El paraíso de conciencia en el Purgatorio de Tomás Eloy Martinez

Feb 1 • Reflexiones • 5455 Views • No hay comentarios en El paraíso de conciencia en el Purgatorio de Tomás Eloy Martinez

POR CLAUDIA POSADAS

 

Purgatorio (Alfaguara, 2009),[1] la última novela publicada de Tomás Eloy Martínez (T.E.M., Tucumán, 16 de julio de 1934 – Buenos Aires, 31 de enero de 2010) en tanto que la obra que podría considerarse póstuma, El Olimpo, quedó inconclusa y no ha sido editada, significa una desembocadura y ajuste de cuentas de temas fundamentales en su obra pero también, un réquiem personal en tono de Keith Jarret (y de intérpretes argentinos de los 70 como Almendra, Spinetta y Charly García): a la luz de cumplirse cuatro años de su fallecimiento, esta novela debe ser vista como un cierre formal (en tanto no es posible conocer el planteamiento definitivo de El Olimpo) de su ciclo literario y vital al consolidarse como un espejo de conciencia que le permitió reflexionar sobre sus procesos y obsesiones escriturales y sobre el inminente fin de su tiempo en tanto fue escrita durante la enfermedad que puso punto final a su obra.

 

En esta retrospectiva cobra vigencia la concreción en Argentina de la Biblioteca Tomás Eloy Martínez (Alfaguara, 2005-2011) en la que se reeditó gran parte de sus trabajo salvo Sagrado (1969), su primera novela, La mano del amo (1991) y El cantor de tango (2004), colección que sería pertinente difundir o, en caso de algunos títulos, volver a promover en México a modo de homenaje a un escritor y a un periodista que aportó su experiencia en la formación de nuevas generaciones en nuestro país, y en el marco de la próxima Feria Internacional del Libro de Guadalajara dedicada a Argentina.

 

La recopilación cuenta con obras imprescindibles en su trayectoria como La novela de Perón (1985, Biblioteca TEM, 2009), Santa Evita (1995, Bib. T.E.M., 2009), Las memorias del general (1996, renombrada en esta edición Las vidas del General, 2009) y El vuelo de la reina (2002, Bib. T.E.M., 2009) que, con excepción de La novela… y Las vidas…, se encuentran en ediciones anteriores en librerías mexicanas, y obras que si bien reflexionarían sobre la realidad política, social y mítica de su nación como Argentina y otras crónicas (2011, edición conformada por una selección de textos publicados en medios recientemente y tomados de los libros El sueño argentino —1999 y del cual, alguna vez me expresó en entrevista, “me gustaría que se conociera en México”—, y Réquiem por un país perdido —2003—), o son menos conocidas como Ficciones verdaderas (2011, un hermoso desentrañamiento ensayístico de hechos reales que hayan influido en la creación de grandes obras como Madame Bovary o Bodas de Sangre), son libros pertinentes para la cabal comprensión del pensamiento del autor. Asimismo, la colección incluye dos grandes clásicos como Lugar común la muerte (1979, Bib. T.E.M., 2009, en la que se agregan textos sobre José Lezama Lima y Augusto Roa Bastos), bellas disertaciones sobre la relación entre el destino y la muerte específica de grandes personajes, y La pasión según Trelew (1974, Bib. T.E.M., 2005, que incluye un nuevo prólogo de Martínez y la actualización de una investigación sobre este caso), gran testimonio-crónica que narra el asesinato disfrazado de intento de fuga de 16 opositores de la dictadura en Trelew, hecho histórico que marcó el inicio del Terrorismo de Estado en Argentina y que en 2014, convertido en estandarte de resistencia y en herida, cumple 42 años.

 

Asimismo, en esta rememoración es indispensable destacar la constante actividad que lleva a cabo la Fundación Tomás Eloy Martínez creada en 2010 en Buenos Aires por voluntad del escritor y que, presidida por Ezequiel Martínez, destacado periodista e hijo del autor, conserva y promueve la difusión y estudio del legado de T.E.M., y apoya la formación de periodistas latinoamericanos. Cabe señalar que en 2013 concretó una de sus misiones más importantes: poner a disposición del público el archivo periodístico y literario de Tomás Eloy Martínez donde podemos encontrar información primordial para analizar su obra como manuscritos tempranos de poesía y de cuentos; borradores de El Olimpo; versiones de Santa… y de La novela de Perón y, respecto de ésta, los audios de la legendaria entrevista que T.E.M. le realizó a Juan Domingo Perón así como los valiosos archivos de la investigación que llevó a cabo para escribir esta obra; la novela inédita, por decisión de T.E.M., Mujer de la vida; las reveladoras charlas con la esposa y la hija del Coronel Moori Koenig, uno de los protagonistas de Santa…, quien, ya en un proceso de locura, secuestrara el cadáver de Evita (cuerpo cuyo periplo, antes de encontrar su definitiva sepultura, es motivo de esta gran novela que a la par desarrolla una radiografía mítica y social sobre Argentina), y el verdadero testimonio de Héctor Cabanillas y Jorge R. Silveyra, oscuros militares que trasegaron el cuerpo de Duarte, testimonio que fue motivo de extensos artículos publicados por el autor en el diario El País en 2002, y cuyo propósito consistió en mostrar, en un duelo entre realidad y ficción, la historia “verdadera” del trasiego al trasluz de los mitos que se han creado (y se siguen creando) sobre el tema a partir de la gran imaginería y belleza vertida en ésa, su obra maestra, Santa Evita.

 

I.       Cápsula de eternidad para los amigos del barrio

 

“Hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior (…) alimentan preguntas incesantes: ¿Cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ”, señaló su coterráneo recientemente fallecido, Juan Gelman, al recibir el Premio Cervantes 2007. Purgatorio, a nivel simbólico, es este rostro y estas preguntas.

 

La línea argumental de la obra es la desesperanzada búsqueda de Emilia Dupuy de su marido, Simón Cardoso, detenido-desaparecido por este régimen. Este trayecto la despoja de toda identidad y proyecto de vida que no sea hallar con vida a Cardoso. Finalmente, después de una travesía que la llevó por varios países, lo encuentra en su propio vecindario, en Estados Unidos; sin embargo, sucede una vuelta de tuerca: Simón continúa estático en la edad de su desaparición, a sus 33, hermoso, joven. Emilia ya tenía 75 años. “Hacía treinta años que Simón Cardoso había muerto cuando Emilia Dupuy, su esposa, lo encontró a la hora del almuerzo en el salón reservado de Trudy Tuesday”. [2]

 

Acorde con el estilo del autor, a partir del planteamiento de un enigma al inicio de sus obras, que en este caso es emblemático ya que tiene un carácter fantástico en tanto hay una ruptura con la realidad en términos de Todorov (lo cual se desarrolla más en esta novela respecto de otras), es que se desata el mecanismo literario, puntual, como una maquinaria precisa, donde la historia se va construyendo a partir de un juego de tiempos que se desplazan y de revelaciones y omisiones que sólo hasta el final encuentran significado. En esta tensión, como un elemento característico del autor, surge una historia o personaje que poco o nada tendría que ver con la trama, y que sólo hasta que es pertinente, se devela su sentido. En Purgatorio, toda vez revelada la aparición de Cardoso y que la narración se desarrolla sin dar mayor explicación: dónde estuvo, cómo escapó de sus verdugos, por qué no buscó a Dupuy pero sobre todo, cómo es que sigue fijo en su juventud, surge un personaje del que nunca se dice su nombre y quien, con The Köln Concert y otras interpretaciones magistrales de Jarrett como fondo, mantiene un diálogo con Emilia. Este narrador-personaje es primordial, puesto que a través de este diálogo encontramos la clave de la aparición de Cardoso y porque, al percatarnos de que bien podría ser un autor-narrador-personaje, es decir, un alter ego de Eloy Martínez, se infiere el significado de Purgatorio en la trayectoria del autor a la luz de su enfermedad. Se trata de uno de los acostumbrados “cameos literarios” de T. E. M dentro de sus obras, aunque éste podría ser el más importante en cuanto a lo extenso de su intervención y por lo que revela.

 

Otro elemento estructural en su literatura, es la inclusión de un factor o concepto simbólico que contiene la idea central o por lo menos una de las visiones importantes de la novela. En Purgatorio, este elemento sería una variante del concepto del mediodía eterno en  Nietzsche y Schopenhauer, en la cual el ser estaría condenado a existir en una perpetuidad del presente por lo que el pasado es intrascendente. En la novela se retoma y rehace esta visión y este mediodía se muestra como un tiempo-espacio eterno (idílico o trágico) más allá del tiempo-espacio lineal e implacable que habita el y al ser.

 

Asimismo, Purgatorio es una vertiente importante dentro de las novelas de dictadura. La obra no habla en sí de los campos de tortura sino de la raíz del mal: del discurso delirante del horror y de su macabro espejismo de una sociedad próspera y pacificada. Esta visión se desarrolla a partir de la recuperación de la vida cotidiana de esos días, pero sobre todo a través de la visión siniestra del padre de Emilia, el Doctor Dupuy, alto mando militar y representación de los ideólogos y factótum del sistema quien, como una omnipresencia, emite los dictum del régimen.

 

De esta manera, asistimos a la mesa del dictador donde se ennoblece, mientras se cena, y como si no se estuviesen destrozando cuerpos al otro lado de la esquina, este orden universal e irrevocable; asistimos a ostentosas recepciones diplomáticas que ocultaban los pactos de silencio; la planeación de grandilocuencias legitimadoras: un mundial de fútbol, la invasión de las Malvinas pero ante todo, el dominio de la percepción colectiva a través de la negación y ocultamiento del horror y el control de los medios, es decir, asistimos a esa visión de los instaladores del engaño, “si no lo veo, no existe”, donde todo, construcciones, personas amadas, los amigos del barrio, lagos, carreteras, a la manera de Charly García, podía desaparecer.

 

Así las cosas, desde esta visión indolente y fáctica de Dupuy, la novela se situa dentro del planteamiento establecido por Hanna Arendt en torno a la banalidad del mal.

 

Y todo ello recordado por Emilia quien vive un proceso de anagnórisis que la lleva a huir de su padre el que, se entrevé, estuvo detrás del asesinato de su esposo.

 

Asimismo, Purgatorio es un exorcismo amoroso proveniente de ese deseo profundo e imposible del pueblo argentino de ver vivos a sus desaparecidos, indemnes, en una especie de cápsula de eternidad protectora, con el mismo rostro y cuerpo, en el mismo tiempo en que les fueron arrebatados, como si el horror no hubiese sucedido. Así, el golpe seco en la conciencia y en la entraña que implica el no saber qué fue de un cuerpo amado, no sólo es el de Emilia, sino el de todo un pueblo, y la aparición intempestiva de Cardoso no lo es tal sino la materialización simbólica de este anhelo colectivo. Para este imaginario sus desaparecidos permanecerán vivos en ese tiempo en que les fueron arrebatados como la única gracia concedida antes de su pasión dolorosa, tal como lo refleja la frase de Gelman dicha a su nieta, en esa carta que le escribiera antes de encontrarla 23 años después de haber sido arrancada de sus padres, quienes habían sido detenidos por la dictadura argentina en 1976: “Ellos se quedaron en los 20 años para siempre.”

 

II El Sol Eterno más allá del Purgatorio

 

Purgatorio no sólo es un espacio para conjurar esas muertes que no deben olvidarse porque “fueron después, aceptadas con indiferencia y hasta olvido”, dijo el autor en Lugar común…, sino la comprensión cabal, casi en el fin de su vida, de la escritura como redención. Allí buscó imaginar, recuperar, la vida que no pudo vivir en su país dado su exilio de 10 años (salió de su país desde 1975 amenazado por la Triple A), es decir, la búsqueda de todo aquello que no existió como un exorcismo contra la muerte, aspecto que expresó desde ese autor-narrador-personaje:  “Suelo demorar horas (…) hasta en una palabra, pero esta vez (…) me comí los vientos y jugué una carrera contra la muerte. Como era previsible, la muerte me fue a buscar. (…) En el hospital vi las cosas de otra manera. (…) Si nos entregáramos a la busca de lo que no existió y lo encontráramos, entonces habríamos vencido a la muerte. Mientras yacía esperando la muerte me dije que ésa era quizá la manera de recuperar la vida. Descarté entonces la narración que ya había empezado y me puse a escribir esta novela, llena de lo que no existe. En el centro de mi magma estaba otra vez Emilia. A ella la resucitó la esperanza de volver a ver a Simón, a mí me ha resucitado este libro”. [3]

 

De este modo, Emilia funciona como un espejo de conciencia en este diálogo íntimo, que desemboca en una profunda, terminal, meditación al borde: “¿Acaso no vivimos atropellando la historia para dejar en ella (…) un humo mísero, una lucecita, aun cuando sepamos que hasta la huella más honda es pájaro que se irá con el viento? (…) es posible que todos estemos muertos sin darnos cuenta, o que aún no hayamos nacido y no lo sepamos, le dije a Emilia una de las últimas veces que la vi. Venimos al mundo sin saberlo, por una suma de casualidades, y nos vamos a quién sabe dónde, lo más probable es que a ninguna parte.” [4]

 

Esta culminación formal en la obra de T.E.M. que es Purgatorio, significa su manifiesto hacia la perduración, y uno de los espacios más significativos de su mediodía eterno. Si bien su obra entera es su permanencia en el puerto, Purgatorio es su estancia de eternidad enraizada en la vertiginosidad y vitalidad de la escritura y en la recuperación de la memoria.  Para Emilia, el mediodía eterno fue su búsqueda incesante, pero, al coincidir con Simón, intocado en su respectivo mediodía, alcanzó un mediodía eterno de completud donde la memoria y lo deseado se redimen y donde sólo existe el tiempo en que Emilia Dupuy y Simón Cardoso se conocieron en un concierto de Almendra, que interpretaba canciones de Spinetta.  Y en ese sol, “el sol arde sin cesar en el mediodía eterno”, dijo Emilia, el autor y el personaje-espejo trascendieron, uno gracias al otro, su purgatorio personal.

 

De esta manera, Purgatorio es su canto de cisne, su paraíso de conciencia; asimismo es una desembocadura de sus temas: a través de su obra desenmascaró los mitos, los grandes símbolos, aquella realidad latinoamericana de violencia y de desigualdad social que señala a su país, más que cualquier otra visión europeizante proveniente de tiempos de esplendor, por lo que era natural que también se ocupara del tema de la dictadura.

 

Es posible, dada su enfermedad, y siguiendo la idea del autor-narrador-personaje, que la obra que dejó de lado para concretar esta novela haya sido El Olimpo, cuyo título alude al nombre de uno de los centros clandestinos de detención en la Argentina en dictadura, y que haya desarrollado el tema desde esta vertiente existencial puesto que esta novela, Purgatorio,  lo llevó a encarar en el punto final de su vida y de su obra, el misterio de la muerte y su irreversible signo en nuestra materia, quizá “con la esperanza de morir como siempre escribí, con los ojos abiertos”, dijo en una carta íntima dirigida a sus hijos para leerla después de su fallecimiento, y de la que Ezequiel Martínez compartió un fragmento en la prensa al año de su desaparición.

 

*Fotografía:Tomás Eloy Martínez murió hace cuatro años, el 31 de enero de 2010/ARCHIVO EL UNIVERSAL

 


[1] Tomás Eloy Martínez, Purgatorio, Alfaguara, primera reimpresión, México, 2012, pp. 296.

[2] Ibid., p. 13.

[3] Ibid., p. 240-241.

[4] Ibid., p. 263.

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