Enrique Servín, el poeta que sacaba canciones de las piedras

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Días después de su asesinato, estas líneas de despedida evocan el trabajo y el legado del escritor Enrique Servín, a quien sus amigos y colegas prefieren recordar como un políglota y apasionado defensor de las lenguas indígenas

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POR MARTÍN SOLARES

Por una publicación en las redes me enteré que el 9 de octubre, en la ciudad de Chihuahua, falleció el poeta Enrique Servín. Lamentablemente, la verdad puede resultar peor de lo que uno espera: no falleció, fue asesinado el poeta y profesor de literaturas Enrique Servín. Aunque sea esa una de las palabras más atroces del idioma, hay que decirla sin matices ni eufemismos, porque así se acercó Enrique Servín a las palabras: con un desbordante respeto y una claridad que invitaba a apreciar la complejidad y peculiaridad de cada idioma.

 

 

“Era muy amigo de las lunas”, me escribió hace unos minutos un amigo de Servín. Por el instante de un parpadeo olvidé que se refería al Encuentro Lunas de Octubre, que se realiza en condiciones heroicas en Baja California Sur, donde Enrique Servín habría dictado la conferencia inaugural este año. No conozco a dos mexicanos vivos que, al igual que Jorge Luis Borges, hayan estudiado islandés para entender mejor la literatura. Enrique Servín era uno de ellos. Una vez, un norteamericano se burló del poeta mexicano al ver que éste compraba un grueso diccionario de esa lengua al inglés y le dijo, con una ironía digna de mejor causa: “Oh, estoy seguro de que todo mexicano debería aprender islandés”. Siempre seguro de sus amor por las letras y siempre reacio a entrar en polémicas, Servín se limitó a alzar el diccionario y hacer aún más sorprendente lo excepcional: “No estudio islandés. Estudio islandés antiguo”.

 

 

Digo que fue profesor de literaturas porque la cantidad de idiomas que estudió se contaba en decenas. De esa experiencia, en la que Servín invirtió su vida, surgió una firme defensa de los milagros que sólo son posibles al leer o escribir literatura, si entendemos por literatura el resultado de un enorme y modesto trabajo por pulir piedras. Si uno tenía la fortuna de sentarse aunque fuera por unos minutos junto a él a la hora de la comida, quedaba muy claro que nacemos y de inmediato luchamos por dominar esas pequeñas piedras de río que los ancestros insisten en poner en nuestras bocas, y que al principio parecen inanes, estorbosas y grises, como si no hubiera nada que hacer por ellas y con ellas. Pero Servín sabía que las palabras no son rocas yertas o insípidas, sino una experiencia frutal, como descubre el que las pronuncia por primera vez, y que detrás de cada una hay un río de significados y matices, y por supuesto, cosa que aprendemos al leer literatura, de historias singulares, que con unos cuantos cientos de años de uso y adecuada circulación pueden volverse universales.

 

 

Servín, que amaba los idiomas, sabía que perder una palabra es una tragedia. Si se pierde la palabra “compadrito”, que inventó el idioma español, por poner un ejemplo, perderíamos en todo el mundo un matiz del afecto que sólo ha sido apreciado en este continente. Lo cual explica que un mexicano de Chihuahua haya ido a buscar en un diccionario de islandés antiguo cómo “sacar canciones de las piedras”, como escribió en uno de esos textos que escribía con discreción y que le costaba trabajo asumir como poemas:

 

 

Otra vez abril,
Pronto será otra vez abril;
El aire, el sol, la tierra, la dulce lluvia,
Habrán de repetirse
Como lo han hecho por tanto tiempo.
Tú mismo
habrás de volver a las andadas,
así que prepárate para la emergencia,
Y la emergencia será
Enamorarte otra vez de alguien,
Levantar árboles de la nada,
Sacar canciones de las piedras,
Ser fuego, feroz,
Quemándote tú mismo, en el intento.

 

 

Con el cobarde asesinato de Enrique Servín, cometido para robar su auto, todos sufrimos una pérdida descomunal. Y no me refiero al pequeño grupo de los escritores mexicanos, ni al mucho más grande grupo de alumnos y personas que apreciaban al maestro en Chihuahua y el noroeste de México, ni a los cientos de años de experiencia y conocimiento que latían en las lenguas que enseñaba, sino a todas las personas que hablan o hablaron una lengua y que aún laten en las palabras y expresiones que atesoraba el poeta. ¿Cómo podríamos estar satisfechos de un país en que robar y revender un vehículo sea más importante que la vida de un profesor de literaturas? No hay palabras para condenar este crimen, ni para expresar cuán terrible sería que el Gobierno del Estado de Chihuahua permitiera que la muerte de uno de sus más valiosos colaboradores en la Secretaría de Cultura quede impune. Y repito: que no quede impune. Que la justicia se haga, aunque sea por excepción, como excepcional fue la vida de Enrique Servín, el poeta y profesor que sembró su vida entre la gente de Chihuahua para enseñar la riqueza de las palabras, los idiomas y la literatura universal. Descanse en paz el amigo de las lunas.

 

FOTO: El poeta Enrique Servín (1958-2019) fue un apasionado defensor de las lenguas indígenas de México, políglota y promotor cultural. /Foto tomada de su perfil de Facebook

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