El mal tiene nombres

Abr 15 • destacamos, principales, Reflexiones • 3363 Views • No hay comentarios en El mal tiene nombres

 

Desde su trinchera literaria, Octavio Paz fue un crítico beligerante del autoritarismo presidencial, de la demagogia encarnecida y los populistas; su pensamiento político, que plasmó en obras como El ogro filantrópico, nos advierte de las similitudes que acechan nuestros días

 

POR MALVA FLORES

Cada año fue monte de huesos.
“Nocturno de San Idelfonso”
Octavio Paz

 

Mentiría si dijera que, en 1998, la muerte de Octavio Paz me transformó. Para mí, Paz era una figura, un personaje que más bien me provocaba una extraña especie de temor y reverencia. No era mi poeta favorito, nunca había conversado con él y aunque en la casa se pronunciara su nombre todo el tiempo, no me di cuenta entonces de lo que en realidad había sucedido y sólo atestigüé esa especie de euforia que como una ráfaga de polvo quiso borrar su nombre de la República de las Letras. Lamenté mucho su muerte, sí, pero por razones distintas a las de su ausencia física y no entendí el velado festín de los que a media voz celebraban entonces y aún sigo sin comprenderlo.

 

Fue pocos años más tarde cuando un día, a las 7:20 de la mañana, se apareció entre mis ojos y la pantalla de televisión donde, como todos, miré atónita la caída de las Torres Gemelas en Nueva York. Recuerdo bien que al observar una imagen terrible y desde esa fecha, imborrable —la caída de un hombre que, de cabeza, con una rodilla flexionada, se dirigía imperturbable hacia su muerte como un Ícaro moderno— Paz se me presentó en forma de pregunta. ¿Qué diría Paz?

 

Me sorprendí a mí misma recordándolo aquel día. No obtuve respuesta o no supe encontrarla. Sin embargo, desde entonces y cada vez con más frecuencia, me pregunto qué pensaría el poeta sobre tantas calamidades y tan pocos milagros como los que nos afligen ahora. Quizá valdría la pena volver la vista atrás por un instante y en el retrovisor del tiempo recordar palabras y gestos que hoy reclaman su lugar en la repetitiva historia de nuestro desconsuelo.

 

En 1976, después del golpe a Excélsior, Paz le había confiado a Elena Poniatowska: “No es cierto que haya tiranos en abstracto sino que todos ellos tienen nombre y nosotros debemos nombrarlos. Hay que nombrar el mal y ésta será una de las tareas de la nueva revista”. Hablaba de Vuelta, la revista que apareció apenas unos cuantos meses después del cierre de Plural, al que Paz y todo su equipo habían renunciado en solidaridad con Julio Scherer. La entrevista de Poniatowska fue censurada en la redacción de Novedades pues los juicios políticos del poeta se consideraron “temerarios”, por lo que dicha entrevista apareció finalmente en Siempre!. Allí se pudo leer a un Paz que acusaba sin ambages al gobierno de Luis Echeverría: “Tenemos un régimen patrimonialista en el cual el jefe del Estado gobierna al país como si fuese su casa y trata a sus colaboradores como si fuesen sus criados”. Más adelante, en esa misma entrevista, expresó lo siguiente a propósito del PRI:

 

Yo he comparado varias veces al PRI con las burocracias comunistas del Este, pero haciendo algunas distinciones fundamentales: en los países del Este existen partidos ideológicos; en cambio en el PRI, más que la ideología, lo que cuenta son los intereses. Por otro lado, en los países comunistas, el Estado es la proyección del partido, mientras que en México el partido es la proyección del Estado; es decir, el partido es un órgano de manipulación política del Estado y del gobierno.

 

Pocas semanas después apareció Vuelta y en su beligerante editorial Paz recordó que en Plural siempre los habían calificado de elitistas, algo que no le extrañaba pues “los populistas tienen una idea más bien baja de la inteligencia de la gente. En el fondo del populismo hay un gran e inconfesado desprecio por el pueblo”. Sin embargo, Plural había sido leído y comentado ampliamente ya que, contra lo que pensaban sus detractores, “el público mexicano ha demostrado ser más curioso, abierto e inteligente de lo que suponen los que se empeñan en mantenerlo en una perpetua minoría de edad”.

 

¿De veras no vemos la similitud con los días que corren? La lectura de Paz nos revela, en unas cuantas frases, la pesadilla de haber entrado a una máquina del tiempo que nos hizo retroceder no veinticinco años, que son los que tiene de muerto el poeta, sino casi medio siglo. ¿O más? En El laberinto de la soledad describió al México de fines del siglo XIX como el país de la discordia: “Vivíamos una vida envenenada por la mentira y la esterilidad.”

 

¿Nada nos dicen hoy esas palabras? El tiempo de la repetición, la imagen de nuestro destino representada por un Sísifo exhausto es del tamaño de nuestra pesadumbre, sobre todo porque aun cuando intentamos despertar de la que ya parece inalterable pesadilla, seguimos en aquel sitio mental y político que hoy nos parece inamovible. Entonces surgen las nubes negras del proceso sacrificial que tan bien analizó en Postdata; de entre las sombras de un tiempo que creíamos ya superado asoma el proverbial autoritarismo mexicano que emana del partido, pero sobre todo del presidente, como vio en El ogro filantrópico cuando dijo: “El PRI no es un partido político mayoritario: es la Unanimidad. El Presidente no sólo es la autoridad política máxima: es la encarnación de la historia mexicana, el Poder como sustancia mágica transmitida desde el primer Tlatoani a través de virreyes y presidentes”.

 

Tampoco podemos olvidar los rasgos del patrimonialismo novohispano, al que tanta atención dio en Las trampas de la fe y que, en pocas palabras y siguiendo a Weber, define como “la dominación de uno, ayudado por sus servidores y allegados, es decir, es el gobierno concebido como una extensión de la casa real”. Así y desde tiempos de Sor Juana el patrimonialismo fue la marca distintiva de nuestra historia. Dicho régimen, donde el monarca debía, antes que cualquier cosa, asegurarse de “la lealtad de sus servidores”, subsistió en el siglo XX y —cuando escribe Paz a mediados de los ochenta—, estaba representado por el Señor Presidente y sostenido por el PRI, quintaesencia del control político mediante el sistema burocrático.

 

Aunque en apariencia habían triunfado los criollos que optaban por una República federal, en los hechos el México independiente continuó siendo centralista y patrimonialista, pues cambiamos a los monarcas por caudillos o por “dictadores constitucionales que llamamos presidentes”. Constituye una conveniente y vergonzosa ceguera no advertir las similitudes en nuestra actualidad que se mira —resentida, arrogante, vengativa, pero “transformadora”—, en ese espejo donde brilla el fulgor del palacio y la dominación de un cacique que entiende la política como una extensión de su hacienda y ve a sus colaboradores como peones sin experiencia, pero leales, muy leales.

 

Estos parecidos pueden encontrarse en cualquier área: baste leer las palabras que el poeta publicó en Plural a propósito, por ejemplo, de los libros de texto en 1975, cuando revisó los de cada materia pues en ese instante —como había sucedido antes y como sucedió más tarde— se suscitó una polémica a propósito de las modificaciones que el gobierno había realizado a dichos materiales. Aunque en general le habían parecido libros poco objetivos, el de Ciencias Sociales, lleno de errores y omisiones, le mereció duros comentarios de los que extraigo algunas muestras: “Para los autores del libro los mexicanos se dividen en progresistas y reaccionarios, buenos y malos. (…) La censura ideológica no se contenta con la condenación de los hombres, los hechos y las obras sino que arranca de raíz los nombres de los impíos. (…) Como siempre, la suficiencia y la vulgaridad intelectual se alían a la visión unilateral de la sociedad y de los hombres”. Recomendó finalmente que no se corrigieran sino que se hicieran otros, pues los autores no habían hecho libros de texto, sino “folletos de propaganda”.

 

Y cómo no reconocer en sus palabras nuestra tarea urgente aun hoy: no sólo ofrecer medicamentos al paciente sino, primero que todo, diagnosticar cuál es su mal. Pero ese diagnóstico requiere una consideración previa. En su polémica con Carlos Monsiváis —a quien, por cierto, acusó de “convertir los problemas reales y concretos de México en temas ideológicos”— consideró que, para luchar contra su enajenamiento intelectual, la izquierda mexicana debía realizar un profundo e impostergable “examen de conciencia filosófica y política”.

 

Y ¿qué debían hacer los escritores? El silencio cómplice era su peor enemigo. Si no habían callado Sócrates, Giordano Bruno, Bartolomé de las Casas, Gide… la responsabilidad del escritor debía estar más con su conciencia que con sus creencias: “Si su Obispo miente, si su Rey tortura, si su Patria es injusta, si su Partido oprime —el escritor debe decirlo”.

 

La enunciación de estas tareas me obliga a traer a cuento la tan citada —y quizá hoy más que nunca necesaria— lección al final de Postdata, cuando el autor nos recuerda que el único antídoto contra “los espectros de las pesadillas” es la crítica y nos recomienda “aprender a disolver los ídolos: aprender a disolverlos dentro de nosotros mismos”. No obstante, quisiera ahora referirme a la que, para mí, es su enseñanza central: reconocer sus errores, hacer el examen de conciencia que reclamaba a la izquierda mexicana y actuar en consecuencia.

 

Son conocidos los episodios de la vida de Paz en los que mostró que se había equivocado y reconoció públicamente dichos errores. Basten tres ejemplos: al recordar su participación en el Congreso de Valencia en 1936, donde atestiguó la reacción inquisitorial de los comunistas contra André Gide por las críticas del francés a la URSS, escribió: “Confieso que a mí, como a otros amigos de esos días (…), nos indignó y entristeció la saña de los acusadores de Gide pero ninguno de nosotros se atrevió a contradecirlos en público”. Más tarde, en el ensayo “Polvos de aquellos lodos” y en el poema “Aunque es de noche”, también hace evidentes sus errores y culpas. En el ensayo nos dice que “Muy pocos de nosotros podrían ver frente a frente a un Solzhenitzyn o a una Nadezhda Mandelstam. Ese pecado (el juicio político erróneo) nos ha manchado y, fatalmente, ha manchado también nuestros escritos”. En el poema fue más explícito:

 

Solzhenitzyn escribe, el papel arde,
avanza su escritura, cruel
aurora
sobre llanos de huesos.
Fui cobarde,
no vi de frente al mal
[y hoy corrobora
al filósofo el siglo:

¿El mal? Un par de
ojos sin cara, un repleto vacío.

 

Este proceder también podemos advertirlo más acá, cuando reconoció su ceguera ante la corrupción del régimen salinista:

 

En efecto, el proyecto del presidente Salinas fue modernizador, pero algunos no tuvimos claridad suficiente y no pudimos ver ciertos rasgos arcaicos de su gobierno. Me refiero a la contradicción del patrimonialismo y las prácticas francamente patrimonialistas, despotistas y corruptas que caracterizaron en varios aspectos a su régimen.

 

Nada más provechoso, sin embargo, que leer algunos de sus poemas: una forma de decirse y de decirnos que nos equivocamos, que fuimos ingenuos, mas no por ello libres de responsabilidad por nuestra ceguera voluntaria. Los poemas “Vuelta”, “Petrificada petrificante”, “A la mitad de esta frase” y “Nocturno de San Ildefonso” tienen como centro la urbe que tanto obsesionó a Paz desde sus años de juventud (México-Tenochtitlán o México y Tenochtitlán) y son poemas del desencanto: la ciudad destruida, la petrificación de las divinidades por obra de las ideologías, la memoria de los muertos y, finalmente, el regreso a sí mismo, pero este último retorno, el del “Nocturno…”, conjuga a los otros tres. La situación política en México era particularmente difícil. Apenas una semana después de que Paz escribiera el poema “Vuelta”, el 10 de junio, el Jueves de Corpus, había ocurrido El Halconazo. El poeta temía un retorno al 68, no sólo por la temible militarización, sino también porque —le dice a Pere Gimferrer, en carta del 14 de junio de 1971—: “Siento que paraliza al régimen una red no por invisible menos poderosa de intereses nacionales y extranjeros. Temo lo peor”.

 

En esa misma carta le anunciaba la muy probable aparición de Plural, donde tres años después, en septiembre de 1974, se publicó el “Nocturno”. Ese regreso poético a los años de juventud en la Escuela Nacional Preparatoria en la década de los treinta es un encuentro consigo mismo y también un examen de sus ilusiones juveniles, un examen que hoy parece gritarnos a la cara: “El bien, quisimos el bien: / enderezar al mundo. / No nos faltó entereza: / nos faltó humildad. / Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia”.

 

Vuelta, el libro, apareció en septiembre de 1976; es decir, dos meses después de que uno de los hitos de la barbarie contra la libertad de prensa ocurriera en julio, con el conocido golpe a Excélsior. En el “Nocturno…” presenciamos el “enredo circular”, un ir y venir sobre los mismos yerros donde “todos hemos sido, / en el gran Teatro del Inmundo, / jueces, verdugos, víctimas, testigos, / todos / hemos levantado falso testimonio / contra los otros / y contra nosotros mismos. / Y lo más vil: fuimos / el público que aplaude o bosteza en su butaca. / La culpa que no se sabe culpa, / la inocencia, / fue la culpa mayor”.

 

Es evidente que su desencanto al volver a México en 1971 no fue sólo por las ruinas en las que encontró a la ciudad. Hay una ruina moral en todo lo que mira: “Sectarios sicarios / idólatras letrados / ladinos ladrones” y todos somos cómplices del derrumbe:

 

Hemos desenterrado a la Ira
El anfiteatro del sol genital en un muladar
La fuente de agua lunar en un muladar
El parque de los enamorados en un muladar
La biblioteca es una madriguera de ratas feroces
La universidad es el charco de las ranas (…)
El ideólogo cubiletero
                        afilador de sofismas
en su casa de citas truncadas
trama edenes para eunucos aplicados
bosque de patíbulos        paraíso de jaulas
                  Imágenes manchadas
             escupieron sobre el origen
carceleros del futuro       sanguijuelas del presente
afrentaron al cuerpo vivo del tiempo
           Hemos desenterrado a la Ira

“Petrificada petrificante”

 

Y, ¿no es la Ira lo que campea en México?, ¿no vemos ese encono en cada esquina, en cada frase, dividiendo familias, amigos, hermanos, amantes? Más allá del Paz político y polemista o de las múltiples paradojas e incluso contradicciones que el poeta encarnó, hay un Paz que —cuando haya pasado el largo tiempo de discordia en el que vivimos— podrá ser leído con ojos distintos: aquellos que volverán a reconocerse en el otro y en su mirada se reflejará la posibilidad, siempre anhelada por el poeta, de vernos como un nosotros. Mirarnos en el otro, descubrirnos en él: ese movimiento de la voluntad por empatía que desafortunadamente hemos perdido.

 

Desde El Laberinto… aseguraba que la historia del mexicano era “la de un hombre que aspira a la comunión” y aquella idea de que al fin éramos contemporáneos de todos los hombres —que hoy vemos tan lejana—, ¿no es la forma de reconciliar a los mexicanos consigo mismos y con el resto del mundo? Después de nombrar el mal y combatirlo, para salir de estos años oscuros será necesaria la reconciliación, esa que —nos dice en El mono gramático— “une lo que fue separado, hace conjunción de la escisión, junta a los dispersos”.

 

FOTO: De izq. a der. Juan Soriano, Sra. de Sánchez Navarro, José Luis Martínez, Salvador Elizondo; a su espalda, Soumaya Domit y Carlos Slim; al frente, Eugenia y Teodoro González de León, Marie-Jo, Octavio Paz, Enrique Krauze, Alejandro Rossi y Marek Keller, en la Hacienda de Juan Soriano. // Crédito de foto: Cortesía Paulina Lavista

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