Dar positivo

Oct 17 • destacamos, Ficciones, principales • 1765 Views • No hay comentarios en Dar positivo

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En tiempos de confinamiento las caricias se han convertido en un bien escaso. Los personajes de este relato se las ingenian para compartir momentos de intimidad, aun con los riesgos de la pandemia

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POR NINA MORENO

Un poco antes de las 6 de la tarde, en ciertos días, sin ningún patrón en particular, Alejandro había notado que su cuerpo experimentaba un peculiar estado de ansiedad. Buscaba tranquilizarse. Él mismo se decía que todo era producto del encierro, del confinamiento que justo cumplía dos meses y medio. Pero volvía la sensación. No llegaba a dilucidar si era mera hipocondría o si su cuerpo comenzaba realmente a presentar los síntomas del virus SARS-COV2.

 

Sabía que era un error, pero encontró en el whisky un camarada perfecto para paliar la soledad que lo cercaba a esas horas. Una copa lograba calmarlo. Esa tarde, además, llovía, lo que daba al encierro un halo de tristeza y melancolía que estuvieron a punto de convencerlo de que una segunda copa era necesaria.

 

El departamento pedía a gritos una mano de pintura. El blanco de las paredes se confundía ya con un gris sucio, deslavado, y los marcos de las ventanas (que nunca fueron lo amplias que él hubiera deseado) comenzaban a mostrar señales de oxidación. Lo que más le agradaba de ese departamento era su piso de madera y la altura de los techos. Los edificios antiguos de la colonia Roma poseían alturas de techos que se acercaban a los tres metros, lo que los hacía más dignos y menos angustiantes de habitar. La renta que pagaba era módica —hacía dos años que no aumentaba— por lo cual nunca se atrevía a exigir una mejora a la propietaria en cuanto a pintura y revisión de los marcos de las ventanas.

 

Alejandro se acomodó en el sofá de su sala junto con su copa de whisky. Dispuso un cobertor en sus piernas porque la lluvia había hecho bajar la temperatura esa tarde. Desde ese lugar poseía una magnífica y dilatada vista del parque de enfrente. Su vista se posó en la copa de la jacaranda que abarcaba casi toda la extensión de su departamento. Sus ramas describían figuras caprichosas y por momentos parecían querer alcanzar la ventana de la sala. Ese marco era el motivo del porqué habitaba ese lugar.

 

El primer sorbo de bebida fue suficiente para hacerle entender que su vida, como el planeta, se había estancado. Sus labios se mantuvieron enlazados a la copa mientras el calor del alcohol reconfortaba su garganta. Su cerebro recibía una ligera descarga de paz. La angustia se desvanecía suavemente, inerme frente a la fórmula implementada.

 

Antes de que pudiera avanzar más en sus reflexiones, su celular sonó para avisarle que un mensaje de Whatsapp acababa de llegar. Sin mayor prisa observó la pantalla: Luisa. —¡Vaya!— se dijo él.

 

 

***

Luisa estaba casada con un hombre mayor que ella. Mario. Quince años le llevaba, al menos. Mientras él se apagaba sexualmente, ella se encendía en su interior, lo que la desesperaba. Lo amaba, sí, pero sexualmente no se sentía plena, no como cuando lo conoció diez años atrás.

 

Alejandro y Luisa se conocieron en el gimnasio al cual asistían regularmente por las noches. Él quedó sorprendido de su figura desde el primer momento que la vio, ya que era evidente que no se trataba de una mujer ni de veinte ni de treinta años. Acertó de que Luisa rondaría los cuarenta. Conforme pasaron esos primeros días, buscaba estar cerca de su persona, para lo cual se esforzaba en establecer una rutina similar a la de ella. Si esa tarde Luisa decidía hacer pesas, él hacía lo mismo, con tal de poder tenerla al alcance de la vista. Era evidente que Luisa se sabía atractiva. La vestimenta que alternaba con calculada coquetería se ajustaba a su figura de tal forma que lo único que quedaba a la imaginación era la desnudez completa de ella.

 

Un día, mientras él se encontraba en la corredora, pudo apreciar a lo lejos que Luisa estaba en la zona de piscina; ésta dejaba su toalla y se disponía a ingresar al agua, envuelta en un traje de baño blanco de una pieza que la hacía ver como diosa griega, espectacular. Alejandro bajó de la corredora a toda velocidad y se dispuso a enfundarse su traje de baño para intentar entrar también a la alberca. Para su fortuna, gracias a la hora, compartieron carril de nado. Mientras nadaba lograba apreciar de reojo la belleza del cuerpo de Luisa. Al término de una hora de nado, Alejandro salió del agua poco antes que ella. Mientras iba en busca de su toalla pudo ver salir de la piscina a Luisa; decidida, caminaba con dirección hacia él. Sus toallas colindaban, de manera que hubo un momento en que ambos estuvieron codo a codo, por lo que ella pudo apreciar de reojo la evidente erección que mostraba el miembro de Alejandro bajo su traje de baño. Luisa se sobrepuso rápidamente de la sorpresa y abrió hábilmente la conversación:

 

—Hola, ¿cómo te llamas? Te he visto seguido por aquí —buscó levantar la vista para no ser tan obvia—.
—Eh, sí —no sabía cómo ocultar de manera natural el frente de su traje de baño— me llamo Alejandro. Tengo unos tres meses viniendo aquí. Ya sabes, para ponerse en forma.
—Sí, ya veo que ha dado buenos resultados… digo, perdón, que se nota que te gusta hacer ejercicio.

 

A partir de ese momento conectaron. Lograron encontrar tiempo para verse en el departamento de Alejandro de manera esporádica. Luisa tenía dos hijos y trabajaba, así que no era sencillo encontrar un espacio entre las labores de madre, de esposa y de empleada. El sexo entre ambos era cálido y placentero. Contenía la explosividad del tiempo acotado en el que se veían. Cada minuto valía su peso en oro, así que sus cuerpos se entregaban a sabiendas de que tal vez no habría una nueva oportunidad en el corto plazo. Ella, al principio, se cohibía; su papel de madre y mujer casada le impedían recobrar el control de su sexualidad, arrendada a un matrimonio de conveniencia, pero bastó la masculinidad y ternura de Alejandro para que su cuerpo reconociera el camino de su liberación.

 

Alejandro tenía más tiempo del cual disponer. La relación que más había logrado sostener fue con María. Siete años vivieron juntos hasta que ella quiso tener un hijo y él se rehusó a ser padre, por lo que ella emigró molesta por haber perdido siete años de su vida a la espera de una maternidad que nunca habría de ser.

 

 

***

¿Te puedo llamar?, pedía el whatsapp de Luisa. Sí, claro, —contestó Alejandro—. Sin mayor tardanza, sonaba la llamada.
—Hola, Alex. ¿Cómo estás, bombón?
—Hola, Lui cariño. Un poco en la depre, sabes… no me gusta esto del encierro. Me angustio y empiezo a creer que tengo los síntomas del virus.
—No, tranquilo, yo sé que no tienes nada. Y mira, por eso te llamo. Fíjate que Mario se comenzó a sentir mal, hará como dos semanas, nos dijo que le dolía la garganta, y empezó con una tos seca, seca. Uno de mis hijos también se sentía muy fatigado. Nos hicimos la prueba del COVID-19 todos acá en la familia. Vinieron de los laboratorios a la casa a sacarnos la muestra. Nos entregaron los resultados a los tres días. Mario y José salieron positivos. Curiosamente ni yo ni Nachito salimos positivos. Yo lo atribuyo a que hará 15 días justo tenía mi regla.
—¡Uta, no chingues! ¿Y qué hicieron? ¿Cómo están?
—Pues parecía que saldríamos con pocas molestias, las de cajón, pero Mario, ya ves que fuma y está medio gordito —bueno, ha ganado más peso en este confinamiento—, pues hace unos cinco días comenzó a tener una oxigenación debajo de 90 y le costaba respirar, por lo que lo tuve que llevar al hospital a que lo evaluaran. Digo, además ya rebasa los 60 años; ya es persona de riesgo.
—¿Y qué te dijeron en el hospital?
—Ya no lo dejaron salir. ¡Se quedó ahí!
—¡No chingues! ¿Y está bien? ¿Lo tuvieron que intubar?
—Por el momento, no. Creen que estará bien, pero no pueden dejar que se complique más. Mi hijo Pepe ya salió y está como si nada. Así que aquí estoy, yo solita, mientras él está hospitalizado. No me dejan verlo, que hasta que no lo den de alta podré regresar.
—¿Necesitas que te ayude en algo?
—Sí, mi amor, por eso te llamo. Te quiero ver. Ya no aguanto, quiero que estemos juntos, bebé. Si Mario sale en los próximos días del hospital no tendremos tiempo para vernos en, cuánto, ¿dos meses, tres meses?

 

Alejandro se sorprendió por la petición de Luisa. Nunca hubiera pensado que su necesidad de sexo fuera tal que la llevara a tan alocada petición.

 

—Eh, sí, claro, Lui. Pero ¿y no nos contagiaremos?
—Había pensado que puedo dejar un momento a mis hijos con mi mamá e ir a tu departamento.
—¿Estás segura? ¿Pepe no puede contagiar a tu mamá?
—No, le pongo su cubrebocas y le pido que se esté bien portado.
—Oye, ¿y si me contagias?
—Mira, ya lo he pensado: llego a tu casa y me baño todita para que estés tranquilo. Y para más seguro, si me lo haces de a perrito, como me encanta, no tenemos que besarnos ni vernos de frente. Lo que quiero es tenerte adentro de mí, bebé. Tengo muchas ganas de ti, Alex. Anda, di que sí.

 

Alejandro seguía incrédulo. Él en plena depresión y del otro lado de la ciudad una mujer deseaba coger de a perrito con él, ¡en plena temporada de contagio! ¡Santa urgencia!

 

—Yo también de ti, mi amor. ¿Cuándo vendrías, Lui?
—¿Mañana puedes? Podría dejar a mis hijos unas dos horas con mi mamá, así que entre once de la mañana y una de la tarde podemos estar.
—Me parece perfecto. Qué rico. Aquí nos vemos, Lui.

 

Alejandro se puso de inmediato a darle una rápida arreglada al baño y a su cuarto. Llevaba estos meses sin ayuda y el departamento ya mostraba las consecuencias de su poca preocupación por mantener el lugar medianamente limpio y ordenado. Revisó el contenido de su refrigerador. Tenía la posibilidad de preparar un par de sándwiches. Todavía le quedaban cervezas, así que, por ese lado, estaba cubierto.

 

Por la mañana se bañó a conciencia y se rasuró. Su barba y melena ya lo mostraban irreconocible. Ni modo. No podía cortarse el pelo, pero sí rasurarse.

 

A las 11 en punto Luisa tocaba en su puerta. Ni un segundo antes ni un segundo después. Era claro que su plan tenía que ejecutarse sin alteraciones para evitar contratiempos.

 

Al abrir la puerta el aroma de su perfume invadió el vestíbulo del departamento. Alejandro sintió el impulso de abrazarle y darle un beso, pero se contuvo. Estaba seguro que después de ese encuentro su angustia e hipocondría se irían a la estratosfera, pero no podía decir que no al monumento que tenía enfrente y que le había solicitado con tanta urgencia acostarse con él.

 

Luisa no dijo nada. Cerró la puerta y lanzó una mirada provocadora a Alejandro, quien permanecía impávido en el umbral, mientras ella fue retirando con cálculo y delicadeza cada uno de los botones de su blusa. La lencería roja que portaba era nueva —o por lo pronto, él no la conocía—, el conjunto la hacía ver radiante; sus pechos colmaban cada una de las copas. Terminó de quitarse la falda, la cual quedó abandonada en el camino hacia el baño, debajo de ésta se dejó mostrar un liguero y una minúscula tanga (que se percibía húmeda en las cercanías de la vulva); su pubis era una selva que aportaba a su desnudez una lascivia perturbadora. Alejandro no terminaba de salir de su asombro. Nunca había visto a Luisa con tantas ganas y tan abiertamente libre.

 

Luisa se duchó con rapidez. Salió envuelta en una toalla y sin mayor preámbulo se trepó a la cama y colocó sus nalgas al aire para que Alejandro pudiera servirse en cuanto quisiera. Alejandro la penetró con enorme facilidad, el cuerpo de ella era un horno que reclamaba, pero ya, el control de un hombre.

 

A pesar del ímpetu del acto en el que se veían envueltos, ambos evadieron el contacto de sus bocas con cualquier parte de sus cuerpos, por más que sus orificios y órganos se reclamaban entre sí. Alejandro se vació en ella con un gruñido que cimbró el cuarto, mientras ella caía como bulto y dejaba al fin aterrizar su cuerpo en la cama.

 

Exhausta, empapada de sudor, Luisa encontró el camino de regreso a la ducha. Apenas daba un par de pasos, sintió una miel blanquecina que le escurría por la entrepierna; sus ganas volvían a encenderse, pero al ver el reloj entendió que ya no tenía tiempo para regresar de nuevo al cuerpo de Alejandro.

 

Luisa salió de la ducha radiante. Alejandro se percató que su blusa escotada dejaba entrever su fina lencería. Colmada, sus pupilas brillaban.

 

—Nos vemos, bebé. ¡Estuvo delicioso! Sabes que si pudiera te comería a besos. Te llamo esta tarde. Te quiero mucho.

 

—Bye, Lui. Sí, estuvo delicioso, ¡como nunca! Sí, espero tu llamada.

 

Los días que siguieron dejaron de poseer una tonalidad sombría para Alejandro. Se sentía enamorado de Luisa. Sus recuerdos lo depositaban una y otra vez a ese momento en que ella estaba así, en la cama, mostrando su sexo, su delicioso trasero, ofreciéndose lascivamente a él.

 

Durante varios días los mensajes entre Luisa y Alejandro fluyeron, siempre buscándose, provocándose por medio del recuerdo de aquella loca mañana.

 

Luisa le comentó que Mario había mostrado enorme mejoría en la última semana y en cualquier momento se esperaba su regreso a casa. Sabían que hasta ahí llegaría el contacto entre ambos durante el confinamiento, lo que éste durara.

 

Un mes después de que Mario regresara a casa, los mensajes entre ambos habían desparecido. La normalidad había regresado a su confinamiento. El encierro se había mantenido ya que los contagios en la ciudad habían mostrado un rebrote, por lo cual todos los habitantes tuvieron que seguir confinados. Se acercaban a cuatro fatigosos meses de clausura.

 

 

***

La tarde se presentaba difícil para Alejandro. De nuevo, la aprehensión, la angustia, la soledad, le invadía. Se sirvió una copa de whisky y se dispuso a observar los efectos de la lluvia en las ramas de la jacaranda frente a él.

 

En la penumbra que se empezaba a instaurar al caer la tarde, el teléfono de Alejandro sonó para avisar la llegada de un mensaje de Whatsapp. Observó la pantalla: Luisa. —¡Vaya!—, se dijo.
Necesito hablar contigo, decía el mensaje; Sí, adelante, contestó él. De inmediato sonó el celular:

 

—¿Hola, cómo estás?
—Bien, Lui. ¿Tú, mi amor?
—Uta, de la chingada. Me acabo de hacer la prueba y dio positivo.
—Qué tienes, ¿fiebre, tos?, ¿cuánto marca tu oxímetro?
—No, pendejo. Estoy embarazada.

 

FOTO: Entre las medidas que autoridades sanitarias han establecido está el distanciamiento social./ Tim Mossholder

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