El desierto de Manhattan

Abr 11 • Conexiones • 1787 Views • No hay comentarios en El desierto de Manhattan

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La epidemia de coronavirus en Estados Unidos cambió las rutinas de trabajo en todo este país. Esta crónica recoge lo que ha vivido parte de la comunidad cultural en Nueva York

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MIRANDA SOFÍA
Hace tres semanas, a eso de las 6 de la tarde, yo me encontraba en el metrobús de la avenida Broadway con mi vestuario de prostituta puesto, un libreto en la mano, y en una bolsa enorme de plástico, mi cena y estuche de maquillaje. Era el 11 de marzo, y me acaba de entrar un correo electrónico notificando que la función de mi obra de teatro, que se estrenaba esa noche, había sido cancelada. La obra era una de las producciones del departamento de teatro de City College, una de las escuelas del complejo universitario público de la ciudad de Nueva York, donde yo estudio. Era una adaptación de La casa de los espíritus de Isabel Allende, donde yo estaba interpretando el papel de Tránsito Soto, la prostituta que rescata a la nieta del protagonista cuando ésta es capturada por la junta militar. Justamente la noche de nuestro estreno el presidente de City College ordenó cancelar todos los eventos públicos de la universidad. El departamento decidió grabar en video la función, con la sala vacía, para al menos preservar en el tiempo todo ese trabajo. La obra murió esa noche sin haber sido vista por un público. No mucho tiempo después otro correo nos anunciaba que la universidad cerraba, las clases quedaban canceladas, y todo se iba a conducir a través del Internet. En menos de 24 horas, me encontré completamente aislada de mi comunidad de actores, escritores, y artistas. Curiosamente, días después pensaba en como este arrebato inesperado de normalidad y paz tenía cierta analogía con el golpe de estado en Chile que la obra recreaba. Ambos escenarios eran de cierta manera apocalípticos.

 

Hasta ese día, el Coronavirus no era algo que muchos neoyorquinos nos tomáramos en serio. Era una amenaza puramente ajena. Muchos de nosotros nos reíamos al ver personas en el transporte público con máscaras médicas y guantes de látex. En las últimas dos semanas antes de la cuarentena, yo ni tenía tiempo para preocuparme por el COVID-19. Mi vida era ensayar para mi obra, asistir a talleres de escritura, clases de actuación, hacer la tarea, y milagrosamente, comer y dormir. El arte, sea actuación o escritura, es comunitario, nace en grupos, y la artista crea contenido para compartirlo con otras personas. Mi rutina forzosamente me ponía en contacto diario con decenas de personas.

 

Ahora que comienza abril, me encuentro completamente aislada de mis círculos. Los espacios donde nos reunimos, teatros, salones de clase, cines, y cafés, están cerrados. Al momento estoy preocupada por el futuro de las salas de cines y teatros independientes, y por los que viven de ello. Estos espacios independientes van a necesitar mucha ayuda para recuperarse de esta pandemia. Nueva York tiene una abundancia de artistas independientes que reúnen lo poquito de plata que les queda después de pagar la renta y la comida para hacer teatro, música, magia, burlesque, y circo. Los artistas innovadores, esos que desafían las normas del teatro y cine comercial, han perdido espacio, contacto, y recursos. Muchos se han ido de la ciudad, a reunirse con sus familias, otros esperamos aquí como en una especie de purgatorio.

 

Pocos días después de comenzar la cuarentena, muchos artistas, incluyendo profesoras de baile, cineastas, y dramaturgas empezaron a ofrecer clases gratuitas por Zoom, un programa que permite que grupos grandes se reúnan por videoconferencia. La semana pasada, tomé una clase de danza árabe con unas cien mujeres. La mayoría de las estudiantes estaban en Nueva York, pero había otras que se quedaron afuera del país, sin permiso de entrar. Hace unos días, nos reunimos unos quince jóvenes con la profesora de dramaturgia. Sin embargo, mis cursos de poesía y escritura de guión no se van a conducir por Zoom. Los profesores nos notificaron que había estudiantes que no tenían los medios para reunirse electrónicamente. Muchos no tienen computadoras. Otros, como yo, vivimos en apartamentos pequeños con muchas personas y no hay privacidad, y otros tantos están viviendo en un estado de incertidumbre total, han perdido su trabajo, ingreso, o peor, sus familiares se encuentran enfermos o muertos.

 

Los dos cursos, que eran talleres de veinte o más estudiantes, ahora van a consistir de lectura y escritura independiente. Yo me comunico con mis profesores por correo sin saber nada de mis compañeros, leer su trabajo, o recibir críticas y notas de ellos. Es una lástima. Unos de los elementos más cruciales de los talleres de escritura son los de escuchar tu trabajo en voz alta en frente de otros artistas y recibir comentarios de tus compañeros.

 

Esta semana, la universidad canceló las clases por Internet por varios días para reorganizar las lecciones de una manera más inclusiva para los estudiantes de bajos ingresos. Supuestamente la universidad le estará dando laptops a los que no tienen. Está por verse. Las universidades privadas como Columbia, Harvard, y NYU, sí tienen recursos para darle laptops a todos los estudiantes. Le llevan una ventaja enorme al complejo universitario público, con 275 mil estudiantes. Entre ellos hay gente mayor, aquellos que estudian y trabajan, muchos tienen hijos, y una buena porción no tiene estatus legal en Estados Unidos. Además de eso, la mayoría de los estudiantes en la universidad pública vive con sus padres. La gran parte de los estudiantes que asisten a las universidades privadas no son neoyorquinos, son de otros estados, y pagan un dineral para estudiar y vivir aquí. Estos estudiantes han abandonado la ciudad, y se han regresado a sus hogares, escapando del virus. Los que nacimos y vivimos aquí no tenemos otra opción, nos toca quedarnos en el epicentro de la pandemia. La ciudad se ha vaciado. Los neoyorquinos más pudientes, con casas en las afueras, también se han marchado. El privilegio económico les permite escapar del desastre que se ha armado en la ciudad, particularmente en los hospitales.

 

Yo vivo en el centro de Manhattan, un lugar que normalmente está lleno de turistas, gente de los suburbios, trabajadores, estudiantes, y otros. El apartamento de mi familia está muy cerca de Times Square, y estamos rodeados por teatros, discotecas, bares, y restaurantes que están en abandono, todos cerrados con llave y candado. Las plazas, los parques, y las calles ya no contienen el bullicio, la energía, y el movimiento que le da a la ciudad su fuerza vital. El pulso cardiaco de Nueva York se ha silenciado. Ese fervor va a regresar, eso no lo dudo, pero por el momento, la intensidad ha disminuido, dejándonos con tiempo para reflexionar. Con la vida agitada de Nueva York nunca tengo tiempo de pensar, meditar, o relajarme, porque siempre estoy haciendo diez cosas al mismo tiempo. Los neoyorquinos tenemos fama de estar siempre ocupados, estresados, y agobiados. Ese estereotipo es acertado. El otro día me reuní por Zoom con un grupo de jóvenes cineastas mujeres del que formo parte. Una compañera comentó que por primera vez en su vida ha tenido el chance de no hacer nada, de enfocarse en ella misma, y disfrutar actividades que no tienen nada que ver con el trabajo o el estudio. En las últimas dos semanas, he tenido tiempo de hablar con amigos que no he visto en meses, pasar tiempo con mi familia, disfrutar de la lectura, hacer ejercicio, y trabajar en mis proyectos creativos. Estoy comiendo tres veces al día, y durmiendo nueve horas todas las noches.

 

Lo que pega duro es la falta de estructura, la soledad, y la incertidumbre. Lo que hace falta no es la rapidez de la vida o la culminación de una meta profesional o artística. Lo que duele es estar separada mi gente, mis compañeros, que son como yo, jóvenes artistas que soñamos y creamos juntos. Tantos artistas nos enfocamos en la búsqueda de recursos, conexiones, y dinero, y ahora me doy cuenta que nada de eso importa. El arte es para compartirlo con la comunidad, con la gente que uno ama. Estar separada de mi elenco me trajo esa realización. La pandemia cerró todo, no queda nada excepto los pensamientos de uno y las llamadas y mensajes que se intercambien entre amigos. Ahora, mientras el mundo se calibra, voy a escribir, y cuando la vida pública empiece de nuevo, tendré algo que compartir con mis queridos amigos.

 

FOTO: Panorama de Madison Avenue en Nueva York, ciudad que es considerada el epicentro de la epidemia de coronavirus en Estados Unidos. / JUSTIN LANE/ EFE/ EPA

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