¿Quién no conoce al Caballero de la Triste Figura?

Abr 17 • destacamos, principales, Reflexiones • 2370 Views • No hay comentarios en ¿Quién no conoce al Caballero de la Triste Figura?

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A cuatro siglos de su publicación, Don Quijote de la Mancha sigue capturando lectores por la capacidad fabuladora con que Miguel de Cervantes contó cada una de estas historias protagonizadas por un hidalgo obsesionado con aventuras de caballerías

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POR RAÚL ROJAS
Para devorar los dos volúmenes del El Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha hay que reservar unas vacaciones. Sólo así los puede uno terminar de leer con calma. El texto original de las dos partes, publicadas en 1605 y 1615, respectivamente, alberga muchas palabras arcaicas y vetustos aforismos. Me costó más trabajo leerlo en castellano, décadas atrás, que después en inglés. Y aunque el mismo Don Miguel de Cervantes decía que leer traducciones es como disfrutar un tapiz por el reverso, la verdad es que habría entonces que contar con una traducción del castellano al castellano, para no estar obligados a avanzar con el diccionario a un lado. Un caso similar de lenguaje arcaico, pero extremo, es la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, que además está muy mal escrita. La edición de Penguin en inglés es mucho más legible que el original de Bernal Díaz. Sí: Don Quijote es un libro fascinante, pero para entenderlo bien hay que leerlo despacito. El mismo Quijote habla un español medieval aún más añejo que el de la novela misma, lo que es parte del encanto de la obra. Las ediciones críticas, con su multitud de referencias y notas al pie de página hacen esto visible, pero no le ayudan mucho al lector común y corriente. Todo ese aparato literario es más bien para especialistas. Las versiones para computadora, con hyperlinks aclaratorios, son más útiles, pero ¿quién quiere leer un libro tan voluminoso en una pantalla?

 

Otra forma de aproximarse al texto es leerlo en paralelo con alguno de los múltiples análisis que se han escrito. Uno de los más sugestivos, por su irreverencia y cuestionamientos, es el del escritor ruso Vladimir Nabokov (Lectures on Don Quixote), quien como profesor universitario tuvo ocasión de desmenuzar la obra de arte de Cervantes. Puede uno estar de acuerdo o no con Nabokov, pero en algo creo que tiene razón: dice que Don Quijote es más que las letras y las historias que contiene, es “una imagen creada que vivirá independientemente del libro mismo”. Es decir, Don Quijote y sus personajes son ya íconos de la literatura universal. Como todas las obras de ficción, dice Nabokov, Don Quijote contiene puros cuentos, “pero sin estas fábulas el mundo no sería real”. No se puede leer Don Quijote pasivamente, se hace activamente, y por eso cada quien encuentra algo diferente en el texto. Se ha dicho que es “un abismo sin fin”.

 

¿Quién no conoce al Caballero de la Triste Figura? Alonso Quijano se consume leyendo libros de aventuras medievales, día y noche, libros repletos de caballeros andantes y sus damiselas. Pierde la razón y decide convertirse en Don Quijote de la Mancha, uno de esos galantes caballeros, para enmendar todos los entuertos que encontrará en sus expediciones. Su rocín andante se convierte en Rocinante, y su Dueña será Dulcinea.

 

Ya una de las primeras batallas, con su escudero Sancho Panza a su lado, es épica. Don Quijote vislumbra molinos de viento a la distancia y los confunde con gigantes. No se arredra y en una batalla más desigual que la de David contra Goliat, Don Quijote y su rocín salen volando por los aires, impulsados por las aspas de un molino. Pero no importa cuántos golpes y palizas sufra Don Quijote, nunca dejará de marchar hacia adelante, aunque no sepa realmente hacia dónde va. Desde que su historia fue publicada sabemos apreciar a todos aquellos que encaran la adversidad en combates perdidos de antemano, pero que es ineludible librar. Son los quijotes de nuestra era, aquellos sin los que el mundo no sería real.

 

Cervantes fue contemporáneo de Shakespeare. Murieron casi el mismo día, pero con dos calendarios diferentes (los ingleses aun mantenían el calendario Juliano y los españoles ya utilizaban el Gregoriano). La vida de Cervantes es casi tan increíble como la de Don Quijote. Tuvo que abandonar Madrid por participar en un duelo, se enlistó en el ejército en Italia, y fue herido en la batalla de Lepanto, por lo que perdió el uso de su mano izquierda “para mayor gloria de la derecha”, decía. Fue capturado por piratas otomanos en un barco con destino hacia Barcelona y fue retenido como rehén en Argelia hasta que se pagó un rescate. Aparentemente, durante su cautiverio le apodaban “Shaiberaa”, que en el dialecto magrebí quiere decir “brazo tullido”, de donde Cervantes, algunos piensan, después adoptó su segundo apellido, Saavedra. Después de cuatro intentos de escapar y cinco años retenido, Cervantes fue liberado en 1580 con ayuda de una organización eclesiástica. Comenzó a publicar, pero entre 1585 y Don Quijote transcurrieron veinte años con pocos trabajos.

 

Regresemos a la obra. Después de su primera y corta campaña, Don Quijote retorna a su hacienda y sus allegados deciden quemar sus libros y emparedar la biblioteca, para hacer que se esfume. Le atribuyen la desaparición del cuarto a la magia, como siempre arguye Don Quijote mismo cuando las apariencias no corresponden a lo que él se imagina, por ejemplo, un rebaño de animales que confunde con un ejército de enemigos. La segunda campaña de Don Quijote y Sancho Panza consume la mayor parte del primer volumen, con una aventura tras otra, las que casi siempre concluyen con ambos tendidos y tundidos en el polvo. A Nabokov tales sucesos no le parecieron divertidos, sino más bien crueles. Se queja de la forma en que Cervantes ridiculiza a Don Quijote en cada episodio. Y es que el Caballero de la Triste Figura tenía capacidades diferentes, que sólo hoy apreciamos como “locura poética”, pero que en su época hacían del libro un ejemplar más de la llamada literatura picaresca. El gran misterio, y sobre eso se han derramado litros de tinta, es como la obra pasa de consistir en las andanzas de un bufón, cuando aparece, para ir transformándose paulatinamente en el evangelio de un mártir, ya hacia finales del mismo siglo.

 

Un motivo de la obra que me llamó mucho la atención como adolescente, y que muestra la conexión que Cervantes logra establecer con la literatura que está satirizando, es el “bálsamo de Fierabrás”, una pócima con la que se pueden curar todas las heridas y con la que se puede incluso acoplar de nuevo las dos partes de un guerrero partido por la mitad: “Es un bálsamo —respondió don Quijote— de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna”. Sancho Panza, con los pies más puestos en la realidad que su señor, le solicita los derechos de producción, con los que podría hacerse rico. El famoso bálsamo de Fierabrás era un invento de los cantares medievales y sería supuestamente el sobrante del bálsamo utilizado para embalsamar el cuerpo de Jesucristo. Y así, en muchos otros casos. Afamados caballeros andantes desfilan por las páginas de Don Quijote, a veces como contrincantes, a veces como paradigma, mientras que el hidalgo trata de reescenificar sus hazañas, como fueron contadas en las novelas.

 

El primer volumen de Don Quijote fue un éxito inmediato e hizo famoso a Cervantes. Del volumen se comenzaron a publicar nuevas ediciones en varios países europeos y surgieron hasta reproducciones pirata, algo que yo creía sólo pasaba en la actualidad (como con los libros de García Márquez que aparecían en las calles antes que en las librerías). La novela tuvo tanto éxito que un escritor hoy olvidado lanzó al mercado la continuación, lo que obligó a Cervantes a reaccionar y terminar un segundo volumen. En éste menciona las historias “apócrifas” del impostor y se mofa de él.

 

Es imposible comprimir el relato en pocas páginas. Al Don Quijote hay que leerlo completo, dándose tiempo, como decía arriba. Es como un paseo azaroso por una España imaginaria y la trama va surgiendo al escribirla, aparentemente sin un plan preconcebido. Es creatividad desenfrenada.

 

Uno de los lectores más ávidos de Don Quijote fue el filósofo Miguel de Unamuno, quien llegó a escribir 30 trabajos relacionados con la obra en un espacio de 35 años. Unamuno es el intérprete más radical que ha habido, porque para él lo fundamental del libro es la lectura que cada quien realiza: “¿De cada cuándo es el autor de un libro el que ha de entenderlo mejor?” Y agrega: “¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que yo allí descubro… lo que yo allí pongo y sobrepongo y sotopongo, lo que ponemos allí todos”. Unamuno interpreta así diferentes episodios como la lucha entre un mundo arcaico que desaparece contra un mundo que emerge, el de la técnica y la razón. Es el siglo de Kepler y Newton, y los últimos misterios del universo serán sometidos finalmente a la racionalidad científica: “El quijotismo no es sino lo más desesperado de la lucha de la Edad Media contra el Renacimiento”.

 

Al final de la novela, Alonso Quijano, nuestro héroe errabundo, recupera la razón y decide hacer su testamento antes de morir. Sancho Panza y sus allegados casi le imploran que se levante de su lecho y siga siendo Don Quijote. Y es que ya no es Alonso Quijano, sino prácticamente un apostol y por eso queda escrito en su epitafio: “Que la muerte no triunfó, de su vida con la muerte”. Unamuno tiene razón: los libros son entes vivos, que se transforman con los lectores y los siglos, y por eso Don Quijote sobrevivió la muerte de Alonso Quijano.

 

Quizás la grandeza de la obra de arte sea la de ser un espejo: nos muestra cosas, pero también nos vemos reflejados en ella. A la distancia de los años, volver la vista atrás significa a veces reflexionar sobre la vida como locura colectiva, como un episodio que le faltara a Don Quijote. ¿Cuántos planes se materializaron? ¿Cuántos propósitos quedaron a la vera del camino? Y les sucede a sociedades enteras, como en nuestro país. La independencia de 1810 no se convirtió de inmediato en libertad y progreso, sino en más de cien años de guerras externas e internas de las que emergió la dictadura perfecta, hoy en su versión 2.0. Aún así perseveramos en la marcha quijotesca hacia lo imposible.

 

FOTO: El Quijote por Gustave Doré. / Especial

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