Bahar-Carracedo y la memoria victimada

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El documental El silencio de otros aborda las protestas y demandas de víctimas de la dictadura franquista, algunas orilladas a tener como vecinos a sus mismos torturadores

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POR JORGE AYALA BLANCO

En El silencio de otros (España-Francia-Canadá-EU, 2018), explosivo documental del cineducador estadounidense de 43 años Robert Bahar y la documentalista madrileña militante de 46 también fotógrafa del film Almudena Carracedo (primer documental largo: Made in L.A. 07 sobre migrantes), con valerosa producción de Pedro Almodóvar y guion de ambos realizadores más los asimismo editores Ricardo Acosta y Kim Roberts, premio del público en Berlín 18 y Goya al mejor documental, se siguen los pasos aún no reconciliados y en lucha por la justicia y dignidad elementales de un puñado de sobrevivientes a la brutal dictadura franquista, vueltos patéticas víctimas octogenarias cuyos padres fueron asesinados a la orilla de la carretera, rebeldes sexagenarios con cuerpos fueron torturados y desollados salvajemente por tipos que ahora tienen como vecinos, o madres de bebés arrebatados al nacer por algún médico eugenésico para que no los educaran como rojos, víctimas que tras 40 años de la democracia todavía padecen las consecuencias de la Ley de Amnistía promulgada en 1977 para lograr un Pacto de Olvido (“Un olvido de todos para todos”, después imitado en Perú o Ruanda) que enterró todas sus demandas y dejó impunes a los criminales, pero víctimas que, desde el comienzo del rodaje del film seis años atrás, han visto una luminosa rendija de esperanza en la negrura de su situación: la llamada Querella Argentina que la jueza porteña María Servini ha emprendido internacionalmente contra los ejecutores franquistas de esos crímenes de lesa humanidad que jamás prescriben, emulando al juez hispano Baltazar Garzón que logró arrestar al dictador chileno Augusto Pinochet (pero fue cesado cuando pretendió arremeter contra los criminales histórico-políticos locales), convocando poco a poco a más de 300 testigos lúcidos e inflexibles, intentando primero en vano hacerlos comparecer a través de videoconferencias (prohibidas mediante amenazas diplomáticas por la justicia establecida española) y luego presencialmente en los tribunales de Buenos Aires, adonde irían llegando, por avión, con aire triunfal, las ancianísimas y los ancianísimos testigos valientes, consiguiendo sentar en el banquillo acusador a los antiguos torturadores para ser interrogados e identificados acremente en su barrio, haciendo temblar los cimientos de la absurda monarquía posfranquista cuyo parlamento decretaría como paliativo o escalada la remoción de los nombres criminosos en las nomenclaturas de algunas calles y autorizaría exhumaciones identificadoras en los cementerios y fosas comunes de la Guerra Civil ante los conmovidos deudos marcados para siempre por la memoria victimada.

 

La memoria victimada da muestras de señorial serenidad, estoicismo y severidad de dientes apretados al hacer desfilar ante la cámara, una y otra vez durante el rodaje de este contenido drama periódico, escenas tan desgarradoras como la vieja aldeana de andadera y esquelética voz apagada contemplando la cuneta del homicidio político (“Yo tenía 6 años cuando vinieron a por mi madre”) en el otro extremo de las entrañables flores marchitas, los cañonazos y los horrores bélicos, el viejo canoso acomodando el retrete de su antigua celda en el centro de infame detención donde fue triturado y desollado en vida (como en S-21: La máquina de la muerte del camboyano Rithy Panh 03), los atisbos callejeros del torturador westernistamente apodado Billy el Niño hasta verlo compareciendo de espaldas o parapetado bajo un casco en el asiento trasero de una motocicleta, la frialdad a duras penas de la jueza estremecida, un arcoiris captado como señal venturosa por los testigos al arribar al edificio de su providente audiencia argentina, y la sorpresa de una recolección de muestra para analizar tu ADN con sólo frotar un hisopo dentro de tu boca.

 

La memoria victimada se detiene a cada tramo o episodio del film como en una travesía reflexiva, para evaluar consecuencias tras rápidas encuestas a variopintos seres mantenidos en la mayor ignorancia de lo que vivieron sus padres y abuelos hace cuatro décadas, las reiteradas evasivas de una misma vehemencia o falsa comprensión liquidacionista del histérico derechista Aznar, a igual nivel que Rajoy o el reyecito en turno o los custodios del aberrante mausoleo colosalista en el Valle de los Caídos, o bien, celebrar sea la paciente convivencia con los culpables, sea la tenacidad heredada de generación en generación incluso después del sepelio de una de las protagonistas (“Si mi madre me viera”), o bien extendiendo la fuerza de las pinceladas hasta abarcar los intocados tentáculos de la falange o la amistad hitleriana que llevan dentro los orgullosos anfitriones del Generalísimo Franco (Nixon, De Gaulle y el purpurado que fuera), o la consternada devoción de la anciana en silla de ruedas ante el cráneo señalado con el número 19 de entre varias docenas hasta completar el hallazgo feliz (“Ya me puedo morir a gusto”) de 9 mil restos para un total de 100 mil todavía aguardando.

 

Y la memoria victimada ostenta a la vez como obertura, emblema, motivo recurrente de la música visual y clímax concluyente, unas impresionantes esculturas de Francisco Cadenilla Carrasco que sobre las alturas del Valle de Jerte en Cáceres representan a varias víctimas hechas de piedra con despellejamientos color arcilla en actitud de máximo recogimiento, como buscando el camino de regreso a casa, un trágico y monumental conjunto escultórico más grande que la vida y denominado El mirador de la memoria que fue anónima y cobardemente baleado antes de su inauguración, terminando así la obra según el artista, pero que hoy también sirve para que una niñita les dé la mano a las figuras representadas y pueda meter un dedito en el agujero de una bala, pasando del juego infantil a la perennidad del acerbo recordatorio de todos, cual inquiriendo ante muy diversos resplandores crepusculares ¿cuántas veces más habrá aún que fusilar a las víctimas?

 

 

FOTO: El silencio de otros recibió el Premio del Público en el Festival de Cine de Berlín 2018. . / Especial

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