Heraldos del polvo

May 22 • destacamos, Ficciones, principales • 1309 Views • No hay comentarios en Heraldos del polvo

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En un mundo donde la hambruna mueve los impulsos, un grupo de pistoleros llega a una ciudad para satisfacer su gusto por la violencia. Este es el primer relato del escritor irlandés traducido al español

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POR STEPHEN O’DONNELL

Traducción de Mauricio Montiel Figueiras

Alzó la vista de la cocina y observó el cambio de luz en el horizonte. Un rojo intenso en el corazón oscuro del invierno. Cuando el agua llenó el recipiente ella colocó un portavasos y una taza sobre la mesa. Luego encendió el radio.

 

El anciano entró limpiándose el sueño de los ojos. No hay más que puras malas noticias, dijo. ¿Verdad?

 

La mujer sonrió. Bueno, el café aún está fuerte.

 

Sí, señora. Tan fuerte como para lavar el alquitrán de un gallinero, dijo el anciano dando un sorbo veloz.

 

La mujer le colocó enfrente un plato con huevos y masa frita. Aún no morimos de hambre, ¿cierto, Lee?

 

Ciertísimo. Pero nada dice que no nos hambrearemos mañana. Y al día siguiente, y al otro día. Ruckers, allá en la desviación, se quedó sin comida. Principios de mes. Si un tipo así no puede salir adelante, no sé. Simplemente no lo sé. Echó una ojeada al calendario con el logotipo de la empresa de piensos y sacudió la cabeza. Falta mucho para la primavera.

 

Eso que ni qué, dijo la mujer.

 

Él le besó la mano y ella se sentó a su lado para verlo comer. Después ambos permanecieron en silencio atentos al radio, a los nuevos horrores del momento.

 

Cuando el noticiario terminó y los anuncios comenzaron a salir a gritos del aparato, ella lo apagó. Él sacó el traje de protección biológica de la lavadora del pasillo, se detuvo para que la mujer lo besara y luego salió con la prenda echada al hombro.

 

Frente a la ventana ella contempló el sol reflejado ahora en el agua, las lejanas fosas de ranitio similares a enormes celdas planas de distintos colores: violetas brillantes y puros, naranjas opacos y oxidados, tonos de azul y verde pastel.

 

 

***

El anciano estaba de pie al borde de la fosa, cubierto hasta el cuello por el traje. Paladeó la brisa antes de taparse la cabeza, saboreó el último aguijonazo de aire fresco antes de sellarse tras el filtro.

 

 

***

Deja de patear mi asiento, carajo, o te vas a arrepentir.

 

¿A poco esa luna no parece una teta?

 

Cuando llegue al pueblo haré que las putas lamenten haber nacido.

 

Y a toda máquina continuaron su camino a través de los páramos bañados por la luz platinada de la luna.

 

Cruzamos la línea estatal, hallamos un pueblo de buen tamaño, mantenemos un bajo perfil, cambiamos las placas y le seguimos.

 

Los cristales se habían empañado por completo. Wynn abrió su ventanilla y los hombres del asiento trasero empezaron a protestar.

 

Cállense el hocico, gruñó Wynn. El pinche aire acondicionado no sirve.

 

Baja la velocidad. Estamos en los límites de la ciudad.

 

En el asiento trasero, Daley agitó su pistola como si trajera un arma de juguete en la mano ancha.

 

Que me traten de detener.

 

Tranquilízate, carajo. No le vuelvas a disparar a nadie a menos que te lo diga.

 

Ese es el tipo de frases que ameritan un balazo, dijo Daley.

 

Wynn abrió de nuevo su ventanilla.

 

¿Quién chingados nos gaseó? Ese cabrón enfermo debió trabajar para la Union Carbide.

 

La lluvia se había desatado cuando alcanzaron la amplia calle principal, llena de vehículos estacionados.

 

Detuvieron el auto en un callejón con el motor ronroneando lentamente hasta que Ives lo apagó.

 

A ver, pendejos, dijo Wynn, ustedes quédense quietos. ¿Quieren regresar al hoyo? De acuerdo. ¿Quieren salir del coche, embriagarse en un bar, ser detenidos por traer una agujeta rota? Perfecto, sólo rueguen que no vuelva a verlos jamás.

 

Empujó la puerta y, al cabo de salir al aguacero, la cerró de golpe tras él.

 

La lluvia caía a martillazos sobre la lámina delgada del techo.

 

 

***

Ya se oían sirenas en el aire.

 

Ven ahora mismo o te dejamos. ¿No? De acuerdo.

 

Wynn trotó hacia la esquina y se estrelló contra un policía que venía en la dirección opuesta. Ambos cayeron de nalgas al suelo y permanecieron sentados, mirándose aturdidos.

 

Por allá, dijo Wynn al incorporarse, apuntando con un dedo. Tiene que hacer algo. Hay un tipo con una pistola.

 

El policía asintió. Wynn se inclinó y extendió una mano que el policía tomó creyendo que era para ayudarlo a ponerse de pie.

 

Gracias, dijo el policía. La mano de Wynn se deslizó hacia el arma reglamentaria.

 

Hey, dijo el policía. Hey.

 

Harris, gritó Wynn. Haz lo que te dije que hicieras, carajo. Entonces dio un puñetazo al policía en el mentón. El agente se derrumbó de nuevo con los ojos en blanco. Wynn lo volvió a golpear antes de dejarlo tendido en el suelo.

 

El policía se enroscó sobre el asfalto mojado, jadeando a través de la boca ensangrentada. Wynn le estampó un talón en la entrepierna.

 

Harris se hallaba ahora a su espalda, jalándolo.

 

Vámonos, dijo Harris.

 

Pinche culero, dijo Wynn, pateando al policía en la sien. ¿Dónde chingados estabas, Har? Se supone que me cubrirías.

 

Los cargos no eran contra mí, ¿o sí?, dijo Harris.

 

Cabrón, te fuiste a mear.

 

Los dos se echaron a correr, buscando atajos por los callejones, de vuelta al auto.

 

Llegaron al coche y el motor gimió hasta alcanzar la máxima potencia. Ives apretó el volante mientras Wynn y Harris entraban. Los tres se quedaron en silencio por treinta segundos.

 

¿Qué hacemos? ¿Nos largamos?

 

Cállate, dijo Wynn. Miraba la puerta trasera por la ventanilla a medio abrir. Ahora las sirenas aullaban, acercándose.

 

Daley salió por la puerta trasera, arrastrando tras de sí a una mujer con uniforme de mesera.

 

Dios mío, dijo Wynn. ¿A dónde chingados crees que la llevas?

 

Daley se encogió de hombros e intentó abrir la puerta del pasajero. Wynn puso el seguro y Daley permaneció bajo la lluvia, sonriendo estúpidamente a su propio reflejo.

 

Deshazte de ella, dijo Wynn. Pero ya.

 

La mujer se acurrucó contra la pared del callejón junto a los basureros. Por favor, señor, rogó. No se lo diré a nadie.

 

Daley se volvió a encoger de hombros y sin dejar de sonreír la golpeó en el rostro con la culata de la pistola. Luego la golpeó de nuevo, una y otra vez hasta que su mano enorme se pintó de rojo con la sangre de la mujer.

 

Carajo, ustedes son un estuche de monerías, dijo Ives, pisando el acelerador y dirigiendo el auto a la calle. En el espejo retrovisor no había luces. Hacia el frente sólo aguardaba la oscuridad de la pradera.

 

Cabrones, que nadie se mueva, advirtió Wynn. Que a nadie se le ocurra voltear hacia atrás.

 

Avanzaron a una velocidad constante, sin rebasar el límite, entre el tráfico de fin de semana que llenaba la calle principal. Una patrulla pasó rugiendo junto a ellos y los salpicó con agua encharcada.

 

Todos contuvieron la respiración.

 

Wynn observó el retrovisor con ojos blancos. No lo hagas, hijo de puta. No te atrevas a dar la pinche vuelta.

 

 

***

Casi habían cruzado la línea del condado cuando distinguieron las luces del puesto de control adelante a través de la bruma de la tormenta.

 

El auto se detuvo junto a la patrulla.

 

Buenas, oficial, dijo Ives.

 

Daley disparó dos veces desde el asiento trasero y el patrullero hizo una pirueta extraña y flácida mientras Ives apretaba el acelerador, arrastrando enormes faldas de lluvia a sus espaldas.

 

 

***

Espera a que lleguemos propiamente a campo abierto. A la tierra de los cielos grandes.

 

El polvo anunció su llegada y bajo el polvo partieron.

 

Ives manipuló el dial del radio.

 

Ahora había rumores de epidemia, la debacle de ciudades en el este. Había pequeños pueblos de una sola calle con señales de cuarentena ignoradas tanto por lugareños como por forasteros.

 

Le seguimos, dijo Wynn apagando el radio. No voy a parar en una de estas pocilgas. Además es sólo propaganda.

 

Daley sacudió lentamente la cabeza. Suenan mal las cosas en el este.

 

Bueno, dijo Ives para luego soltar una risotada. Eso significa que en el oeste ya están peor.

 

El auto continuó su camino, arrojando polvo a ambos lados de la carretera.

 

 

***

Se hallaba de pie bajo la lluvia, mirando al niño cubierto de sangre en el suelo.

 

Soy más torpe que antes, Ives.

 

¿Quién no lo es, carajo? Olvida esta chingadera, tenemos que irnos.

 

 

***

La luz del tablero estaba encendida y la lluvia azotaba el parabrisas.

 

¿Lo conseguiste?

 

No había nada, dijo Harris. Cada pinche sitio al que llegamos está muerto.

 

Daley se les acercó por detrás. Traje algo, dijo.

 

Daley se dejó caer pesadamente en el asiento del pasajero. Tuve que romper el puto escaparate. Prende el pinche carro y vámonos.

 

Wynn guardó silencio al mover la palanca de velocidades y echar a andar a través de la lluvia.

 

Lo último que se supo fue que íbamos hacia Utah, dijo Daley. Sacó un brazo del impermeable.

 

Deja de mojar mi tablero, carajo, dijo Wynn. Con una chingada. Por eso se jodió el pinche aire acondicionado.

 

Daley lo ignoró. Allá había una tele. Decían que hay ley marcial al oeste de D.C. Llega hasta Saint Louis.

 

¿Y por qué no han puesto una sola barricada de aquí al pinche Pacífico?

 

No quedan hombres suficientes que hagan cumplir la ley. Ni siquiera en el caso de nosotros.

 

El pinche país está cayendo en la anarquía, dijo Harris.

 

Daley giró en su asiento, afirmando con la cabeza. Hace tiempo que va de caída. Las cosas están mal cuando no se puede contar ni con la oficina del alguacil.

 

El alguacil debería ponerte un precio sólo por lo que hiciste allá atrás.

 

¿Puedes dejar de joder?

 

Siguieron rodando por la noche solitaria, sus dimes y diretes peores que graznidos de gaviotas.

 

 

***

Ives caminaba por la vía industrial. El polvo gastado crujía como hielo bajo sus pies. Caminaba con las manos en los bolsillos, exudando un aire casual. De cuando en cuando veía la parte superior del cuerpo de un anciano que se alzaba y permanecía de pie para luego volver a desaparecer en una de las fosas lejanas. El color turbio de las fosas lastimaba los ojos de Ives.

 

El anciano trabajaba inclinado sobre un canal de líquido lechoso y pestilente.

 

Qué tal, dijo Ives. Busco la casa de Feeny Roce.

 

¿Eh?, gruñó el anciano. ¿Qué dice?

 

Ives se acercó un poco más al borde. Feeny Roce, repitió.

 

El anciano levantó ambas manos. Quédese atrás, quédese atrás. Vadeó hasta la orilla de la fosa y trepó a la plataforma hidráulica, que comenzó a subir despacio por la pared de la cavidad.

 

Ives observó cómo el descontaminante eliminaba las esquirlas de ranitio del traje del anciano. Cuando el traje estuvo seco el anciano echó a andar entre las fosas hacia Ives, tirando del filtro mientras se aproximaba.

 

¿Viene con uno de los equipos móviles? ¿Otra vez hay problemas con la nueva línea?

 

No, dijo Ives. No vengo con ningún equipo. Busco a alguien. Se llama Feeny Roce.

 

¿Quién?

 

Feeny Roce. Me dijo que había trabajo para mí por estos rumbos. ¿Usted es su padre?

 

¿Trabajo? ¿De qué demonios habla? Aquí no hay trabajo.

 

¿No hay trabajo? ¿No es usted el viejo Roce?

 

No conozco a ningún Roce por aquí. Somos sólo yo y mi señora. Hizo un gesto en dirección al camino que se perdía en una curva.

 

Ah, dijo Ives. ¿No tiene un ayudante? ¿Ningún dron o algo por el estilo?

 

El anciano rio. Ay, amigo, por amor de Dios. Por aquí estamos a punto de morir de hambre. ¿Cree que me dedicaría a escarbar en esta mierda si pudiera pagar uno de esos drones? Mire bien a su alrededor.

 

Ives estudió los tonos pastel de los charcos, el horizonte desprovisto de árboles, el día consumido en torno suyo. Luego se abalanzó sobre el anciano, tomándolo por el cuello del traje. El cuchillo cruzó el cuello del anciano con una soltura experta. Ives retrocedió mientras el anciano se desplomaba bocabajo en el camino, una mano en la garganta rajada que derramaba sangre en el fango.

 

Bueno, dijo Ives. Salúdeme al camarada Feeny cuando lo vea.

 

 

***

Ives regresó al auto con el traje del anciano enrollado bajo el brazo. Wynn se enderezó y bostezó.

 

Son sólo él y la vieja. No hay nadie más por aquí.

 

¿Crees que tengan comida?

 

El viejo dice que están a punto de morir de hambre, pero creo que pensó que estaba lidiando con otro vagabundo huevón.

 

Wynn sonrió. ¿Qué quieres hacer entonces?

 

Tengo una idea, dijo Ives. Ustedes síganme por el camino, no vaya a ser que alguien más distinga este mierdero.

 

 

***

La mujer sintió que el gato se le escurría entre las piernas y le acarició la cabeza erizada con un dedo. El perro empezó a ladrar y ella, dejando a un lado la pantalla de bucle, se levantó de la silla cuando el sensor de movimiento del patio proyectó la transmisión en vivo sobre la pared. Vio que Lee atravesaba el patio enfundado en su traje y se detenía para calmar al perro.

 

Debe estar exhausto si no se ha quitado ni la capucha, dijo al gato.

 

Retiró el pestillo de la puerta y sirvió una taza de café para su marido. Después volvió a tomar la pantalla de bucle y se sentó para continuar con su celosía.

 

Suspiró. No pueden automatizar las cosas para que sean más fáciles, no pueden quitarme automáticamente la edad de encima. Oyó que la puerta crujía al abrirse y de pronto allí estaba él, de pie en la cocina.

 

¿Lee? ¿Qué haces con el traje dentro de la casa?

 

Se quedó mirándolo, preocupada por él mientras él a su vez la observaba en silencio. Finalmente está perdido. Sólo que el hombre que vestía el traje era más alto que Lee. Entonces advirtió el cuchillo en su mano.

 

El acero lanzó un relámpago plateado mientras ella gritaba y el sensor de movimiento proyectaba una nueva transmisión en vivo. Vio que otros tres hombres cruzaban el patio y que el más grande se detenía para disparar al perro.

 

ILUSTRACIÓN: Dante de la Vega

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