Atzimba, el gran rescate

Abr 12 • Miradas, Música • 2255 Views • No hay comentarios en Atzimba, el gran rescate

POR IVÁN MARTÍNEZ

 

Algo acertó Amado Nervo al escribir en 1899 sobre Atzimba, el trabajo con el que Ricardo Castro (1864-1907) incursionaba en la ópera y que presentaría el 21 de enero de 1900 en el Teatro Arbeu: esta ópera “hará época, aun cuando no se popularice”, escribió, para luego sentenciar: “quedará catalogada entre las grandes producciones mexicanas”.

 

Poco más de cien años después, creo acertar al decir que, con la nueva producción que se estrenó hace unas semanas en Durango, se presentó después en Cuernavaca, y el jueves pasado vimos en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México en la primera de dos inexplicables únicas funciones, estamos ante un título que marcará, por lo menos, este año operístico en términos de producción y académicos como el gran rescate musical de la actual administración.

 

Atzimba sí lo logró entre el mar de música que se escribe y queda en la historia sólo como registro biográfico. Entre su estreno y 1952 tuvo cinco reposiciones sólo en teatros de la ciudad de México y en varias ocasiones fue llevada por la compañía de José F. Vázquez de gira por Centroamérica. Musical y dramatúrgicamente, tampoco es atrevimiento sugerir que es la primera gran ópera en español y la más valiosa hasta los esfuerzos culminantes de Daniel Catán un siglo más tarde.

 

Con grandes momentos líricos para sus solistas, pequeños pero importantes pasajes corales y fragmentos instrumentales que muestran al mejor Castro, se trata de una partitura, usando las mismas palabras de Nervo, “para saborearse: muy noble, altamente descriptiva, de gran cepa, inspirada en los mejores maestros; muy sabia”.

 

Mucho ayuda el ritmo dramático del libreto del dramaturgo zacatecano Alberto Michel (1867-1947), y su única debilidad radica en la prosodia, con pasajes de evidente cercanía al Lieder, un género que Castro había cosechado antes con celebridad, y que muy probablemente están mejor resueltos en la versión italiana que preparó Alejandro Cuevas (1870-1940), el mismo 1900, para el entonces recién inaugurado Teatro Renacimiento (luego Virginia Fábregas).

 

Lo que siguió a la última reposición de 1952 en Bellas Artes, con la legendaria soprano Rosa Rimoch en el rol principal, al 2014, no es sino una más de esas historias azarosas, inverosímiles y misteriosas, cuyo final feliz se debe sólo a la buena voluntad de instituciones: tras años y años de anuncios y rumores, finalmente se presentó la orquestación que del perdido segundo acto se encargó al compositor Arturo Márquez (1950).

 

Extraordinario maestro de la orquestación, Márquez realizó un impecable trabajo estilístico, apegado a la riqueza instrumental de los actos primero y tercero, y de gran imaginación y precisión en el uso de los metales en los pasajes marciales; de hecho, su partitura resulta inconscientemente menos densa, pero no por ello de menos fuerza, y a él deben agradecer los cantantes invitados a esta producción el que sus voces se escucharan con mayor claridad durante las escenas de este acto.

 

Sin un pero que se le pueda achacar al concepto escénico del maestro Luis de Tavira, ejecutado por el director de escena Antonio Salinas bajo la escenografía e iluminación de Jesús Hernández, esta nueva producción corre sin dificultad, e incluso naturalidad en los pasajes instrumentales a los que se les incluyeron tablas gimnásticas por ballet.

 

Mejorable sería acaso el oscuro vestuario y la torpeza auditiva que resulta del movimiento arrastrado de la escenografía. ¿No tenía ya el Palacio de Bellas Artes la mejor y más moderna maquinaria teatral?

 

A diferencia de títulos recientes en los que se ha impuesto lo vocal a lo escénico, esta producción pecó de lo contrario. Las razones pueden ser múltiples y variadas; la dicción y proyección de las voces el principal problema, y el supertitulaje necesario. Desde un coro sin noción de ensamble, mal preparado por Iván López Reynoso, hasta una Violeta Dávalos que ofreció una Atzimba más bien gritada y de excesivo vibrato, cuando se logró escuchar, un José Luis Duval como un Jorge de Villadiego notablemente enfermo, menguado de facultades sonoras, y un Armando Gama como Hirépan de canto sorpresivamente incómodo. Los demás secundarios, Guillermo Ruiz, Ana Caridad Acosta y Carlos Sánchez, pasaron sin pena ni gloria: la mayor parte del tiempo inaudibles.

 

Gran logro en el foso del director concertador Enrique Patrón de Rueda que, a pesar de descuidar detalles como los ya tradicionalmente irritantes cornos y la desaliñada arpa de la orquesta del Teatro, brindó una lectura apasionada, rica en colores, matices y líneas de la potente partitura de Castro.

 

Ante la certeza de los dichos de Nervo y de confirmar la leyenda urbana que nos convencía a todos de tener en la perdida Atzimba la gran ópera del patrimonio nacional, con una producción pagada ya por el gobierno de Durango y el rescate incuestionable de su segundo acto, surge la gran pregunta: ¿qué espera la Ópera de Bellas Artes para llevarla a todos lados y reprogramarla en lugar de los fracasados lugares comunes?

 

*Imagen: Atzimba/Lorena Alcaraz/INBA.

 

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