Eduardo Lourenço (1923-2020)

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Clásicos y comerciales

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POR CHRISTOPHER DOMÍNGUEZ MICHAEL
La primera vez que visité las librerías brasileñas me sorprendió que la literatura de Portugal estuviese junto al resto de las literaturas extranjeras (la francesa, la inglesa, la rusa, etc.) y no hubiera una sección general dedicada ni a las letras escritas en portugués, ni mucho menos otra en particular para el país ibérico, mientras que en el resto de América Latina hay estanterías consagradas al conjunto de las letras hispanoamericanas. Ese viaje fue en 1998, y a riesgo de equivocarme, durante mis siguientes visitas a Sâo Paulo o a Rio de Janeiro, he corroborado esa particularidad que me da motivo para hablar de uno más de quienes fracasaron en ese diálogo pese a denunciar el “mito de la comunidad luso-brasileña”: el crítico literario portugués Eduardo Lourenço, fallecido a principios de diciembre de 2020 a los noventa y siete años.

 

Figura prominente de la cultura portuguesa, Lourenço se opuso a la olvidada dictadura de António de Oliveira Salazar, quien dominó su país entre 1932 y 1970, lo mismo que a su espejo invertido, un Partido Comunista Portugués, a quien el ensayista llegó a considerar, en O Labirinto da Saudade. Psicanálise Mítica do Destino Português (1978), un “gabinete en la sombra” del llamado Estado Novo, el engendro fascistoide lusitano, que al no nacer de una guerra civil internacionalmente célebre como la que encumbrase a su vecino Francisco Franco, pasó la Guerra Fría sin pena ni gloria. Igualmente, cuando cundió el eurocomunismo en Roma, Madrid y París, a fines de los años setenta del siglo pasado, los comunistas portugueses se refugiaron en la más rancia ortodoxia. Afrancesado, cuando la anglofilia suele ser tradición entre los intelectuales portugueses, Lourenço pasó la mayor parte de su vida adulta en Francia, habiendo dado clases en Alemania.

 

En la pobre vida intelectual portuguesa de la posguerra, la heterodoxia de orígenes sartreanos de la que presumía Lourenço causó mucha expectación (Heterodoxia se llamó su primer libro de 1949) y lo llevó al estudio filosófico de la identidad nacional, lo cual resultó en esa colección de artículos titulada O Labirinto da Saudade, cuyos propósitos –aunque no el método– son muy similares, en su tesitura entre existencialista y psicoanalizante, a los de Octavio Paz en El laberinto de la soledad, publicado casi treinta años antes que el de Lourenço. Ignoro por qué, el gran ensayista portugués, quien conocía la obra de Alfonso Reyes y de Carlos Fuentes, como la del mismo Paz, no tuvo el detalle de mencionar un libro tan empático con el suyo. Por el contrario, entiendo bien, una vez leído y releído su Pessoa revisitado de 1973 (traducido por Pretextos en 2006 como Pessoa revisitado. Lectura estructurante del “Drama en gente”) que Lourenço, dada la variada riqueza de los estudios pessoaianos portugueses, prescindiera de sus lectores extranjeros, como lo fue el propio Paz, uno de los primeros en escribir sobre Pessoa en español.

 

Muerto Lourenço pude hacerme del libro suyo que más me intrigaba Do Brasil: Fascínio e Miragem (Gradiva, Lisboa, 2015). Comparto mi decepción ante un conjunto de artículos y discursos, algunos obra de un Lourenço muy joven, muchos de ellos sin fechar, donde el crítico portugués arremete contra el ufano antropólogo brasileño Gilberto Freyre por “colonialista y racista”, lo cual de ser cierto, hubiera merecido mayor explicación tratándose del gran “ufanista” de los trópicos; se queja que los portugueses no entienden al Brasil y aplaude a los brasileños por rechazar a su madre patria hundida en el polvoriento corporativismo de Salazar pero, a cambio, él mismo, tan cuidadoso en burlarse de los vetustas ensoñaciones portuguesas, parece coincidir en aquella historia de Brasil como “el país del futuro”, gracias a su dimensión continental y a su modernización multitudinaria… Pero no parece interesarle la vanguardia brasileña, ni la Semana de Arte Moderno de 1922, ni el concretismo; declara su admiración por el novelista Jorge Amado y se hace bolas, en un artículo al parecer pergeñado en 1969, sobre por qué Joâo Guimarâes Rosa no es un narrador regionalista pero si mítico y genial aunque provinciano, y poco más puede decirse –incluido el consabido elogio a Machado de Assis– en cuanto a Do Brasil: Fascínio y Miragem, curado por María de Lourdes Soares.

 

Me parece que el desconcierto de Lourenço –ser él mismo muestra del profundo divorcio entre Portugal y el Brasil que tanto lamenta– tiene sus razones históricas. La generación portuguesa de 1870 se adelantó a los españoles en exhibir las Causas de la decadencia de los pueblos peninsulares (1871), como se tituló el opúsculo de Antero de Quental y a sus lectores en Lisboa o Coimbra, más tarde, les daba mucha risa que los escritores allende el río Duero y el río Tajo, aguardaran hasta 1898, cuando les arrebataron Cuba y Filipinas, para finalmente dar por perdido, filosofando, el imperio ido desde 1821 y arruinado desde siglos atrás.

 

La historia, vengativa, cayó sobre los portugueses y no fue sino hasta su Revolución de los Claveles en 1974, a cuya contraluz Lourenço escribió O Labirinto da Saudade, cuando descolonizando por imperativo democrático Angola y Mozambique, descubrieron que de nada había servido la mudanza de la corte de los Braganza al subcontinente para salvarse de la invasión napoleónica y reinar también allá, porque el Brasil –díscolo hasta en compartir la ortografía de su antigua metrópoli– se olvidó de Portugal. Los brasileños –concluye Lourenço al citar El laberinto de la soledad, de Paz– nunca se hicieron la pregunta de los mexicanos sobre si eran hijos de La Malinche o de Cortés, lo cual, dice con desenfado el portugués, a fin de cuentas, es asunto brasileño, no suyo.

 

En funciones de ontólogo del alma portuguesa, Lourenço fue, en cambio, excepcional al descubrir los sueños míticos y milenaristas de un imperio, el cual, como el buque de Wagner, siempre fue fantasma y O Labirinto da Saudade gustará a quienes interese ese género tan iberoamericano que es el ensayo de averiguación nacional. Pero el desaguisado brasileño de Lourenço es útil para medir los límites de esa ontología nacional: en cuanto se esfuman los referentes históricos –y por ello Paz abandonó el temita de la mexicanidad– el modelo caduca, inaplicable en otras latitudes. Así, el Brasil quedó como otra de las alucinaciones de ese extraño pueblo de navegantes temerarios, conquistadores crudelísimos y poetas visionarios que fue Portugal. Cuando llegaron, con sus claveles, los intelectuales anticolonialistas portugueses, ya no había remedio.

 

Me falta mucho por leer de Lourenço y el haberme topado con una mala recopilación suya, no le quita gran cosa a su inmersión en ese fondo imaginario del alma portuguesa que, a su juicio, nunca necesitó la España imperial y por ello, su Pessoa revisitado es una obra eximia de la crítica europea. Hace años, al reseñarlo, escribí que, en la vida de un crítico –o de un pensador– a veces sólo hay un encuentro extraordinario, fallido o no, como el de Sainte-Beuve y Baudelaire (bien estudiado por Roberto Calasso), el de Heidegger y Hölderlin, el de Leavis y Lawrence, el de Berlin y Herzen, el de Cioran y de Maistre, el de Ivanov y Dostoievski, el de Paz y Sor Juana. Ese estado de gracia, me parece, privó entre Lourenço y Pessoa. No podía ser de otra manera.

 

Lourenço, desde 1973, se preguntó cómo podía operar una categoría asociada a la buena conciencia –la de genio– en un caso como el de Pessoa; puso orden, frente a teorías fantásticas entonces en boga gracias al postestructuralismo, en la heteronimia pessoiana, recordando que esa pluralidad era obra inaudita de un sólo escritor y no una patología del orden esquizoide o “anti-edípico”. Reivindicó, ese gran lector de Kierkegaard que fue Lourenço, el ocultismo del poeta, ninguna baratija sino “la religión de los místicos sin religión”, desde Nerval hasta Yeats, Breton y, desde luego, Pessoa. También aclaró qué entendía Ricardo Reis (uno de los heterónimos más importantes del portugués, junto a Alberto Caeiro, “quien vivió un día”) por paganismo (“Pero los pastores de Virgilio, pobrecillos, son Virgilio. Y la naturaleza es bella y antigua”, escribió Alberto Caeiro).

 

Con una aguda combinación de sentido común y hondura filosófica, Lourenço reconoció, al fin, que Pessoa está más allá del ilusorio y encantado milenarismo portugués porque lo incluye y lo rebasa. En la hora de su muerte, me descubro ante el crítico literario que fue Eduardo Lourenço, quien escribió que frente a un Fernando Pessoa, “no hay genio crítico, incluso el del crítico genial”.

 

FOTO: El crítico literario portugués, Eduardo Lourenço, autor de O Labirinto da Saudade./ Universidad de Bolonia

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