Federico Campbell: la escritura, conciencia y gozo

Feb 15 • Lecturas, Miradas • 1348 Views • No hay comentarios en Federico Campbell: la escritura, conciencia y gozo

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A seis años de la partida de Federico Campbell, La hora del lobo. Antología de ensayos ofrece a los lectores una mirada a las obsesiones del escritor tijuanense, desde la obra de Leonardo Sciascia a la de Juan José Arreola, Jorge Luis Borges y Juan Rulfo

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POR LUIS IGNACIO SÁINZ

 

 

Federico Campbell (1941-2014) brotó en Tijuana para nombrar las cosas y los seres, las representaciones y los territorios de ese enclave y desde allí moverse incansable a otras latitudes, lo mismo italianas o españolas, entre otras, cumpliendo el mismo empeño bautismal. Dignísimo heredero de los moradores que lo precedieron, los kumiai (k’miai), “esos que se enfrentan al agua de un acantilado”, que con equivalente osadía se dedicó, armado de palabras y con ellas formando pensamientos letales y punzantes, a comprender las historias y sus personajes, siempre en plural por su eterna adhesión a la diversidad y la pluralidad, así como a sus imaginarios, paridos desde la literatura. La escritura de tan entrañable compositor de realidades y ficciones establece una auténtica república de las letras que comprende a su primer amor, el periodismo. Y en el largo peregrinar de su vida y de su obra sobresale, ahora, La hora del lobo. Antología de ensayos, hermosísimo libro que no alcanzó a hojear su autor, pero que, gracias a Carmen Gaitán y Vicente Alfonso, su albacea literario, quien seleccionó los textos del volumen, nosotros sí disfrutamos la gracia de leerlo con placer y deleite para rendirle mínimo homenaje. La Universidad Autónoma de Nuevo León y El Equilibrista se encargaron de su edición y producción, dándole vida, una que espero y confío será fecunda y dilatada, copada por esos intrusos denominados lectores. Un facilitador adicional se encargará del prólogo, Jorge F. Hernández, haciendo las veces de entusiasta lazarillo, cronista sensible y lúcido, que anuncia con delicadeza “los senderos del pensamiento andante” de tan trashumante hombre de letras, que aprovecha los insomnios mientras se le canta a la luna en “la hora sin sombra”, Borges dixit, tal como lo consigna el propio tijuanense.

 

 

Los textos antologados revelan las frecuentaciones del escritor en su versión de lector diligente y amoroso, que se dedica con escrúpulo extremo a vindicar los méritos de una pléyade de viajeros de las letras: esos que lo han animado y vertebrado en sus propios procesos de composición. Cada uno de los pequeños-grandes ensayos resulta delicioso: suave, profundo, terso, crítico, innovador. Prosa cuidada sin sucumbir a las tentaciones del manierismo. No lo necesita, su cadencia se yergue victoriosa sobre un campo de cadáveres de lujo: las obras sujetas a necropsia estética, incluidas las aventuras cinematográficas que le fueran tan cercanas. Su estilo brota con la discreta elegancia de sus referencias literarias, por sobre todos, Jorge Luis Borges, Juan José Arreola y Juan Rulfo; considerando Al-muqaddimah de Ibn Jaldún, los dolorosos aciertos de Leonardo Sciacia o los versos desesperados de Cesare Pavese, entre un sinfín de exhumaciones. ¡Qué belleza de volumen! Más que una joya, se trata de un talismán que nos protege del desasosiego y la estulticia. Voluntad crítica en acto, es decir “razón práctica” como la quería el viejo Kant, combate emancipatorio frente a la banalidad de la moda y las exigencias del mercado, que está obligada a brillar por doquier, que demanda con justa razón la proliferación de sus lectores y consultores. Constituye una lección de generosidad y talento, pues se detiene en autores y personajes, espléndidos, de gran calibre, si bien las famas públicas de cada uno de ellos difieren enormidades. Le da lo mismo, trata a todos los oficiantes de la palabra en igualdad de condiciones; no les impone reparos, los arrulla y mece con afecto y empatía, diríase hasta complicidad. No rivaliza con nadie, nunca se filtra siquiera una gota de veneno o un dejo de mezquindad. Ponderado y justo, los atributos más complejos de conquistar, y vaya que los ejerce con naturalidad y hasta desparpajo. Cambian las geografías, y a las ciudades por las que mora les dedica una mirada homogénea, interesada, comprometida, desde el corazón. Cuán armoniosa es su justipreciación de las manifestaciones en espiral más heterogéneas de la narrativa, la lírica y la dramaturgia, abordando al parejo invenciones de todo tipo y fuste; aplicando el mismo rasero a creadores-compositores originarios de o transterrados a cualquier destino de la rosa de los vientos. Por si fuera poco, siempre enemigo frontal del patriarcado y la misoginia, el género y sus variantes de preferencia no lo detiene jamás: desborda una actitud de raíz en favor de hombres, mujeres y el enorme abanico de opciones que median tales polos, a veces biológicos, en ocasiones culturales. En fin, que deviene tarea fallida afanarse en consignar a la muchedumbre de plumas en ristre que son visitadas a lo largo de La hora del lobo. Antología de ensayos. Quizá faltaría insistir en que se trata de una constelación de aciertos… capaz de evocar al florentino: “La fortuna brinda la ocasión, pero sólo la virtud la aprovecha”. Federico Campbell, virtuoso al límite.

 

 

FOTO: Federico Campbell: La hora del lobo. Antología de ensayos, Universidad Autónoma de Nuevo León-El Equilibrista-, México, colección Pértiga, 2019, 172 pp./Especial

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