, que además termina celebrándolo. La obra va mucho más allá de lo que fue al principio, una crítica puntual del estalinismo. Sigue siendo muy actual como sátira del totalitarismo.

 

El personaje principal de 1984 es Winston Smith, un simple empleado del Ministerio de la Verdad. Su labor consiste en recortar todos los días los originales de los pocos diarios existentes para “corregirlos”. Si el gran líder, el Hermano Mayor, había pronosticado una buena cosecha de algodón o algún éxito militar y esto no había ocurrido, no había necesidad de dar explicaciones. Los diarios simplemente eran parchados para que el Hermano Mayor siempre tuviera la razón, a posteriori. La historia debería ser progreso continuo, de un éxito al siguiente, de manera rectilínea y sin tropiezos, como corresponde a cualquier régimen infalible. Si no ocurría así, se alteraban los archivos. Winston Smith, nos dice Orwell, amaba su trabajo, que era el de un falsificador estrella.

 

Muchas veces el arte anticipa a la realidad, como se ha dicho muchas veces. En el fictivo país Oceanía, donde se ubica la narración, el Hermano Mayor se dirige todos los días a la población a través de televisiones instaladas por doquier. Durante sus Dos Minutos del Odio se denuncia a los traidores y saboteadores. Si algo va mal, es siempre debido a esos criminales. El Hermano Mayor y su gobierno nunca son culpables de ningún descalabro ni desabasto.

 

En Oceanía, además, el lenguaje ha sido modificado para que ciertos pensamientos simple y sencillamente no se puedan expresar. Todos los ministerios han recibido nuevos nombres. El Ministerio de la Abundancia (¿del Bienestar?) se encarga de informar a la población de los grandes avances que reducirán el déficit crónico de muchos productos. Por eso todos los días se gana la “batalla por la producción”, que siempre implica que hay más productos de los que se anunciaron (y es el trabajo de Winston Smith garantizar que los diarios viejos contengan las cifras reducidas para que siempre se logre simular sobreproducción). El slogan preferido del Ministerio de la Abundancia es “nuestra nueva vida feliz”. Hoy lo repetiríamos tres veces, “feliz, feliz, feliz”.

 

El Ministerio del Amor cubre en Oceanía las funciones del ministerio del interior y trabaja coordinándose con el Ministerio de la Verdad (hoy traduciríamos de la Función Pública). Entre los dos se encargan de detectar a los disidentes. La trinidad del Poder está definida en Oceanía por el Hermano Mayor, el Partido, y la Policía del Pensamiento. En nuestros días una policía así ya no consiste de uniformados, sino de granjas de troles que se ocupan de apabullar al pensamiento disidente cada vez que levanta la cabeza.

 

En Oceanía a las clases populares, la gran mayoría de la población, se les llama “proles”. A los proles hay que tenerlos distraídos y entretenidos con todo tipo de trucos, por ejemplo, la lotería, celebrada cada semana. La lotería es organizada por el Ministerio de la Abundancia, pero “los premios son imaginarios. Sólo se reparten pequeñas sumas y los ganadores del premio mayor son personas inexistentes”. La Lotería es así solamente una materialización más del tercer slogan del Partido: La Ignorancia es la Fuerza. Obviamente que la ciencia y la tecnología ya no juegan ningún papel en Oceanía, ya que dependen “del hábito del pensamiento”, que ha sido aniquilado. Es más, en la Neolengua hablada en Oceanía ya no existe una palabra para decir “ciencia”.

 

El problema para Winston Smith, en la segunda parte de la novela, es que poco a poco comienza a distanciarse del régimen y a tener “pensamientos criminales”. Winston se relaciona amorosamente con Julia, otra disidente, y entabla contacto con miembros de la resistencia, que en la novela tienen cierta semejanza con los disidentes trotskistas de la Unión Soviética. Winston y Julia son aprehendidos y van a la cárcel, donde son “reeducados”. La reprogramación se da a través de tortura y de tres pasos esenciales: “aprender, entender y aceptar”. Al final de cuentas la policía logra quebrar a Winston que delata a Julia y pide que sea a ella a quien castiguen. Pero lo que no sabe Winston es que Julia también se ha convertido en un testigo que se acoge al “criterio de oportunidad” y lo ha delatado a él. Ambos terminan perdiendo toda pizca de autorrespeto y deciden someterse al régimen. Al cierre de la novela leemos sobre Winston Smith: “todo estaba bien, todo estaba bien. Se terminó la batalla. Había salido victorioso contra sí mismo. Amaba al Gran Hermano”.

 

Un apéndice al final de 1984 explica la creación de la Neolengua, que suplantaría completamente al inglés en 2050. El vocabulario “estaba construido para poder expresar cualquier cosa que un miembro del Partido quisiera decir, mientras que excluía cualquier otro significado y la posibilidad de llegar a él de manera indirecta”. La expresión “libertad intelectual”, por ejemplo, no se podría formular en Neolengua.

 

1984 está ciertamente anclado en la decepción política sufrida por George Orwell (cuyo nombre verdadero era Eric Arthur Blair) después de su participación como voluntario en la Guerra civil española. Durante la contienda Orwell conoció a los líderes socialistas españoles y le tocó vivir directamente las purgas escenificadas por los comisarios estalinistas que acompañaban los envíos de armas a España. Al final, la república fue aplastada por los fascistas. Después de la firma del pacto entre Hitler y Stalin en 1939, poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, Orwell rompió definitivamente con el comunismo soviético. Apenas acabada la guerra publicó la ya mencionada Rebelión en la Granja, que fue su primer gran éxito como escritor.

 

Quizás el mensaje que nos deja 1984 hoy en día es que hay muchas maneras de construir una sociedad democrática. Véanse las diversas experiencias de los países de Europa occidental. Y, sin embargo, hay pocas maneras de construir dictaduras. Éstas se parecen las unas a las otras como hermanas gemelas. El poder se concentra en un líder infalible, omnipresente diariamente en los medios. La propaganda machaca el cerebro de la población, día con día, hasta que lo negro es blanco, y lo blanco es negro. La población acaba por “entender y aceptar” ganando la batalla contra sí misma y termina amando al gran y popular líder… hasta que ocurre el siguiente giro de la rueda de la historia, que, si el pasado es una guía, pocas veces ocurre de manera pacífica.

 

FOTO: George Orwell también escribió Rebelión en la Granja, una alegoría del totalitarismo soviético./ Especial

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