Louis Garrel y la fidelidad inhumana

Ago 24 • Miradas, Pantallas • 2031 Views • No hay comentarios en Louis Garrel y la fidelidad inhumana

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DE JORGE AYALA BLANCO

En El amante fiel (L’homme fidèle, Francia, 2018), incisivo opus 2 del alelado actor fetiche de papá genial (en Los amantes regulares 05 al Amante de un día 17 de Phillippe Garrel) y realizador por propio impulso de 35 años Louis Garrel (primer largo: Los dos amigos 15), sobre un inteligente guión suyo y del casi nonagenario tardobuñueliano Jean-Claude Carrière más Florence Seyvos, el desprevenido joven periodista Abel (Garrel) recibe de sopetón, por la propia responsable, la desastrosa mañanera de que la bella a quien ama con fidelidad y en cuyo cómodo depto ya vive Marianne (Laetitia Casta) está embarazada por el excompañero universitario de ambos Paul y de que debe desalojar cuanto antes para dejarla casarse, petición que, aun en plena devastación emocional y tropezándose hasta caerse y sangrar, el fidelísimo amante victimado (como su nombre lo indica) Abel obedece en seguida y no volverá a ver a la infiel Marianne sino hasta 9 años después, exacto en el sepelio del marido exganón, para reanudar la relación con la ahora viuda, por supuesto a iniciativa femenina, pero no podrán ser de nuevo felices en el antiguo depto, pues provocan los celos del precoz hijo ochoañero de ella Joseph (Joseph Engel), quien le clava para siempre al vulnerable Abel la duda de si su madre Marianne envenenó al buen Paul contando con la complicidad del doctor Peonía (Vladislav Galard) para redactar el certificado de defunción gracias a un supuesto acostón con él, algo que Abel investigará con nulo éxito ya que el doctor dice ser gay, y por añadidura, va a intervenir en el cuadro la alucinada hermana del difunto Ève (Lily-Rose Depp la linda hija de Johnny Depp y la cantante Vanessa Paradis), quien desde los 13 años (Diane Courseille) ha estado perdidamente enamorada de Abel y ve ahora la ocasión de hacer realidad su fantasía, desafiando a la excuñada en su cara (“Déjamelo, o la guerra”), aun antes de consumar nada con el varón, quien de inmediato será manipulado por su adorada intempestiva radical Marianne para que atente contra su fidelidad a carta cabal, orillándolo a llevar a la cama a la guapa chica e incluso irse a vivir al diminuto depto de ella, pero el gusto le durará poco a la veleidosa Ève, quien se harta muy pronto y, para colmo, se enterará de la razón de su éxito amoroso por boca del cruel chavito Joseph que suele grabar con celular las pláticas de los amantes, poco antes de que el pequeñuelo decida desaparecer por último chantaje sentimental, poniendo en crisis a todos los protagonistas de esa fidelidad inhumana.

 

La fidelidad inhumana oscila entre la comedia y el drama cómico, entre la envolvente delicadeza de los enormes o liliputienses maestros de la mentira emocional a la francesa (de La regla del juego de Renoir 39 a la Adorable mentirosa de Deville 61) y los herederos del análisis de la irreprimible eclosión de los celos (culminando en la intemporalidad de La celosía nada menos que del progenitor neo-nuevaolero Phillippe Garrel 13), o sea entre el juego cerebral de los afectos extremos y el clásico marivaudage cual zarabanda de inestables peleles amorosos, todo conducido con máximo poder de insinuación y elegancia por ese convincente monstruo de la manipulación límite que resulta el niño semiólogo natural Joseph, capaz de inducir las intrigas melodramático-telenoveleras más gozosamente inextricables para perjudicar a su aspirante de padrastro y deducir la identidad del asesino en la gran película pionera del thriller psicopatológico El extraño caso de Martha Ivers (Milestone 46) en una asombrosa salida al cine familiar, como espejo preciso y resolución deformante y cielo de las ideas de la ficción presente.

 

La fidelidad inhumana basa su expedita o expeditiva eficacia en la brevedad y en sencilla ejecución de complejísimas buenas ideas fílmicas arduamente concebidas como lo son el caprichoso salto sorpresivo del monólogo interior en off del héroe conflictuado al monólogo de la heroína premeditada y luego al de su fantasiosa antagonista femenina yendo de ida y vuelta o en sarcástica y circular ronda (¿de La ronda de Ophüls 50?) según le convenga a la economía del relato sinuoso, la afilada exactitud de los diálogos (“¿Has deseado matar a alguien?”/“A ti”// “A veces te era infiel el mismo día en que hacíamos el amor”), el ingenio de las situaciones cambiantes rayando en el absurdo concertado, las jocosas señas de complicidad por detrás de los hablantes (la meserita saboteando los platillos que ofrece el afrodueño del restaurante Bakary Sangaré, los guiños del niño al pobre Abel a cada respuesta oblicua de su madre sospechosa de lo peor hasta hoy), la escueta fotografía sin florituras posibles de Irina Lubtchansky siempre subrayando la inmersiva estrechez de los espacios o la suntuosa amplitud que ocasionalmente les otorga la deliciosa donosura gala del diseñador de producción Jean Rabasse, los tajantes cortes de la editora implacable Joëlle Hache a compactador campo-contracampo cada vez más alejado en las secuencias de revelaciones brutales o de verdadera asfixia en las escenas de intriga embustera o inconsistente, las variaciones de música de fondo en definitiva esquizofrénica (contemporánea, barroca, pop-burlona) y el demonio de los detalles como el anónimo pañuelo desechable que se le ofrece oportuno al amante sanguinolento que penaba dando traspiés por la banqueta o los voyeurizantes espionajes en subjetiva tras marañas de frontgrounds de cada efusión corporal o cogida disonante.

 

Y la fidelidad inhumana se lleva como tema hasta sus últimas consecuencias, allí donde el empeño de fidelidad linda con la tempestad en un vaso de agua porque la atroz trama psicológica sólo ocurre en la agudeza de los personajes y del espectador, porque Ese oscuro objeto del deseo (Buñuel 77) al fin conquistado sólo puede conducir al tedio de convivir con el objeto vuelto cotidiano, y porque la zozobra debe irónicamente armonizarse ante la tumba donde todo inició.

 

 

FOTO: La historia de este triángulo amoroso -que significó el regreso de laetitia Casta luego de tres años- que pone a prueba la la idea sobre el amor que Abel tuvo durante los ocho años en los que aguardó el regreso de su ex novia Marianne. / Especial

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