Guzmán-Cárdenas y la sensualidad exótica

May 22 • Miradas, Pantallas • 4762 Views • No hay comentarios en Guzmán-Cárdenas y la sensualidad exótica

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Vera, una actriz afamada en los años 70, busca filmar la película que su amigo más cercano dejó sólo en guion, una empresa que reunirá a sus viejos colegas

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POR JORGE AYALA BLANCO
En La fiera y la fiesta (Holy Beasts, República Dominicana-Argentina-México, 2019), tributario opus 5 de la dupla creativo-conyugal formada por la dominicana Laura Amelia Guzmán y el regiomontano Israel Cárdenas ambos de 39 años (Cochochi 07, Jean Gentil 10, el documental Carmita 13 y Dólares de arena 14), con flamígera fotografía del primero y guion de los dos tomando como base un libreto inconcluso del legendario realizador dominicano internacionalizado Jean-Louis Jorge (1946-2000), la septuagenaria actriz-directora sobreviviente a todo género de excesos y a su propia decrepitud Vera V. (Geraldine Chaplin vuelta actriz fetiche de la pareja realizadora) monologa nostálgica e interiormente de entrada (“Querido Jorge, te extraño atrozmente, voy a filmar esa historia de vedettes y vampiros que me platicabas en el Palacio”), mientras se traslada a un paraíso natural en la República Dominicana, ahora cinematográficamente artificial con gigantesco tanque simulador del océano a cualquier hora (“Dollywood, baby”), para interpretar a una emblemática Madame proxeneta cabaretera en lo que deberá ser su última película también como filmadora: una fantasía dancística plurisexual basada en un guion inédito de su mentor fílmico y amigo organizador de insuperables fiestas desenfrenadas locales Jean-Louis Jorge, por lo cual ha soñado con reunir al viejo equipo técnico insuperable de los 70s, pero muy pronto se da cuenta de que su añoso diseñador de producción Víctor (Jaime Piña), pese a su renovado entusiasmo bestial (“Oh my god, cómo gozábamos, qué sensualidad, qué atrevimiento, qué gozadeira, qué perversión, esto es para él, ésta es su película”), sigue teniendo tan manipulador mal gusto como siempre, y que todos los miembros de la antigua banda han fallecido, salvo el pronto presente fotógrafo fiel Martín (Luis Ospina el tenaz documentalista caleño por excelencia) y aquel recio reacio coreógrafo Henry (el actor-objeto gay mitológico teutón posfassbinderiano Udo Kier) que primero se rehúsa a venir a este infierno de “volcanes, huracanes y mosquitos chupasangre” aunque pronto se apersona cuando la estragada Vera ya se ha recuperado la protagónica presencia de un posible nieto bisexual suyo de larga cabellera Yony (Jackie Ludieña) y, apoyada en la sensualidad natatoria de éste, ha conseguido rediseñarlo y transfigurarlo todo, inspirada tras la fiereza de varias devastadoras noches de fiesta, titánicamente, reinventándolo todo, incluso integrando a una bembona mucama afroantillana del hotel poniendo como superestrella erótica al frente de los cuerpos de danza, pero la desaparición intempestiva del irremplazable Yony y los indicios de que las subrepticias acometidas vampíricas de Henry han vuelto a las andadas, obligarán a la infortunada cineasta a liquidar violentamente esa obra maestra conjunta, prefiriendo dejarla otra vez inconclusa, pese a la grandeza de su inigualable e irrepetible sensualidad exótica.

 

La sensualidad exótica hace nacer/renacer, con gran eficacia audiovisual y concisión, por espacio de 90 minutos, un gemelo idéntico del hoy extraviado mundo fílmico del bello bailarín de centros nocturnos de Pigalle y angelinos queer antes de probables modas Jean-Louis Jorge, del luego poeta visionario Jorge, del querido tío Jean-Louis inasible y muerto asesinado de la codirectora Guzmán, del autor de tres largometrajes inclasificables y uno inconcluso cuyos atesorados fragmentos inéditos reaparecen en una pantalla refulgente dentro de la pantalla (Afrodita 82), del ganador del Gran Premio en el Festival de Toulon 73: el universo autónomo e irrealista de la pérdida de juicio de realidad de la bailarina de night-club Ángel/Sylvia Morales por cinco noches alucinadas (en La serpiente de la luna de los piratas 73), la glosa fantástica a lo cine al interior del cine de los amores imaginarios de Rudolph Valentino y Pola Negri a lo metaficcional avant la lettre (en Mélodrame 76), la evocación sacrificial de una Crucita Yin depredada y moralmente linchada como infiel y abandonadora de hijos en los grafiti que aparecieron por todas las calles de Santo Domingo (en Cuando un amor se va 98), la danza apocalíptica-sicalíptica que prepondera sobre el drama y el dolor, las luces de colores monocromáticos y los aullidos de la música, la estilización microbarroca y decadente, la originalidad latinoamericano-antillana dentro del triángulo operático delirante de Las Tres S (formado por Werner Schroeter/Hans Jürgen Syberberg/Daniel Schmid), el equivalente sobre el escenario celuloidal de la literatura incandescente del narrador cubano Severo Sarduy, la perfecta encarnación de la fórmula de Barthes “Del gusto al éxtasis”.

 

La sensualidad exótica sabe magnificar, con calculada discreción y subliminal eficacia, la plurisexualidad que se atreve a manifestarse con toda su fuerza y amplitud pero ni siquiera se toma ya la molestia de precisarse ni autodefinirse, la fotogenia de las carnes esqueléticas y los perpetuos atuendos de cuero negro de la heroína mirando al falso mar desde su jacuzzi intimista, el encantamiento tropical de la francachela retrodecadente y la neodecadente análogamente efímeras, la sucesión implacable e impecable de los luminosos días solares y los atenazantes atardeceres pesadillescos, el extraño ritmo cadencioso de la satisfacción mórbida que desborda a la euforia añorante y envidiosa, en breve y en suma, sabe estilizar La ternura de los lobos (Uli Lommel 73), tanto como una lasitud exaltada, para muy elegiacamente celebrar, a lo Pasión de Godard (80), el desplome y la disolución en la esplendente nada de un magno megalómano proyecto fílmico, merced a la neurosis y a la paranoia, a la depresión y al autoabandono irremisible.

 

Y la sensualidad exótica contempla casi con deleite a la trágica incompleta Vera V. apuñalando con un cuchillo pedernal al fatal Henry que la abraza, antes de acabar con ella misma como un ritual sacrificio expiatorio y necesario.

 

FOTO: La fiera y la fiesta está protagonizada por Geraldine Chaplin./ Especial

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