David Toscana: “Es obligación del novelista hacer valer los derechos de la prosa”

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David Toscana es uno de los narradores mexicanos que se ha dedicado a construir con su escritura una voz original, lo que se reafirma con la reedición de su novela La ciudad que el diablo se llevó

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POR LUIS JORGE BOONE

Escritor. Autor de Toda la soledad del centro de la tierra (Alfaguara, 2019)

Durante un tiempo, en nuestra república de las letras, las discusiones demográficas y las estadísticas migratorias —quién viene de dónde y cuáles son sus intenciones— opacaron las apreciaciones estéticas. Se desconfiaba de los bárbaros del norte, se acusaba al centro, se desatendía el sur, la costa, occidente se daba por sentado. Hoy todo se ha movido; habitamos un mapa que resulta casi imposible de conocer entero. El país se desdobla en experiencias regionales intransferibles, mientras que, por otro lado, también se multiplica más allá de las fronteras territoriales y, en algún lugar de estas dinámicas, reconoce su rostro fragmentado y único.

 

Más allá de confrontaciones entre regiones artísticas, podemos coincidir en ciertos temas. El norte, ese espacio de inmensidad, desconocido, distanciado de todo, cerca de lo otro, es más una referencia de coordenadas que un ismo literario. En el arranque de los años ochenta, el norte del país vivió un boom, celebrado y maliciado a partes iguales, con la aparición y justipreciación de autores como Jesús Gardea y Daniel Sada. Y desde entonces las oleadas y generaciones de autores siguieron ganándose su lugar en el panorama, con Cristina Rivera Garza, Eduardo Antonio Parra, Élmer Mendoza, Luis Humberto Crosthwaite, Patricia Laurent, Minerva Margarita Villarreal, José Javier Villarreal, entre muchos otros (la lista sigue hasta el presente, pero la tentación de continuarla respondería a un afán histérico, como todas las listas, que abandona el campo de lo estético y se adentra en el fútil monumento a la fugacidad del presente).

 

A finales de los años ochenta, con toda calma, David Toscana (Monterrey, 1961) dio un paso de costado de las filas de la ingeniería para sentarse a escribir novelas. Supo, en una de las curvas de la vida, que había que cambiar de rumbo, y dio el volantazo. Junto a Eduardo Antonio Parra, Ramón López Castro, Hugo Valdés y otros, fundó El Panteón, un taller literario en el que leían y discutían obras de autores centrales, así como las propias. Pasó por el Centro de Escritores de Nuevo León, la beca de Jóvenes Creadores del Fonca y la Escuela de Escritores de la Sogem. Publicó su primera novela en 1992 y atrapó la atención de la crítica y los lectores, a nivel nacional e internacional, con la publicación de Estación Tula (1995), la reconstrucción de la historia de un hombre desaparecido por mala suerte o voluntad propia, nadie sabe, que formaba parte de los nuevos y frescos vientos que animaban la escena editorial mexicana.

 

Hoy en día, David Toscana cuenta en su haber con diez novelas y un libro de cuentos. Cuando su título más reciente, Olegaroy, obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2017 y el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska 2018, se volvió patente lo que sus lectores sabíamos desde hace décadas: estamos ante una de las obras narrativas más cautivantes, divertidas e imaginativas de la historia reciente de nuestras letras. Además, es infrecuente un ganador del Villaurrutia que no radique (y frecuentemente también sea originario) de la Ciudad de México; la originalidad de la obra del regiomontano rompió esa inercia.

 

Desde hace aproximadamente una década David Toscana radica en Europa. Su método de trabajo es el de los artesanos: la experiencia personal con el material, la talla cuidadosa de la forma, el calado profundo en las significaciones. El sentido del humor es uno de los principales rasgos de su escritura, pero no el chiste fácil ni el pastelazo, sino una ironía que de pronto agrieta la cotidianidad y permite ver la futilidad del decorado, las ambiciones, la solemnidad de ese teatro que habitamos. El autor viene de Cervantes y su Quijote: la confianza en la novela como género vivo y vivificante, el hincapié en los momentos álgidos de la conciencia y el lenguaje, desencadenados.

 

Un lector encuentra siempre el motivo ideal para hablar de los libros que le importan. Esta vez podría hablar de la racha de premios que no hace mucho recibió la obra del regiomontano, de su reciente estreno como autor en la editorial española Candaya, de la preparación de una nueva novela, y, finalmente, del puro gusto que da la existencia de una obra cautivante, plena de pasión e imaginación, poseída por el duende del lenguaje, como la de David Toscana.

 

 

Entre tus libros se percibe un aire de familia. No importa que cuenten la forma en que el elenco de un circo intenta fundar un pueblo a mitad de la nada o narren las historias de los sobrevivientes de la guerra que se las arreglan para habitar las ruinas de Varsovia. Algo permite que imaginemos secretas conexiones, aunque no podamos definirlas. ¿Hay una coherencia en tu obra? ¿Es importante para ti que tus libros generen esta sensación?
Por supuesto que sí es importante. Ese aire de familia viene de fecundar un estilo, de tener una visión personal del mundo, de desarrollar un lenguaje propio, de tratar de crear arte a través de las palabras y no sólo contar historias. Esto se nota más claramente en la pintura. Podemos ver un cuadro por primera vez, y sabemos quién lo pintó, a pesar de que los temas del pintor sean muy variados.

 

 

Tus personajes casi siempre parten de una normalidad que pronto se revela como un lento proceso de demolición, aunque enseguida encuentran un motivo para rebelarse. Así, invaden países, vengan injusticias, emprenden viajes alrededor de sí mismos. Todos comparten esa exaltación. ¿Qué encuentras en ese estado alterado, quizá divino, digno de narrar?
El padre de todo esto es don Quijote, o quizás ya vemos estos personajes desde la Biblia. La locura, el delirio, la borrachera, la exaltación y tantos otros estados desquiciados de la mente son los propicios para el arte. Chéjov tiene un personaje talentoso que roza la locura. Sus parientes lo llevan al médico para que lo cure. Él dice que Shakespeare fue muy afortunado por no tener parientes que lo empujaran a la normalidad. Hoy los artistas escasean, en parte porque la individualidad va siendo cosa cada vez más rara.

 

 

La muerte es una constante en tus novelas. Los personajes, al topársela de pronto, adoptan distintas maneras de afrontarla. Todas tienen que ver, hasta cierto punto, con no tomársela tan en serio. Un poco a la mexicana: reírse de ella, bailar con ella, casarse con ella, incluso amarla. ¿Es su intento por trascenderla?
Sí, es un intento, pero siempre será un intento fallido. Las novelas, si aspiran a ser arte, han de establecer un diálogo filosófico con el lector sobre la condición humana. Y la muerte es el tema principal de la filosofía, con todo lo que implica: la finitud, la eternidad, la existencia de un dios, el sentido de la vida, y tantas otras cosas que se tasan a partir de una premisa: somos mortales.

 

 

Es recurrente la figura de la niña muerta, la muerte niña. Aparece en El último lector, Los puentes de Königsberg y La ciudad que el diablo se llevó, por ejemplo. Luego, un personaje decide que esto amerita una venganza, una reparación; ya que no la dejaron a esa niña muerta vivir una vida, al menos alguien debería imaginarles una. ¿Se trata de un acto de compasión, de amor? ¿Los personajes se miran en ese espejo?
Desde niño me parece que ningún crimen es tan grande como el que se comete contra las niñas. La historia nos enseña que desde siempre las mujeres han sido parte del botín de guerra. Ese espanto lo transporto a la literatura, pues es uno de mis demonios; pero lo trato con ambigüedad, ya que la novela no debe ser un terreno moralmente obvio. En Lolita no hay obviedades morales, aunque hoy se quiera imponer la idea de que hay claramente un malvado y una víctima. Al asesinar a una persona, sobre todo a un niño, se mata una infinidad de posibilidades; y es que cuando nacemos, todos tenemos un sinfín de caminos para elegir, aunque al final sólo hayamos vivido una vida. La vida es infinita, pero sólo antes de la muerte. Parece una perogrullada, y sin embargo ahí hay una idea interesante.

 

 

En ocasiones todo parte de un crimen, o un hecho de sangre trastoca la vida. Eso los empuja al mundo, a cometer actos que podrían ser heroicos —pienso en Olegaroy, en Miguel Pruneda—. Pero tus novelas evitan los facilismos de la novela negra, el deslumbramiento llano de la violencia. ¿Se trata de buscar otro sentido, uno ajeno a leyes y órdenes sociales?
Suelo tener crímenes que no se resuelven. Eso me hace perder lectores porque mucha gente se siente más cómoda si al final del libro recibe respuestas claras; no le gusta que prevalezca la injusticia o enfrentarse a dudas que no están para ser resueltas, sino para ahondar en la incertidumbre. Otra cosa: el lector de novelas o de periódicos suele tener una relación morbosa con el crimen: le fascina y le indigna. La resolución del crimen expía la culpa de la fascinación. ¿Qué ocurre si el escritor no se ocupa de limpiarnos la culpa? En Crimen y castigo, Dostoievski lo hace de manera magistral, pues el crimen no tiene secretos; la magia negra está en los motivos del crimen y en la turbia bondad del criminal.

 

 

Incluso, virando hacia el plano más conciso de la ofensa personal, pienso en Ignacio Matus, de El ejército iluminado, quien es, me parece, el único personaje que busca emprender una guerra —contra Estados Unidos, liderando un batallón de oligofrénicos—, mientras el resto busca sobrevivir, nacer de nuevo, repararse. Es Matus, quizá, la anomalía en el conjunto.
Es el personaje más evidentemente quijotesco. Un hombre de ideas y de acción que se lanza a desfacer un agravio ocurrido en 1848; sin embargo él acabará por ver la realidad, mientras que su ejército de iluminados amplificará la fantasía y buscará llevarla hasta sus últimas consecuencias. La novela es una invitación para recuperar ese mundo infantil que nos permite vivir en la fantasía, en el juego.

 

 

En Duelo por Miguel Pruneda, el protagonista, al pensar en palabras extrañas que encuentra en su enciclopedia, concluye: “A veces uno prefiere el sonido al significado, la duda a la respuesta”. Y en La ciudad que el diablo se llevó, un personaje, el Novelista, se urge a sí mismo a recordar a quienes no volvieron de la guerra, a recrear la vida que se fue, a cantar, “líneas igual que versos”. El canto, la vibración del enigma, me recuerda más a palabras comúnmente destinadas a la poesía, pero aquí se refieren a las novelas.
Siempre me llamó la atención que se use el adjetivo “poético” para ensalzar algo, y “prosaico” para denostarlo. La prosa también tiene derecho a la belleza, al donaire, a la nobleza, a lo memorable, a la precisión, a lo metafórico, a lo sublime. Es obligación del novelista hacer valer los derechos de la prosa.

 

 

Empleados modelo decididos a renunciar, poetas locales, bibliotecarios implacables, filósofos crepusculares. ¿Falta alguien en este ejército iluminado tuyo?
Espero que falten suficientes personajes para llenar otras tres o cuatro novelas que sigan celebrando la imaginación como parte de la realidad.

 

 

Continúas escribiendo de Monterrey —con honrosas excepciones—, pero lo haces con bastante mundo de por medio. ¿De qué manera modifica la distancia tu perspectiva de ese material que alimenta tus novelas?
Cuando vivía en Monterrey, ya me había divorciado de esa ciudad del presente. Escribía sobre el Monterrey de 1968 o 1945 o cualquier pasado que debía rescatar con la memoria y la historia. Ese pasado es tan tangible desde Varsovia o Lisboa o Madrid que del mismo Monterrey. Ningún presente me interesa para escribir, ni el de mi ciudad ni el de ninguna otra. Por eso no tengo novelas con celulares o internet o pantallas planas o computadoras personales. La que estoy escribiendo ahora ocurre en mi límite de modernidad, en 1971. Habré de publicarla en el 2021, para celebrar mis sesenta años.

 

 

 

El 22 de agosto, los editores de Candaya, editorial independiente con sede en Barcelona, anunciaron en sus redes sociales la salida de imprenta de La ciudad que el diablo se llevó, afirmando que conocen la obra del autor, y traman ya desde este primer título la confección de la Biblioteca David Toscana. Aparecida originalmente en 2012, los azares de los programas editoriales provocaron que hoy en día sea casi inconseguible. Sin embargo, el entusiasmo que despiertan los libros del novelista se renueva a través de los lectores y los editores; así, de esa forma despaciosa y subterránea, es como los libros perdurables encarnan en otros pliegos, otras solapas, bajo la careta de distintas portadas.

 

El primer título del escritor que Candaya publicaría sería otro. Pero a últimos días de marzo de 2020, cuando la pandemia terminaba de alzar el vuelo en todo el mundo, Olga Martínez y Paco Robles recibieron un correo donde Toscana les proponía una nueva ruta para empezar: la de la una historia que habla “de la supervivencia de la adversidad y de la celebración de la vida”, una novela, aventuraba, “más oportuna para estas fechas.” Los editores, quienes afirman que la narrativa del autor “explora siempre los desasosiegos del presente con tramas del pasado”, estuvieron de acuerdo en arropar esta novela, en sus propias palabras, “llena de historias inolvidables sobre la supervivencia en medio del derrumbe, pero sobre todo porque, incluso en el peor de los escenarios, los desarraigados y estrafalarios personajes que las protagonizan apuestan por la comunidad y por la búsqueda de la belleza como formas de resistencia.”

 

 

 

Hablando de esta reedición, ¿de qué manera La ciudad que el diablo se llevó dialoga con estos tiempos que vivimos?
La ciudad… habla de la vida en Varsovia luego de la destrucción de la guerra; si uno estira el hilo sin que se reviente puede servir como alegoría de la vida con el virus. Por supuesto, la Segunda Guerra fue mucho más trágica que lo que estamos viviendo. Pero se lea como se lea, la novela se vuelve un brindis por la vida, por el gusto de existir, cosa que debemos hacer en tiempos malos y buenos.

 

 

En el centro de la novela hay una lucha contra el olvido, contra el derrumbe de las cosas que ayudan a vivir. ¿Qué papel juega la literatura, la creación, en esa batalla?
La literatura es la esencia de la memoria, no de un solo hombre, sino una memoria de la humanidad, una estafeta de experiencias, sensaciones, sensibilidades que se va pasando de lector en lector. Y esto no lo recibimos como meros espectadores, sino que forma parte de nuestra vida. Los lectores de clásicos nos sentimos más que millonarios por haber recibido tan cuantiosa herencia. La buena literatura es la más sabrosa conversación que podemos tener con el pasado, y a veces con el presente. Y el escritor que acepta el reto de esta tradición, busca perpetuar su voz en el tiempo.

 

 

Podría seguir con las preguntas, pero las toscanerías que inauguran una nueva ruta entre los lectores, así como el anuncio de una próxima son las buenas noticias que toda conversación necesita para hacernos sentir que está completa, que nos deja completos. Cuando esa novela termine por existir del todo, retomaremos la charla o empezaremos una nueva. Crear, beber, aventurarse, imaginar: no hay, me digo pensando en los personajes de este regiomontano universal, mejor manera de rendir tributo al paso del tiempo, ese padre que devora a sus hijos; pero mientras, nos deja escribir libros, cantar la muerte, celebrar la vida. Justo ahora, vaya falta que hace.

 

FOTO: David Toscana obtuvo el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Olegaroy, en 2017./ Archivo EL UNIVERSAL

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