Florian Zeller y la obsolescencia paterna

May 8 • Miradas, Pantallas • 4511 Views • No hay comentarios en Florian Zeller y la obsolescencia paterna

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Un octogenario se enfrenta a la decisión de su hija de mudarse a otro país, además de reconocer su demencia senil y la seguridad que tuvo a lo largo de su vida

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POR JORGE AYALA BLANCO
En El padre (The Father, RU-Francia, 2020), impresionante debut del dramaturgo-argumentista parisino de 41 años Florian Zeller (TVserie documental: Huellas 10), con base en su pieza homónima adaptada al lado del legendario guionista inglés Christopher Hampton (Relaciones peligrosas 88), el octogenario ingeniero viudo y jubilado que algún día deseó ser bailarín de tap Anthony (Anthony Hopkins) vegeta prácticamente confinado oyendo bel canto con audífonos en su viejo depto, cuando su más que sufrida hija cuarentona y casada/descasada Anne (Olivia Colman más humana que en La favorita) llega al atardecer para prepararle la cena con pollo y comunicarle que se irá a vivir con su nueva pareja a París (“¿Qué vas a hacer allí si ni siquiera hablan inglés?”, contesta sarcástico el varón) y de repente varios tiempos presentes/pasados/futuros y espacios empiezan a mezclarse por turno entre sí, manifiestamente dentro de la mente desquiciada del santo varón abandonado/autoabandonado e inerme, merced a la tranquila visita o súbita aparición de personajes impacientes que, tras haber sido invocados de otra manera en las pláticas-enfrentamientos verbales, cambian de personalidad y actitud a la vista, trátese del compañero obsequioso/desagradable de la desagraciada/desgraciada Anne llamado Paul (Rufus Sewell) que encarna a todos los maridos/exmaridos de esa mujer a quien la pesada carga o la presencia arrimada del anciano le han arruinado su existencia, trátese de la rubita cuidadora efímera Laura (Imogen Poots) a quien Anthony agasaja de entrada con su mejor show imposible de tap porque le recuerda a su desaparecida hija predilecta Lucy (a la que aún considera viva) y más adelante escarnece por procurarlo como infante o retrasado mental, o trátese de la maternal enfermera del asilo Catherine (Olivia Williams) y el ubicuo enfermero Bill (Mark Gatiss) que brotan en el recodo de algún depto, rumbo al sorpresivo acabose del espectáculo ínfimo e infame de esta obsolescencia paterna.

 

La obsolescencia paterna sitúa su discurso sobre los desvaríos de la senectud en territorios de hipotética compasión solidaria muy lejanos a la neorrealista desesperación clásica finalmente bonachona del jubilado suicida canofílicamente fallido de Umberto D (De Sica 52) o del enfermo terminal accediendo in extremis a la beatitud de Vivir (Kurosawa 52), filmando de manera indirecta y volcada al exterior dentro de la psique misma de su lamentable antihéroe Anthony, en un irreconstruible rompecabezas de tiempos facilitados por los acosos y fractalidades o súbitos campos vacíos del fotógrafo Ben Smithard y la música mimética en rotación del ítalo Ludovico Einaudi (en especial sus Variaciones Viento Frío) sublimada por volátiles fragmentos operáticos de Purcell-Bellini-Bizet, en espacios y resquicios mentales donde el anciano se habla sólo y ante todo a sí mismo, entre El pasado y el presente del portugués eterno Manoel de Oliveira (72, sobre una pieza del también lusitano Vicente Sanches) y la hiperconsciencia de los cambios de régimen narrativo a la vista de En la casa del francés François Ozon (12, basado en el cerebral dramaturgo español Juan Mayorga), en una temporalidad mercurial apenas supuesta pero garantizada por el editor griego Yorgos Lamprinos, en un viaje en torno de mi cráneo al estilo del canceroso terminal John Gielgud de Providence (Resnais 77) y el conserje podrido de Pienso en el final (Kaufman 20), cuyas respectivas rabia y enigmas la virtuosística elegía de Zeller añora y sustituye con arrestos de nostalgia y melancolía o teoría de la angustia.

 

La obsolescencia paterna convoca entonces como remedio huellas y destellos de una recóndita tragicomedia que sólo el anticarismático histrionismo de Anthony Hopkins, ya en las antípodas terminales del histrionismo feroz de El silencio de los inocentes (Demme 91), será capaz de sostener, manifestándose incluso por encima del patetismo de las legítimas ansias de vivir de su hija subsumida y del laberinto protagónico de los deptos transformistas con leit motive de pasillos donde reside (el depto antiguo/el actual/el irremisible cuarto de asilo de todos tan temido), porque esa dimensión irrisoria equivale a la eficacia estructural del soporte y sus temas, de las dulces relaciones deshechas y desechables, del espejo de las regresiones irreversibles (“¿Y quién exactamente soy yo?”) y de la autoafirmación en el vacío (“Soy muy inteligente, a veces me sorprendo a mí mismo, y con memoria de elefante”).

 

La obsolescencia paterna también demanda en contraposición el desolado señorío solemne de una prototípica lectura poético-romántica a lo nonagenario Goethe, cuando se contempla a lo largo del alegórico relato en nudo que, a semejanza del atormentado espíritu de Fausto en la Segunda Parte de la tragedia inmortal, el decrépito Anthony está siendo visitado por los nuevos fantasmas canosos de la Penuria, la Deuda, la Inquietud y la Necesidad, todos ellos interpretados por figuras que mutan abismalmente de estatus dramático e identidad, en una suerte de salmo sinfónico del acoso torturante, pues ya no basta “Un alma para dirigir mil brazos” (Goethe), sino crasamente predomina la sentencia varias veces caída e interrumpida por algún corte o una tanda de bofetadas dictadas por la más acre e impotente exasperación intolerante a la defensiva (“¿Cuánto tiempo piensas quedarte aquí importunando la vida de todo mundo y arruinando la de tu hija?”).

 

Y la obsolescencia paterna termina afirmándose como una tácita y doliente requisitoria por el respeto a la dignidad límite ante los avances trágicos del inevitable deterioro de los ancianos seres queridos, exacto allí en el asilo donde amanece Anthony para ser maternizado/edipizado como chicuelo por la apapachadora enfermera Catherine, tras haberse calmado, o agotado a sus soterradas y perversas anchas, la crueldad vital, la compasión/autocompasión y el inexorable futuro de todo miembro de la especie.

 

FOTO: Anthony Hopkins recibió este año el Óscar al Mejor actor por su actuación en El padre./ Especial

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