Unos días en La Habana

Dic 28 • Conexiones, destacamos, principales • 2379 Views • No hay comentarios en Unos días en La Habana

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Un viajero mexicano relata sus impresiones de Cuba, tierra de contradicciones ideológicas y donde los sueños de libertad se imponen a la tiranía política más longeva de América Latina

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POR SERGIO TÉLLEZ-PON

 

La dictadura de Fidel Castro ya estaba en decadencia pero él aún omnipresente cuando viajé por primera vez a La Habana en julio de 2003. Un par de meses antes habían detenido a más de setenta disidentes, entre ellos, el poeta Raúl Rivero, suceso que pronto fue bautizado como la Primavera Negra. A los detenidos se les hicieron juicios sumarios que los condenaron de manera exprés; un grupo de escritores e intelectuales de todo el mundo (Günter Grass, Mario Vargas Llosa, Fernando Savater y varios más) firmaron una carta en la que condenaban la represión a la libertad de opinión y le pedían a Castro la liberación inmediata de los presos para entonces ya considerados “presos políticos”. Algunos escritores que se habían mantenido fieles al castrismo durante décadas, como José Saramago, rompieron con el régimen pero otros pocos, Gabriel García Márquez entre ellos, siguieron respaldando al dictador. Sin embargo, sobre nada de eso se hablaba o se oía cuando yo llegué en el verano: las Damas de Blanco (madres, esposas e hijas de los detenidos) sólo eran un grupo de manifestantes al que nadie se quería acercar para no ser relacionados con los presos y por ese solo motivo empezar a ser espiado.

 

Aunque no oí hablar a nadie sobre los setenta y tantos detenidos, en cambio tuve otras experiencias que me mostraron el verdadero rostro de la diaria vida cubana. A la entrada del avión de Cubana de Aviación en que viajé había una placa que consignaba que en él Juan Pablo II había hecho su gira por la isla y yo pensé, un tanto fatalista, que si no se había caído en el mar Caribe con ese siniestro papa tampoco se caería conmigo adentro. Esos días en La Habana transcurrieron como si en realidad tuvieran 36 o 48 horas, con esa parsimonia que da vivir bajo el sol inclemente. Poco a poco me adentré, literalmente, en la realidad cubana: mi hotel estaba en Miramar y en una esquina del amplio jardín de la entrada, casi escondida, estaba otra placa según la cual allí había estado la embajada del Perú cuando el 5 de abril de 1980 un grupo de cubanos entró a la fuerza para pedir asilo, suceso que detonó la salida masiva desde el puerto del Mariel. En uno de esos primeros días deambulaba por El Vedado cuando un cubano me pidió que le diera un aventón a Miramar, como me quedaba por el rumbo acepté llevarlo pero él vivía más arriba de la Quinta Avenida, así que subimos y subimos hasta que llegamos a un barrio sin calles pavimentadas, con mucha bulla y la vegetación intensamente verde saliendo por doquier: era un contraste radical con el lujoso barrio de embajadas, residencias, hoteles y centros comerciales que quienes vivían allá arriba podían otear fácilmente.

 

Otro día me adentré por las calles traseras del barrio chino hasta perderme así que acabé en una fiesta callejera comiendo moros y cristianos con un grasoso filete de puerco encima, todo metido en una diminuta cajita blanca; por fortuna, tengo un buen sentido de la orientación así que de regreso bajé hacia donde yo creía que estaba el malecón, caminando entre vetustos edificios, muchos sostenidos apenas por polines de madera, y supe que iba por buen camino cuando vi a lo lejos el edificio del hospital Ameijeiras. Por último, acompañé a un cubano a buscar a un amigo suyo a un pueblito del que no recuerdo el nombre, a las afueras de La Habana, donde me pareció que nadie podría vivir entre tan frondosas matas y por donde corría el hilito de un arroyuelo usado ya para aguas negras; el caserío estaba regado, construido a medias y apenas contaban con los mínimos servicios.

 

Atraído –o llevado, mejor dicho– por las paradisiacas playas del Caribe por fin se me hizo conocerlas cuando fui a las playas del este, pasando la bahía, Cojimar y más adelante. Y allí, embelesado por ese mar tan en calma que parece una gigantesca alberca me metí a nadar, nadar y nadar… hasta que vi que me había alejado demasiado de la costa entonces creí pertinente nadar de regreso. Cuando pisé la playa agotado uno de los chicos con los que iba me dijo entre risas, por lo que no sé si hablaba en serio o en broma: “Muchacho, ¡no te metas tanto al mar que te van a confundir con un balsero!”. En ese momento no supe qué responderle pero luego comprendí que muchos sólo pensaban en irse de allí, sobre todo los jóvenes con los que convivía estaban a la espera de que les tocara la suerte de “la ruleta”: el sorteo de la visa e irse para siempre a Estados Unidos. O es común ver cada cierto tiempo una nota en el periódico sobre algún atleta de alto rendimiento (en particular, beisbolistas) o bailarines de ballet que aprovechan alguna gira para desertar y nunca más volver a la mayor de las Antillas.

 

Una noche conocí a un grupo de turistas Centroamericanos en una cafetería que por las noches fungía como cantina de reunión. Allí un guatemalteco me contó la aventura que había vivido ese día: lo asaltaron, él estaba íntegro, sólo le robaron su reloj de pulso, sin embargo, no se quedó tranquilo, denunció el hurto ante la policía que dio pronto con el asaltante; ya en la comisaría, puesto que había recuperado su reloj, pidió que dejaran libre al ratero pues ya no tenía de qué acusarlo pero he aquí que la policía se negó, por su delito cometido contra un turista el asaltante pasaría ¡20 años en la cárcel! La condena era desproporcionada con el delito, sólo así entendí porque los cubanos le tienen tanto miedo a la policía y a la justicia. Con ese antecedente, cuando a mí me robaron durante mi segundo viaje (en septiembre de ese mismo año), preferí no denunciar nada aunque supe que quien me había robado era la misma persona a la que le pagaba el hospedaje. Luego, un cubano de provincia me platicó que para poder residir en La Habana necesitaba un permiso especial, permiso con el que él no contaba; me pareció irracional que fuera un ilegal en su propio país. Una tarde bajábamos hacia el malecón por la famosa Rampa y a la altura del Hotel Nacional un policía nos detuvo y nos pidió el carné de identidad a ambos. “Yo no soy cubano”, le contesté arrogante al policía que respingó al no haberle atinado a mi nacionalidad pues los cubanos tienen un olfato especial para distinguir a los turistas por países. “¿De dónde es usté? ¿Salvadoreño o nicaragüense?”, me interrogó: “¡No! Mexicano”, contesté indignado. “Muéstreme su pasaporte”, me exigió y una vez más le respondí lo más enérgico que pude: “Esos papeles no los traigo conmigo, lo dejé en el hotel”. Yo me aprovechaba del privilegio que confiere ser turista en un país donde el turista es intocable así que acto seguido se lanzó contra el cubano, le pidió sus papeles pero lo impedí a tiempo: “Y él es mi guía de turistas, así que ya déjenos ir”. El cubano me lo agradeció de corazón pues si el policía se hubiera dado cuenta que no tenía el dichoso permiso lo habría detenido para mandarlo de regreso a Las Tunas, su provincia natal.

 

Otra tarde caminaba acompañado de otro cubano por el malecón a la altura de la Tribuna Antiimperialista y la Sección de Intereses de Estados Unidos (ahora la embajada recién abierta por Barack Obama) cuando él me dijo que allí atrás vivía la cantante Omara Portuondo; no sé si era cierto o me quería tomar el pelo pero miré con atención el edificio que señalaba por si tenía la suerte de verla salir al balcón cantando con su portentosa voz. Sin embargo, algo rompió con la parsimonía de aquellos días: la sorpresiva muerte de Francisco Repilado, mejor conocido como Compay Segundo. La noticia fue todo un suceso: la televisión y la radio no paraban de informar cada detalle y sus canciones se oían en todas las esquinas (hasta ese momento lo que se oía por todos lados era la canción “Un montón de estrellas”, de Polo Montañez, quien había muerto en un accidente automovilístico un año antes y para entonces ya era una leyenda). Al día siguiente, supuse que el periódico traería una jugosa crónica sobre su vida, su música, información sobre sus funerales, en fin, lo usual en estos casos, así que mientras caminaba por la Habana Vieja me acerqué a comprarle a un señor el Granma, el periódico oficial del régimen. Vaya decepción: el Granma era un folleto de apenas cuatro páginas que sólo daba cuenta de la noticia con toda la retórica oficialista pero no había nada de lo que yo buscaba.

 

Cuando regresé a México me encontré con otra noticia no menos sorpresiva: también por esos mismos días había fallecido Celia Cruz pero su muerte en Cuba no se había mencionado ni por error en ningún “medio oficial” (o si alguna persona se había enterado no se atrevió a correr la noticia). Caí en la cuenta de que había estado unos días realmente apartado del mundo, aislado: el régimen se encargaba de filtrar y enterarte de lo que quería que supieras, así que si se trataba de personalidad tan incómoda para el buró cubano como la cantante de las pelucas exóticas nunca te enterarías, y el internet del hotel no era una alternativa pues era lentísimo (recuerdo que pasé más de media hora intentando escribir un solo mail a mi familia para informar que estaba bien). Aún así el bombardeo sobre la muerte de Compay Segundo, fallecido sólo tres días antes que Celia Cruz, palidecía ante el gran despliegue mediático que tuvieron los funerales de ella en Nueva York y no podía creer que todo ese espectáculo no hubiera llegado hasta su natal Cuba.

 

En octubre de 2003 fui por tercera vez a la isla, con el antecedente de mi robo durante el segundo viaje, ahora traía a un guardaespaldas que un amigo brasileño me impuso. A su vez, mi “agente secreto”, como lo llamaba en broma, me instaló en una casa de unos amigos suyos que me tendrían bien cuidado para que no me pasara nada. Era un matrimonio muy amable, él era pescador y ella se dedicaba a cuidar la casa en la que rentaban un cuarto para turistas, justo el que yo ocupaba. Me encariñé de ellos porque eran atentos y encantadores y ciertamente vigilaban mis pasos por toda La Habana pero, como ya había estado dos veces anteriores, ahora tenía varios amigos por lo cual ella pudo decirme una tarde sentados en el porche de su casa: “No sé porque nos pidieron que te cuidáramos si andas con toda tu tropa, ¡eres todo un habanerito!”. El comentario, lejos de ofenderme, me pareció un cumplido porque ciertamente me mimetizaba con la gente, por eso no me extrañó que el policía aquel me hubiera detenido para pedirme el carné de identidad. En esa ocasión, yo había llevado ropa que ya no usaba para regalarla a quien quisiera, le pregunté a ella si conocía a alguien que tomara esas prendas sin ofenderse, entonces me respondió que se la quedarían ellos porque la necesitaban. Al día siguiente se puso una playera que a mí me quedaba un poco grande pero que a ella se le vino como hecha a la medida y me dio gusto verla tan contenta presumiendo su ropa nueva. También a ella le pedí que me consiguiera café del que les venden a los cubanos en la “bodega”, que me parecía más rico, empaquetado en unas bolsitas de celofán transparente; sorprendida me contestó que por qué no me llevaba Cubita, el que todos los turistas compraban, y para rematar agregó que el de ellos estaba mezclado con chícharo: con ese detalle quiso desanimarme pero no pudo convencerme y al final me consiguió el café que yo quería, que era el mismo con el que ella me preparaba un “buchito” por las mañanas.

 

Una de esas noches caminaba por el barrio chino y a mi acompañante cubano y a mí nos dio hambre así que hicimos una parada para comprar hamburguesas, seguimos nuestro camino y vi a un señor y un niño sentados mendigando, con sólo verlos sabía que no habían comido en todo el día así que el hambre se me fue y me acerqué a darles mi hamburguesa. “¿Y por qué no me la diste a mí? Yo todavía tengo hambre”, me replicó mi acompañante. No supe qué contestarle, sólo le creí pues ya había visto los paupérrimos puestos del mercado de Cuatro Caminos. Muchos intelectuales repiten el discurso utópico o mitológico enumerando las maravillas del castrismo porque, como escribe Iván de la Nuez en su libro Fantasía roja. Los intelectuales de izquierdas y la Revolución cubana (Debate, 2007), se han dejado adoctrinar por sus lazarillos oficiales y en cambio “tienen poco que aportar sobre la vida cotidiana que sucede en Cuba”. Por eso cuando ese tipo de personas que repiten ese discurso sin haber pisado la isla o que compraron allá mientras eran tratados como “invitados oficiales”, yo puedo contestarles que a mí nadie me lo contó, yo viví de cerca y vi con mis propios ojos esa vida cotidiana del cubano común que tiene que “resolver” su día a día. En todo caso, el régimen también ha anunciado varias veces que encontrará la vacuna contra el sida y es el día en que yo no la he visto…

 

La dictadura de los Castro tiene un largo memorial de sucesos que han marcado su historia: los casos de Heberto Padilla y de dos de sus aliados: Huber Matos y el militar Arnaldo Ochoa, fusilado luego de que lo acusaran sin pruebas de narcotráfico; el exilio interior de Lezama Lima, Virgilio Piñera, Dulce María Loynaz y Antón Arrufat; el exilio forzado de Cabrera Infante, Severo Sarduy, Calvert Casey, Eliseo Alberto, Abilio Estévez, Antonio José Ponte y tantísimos más; la expulsión de Jorge Edwards, agregado cultural de la embajada chilena al ser declarado persona non grata; las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), donde recluía a los homosexuales a hacer trabajos forzados; los sidaratos, que repetían el patrón de confinamiento de las UMAP pues los infectados por el VIH eran tratados como apestados, por eso Carlos Monsiváis pudo llamarlos “sidaretos” en referencia a los lazaretos medievales en los que se encerraba a los enfermos de peste; el éxodo del Mariel, gracias al cual pudo escaparse Reinaldo Arenas; el “maleconazo”, un acto desesperado de la gente cansada de la carestía durante el llamado eufemísticamente “Periodo Especial en Tiempos de Paz”, la “Primavera Negra”… pero la vida diaria en la isla es también un largo peregrinar: nadie quiere trabajar por sueldos que al convertirlos a dólares quedan en una bicoca, entonces prefieren rentar sus casas, alquilar el cuerpo, convertir sus coches en taxis ilegales, abrir “paladares” clandestinas o vender piratería de discos y películas o hacer cualquier ocurrencia que seguramente será más redituable. Recuerdo que mi “agente secreto”, según me confesó entre tanta plática, tenía en su casa una fábrica clandestina de cerveza que le dejaba buen dinero para darles a su esposa y dos hijas una mejor vida que la del promedio de los cubanos.

 

Fidel Castro finalmente ha muerto pero no así la dictadura que heredó (esa es la palabra) a las manos de su hermano menor, Raúl, así como Kim il-sung le heredó Corea del Norte a Kim Jong-il y éste a su hijo, Kim Jung-un, el actual líder supremo. Sin embargo, al igual que México, donde vivimos setenta años bajo el gobierno del mismo partido y aún seguimos esperando construir una verdadera democracia, creo que en Cuba será largo el camino para sacudirse los atavismos de la dictadura en pos de las mínimas libertades.

 

FOTO: El centro histórico de La Habana entre el olvido y el tiempo suspendido, 2019./ Yander Zamora/ EFE

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