Güelfos y gibelinos

Jul 27 • destacamos, principales, Reflexiones • 2019 Views • No hay comentarios en Güelfos y gibelinos

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Clásicos y comerciales

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POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL

Se ha dicho con frecuencia: en cinco siglos será tan difícil distinguir a los comunistas de los fascistas de la pasada centuria, como hoy lo es diferenciar a los güelfos de los gibelinos guerreando en la península itálica durante los siglos XIII y XIV. Siendo así, leyendo la más reciente biografía de Dante Alighieri, la del erudito italiano Marco Santagata (Dante. La novela de su vida, Cátedra, Madrid, 2018), me apliqué en el asunto, habida cuenta de que el autor de la Comedia fue el protagonista más memorable de aquella oscura y antañona querella.

 

La etimología, como todos los desmanes italianos de la época, proviene del norte, de las ambiciones del fallido Sacro Imperio Romano Germánico (que no fue ninguna de las cuatro cosas, según nos advierten los historiadores), por hacerse de las tierras y las riquezas del papa. El nombre “güelfo” deriva del alemán Welf, cabeza de la dinastía de los duques de Baviera y el nombre “gibelino” del topónimo Wibeling, castillo de los Hohenstaufen en Franconia, lar de Federico Barbarroja (1122-1190), autoproclamado Rey de los Romanos y en quien se originó el prolongado episodio.
Boccaccio, el primer biógrafo de Dante, contaba que los duques de Baviera y de Hohenstaufen se batieron por la mano de la condesa de Toscana, llamada Matilde de Canossa (1046-1115), dama quien se inclinó por el pretendiente bávaro. Ella misma, en principio fanática del papado, acabó por reconciliarse con el emperador, exactamente como le ocurriría dos siglos después a Dante, a quien otro de sus biógrafos –Louis Gillet– consideró “güelfo entre los gibelinos, y gibelino entre los güelfos”, lo cual expresa no sólo los muy volubles afectos políticos de aquel momento, sino que el poeta terminó por ser autor de una Monarquía tenida por hipergibelina. Escrita entre 1303 y 1313, terminado el Infierno y antes del Purgatorio, la Monarquía dantesca expresa, también, la visión del poeta, decepcionado de los papas (sobre todo de Bonifacio, su bestia negra), a quienes remitió a su averno. Justificaba Dante la supremacía universal de un emperador cristiano, habiendo nacido en una familia güelfa, para la cual primaba, siempre, el poder papal. A su vez, los güelfos acabaron por dividirse entre “blancos” y “negros”, bien dispuestos unos y otros a pactar con los gibelinos, si les llegaban al precio.

 

Dante y su Comedia, en varios sentidos, son únicos. Nunca un político del montón, como lo define Santagata, llegó tan lejos en la historia universal y mucho menos como escritor de genio. Tampoco, a su vez, tantos personajes secundarios o del todo olvidables (salvo algunos papas y otros actores sólo de interés para los microhistoriadores italianos), habían sido salvados del anonimato o del veloz olvido, de no ser porque forman parte del elenco de la Comedia, compuesto por 364 creaturas, de los cuales sólo hablan 128 mientras que a 236 figurantes –alegóricos, simbólicos o históricos–, el poeta les impide expresarse. En la suma total, desde luego, aparecen treinta y dos florentinos, la mayoría de ellos cómplices del exilio –paradigma de todos los destierros– del poeta en 1302. Nunca una época tan oscura –aunque en la historia ni lo más nimio sobra– dio a luz un libro así, quizá sólo menos notorio que la Biblia.

 

Es cosa de leer Guelfes et Gibelins (1922), del monje benedictino Charles Poulet, para comprobarlo: las incursiones dinásticas germánicas, bien nutridas de soldados de fortuna o condotieros, arrasaban la dividida Italia, con el papado en Avignon y Felipe el Hermoso (el francés, no el español) en pleito con Bonifacio VIII; fracasaba la invasión liberadora encabezada por Enrique de Luxemburgo que tanto entusiasmó a Dante, mientras observaba cómo cada ciudad cambiaba de bando por intereses municipales y no teológicos ni políticos, en fin, Occidente aparecía exhausto e infértil. Se asomaba Giotto, es cierto. Pero fueron los sabios musulmanes quienes, traduciendo y divulgando a Aristóteles, salvaron aquella época de sus tinieblas. Del asunto tomó nota el poeta, al grado de que la alguna vez escandalosa tesis del padre Miguel Asín Palacios, en La escatología musulmana en la Divina Comedia (1919), hoy es verdad filológica: ese libro, sin el Islam, habría sido muy distinto.

 

El sublime Dante fue hijo de la vulgaridad de la política, de la peste que los intereses más mezquinos atraen, hacia las ciudades, el hambre y la muerte. Si la Monarquía –como se lee en Dante. La novela de su vida–, es un ejemplo supremo de cómo un intelectual se aferra a un procedimiento lógico y lo pone al servicio de una razón “científica” capaz de explicar las contingencias al parecer incomprensibles de su tiempo, a Santagata, temeroso de incurrir en extrapolaciones metahistóricas siendo el principal curador actual de la obra dantesca, le faltó advertir cómo esa genialidad –poner la realidad al servicio de una teología– la heredaron los ideólogos totalitarios.

 

Los gibelinos y Dante, como los profetas incendiarios del siglo XX, perdieron la batalla y jamás hubo un emperador universal de los cristianos, dueño del cielo y de la tierra, de la misma manera en que, tras las masacres, fue liquidado el Tercer Reich y el comunismo nunca cubrió la faz de la tierra. Pero como lo lamentó hasta el fascista Julius Evola, ninguno de los suyos escribió jamás una página digna de Dante. Los timoratos güelfos suelen ganar, y es bueno que así sea, porque más vale el cicatero espíritu de campanario que los delirios universales de grandeza. Quizá sea preferible, como lugar para pasar la vida, una provincia a un imperio.

 

La Comedia fue apodada como “divina” por el fiel Boccaccio, pero la ostentosa adición ha caído justamente en desuso, porque la grandeza de Dante y así lo apuntó Erich Auerbach, fue la de ser “el poeta del mundo terrenal”, como tituló su opúsculo de 1929. Estuvo muy lejos el florentino de fungir como vate del misticismo y por ello, sin duda, escogió la elocuencia de la lengua vulgar. No fue –dijo Borges– un visionario pues una visión es breve y la Comedia requiere de perseverante fe poética, de esa lectura prolongada detestada por nuestros contemporáneos. Y a diferencia de otros biógrafos, Santagata pondera la posibilidad de un Dante ejerciendo ocasionalmente de mago (negro o blanco, qué más da, güelfo de origen al fin) y acaso sus vecinos, lejos de atemorizarse ante el viajero, creyesen normal que bajara al infierno y regresase, porque nada más humano que recorrer, en una sola vida o a través de las generaciones, el infierno, el purgatorio y el paraíso. Para todos, como para Dante –el personaje, el mito y acaso el escritor también–, el amor es un problema filosófico a resolverse, tarde o temprano, no gracias a la sinceridad, sino a la amnesia, como apunta Marco Santagata. Pequeñas y grandes son nuestras batallas. Todos hemos sido güelfos y gibelinos.

 

 

FOTO:  Dante Alighieri en un retrato de Sandro Botticelli (1495)./ Especial

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