“El sitio”: conversaciones de pandemia con Ignacio Solares

Sep 2 • Conexiones, destacamos, principales • 1872 Views • No hay comentarios en “El sitio”: conversaciones de pandemia con Ignacio Solares

 

Durante el encierro ocurrió una serie de charlas por Zoom entre el autor de El sitio y un grupo de amigos; se platicaba de libros, lecturas, autores, de las complicidades y desencuentros de Solares con escritores y periodistas, como Octavio Paz y Julio Scherer, y también fue un espacio para reflexionar sobre la vida, la muerte y la amistad. Esta es una reunión de esas tertulias

 

POR VICENTE ALFONSO
“¿Qué pasaría si de manera orgánica, no ideológica, no basada en creencias sino en experiencia, tuviéramos otra percepción de los límites entre la vida y la muerte?”, se pregunta Ignacio Solares en la página 102 de Novelista de lo invisible (2023), volumen escrito a cuatro manos con uno de sus amigos más cercanos, el también novelista, periodista y traductor José Gordon. Esta idea de una frontera porosa entre la vida y la muerte era una de las obsesiones del maestro, a tal grado que está presente en varias de sus novelas como Madero, el otro (1989), La noche de Ángeles (1989) y sobre todo en No hay tal lugar (2003).

 

Citando a Borges, Solares solía decir que todo encuentro casual era, en realidad, una cita. De ser así, la cita que origina este ejercicio se remonta a inicios de 2020, en el contexto del encierro impuesto por la pandemia de Covid-19: unas semanas antes, Solares había publicado su novela El juramento (2019). Yo le había conocido años atrás, a raíz de la aparición de mi novela Huesos de San Lorenzo (2015), que llamó su atención porque describe la vida en un colegio jesuita del norte del país. Me emocionó que me invitara al programa de televisión que entonces conducía con Guadalupe Alonso. Allí descubrimos que nos hermanaban la pasión por el periodismo cultural, el origen norteño, la formación en colegios de jesuitas pero, sobre todo, la vocación literaria. Semanas después, el maestro me invitó a conducir el programa con él, de forma que juntos entrevistamos a algún científico, a varios poetas y sobre todo, a novelistas. Uno de ellos fue el narrador y editor Martín Solares. Tal vez por eso no resultó extraño que, años después, en el difícil contexto de la pandemia, Martín y yo le propusiéramos a Ignacio hacer una entrevista vía Zoom a propósito de El juramento.

 

Dedicamos a esa tarea dos jornadas: cuando estábamos cerca de terminar, sugerí que abordáramos también otra de sus novelas: El sitio (1999) pues la historia parecía tomada de los periódicos de aquellos días: un día, los vecinos de un edificio en la Condesa, en la Ciudad de México, despiertan con la novedad de que el Ejército les impide salir. Aunque la causa de ese encierro jamás se aclara, entre las hipótesis más plausibles se baraja una epidemia. “En el fondo lo que nos inquieta es que estamos viviendo una, ¿cómo llamarla? Una especie de suspensión del futuro”, razona en sus páginas un periodista, a quien su compañera le responde: “Pues yo preferiría tener ya abierta la puerta de la calle y salir a comprar un frasco de champú”. No es la única que ve en el consumo la solución. Páginas más adelante, leemos con asombro que la vecina del 13 acumula un “valioso cargamento”: rollos de papel de baño. Como en su momento escribí, El sitio retrata el encierro en un edificio habitado por un cura alcohólico, una joven oficinista que espera un hijo de su jefe, una enfermera aficionada al esoterismo, un alto funcionario de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, un médico militar retirado y hasta un subsecretario que es sorprendido por la cuarentena en casa de su amante. Silenciosas, anónimas, hay también varias empleadas domésticas. Muy pronto queda claro que nada ganarán los condóminos enclaustrados en sus propios departamentos: es preciso organizar una estrategia colectiva, ¿pero cuál?, ¿procurar la satisfacción de las necesidades materiales?, ¿el instantáneo placer del sexo?, ¿la resignación por medio de la fe?

 

A aquellas conversaciones de Zoom, para las que nos citábamos los viernes al mediodía, no tardaron en sumarse el periodista Julio Aguilar y el novelista y editor Geney Beltrán, ambos muy queridos por Ignacio. Por el valor histórico que las sesiones representaban, seguí grabándolas por algún tiempo. Otras lecturas compartidas fueron El Decamerón y su correspondiente adaptación teatral a cargo de de Mario Vargas Llosa, Los cuentos de la peste, así como la célebre novela de Defoe El diario del año de la peste y en su momento El cuarto jinete, de Verónica Murguía. Pero la pandemia y el encierro se alargaron y aquellas charlas semanales se convirtieron, al menos para mí, en la única posibilidad de interacción humana más allá de mi entorno familiar. Taller literario, grupo de lectura, improvisada mesa de análisis e incluso espacio de terapia colectiva, la charla de los viernes no pocas veces derivó también en una suerte de ejercicios de San Ignacio. Alguna vez comentamos que la cuarentena parecía eso, una suerte de ejercicios espirituales a escala planetaria. Con religiosa puntualidad recibíamos la columna del maestro —sus célebres “Minucias”— esquirlas luminosas en la incertidumbre pandémica. Estábamos al tanto de nuestras respectivas familias, y no era raro que los hijos se asomaran a saludar. Así, encerrados, celebramos hasta dos cumpleaños de cada quien, el arribo de un nieto, la llegada de las vacunas, la publicación de varias novelas terminadas durante el enclaustramiento. Las sesiones terminaban invariablemente a las tres de la tarde, cuando Solares decretaba emocionado que era el momento de salir de su estudio para comer con Myrna, su esposa.

 

Ignacio Solares y su esposa, Myrna Ortega. Fotografía de Barry Domínguez.

 

Poco a poco el mundo recobró su ritmo. De cuando en cuando intercambiábamos telefonazos breves, avisos por WhatsApp, algún correo electrónico. A fines del año pasado, ya de forma presencial, sostuvimos una conversación pública a propósito de Serafín (2021). Pero yo sentía que debía hacer algo con aquellas horas de grabaciones en donde Solares hacía un recuento de los momentos clave en su vida, de sus lecturas favoritas, de experiencias atesoradas luego de décadas de trabajo como novelista, editor, periodista y dramaturgo.

 

Hace unas semanas, la aparición de Novelista de lo invisible nos dio el pretexto para reunirnos nuevamente. El encuentro fue a mediados de junio en casa del maestro, justo frente a ese gran muro de roca al que José Gordon alude para evocar la novela Más allá del tiempo, de David Grossman, donde un muro de piedra representa el territorio de tránsito entre la vida y la muerte. Debido a un procedimiento médico, Solares debía intercalar pausas en sus respuestas y eso nos dio pie para abordar uno de los temas centrales del libro: el valor del silencio. Después de comer, dedicó buena parte de la tarde a explicarnos sus corridas taurinas preferidas, que vimos en YouTube. Hojeamos algunos de los tesoros que guardaba en su biblioteca, entre ellos ejemplares dedicados por José Fuentes Mares, por sus amigos y maestros Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Ignorábamos que aquella sería la última ocasión en que nos reuniríamos.

 

La Autobiografía de San Ignacio de Loyola no fue escrita por el propio San Ignacio, sino por quienes integraban su círculo más cercano. De manera similar, Novelista de lo invisible es un documento insustituible que cuenta la historia de Ignacio Solares desde la visión de un interlocutor con quien compartió cuatro décadas de búsquedas y hallazgos. Es la novela de Nacho. Pero, acaso como un ejercicio de duelo, he pasado las madrugadas de esta semana escuchando las grabaciones de aquellas sesiones de los viernes: hay pasajes dolorosos, otros esperanzadores, otros que pertenecen a lo que Solares llamaba “frivolidades”. He querido transcribir aquí algunos fragmentos. Cortando aquí y pegando allá, condensando las voces de todos en una sola, he intentado reproducir el espíritu de una de aquellas tardes. Son apenas atisbos, tímidos apuntes de un aprendiz que desea dar testimonio de una vida irrepetible.

 

Si pudieras reducir a un consejo la larga amistad que tuviste con García Márquez y Octavio Paz, ¿qué dirías?

 

Conocí a Octavio Paz cuando regresó a México. Yo estaba en Excelsior y a través de Julio Scherer conseguí una entrevista con él. Empezamos a platicar y me llamó la atención lo cordial. Después, cuando trabajé con él, había momentos en que le ponía yo la cruz, pero bueno, esa es otra historia. Iba yo a su casa casi todos los días. ¿Y saben qué me llamó la atención de Paz? Él vivía en Río Lerma, en un penthouse, y cuando nos tocó un temblor fuerte juntos, él dijo: “Calma, no pasa nada. Si se nos cae el edificio encima no hay problema”. También Louis Aragon me contó lo valiente que había sido Paz durante la Guerra Civil Española. Era un hombre muy valiente y eso habla a favor de él. Eso y que yo le leía la revista completa cuando se iba a Harvard y la corregía por teléfono. Me pedía que se la leyera toda. Recuerdo que una vez hicimos una serie de artículos sobre el Estado mexicano y al terminarle de leer un texto dijo: “¡No, no, eso está mal! ¡A ver, apunta!”, y me dictó media página de conclusiones para un artículo que había escrito Tomás Segovia. Después le hablé a Tomás y le conté. Sólo dijo: “Las cosas que he tenido que aguantarle a Octavio”.

 

Ignacio Solares (der.), entonces director de la Revista de la Universidad; Julio Scherer; Juan Ramón de la Fuente y Gabriel García Márquez, en la Torre de Rectoría. Sin fecha. Cortesía Myrna Ortega.

 

Después, cuando dejé de trabajar con él en Plural y me fui a hacer Diorama de la cultura, Paz me acusó de que yo le había robado. Me había quedado con una llave de la oficina, eso es cierto. Entre otras cosas, él tenía el original del discurso cuando Lévi-Strauss ingresó a la Academia Francesa. Él decía que yo había entrado y había sustraído el discurso, porque lo publiqué en Diorama. Scherer me citó un día en el club Chapultepec, donde se iba a nadar. Octavio Paz sostenía que no podíamos estar los dos en el periódico: era él o yo. Entonces le dije a Scherer: ¿no se acuerda que en el periódico tenemos los derechos de Le monde diplomatique? Le expliqué que de allí había tomado yo el discurso de Lévi-Strauss. Me lo había traducido Francisco Fe Álvarez, que traducía muy bien del francés. De allí mismo, Julio le llamó a Paz. ¿Ustedes creen que en ese momento Octavio dijo pásame a Ignacio? ¡Nada! Yo tampoco quise hablarle. Tres o cuatro días después me llamó y me dijo que había sido un malentendido. Era muy exigente. Pero a lo mejor Geney, que trabajó conmigo como jefe de redacción, piensa lo mismo de mí.

 

En las revistas pasan muchas cosas. Hay un rumor de esa época que te involucra a ti, a Paz y a Parménides García Saldaña…

 

Octavio Paz me dejó la dirección del número 20 de Plural, nunca se me olvidará. Le dije a Paz que no quería estar solo, porque era sobre la literatura joven, imagínate. Ves ahorita ese número y todos o son unos ancianos o ya se murieron. Creo que de los pocos sobrevivientes soy yo. Hicimos el número con Carlos Montemayor y con Esther Seligson, los invité a que me acompañaran. Resultó un número muy problemático: colaboró, por ejemplo, el hijo de Xirau, Joaquín Xirau, y al mes se suicidó. No por el número sino por una serie de cosas horribles, lo habían obligado a terminar con la novia, en fin… un día estaba yo en mi oficina y llegó Parménides con una botella de vino, totalmente drogado. “¿Por qué no me incluiste en el número de los jóvenes?”, reclamó. Entonces, con la botella me pegó y me descontó, luego agarró la máquina de escribir, una de esas Remington pesadas, de las de antes. Por suerte entró mi secretaria y lo alcanzó a detener. Llegó seguridad del periódico y se lo llevaron, si no, quién sabe qué hubiera pasado. Me gritó: “Te voy a matar el día menos pensado, te voy a matar”. Híjole, todo por no incluirlo en el número de los jóvenes. Tuve que ir a sacarme radiografías, porque una botella llena es como una piedra.

 

Después Parménides regresó y se metió a la oficina de Octavio Paz. Los de seguridad se metieron atrás de él, y Paz sufrió el susto de su vida, porque lo alcanzó a agarrar y lo quería tirar por el balcón. Estábamos en un tercer piso. Si lo alcanza a tirar, lo mata. Estaba loco.

 

Un día, Paz me preguntó: ¿a quién prefieres, a Carlos Fuentes o a Vargas Llosa? Antes de que respondiera, me dijo: “A Vargas Llosa le falta metafísica, que sí tiene Carlos Fuentes”. Y eso es cierto: Vargas Llosa es tremendo, pero no tiene metafísica. García Márquez sí tenía metafísica, por ejemplo. Era muy supersticioso. En cierta época nos hicimos muy amigos, y yo lo iba a ver bastante seguido, e incluso una vez me pidió que lo acompañara a buscar a un ventrílocuo.

 

Sí, ya nos pusiste el video en donde tú y García Márquez van a buscar al comediante para aclarar que el poema “La marioneta” no es de Gabo, sino, supuestamente, del muñeco. Debió ser una aventura magnífica aclarar que no era de García Márquez ese poema que, a principios de la era Internet, corría como la pólvora de correo en correo.

 

Luego nos fuimos a comer, me acuerdo. Fuimos varias veces a casa de Gabo a ver juegos de los Pumas. Era muy buen tipo, muy sencillo y muy agradable. Sinceramente era un hombre excepcional, nunca lo sentí creído. Sí, la palabra es sencillo. ¿Conocen mi entrevista con él? La incluí en Palabras reencontradas; esa entrevista me encanta, cuando dice: “Ustedes nomás me vienen a quitar el tiempo”. Éramos muy amigos, por eso hizo todo ese tinglado. Hasta un día que nos vimos para comer y estaba yo hablando de Julio Cortázar y me preguntó ¿quién es Julio Cortázar? Yo dije: “¡Ya nos chingamos!”.

 

¿Y quién es ese tal Julio Cortázar? ¿Tiene metafísica o no tiene metafísica? Es lo primero que queremos saber…

 

¡Ja! ¡Cortázar es La Metafísica! El que fue mi maestro, maestro, fue Juan José Arreola. Me ayudó en serio, creo que es el mejor maestro que he tenido. Nomás les cuento una anécdota con él: un día José Agustín traía bajo el brazo un ejemplar de Los hermanos Karamazov y Arreola le preguntó qué le parecía. José Agustín, que estaba muy jovencito, sólo respondió: “¡Está padrísimo!”. Arreola sentenció: “Este niño va a ser escritor”. Desde entonces, cada vez que leo algo que me gusta, repito en silencio: ¡Está padrísimo!

 

Hay un libro sobre Dostoyevski que escribió Gide. ¿Lo conoces?

 

Sí, buenísimo, también el de George Steiner, Tolstoi o Dostoyevski, aunque los mejores libros sobre Dostoyevski los escribió Joseph Frank, son cinco volúmenes y ya me los eché todos. También el ensayo de Freud sobre Dostoyevski es ejemplar, lo pone a la altura de Shakespeare. Tiene una parte muy extensa sobre “El gran inquisidor”, ese magnífico pasaje de Los hermanos Karamazov. Para mí, las mejores traducciones de Dostoyevski son las de Rafael Cansinos Assens, quien dedicó muchos años a traducir casi la totalidad de las obras al español. Borges dice algo sobre él de pasada en sus conferencias de Siete noches, dice que fue un hombre que hizo mucho bien a la humanidad, porque gracias a él conoció a autores que de otra manera no nos hubieran llegado o nos hubieran llegado mal traducidos. Cuenta también que alguna vez vio una traducción de Hamlet que era pésima, y sin embargo, Shakespeare se coló por esa mala traducción y se le quedó en el alma para siempre. Qué importantes son los traductores: hay traductores que a mí me han revelado la literatura. Llegó un momento en que compraba libros sólo porque habían sido traducido por ciertas personas, por ejemplo, Ricardo Baeza, Aurora Bernárdez, el propio Julio Cortázar, ¡qué traductor! Su traducción de Poe es un trabajo inconcebible, asombroso. Yo tenía una frase de Poe que le busqué y le busqué cómo podía traducirse y no le encontré. Me fui a Cortázar y él la tiene en blanco: era intraducible.

 

¿Qué otros autores y traductores consideras de cabecera?

 

Otros autores que me leí completos son Freud y Jung. De allí viene Serafín, de mi inconsciente. El mejor traductor de Freud es Luis López Ballesteros y de Torres, a quien Freud le envió una carta diciéndole que había aprendido español para leer El Quijote, y que revisando las traducciones de su obra había encontrado partes que resultaban mejores que el original. Imagínate. Freud tiene un ensayo sobre El Quijote, y psicoanalizó a Thomas Mann. Lo de Thomas Mann es muy impresionante porque su hija, en el libro que escribió sobre él, no menciona su homosexualidad. Era un hombre enfermo del estómago, muy hipocondríaco, pero sobre todo su homosexualidad al final hizo que escribiera cosas que fueron censuradas por la Iglesia. Yo nunca he podido con las altas discusiones intelectuales de los personajes de Thomas Mann. Me considero muy poco tendiente a lo esquemático. No soy un hombre de ideas, los personajes me han salido por el lado del inconsciente…

 

No estoy de acuerdo. Tienes muchos personajes de ideas: por ejemplo, si uno lee No hay tal lugar o El sitio

 

Pero como ves, son personajes que de alguna manera actúan y viven y piensan muy intuitivamente. Por ejemplo, El sitio es la novela que más trabajo me ha costado, porque no me creía capaz de trabajar con tantos personajes. No sé cuántos son, pero son más de diez. Me costó mucho trabajo manejar cada departamento, y los temas de los que habla cada uno de ellos. Pero no es intelectual en el sentido de Thomas Mann, que son discusiones de alto nivel. En lugar de escribir un artículo editorial, donde hay autores que van de un silogismo a otro y a otro. Yo soy incapaz de eso. Por eso en relación con la política escribo mi columna “Minucias”.

 

Aprovechando que hablamos de El sitio: la pandemia resultó casi premonitoria por el enorme parecido con una situación que la novela plantea como fantástica. Allí está incluso el acaparamiento de papel higiénico. Tu novela propone que sólo siendo cooperativos los habitantes del edificio logran resolver sus problemas. Así que ya en plena curva de descenso de los contagios, quisiera preguntarte cómo ves la situación.

 

Creo que está terminando igual. Se tomaron medidas por lo menos en una buena mayoría de la gente, claro que hubo descarriados que no se vacunaron, pero una buena mayoría sí se comportaron como en El sitio. Pero recordarás también que en mi novela hay una situación dramática al final: un personaje se suicida, y tienen que arrojar el cadáver por una ventana.

 

Ignacio Solares (der.) con David Huerta (izq.) en la FIL de Guadalajara. Fotografía: Javier Narváez

 

Que es también una metáfora de que toda sociedad tiene sus víctimas y sus esqueletos en el clóset.

 

Pues sí. Creo que por donde pasarán los hechos pasan antes las palabras. De alguna manera la naturaleza imita al arte.

 

¿Considerarías premonitoria tu novela?

 

Por lo menos en lo personal, porque nunca me imaginé vivir encerrado como los personajes de El sitio.

 

¿Con cuál de tus personajes te identificas más?

 

Con Susila, la mujer que es como la enfermera de todos. (Resulta clave que Susila, la sanadora, también sea personaje en otra novela clave de Solares: No hay tal lugar) También me identifico mucho con el tipo que no podía dormir, un insomne, que renta un departamento cercano para poder dormir y seguir trabajando para sostener a su familia. Una escena que me encanta es la del sacerdote que está borracho y va a ver una obra de teatro en una escuela, y advierte, o quizá sólo se imagina, que el actor que está representando a Cristo se va a caer de verdad. Empieza a gritar: ¡se va matar! pero nadie le cree. Me parece como un cuento de Leónidas Andréiev que se llama “Ben Tovit”. Está en un librito que yo publiqué cuando era director del Diorama que se llama Cuentos de la fe cristiana. La selección la hizo Vicente Leñero. El cuento que te digo es sobre un soldado que está presente cuando están crucificando a Cristo, pero el soldado tiene un dolor de muelas espantoso, y no le da importancia a la crucifixión.

 

¿Qué más estás leyendo ahora?

 

Soy fan de las biografías. Ahorita estoy leyendo una maravillosa, de la que quiero hacer una minucia, creo que va ser muy llamativa: Jean Paul Sartre ya ciego, casi al final de su vida, tiene una entrevista larguísima con un periodista de Le Monde diplomatique y allí habla de todo: de lo que ha sido, de lo que considera que se equivocó. Estaba totalmente lúcido, y de pronto le dice al periodista: “Me doy cuenta de que donde escribí la palabra ‘nada’ debí haber escrito la palabra ‘Dios’”. Así lo dice. Entonces aparece a ocho columnas en Le Monde diplomatique. Sartre y Simone de Beauvoir están en La Coupole cuando ella ve la nota y le dice a Sartre: “¡Traicionaste a toda una generación, vas a morir como un traidor!”. Hasta donde sé, Sartre ya no se desdice, se muere con esa convicción. Ya no vuelve a hablar del tema, porque Simone está furiosa.

 

Me recuerda a Luis Buñuel, de quien se dice que al final de su vida pidió un confesor…

 

Conocí al padre Julián Pablo, que fue quien supuestamente lo confesó. Estábamos sentados juntos en la boda de mi hija. Durante la fiesta, Vicente Leñero, que era un periodista permanente, le preguntó: “Ya díganos padre, ¿Buñuel se confesó y comulgó al final?”. El padre Julián se había tomado una botella y media de vino, otro tanto Vicente. Como yo tomaba whisky iba un poco más tranquilo, pero Julián Pablo dijo algo que fue para mí una respuesta: “Lo que me estás preguntando no te lo puedo responder porque yo le ofrecí a Buñuel guardarlo como un secreto mientras yo viviera”. Entonces Vicente le dijo: “Ah, entonces está usted diciendo que sí lo confesó y comulgó”. El sacerdote dijo: “Tómalo como quieras”.

 

Varias veces nos has contado lo importante que fue para ti la muerte de tu padre.

 

Sí. Yo tuve que hacer un viaje a Guerrero Negro, a hacer un reportaje, entonces lo tuve que dejar como una semana, pero antes de irme fui a verlo al Seguro Social. Las camas estaban divididas solamente por una cortina, entonces cuando llegué, su compañero de habitación me dijo: “Anoche su papá estuvo platicando toda la noche con sus hermanos”. Pero para entonces casi todos sus hermanos habían muerto. Cuando mi padre despertó, le pregunté y me dijo que sí, que sus hermanos habían ido a visitarlo y le habían dicho que ya pasado mañana se iba a morir, pero que no se preocupara: ellos lo iban a ir a recibir y esa noche iban a cenar todos juntos.

 

¿Dirías tú que esa experiencia te ha marcado para creer en lo que llamas metafísica, no nada más en la literatura, sino en la vida?

 

Por supuesto. Me fui de viaje a hacer el reportaje y me retrasé un par de días. Cuando regresé fui a verlo y me dijo, “¡Ay, qué lata, como no volvías no me dejabas morir tranquilo!”. Después le dijo a mi mamá que le pusiera el traje gris oxford que le había regalado su hermano Salvador, que ya había muerto, porque al día siguiente iba a cenar con sus hermanos fallecidos. Yo tenía 32 o 33 años. Él murió muy tranquilo, dándole la mano a mi mamá. Es impresionante esa muerte, yo la envidio mucho y espero tener algún gen que me permita copiarla.

 

Antonio Crestani, Rosa Beltrán, Ignacio Solares y José Ramón Enríquez, en la sala Manuel M. Ponce. Fotografía: Javier Narváez.

 

Has mencionado varias veces que tuviste una infancia muy difícil, ¿en qué consistieron esas dificultades?

 

Pasamos verdaderas dificultades económicas. Vivíamos en un departamento chiquitito, de dos habitaciones. Una mañana desperté y mi mamá, desesperada, nos dijo que no teníamos nada para comer. Ya le había pedido prestado a mis tíos, al tendero, y a todos les debía. Mi hermana tenía tres años menos que yo. ¿Qué hago?, pensé. Me bajé y la primera persona que vi fue un bolero con el que jugaba canicas, en Medellín y Coahuila. Le pedí cinco pesos prestados y con eso compré tres huevos y unos ejotes. Me acuerdo muy bien. Eso comimos. He buscado a ese bolero toda mi vida y nunca lo he encontrado.

 

Otro día me fui a la Universidad caminando, y eso que no estaba nada cerca. Llegué exhausto. Eso sí, estaba dispuesto a terminar los estudios a como diera lugar. Para regresar me atreví, por primera y única vez en mi vida, a pedirle prestado a un desconocido que iba pasando: “¿No me presta un peso para mi camión?”. Me respondió seco: “Muchacho huevón, ponte a trabajar”. Me regresé caminando. Tuve una infancia y una juventud muy duras. Luego empecé a trabajar de maletero en un hotel.

 

Alguna vez fui a recoger a mi padre al Parque México, estaba todo golpeado y alcoholizado. Unos tipos se acercaron y me amenazaron, pero milagrosamente me dejaron llevármelo. Yo no podía ni detenerlo, pero le pedí que me ayudara al menos tratando de caminar un poco. Eran como las cuatro de la mañana cuando llegamos a la casa. Mi mamá no hacía más que llorar. Al día siguiente sentí un dolor que me atravesaba el estómago. No tienen idea de lo que era eso. Un doctor amigo de la familia me sacó una placa y me dijo: “Te hiciste un agujero en el estómago. Tuviste suerte, porque te lo pudiste haber hecho en el corazón”. Era una úlcera que tardó mucho tiempo en sanar. Esa anécdota es para mí como un estigma inolvidable.

 

¿Nunca escribiste eso, maestro?

 

Pepe Gordon está haciendo un libro sobre mi vida. Está ya muy adelantado, allí cuento buena parte de todo eso. Lo que me estremece es que el médico me dijera que me había hecho un agujero en el estómago, pero que pudo ser en el corazón. Pienso que hay emociones que difícilmente resiste el cuerpo, hay ocasiones en que el organismo tiene que reaccionar somáticamente. Y sí, con Pepe Gordon he platicado de todo eso, pero es durísimo contar esas cosas. Contárselo a Pepe Gordon ha sido una catarsis, es un libro que es el libro de mi vida.

 

 

 

FOTO:  Ignacio Solares en su estudio, acompañado de fotografías, reconocimientos y recuerdos familiares. Crédito de imagen: Juan Boites /El Universal

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