Amparo Dávila y la escritura atribulada

Abr 25 • Reflexiones • 2390 Views • No hay comentarios en Amparo Dávila y la escritura atribulada

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La cuentista mexicana Amparo Dávila fue capaz de denunciar el mundo atormentado y vulnerable de la mujer contemporánea a través de la ficción. La presencia de lo siniestro y lo amenazador que caracteriza su obra emula las rígidas costumbres morales que persiguen a sus personajes

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POR RODRIGO MENDOZA

La escritura de Amparo Dávila yace en una zona poco explorada de la literatura mexicana del siglo XX. Su mundo literario es atípico en las letras nacionales porque, en un momento en el que un creciente regionalismo tan crítico como mítico emergía de la pluma de Rulfo y Arreola, y el tiempo de la escritura y de la existencia misma era reconfigurado por Salvador Elizondo, Dávila se encargaba de confeccionar una atmósfera amenazadora en torno a sus personajes siempre citadinos, acaso indefensos. Como cuentista de lo siniestro, Dávila supo poner el ojo en la vulnerables que son la vida, la cordura y la felicidad frente a una ajetreada existencia contemporánea. Su obra nos permitió observar el mundo femenino atribulado y siempre mal juzgado por un entorno hostil que devora todo a su paso.

 

Así, en sus cuentos a menudo nos encontramos con mujeres que son escrutado continuamente por una sociedad a veces vil, a veces incomprensiva, tan manipuladora como cruel. “La señorita Julia” nos abre el camino hacia la autodestrucción de una mujer cuyo único error ha sido no cumplir con las expectativas que la sociedad tiene de ella. Julia es intachable: trabaja, vive sola y tiene una relación sentimental que está a punto de transformarse en matrimonio. Es, pues, una mujer moderna autosuficiente a la que no le interesa caer en el rol tradicional impuesto por una sociedad machista. Quiere vivir su vida a su ritmo, con sus reglas. Pero la rígida sociedad y sus instituciones le quitan el sueño, la enloquecen, la calumnian. Esas ratas que destrozan su casa por las noches no son más que los valores obsoletos de un mundo que no perdona a una mujer como Julia. La locura en la que ella se sumerge paulatinamente es producto de un mundo siniestro en el que no pueden existir Julias: o esposa abnegada y hogareña o nada.

 

“El huésped” es, quizás, el cuento más emblemático de la zacatecana no por su impecable manufactura, sino por su poderoso retrato de la violencia de género. Ese extraño ser de ojos amarillos, diabólico y salvaje, que llega sin previo aviso y por decisión unánime del padre de familia no es más que un reflejo de la imposición que la institución matrimonial ha decretado sobre la figura varonil en tanto representación de autoridad. La esposa y sus hijos se ven aterrorizados constantemente por la presencia de esta figura oscura y escurridiza que se ha adueñado de su espacio y de su tranquilidad ante la ausencia y el completo desinterés de la figura paterna. Este hombre no escucha las súplicas de la mujer y de sus hijos porque su decisión es indiscutible. Es él quien pone pan sobre la mesa y es él, por ende, quien decide quién vive bajo su techo. La imposición de este huésped puede ser leída de muchas maneras: no solo se trata de violencia doméstica y de restar visibilidad a la figura de la mujer en las decisiones del hogar, también puede leerse como la intromisión de un tercero en un matrimonio ya de por sí frágil. ¿Una amante? ¿Un hijo ilegitimo? ¿Un secreto mortal? Si en “La señorita Julia” lo siniestro provenía del exterior, de un tejido social intolerante, en “El huésped” lo amenazante emerge del núcleo familiar, de ese espacio donde, en teoría, todos deberíamos estar a salvo.

 

Este ente que persigue y tortura a una mujer atada al fiasco matrimonial también se puede ver en “Música concreta”. Ahí, Marcela es perseguida por una figura monstruosa que representa el adulterio. La infidelidad de su esposo le ha succionado la alegría, la serenidad; la ha vuelto una figura flaca, nerviosa y frágil que habita un espacio lleno de incomprensión y desamparo. Ese monstruo viene del siniestro mundo de las instituciones morales.

 

En esa línea también sobresale “El último verano”: una mujer de 45 años, a punto de entrar a la menopausia recibe la inesperada y terrible noticia de su embarazo. A cargo de seis hijos, con una situación económica inestable y a una edad poco conveniente para la maternidad, esta mujer cae en una espiral de depresión y ansiedad que la lleva a lamentar su condición actual. Pepe, su esposo, la ha dejado a cargo de la educación de los hijos y el mantenimiento del hogar sin ninguna clase de miramiento. Así, en ocasiones, un embarazo “no es un premio sino un castigo”. La maternidad, escribía Dávila desde 1977, será deseada o no será. El aborto de la protagonista, aunque involuntario, es, más que deseable, oportuno. Pero resurge esa malévola encarnación de las conductas conservadoras y persigue a la protagonista tras el aborto, llevándola a un final incendiario en el que la mujer legitima su derecho a decidir sobre sí misma.

 

Esa sombra que se cierne sobre sus protagonistas es imparable y alcanza la intimidad del hogar, de la familia, de la mente y no se queda solo en el umbral. “La celda” es un afortunado retrato de una joven que un día despierta en la plenitud de su sexualidad, solo que ésta es dibujada como una presencia maligna que devora la conciencia y la tranquilidad virginal de la pobre María, quien no entiende cómo sobrevivir a esta sombra que invariablemente la visita todas las noches. Ese rechazo y miedo iniciales se convierten gradualmente en una aceptación plena del goce físico propio que María irá descubriendo sin ayuda de nadie más y que la convencerá de su autosuficiencia. Ni el noviazgo ni el matrimonio son indispensables para alcanzar la plenitud sexual, esa presencia siniestra nocturna que la visita y que la hace dudar de su integridad espiritual.

 

La cuentista zacatecana reivindicó el poder de la imaginación al demostrar la vigencia de sus denuncias. Amparo Dávila no evocaba fantasmas ni espectros, mejor creaba espacios únicos en donde las reglas de la realidad se vieran tan violentadas como las mujeres que desfilan por sus páginas. Tejió con letras una red de matices diabólicos y aterradores que emulan lo siniestro de la existencia misma.

 

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