El lugar equivocado de las cosas

Feb 13 • Ficciones • 357 Views • No hay comentarios en El lugar equivocado de las cosas

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POR GABRIELA AGUIRRE

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Vi los barcos alejarse
la gente levantar la mano
para decir adiós.
He visto a las mujeres despedirse de sus hombres
besarlos precipitadamente
escribirles una carta sin palabras
en el cuello que besaron
apenas hace unas horas.
Y sin embargo no sé
cómo deben conjugarse ciertos verbos
cuando el corazón es un órgano que parte
y yo no he aprendido a despedirme
ni a dejar las ciudades
en las ciudades.

 

 

Mi padre nos llevó a conocer el cine nuevo.
Era la primera función
y llegamos tarde:
la película ya había empezado.
En la oscuridad busqué su mano todavía joven
las palomitas tibias en una bolsa de papel.
La mano del hombre
que ahora me llama por teléfono
y me miente
diciéndome que todo está bien
aunque yo sé
que lo han descendido en el trabajo.

 

 

Veinte años después
llego otra vez tarde a la función
e intento ordenar las piezas de una escena.
No hay palomitas
pero sigo sintiendo el mismo miedo
de perder en la oscuridad
los dedos de mi padre.

 

 

Te ponías a llorar frente al menú
en los restaurantes árabes.
Pedíamos yogurt con ajo y aceite de oliva,
pan de pita.
Te daba entonces por nombrar la tristeza
con palabras de una lengua extraña.
Y al final,
con la baklava entre las manos,
a punto de llevártela a la boca,
me confesabas que lo seguías amando.
En cada menú
él volvía a escribirte una carta de despedida.

 

 

Paso una mano por el lomo del gato,
una flor está a punto de abrir sobre la mesa.
Los grillos hablan de las cosas tristes del mundo,
de las burbujas de jabón que revientan en el piso.

 

 

Paso la mano por el lomo del gato.

 

 

Hoy prefiero hablar con la madera y las cucarachas.
Hoy sólo ellas pueden conversar con lo que digo.

 

 

Un clisé hablar de las flores que se mueren.
Pero se mueren junto a mí
en el jarrón de mi escritorio.

 

FOTO: Aspecto interior de una sala de cine/Donald Tong/ Prexels

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