Árboles 

Dic 26 • Ficciones • 1419 Views • No hay comentarios en Árboles 

POR ALEJANDRO PANIAGUA

 

Cuando supe que tus riñones estaban mal de nuevo, papá, decidí venir a verte todas las tardes. Ahora entro a trabajar una hora antes para salir temprano y llegar puntual a tu casa. Siempre subo a tu habitación con el mismo regalo, sin embargo, termino por dejarlo en la mesa de afuera porque temo tu reacción.

 

La primera vez que te vi en la cama, vencido, con la cara enflaquecida y esforzándote para sonreír con los puños apretados, pensé de forma tajante en tu muerte. De inmediato recordé un evento que de alguna manera compartimos; yo lo viví escondido en la cocina, y tú lo protagonizaste con mi madre en la sala. Supe cómo había ocurrido el asunto exactamente porque ella me lo contó. Mi mamá lo recordaba con precisión angustiosa. Fue el día que te sacó de su vida. Aquella noche yo tan sólo escuchaba gritos, lloriqueos y objetos quebrarse.

 

Debo aceptar que con el tiempo yo me convertí en un cínico, hoy pocas cosas me hacen sonrojar. Cometí bajezas peores que las tuyas. Peores que tu hábito de comprar latas de thinner para darlas a una indigente a cambio de sexo oral; peores que tu costumbre de vender diuréticos a desahuciados, haciéndoles creer que eran retrovirales; peores que el haberme encerrado tantos años en el reclusorio. Pero en fin, no te escribo para juzgarte, ni como una forma de reclamo. No es por ello que te recuerdo lo sucedido. Y espero no ofenderte, papá.

 

Esa noche, tras horas de discusión con mi mamá, tú tenías la corbata hecha bola dentro del puño. Se trataba de tu corbata azul con un montón de soles amarillos estampados. Estaba tan apelmazada la tela que parecía que los astros de aquel sistema galáctico repetitivo, reiterante, quisieran hacer implosión a un mismo tiempo, y estuvieran empeñados en ponerse unos encima de los otros hasta acabar con el espacio-tiempo. Mi madre sostenía una manzana verde en una mano y un vaso con whisky en la otra. Durante un momento de la pelea ella te dijo que tenía mucha hambre y estaba exhausta, que se iba a desmayar sin remedio. Tú le trajiste el whisky y la manzana, papá. A pesar de su apuro, tu mujer no dio ni un sorbo, ni una mordida, le parecía ridícula tu ineficacia al creer que una fruta y un poco de alcohol con hielos iban a calmar sus necesidades.

 

Debido a tus constantes exabruptos y ofensas, tú le pedías disculpas una y otra vez, yo conté más de veintiún ocasiones. Ella permanecía en silencio, miraba tus ojos, sostenía el vaso y la fruta como si en ello le fuera la vida. Furioso ante el mutismo de tu esposa, saliste al jardín. Tras dar unos pasos hacia el aguacate, comenzaste a golpear el tronco con el puño. Un mal impacto provocó que te lesionaras el dedo índice, se te escapó un alarido, pero esta vez de dolor. Te comprendo muy bien, después de todo yo también me he lastimado la mano, la muñeca, los nudillos, al golpear objetos estáticos o darle puñetazos a tipos indeseables. Entraste de nueva cuenta a la casa, en el trayecto pisaste una pila de hojas húmedas, lodosas. Una pequeña hoja amarilla se te quedó pegada en el zapato. Hiciste varios intentos para despegar la hoja frotando el pie contra la alfombra. Luego de diversas maniobras la hoja se desprendió de tu suela. Mi madre rompió en llanto, seguro pensabas que sus sollozos eran señal de un perdón inminente. No fue así. Te acercaste a ella para abrazarle las rodillas y decirle que si no te disculpaba, te ibas a quitar la vida. Al escuchar de nuevo tus chantajes, mi mamá apretó el vaso hasta destrozarlo. Sin quitarse los despojos te dio una bofetada. Hizo sangrar tu mejilla. Seguro la sangre fría de mi madre se volvió tibia al mezclarse con tu sangre a punto de hervir. La golpeaste dos veces con la palma abierta. Ella te abrió la puerta de la casa. Tuviste que salir para no perder más la compostura, papá. Mi madre caminó hacia la hoja amarilla dispuesta a recogerla. No lo hizo, prefirió dejar caer al piso la manzana. Salió al jardín.

 

Al notar el silencio, yo emergí de mi escondite y fui hacia la sala. Cuando vi la hoja amarilla y la manzana verde tiradas en la alfombra, pensé que de seguro en el centro de la estancia había un árbol mágico e invisible. Un árbol cuyas hojas y frutos se volvían visibles únicamente al tocar el suelo. Con las manos busqué el árbol durante algunos minutos.

 

Lo que hoy quiero decirte, papá, es justo que tus actos, sin importar sus causas o su calidad moral, me han definido. Gracias a aquella pelea yo me convertí en una persona que creía, y cree aún, en la existencia de árboles invisibles. Y esa es una de mis virtudes preferidas. Yo sé que mucho de lo bueno que hay en mí se gestó en tus acciones. Por eso mismo he llegado a anhelar tu recuperación. Y estos anhelos fugaces me gustan, me reconfortan, porque hacen contrapeso con mis constantes deseos de que la enfermedad esta vez sí termine contigo.

 

Siempre que vengo a verte paso a tu cocina, tomo una manzana del frutero, luego sirvo un vaso con whisky que saco de tu pequeña alacena. Tengo la intención de dártelos como un regalo. Pero al final no me atrevo a entregarte los presentes, y dejo ambos objetos sobre la mesa de afuera. Sé que verlos empeoraría tu estado, o incluso te abatiría sin remedio.

 

 

*ILUSTRACIÓN: Leticia Barradas.

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