Charlie Kaufman y la identidad laberíntica

Oct 24 • destacamos, Miradas, Pantallas, principales • 3638 Views • No hay comentarios en Charlie Kaufman y la identidad laberíntica

/

Esta cinta original de Netflix apuesta por historias entrecruzadas, nacidas en la mente de un conserje de escuela, escenas que van de lo romántico a lo perturbador

/

POR JORGE AYALA BLANCO

En la cinta para plataforma Pienso en el final (I’m Thinking of Ending Things, EU, 2020), desbordante opus 4 del truenacocos guionista judío neoyorquino de culto de 61 años Charlie Kaufman (el congestionado New York en escena 08 y la animación híbrida Animalisa 15, aparte de los guiones de ¿Quieres ser John Malkovich? 99 y Eterno resplandor de una mente sin recuerdos 04), sobre una adaptación suya de la novela homónima del emergente escritor canadiense Iain Reid, la linda universitaria inestable Lucy (aquella heteróclita cantante irlandesa Jessie Buckley de Judy) duda tras seis semanas de relación en romper con su huraño novio algo mayor Jake (Jesse Plemons), pero aun así acepta hacer a su lado bajo cerrada tormenta de nieve una travesía larga pero verbosamente cultista (sobre un poema con título kilométrico de Wordsworth o el musical Oklahoma y citas a lo real derivado de Oscar Wilde y a la irrealidad de los colores de Goethe o a la obra de Foster Wallace suplantada por su memorable suicidio) para dar el crucial paso de ir a conocer en una granja distante a los cariñosos aunque excéntricos progenitores del novio, si bien visitan primero el corral de las desatendidas ovejas congeladas y las huellas de unos cerdos devorados vivos por gusanos, antes de entrar a la casa donde los viajeros son recibidos cordialmente por la explosiva madre con zumbido permanente en los oídos (Toni Collette) y el padre de humor mutable (David Thewlis), cenan productos autogenerados con sospechoso cerdo al centro y empiezan a ocurrir extraños escamoteos de criaturas y súbitos cambios caprichosos de personalidad e indumentaria y tiempo, máxime que esos acontecimientos se contrapuntean con las irrupciones por montaje de un anciano conserje anónimo (Guy Boyd) que trapea al infinito la escuela secundaria donde siempre ha sido humillado, hasta que la agobiada Lucy, harta de confrontarse con la foto infantil que le corresponde tanto como a su novio, y en el lúgubre sótano con el libro de Eva H.D. ostentando el poema Perro de hueso que ella presumía haber escrito y con los tristes paisajes que decía haber pintado y con uniformes de conserjería en las lavadoras del sótano, logra por fin convencer de retirarse al reacio Jake muy seguro gracias a “sus cadenas” (para desatascar las llantas de su auto), pero en la carretera, tras disertar ahora sobre la obra maestra de Cassavetes Una mujer bajo la influencia (74) con los mismos argumentos de Pauline Kael en el librazo antes mostrado For Keeps, aún deben hacer dos paradas urgentes, una para comprar helados en la cadena caminera Tulsey Town de premonición catastrófica y luego en la escuela secundaria de la pubertad infeliz donde Jake desaparece y, convertido en avatar bailarín joven de sí mismo, muere acuchillado por el avatar respectivo del ambiguo conserje, quien intenta abandonar el lugar a bordo del auto de la pareja, sólo para padecer un aniquilador ataque del verdadero zumbido materno en los oídos y, mientras Jake-su otro yo, parece recibir un Premio Nobel y entonar el himno a la soledad rural de los sueños irrealizables Lonely Room (del mencionado Oklahoma), el anciano queda varado para siempre dentro del vehículo, pero en realidad presa del asalto de una tragicómica identidad laberíntica.

 

La identidad laberíntica mezcla géneros tan lejanos entre sí como el thriller psicológico, el horror potencial autodenunciado/conjurado, el negrísimo humor agrio, la comedia romántica, el musical contrahecho y el cine dentro del cine (mientras no se exceda una sátira nunca filmada por Robert Zemeckis), para efectuar un trepidante e insólito viaje lírico oscuro en torno de mi cráneo, o sea el del conserje que es Jake envejecido y derrotado, delirando, alucinando, desvariando, confundiéndolo todo, inventándose un amor idea desechable e intolerante en esa Lucy que sin motivo aparente cambia de nombre (Louise/Lucia/Amos) y de profesión (física cuántica/poeta/pintora/mesera/articulista médica especializadísima) como trocar suéteres multicolores, a semejanza de este pobre Jake cual caricatura viviente de aquel literato ególatra-egocéntrico de la genial Providence de Resnais (77), ahora hundido en la desoladora profundidad conceptual de otras imágenes delicuescentes del fotógrafo polaco Lukacz Zal (el de Cartas de Van Gogh y Guerra fría), sintiéndose bombardeado por borgeanas bifurcaciones ficcionales, ironías bufas bilioso-siniestras, veloces intuiciones poéticas torturantes, incontables pliegues espacio-temporales, grotecidades radiantes de maquillajes vivientes que aplauden, todo ello cual eternos resplandores de una mente con agolpados recuerdos y fantasías conscientes/inconscientes en exceso.

 

La identidad laberíntica se atiborra entonces de un sinfín de valiosas provocaciones temático-intelectuales a la gringa, meta/infragodardianamente, tipo cine extremo autoconsciente o disquisición fílmica ultrapedantesca sobre sí misma en vías de ser desintegrada con alegría, donde refulgen la protesta contra el cruel maltrato a los animales por desidia o devoración, el feminismo de las inermes mujeres acosadas siempre a la defensiva porque la sociedad machista las obliga a sólo sentirse seguras siendo propiedad de un varón, la dialéctica de lo uno y lo múltiple que en el fondo críptico son lo mismo, la cultura mediática que inyecta vivencias e ideas que se creen propias y sepulta las auténticas pulsiones, la euforia dancística en los pasillos escolares que transferencialmente soluciona la violencia de la trama (a lo Aniceto de Leonardo Favio 08), y la intocable amante ideal que se construye con todas las atribuladas e imaginarias novias posibles para ser consolada por un entrañable abrazo del provecto conserje masoquista que la creó.

 

Y la identidad laberíntica adopta el punto de vista de la muerte y de la última llamada de “las cosas finales”, de la Nada que inquieta pero no duele, como ese auto cubierto por la nieve para toda la eternidad.

 

FOTO: Charlie Kaufman también fue guionista de ¿Quieres ser John Malkovich?/ Especial

« »