La escritura descolonizante: entrevista con la escritora Gabriela Wiener

Nov 20 • Conexiones, destacamos, principales • 4639 Views • No hay comentarios en La escritura descolonizante: entrevista con la escritora Gabriela Wiener

La escritora y activista habla de Huaco Retrato, novela que fluye entre dos historias que cuestionan las estructuras sociales e íntimas que vive la protagonista: por un lado, la de su antepasado Charles Wiener, a quien considera un saqueador; por el otro, la de una crisis poliamorosa, consecuencia de la estructura colonizada que gobierna su deseo

 

POR SOFÍA MARAVILLA
Para la escritora, periodista y activista Gabriela Wiener (Lima, 1975), la sociedad peruana sigue afectada por las heridas abiertas de la colonización: sus consecuencias están presentes no sólo en lo social, también en la intimidad de las relaciones personales, el clasismo y el racismo atraviesan cada estrato de la vida de quienes van cifrados en estas viejas estructuras. Sus investigaciones periodísticas (que le han valido las creación de libros tan potentes como Sexografías y el Premio Nacional de Periodismo de Perú por su reportaje sobre violencia de género en 2018) le permiten hurgar de manera profunda en esa carne abierta y en construcción que es la historia, y en esta ocasión nos platica sobre su nuevo libro, Huaco retrato (Literatura Random House, 2021) una novela a medio camino de la autoficción y el ensayo, en el que dos narraciones se entrelazan para dar cuenta de estas realidades coloniales que atraviesan el presente no sólo de Perú, sino incluso de aquellos que, como Gabriela Wiener, la protagonista de esta historia (homónima de la autora), están en la búsqueda y construcción de una nueva narrativa que permita subsanar la historia que día a día se va haciendo. Es así como conoceremos la intercepción que se hace a la figura del antepasado de Gabriela, el elogiado explorador Charles Wiener, a quien ella desmitificará y llamará saqueador, y por otro lado, una historia de poliamor en crisis en el cual asoman las consecuencias terribles de un deseo colonizado.

 

¿Cómo surgió el interés por desacralizar la figura de Charles Wiener?

 

Hace más o menos una década que quiero escribir este libro, que digo que lo estoy escribiendo sin escribir una línea. Ahora pienso que no estaban dadas todas las condiciones. Mi vieja idea de libro era el salseo entre Charles Wiener y yo, cruzar mi identidad, la pregunta sobre mi origen, sobre mi apellido, con mi cara de huaco retrato. Siempre pensé que era un cóctel bastante explosivo, que estaba obligada a hacerlo como autora autobiográfica que soy. Cómo venir, en lugar de con un pan, con una historia bajo el brazo. Lo tenía a huevo. Es verdad que en un principio me lo había propuesto como un libro de no ficción, con una investigación detrás, es decir, hace una década todavía estaba pensando en hacer una crónica, que es algo que yo he trabajado mucho. Las condiciones materiales de supervivencia determinan la realidad de un libro. Siempre lo postergaba porque no podía moverme lo suficiente, viajar lo necesario o dedicarme a investigar. Así que es una novela y por momentos es un ensayo y en otros momentos es una autoficción, una memoria, literatura de duelo, ficción romántica y ninguna de las anteriores. Contiene su propio fracaso como literatura de género y su propia contranarrativa.

 

El libro se empieza a escribir en mi cabeza cuando visito en París la colección de huacos de Wiener en el Museo de Quai Branly. Tuve claro que esa sería la primera escena de la novela. Wiener se llevó miles de piezas de arte precolombino para exhibirlas en la Gran Exposición Universal y fue condecorado por ello. Cuando empiezo a leer sobre racismo científico y descubro que al lado de donde exponía Wiener había un zoo humano, uno de esos siniestros lugares de entretenimiento para mostrar a los europeos cómo se vivía en sus colonias, supe que esto iba más allá de una memoria familiar o una búsqueda personal. Y digamos que el libro no podía completarse sin mi experiencia como parte de una comunidad de migrantes en Madrid, o sin la lectura y el encuentro con colectivos y con pensadoras descoloniales que de alguna manera me enseñaron a decir mientras contaba. Huaco retrato también bebe, aunque en menor medida, de otro proyecto, mi historia del poliamor que al final se terminó convirtiendo en una obra de teatro que se llama “Que locura enamorarme yo de ti”. Soy una saqueadora de mi escritura diaria y a destajo, las zonas francas de la escritura como dice María Moreno. No tengo habitación propia. Escribo por todos lados. Así voy agregando nuevas capas.

La protagonista de esta historia, que se llama Gabriela Wiener, que vive en Madrid y que es una migrante peruana, necesita entenderse, necesita expiar una crisis personal tremenda que la lleva a buscar coordenadas en los relatos de su familia y en sus orígenes bastardos, pero que no es una historia sólo suya, sino que es una historia que compartimos muchísimas personas en nuestro continente, es la historia de una herida compartida, que nos atraviesa desde hace 500 años y que condiciona nuestras vidas. Ella está empeñada en descolonizarse, en combatir el racismo y el machismo que también la acorralan y que arrastran su propio nombre.

 

 

En muchas situaciones de tu novela pude ver escenas que podrían ser denominadas como una suerte de “micropolítica”, de la situación del colonialismo en Perú, que ciertamente me pareció muy semejante a lo que vivimos aquí en México, claro, cada uno con sus respectivos matices. Pero, aunque la siguiente pregunta amerita una respuesta extensa, ¿cómo consideras que la colonización ha impactado a la sociedad peruana? ¿Qué consecuencias se siguen viendo?

 

Yo creo que Huaco retrato es la historia de las consecuencias, de las realidades coloniales en nuestras vidas y en nuestro presente. Claramente el Perú fue un reinado importante, central, estratégico; las huellas de una sociedad que vivió en castas y que racializa a la gente están plenamente vivas. Estas heridas de las que te hablo tienen que ver con que somos los medios hijos de estos patriarcas europeos que efectuaron un despojo y un abandono, y esa experiencia del trauma también se ha transmitido de generación en generación, y ha condicionado la manera en que enfrentamos las cuestiones contemporáneas, nuestras subjetividades particulares, pero también en relación con los otros y con las otras. No por nada Lima, que es además la ciudad donde yo nací, era la capital virreinal, la capital de las casadas, de las mujeres que escribían, una sociedad beata, católica, una ciudad completamente discriminatoria. Ahora mismo puedes atisbar los abismos de clase, de raza, de género que hay en mi país, de esto puedes darte cuenta con asuntos que han pasado últimamente en Perú, hay las realidades fuera de Lima, de las regiones que son muy distintas, el centralismo es tremendo, y puedes ver desde una ciudad que vota a la ultraderecha, hasta los Andes rurales que hace mucho tiempo están esperando una transformación social que impacte en sus vidas.

 

La raza aún marca la clase en nuestro país. Es una sociedad donde hay un supremacismo blanco evidente, es un país donde todavía su origen indígena, cholo, mestizo, puede condenarte a ser ese lugar de la sociedad que está al servicio de los demás. Hay una relación todavía de subalternización total de las poblaciones no blancas, y se nota en la administración del Estado, de los blancos criollos, sus herederos y descendientes son los que han gestionado la política y la economía durante muchísimos años, y esta situación de injusticia viene de lo colonial. Pienso que te estoy hablando de realidades y de desigualdades de la ciudad de Lima, pero si te vas a otras partes del Perú verás todavía asociada la pobreza con las poblaciones indígenas, y desde luego que el Estado, que es un Estado corrupto como el de tantos países de Latinoamérica, ha dejado atrás a sectores enteros de la población peruana, y claramente muchos estamos ahora mismo en una conversación sobre esto, que es una conversación sobre descolonizarnos y de romper con esas viejas estructuras. Soplan vientos de cambio, que no tienen un reflejo aún en lo institucional, político y gubernamental, digamos de manera plena, yo lo que veo es una inquietud, unas ansias de transformación pero que todavía no ha sido bien canalizado políticamente en lo institucional. Por ahora lo que hay, y creo que se comparte en toda Latinoamérica, son movimientos sociales muy poderosos que están haciendo oír sus voces y que están haciendo práctica política.

 

Con la imagen de la momia saqueada de su contexto social común y llevada a un museo parisino, me vino mucho a la mente esta idea benjaminiana que ya ha sido adaptada al contexto latinoamericano: la idea de hacer una historia “a contrapelo”, el hacer una historia a partir de los fragmentos. ¿Es posible reconstruir la dignidad de una civilización a partir de estos fragmentos que han dejado los profanadores, y a pesar de lo profanadores?

 

Eso me gustaría. Sea fragmentario o no, creo en la importancia del otro relato, en la historia con “h” minúscula; de alguna manera la Historia, con “H” mayúscula, es la historia del poder, por eso me interesaba contar esta memoria saqueada y utilizar la metáfora del huaco para recrear esta historia de despojo, para disputar también este relato, porque para mirar el futuro se necesita mirar el pasado. Son cosas muy incómodas de narrar, porque este expolio, este borrado de un lado de la memoria, ocurre también en otros espacios privados, íntimos y familiares. Para mí era importante decir que nos sobran las historias de los patriarcas familiares y que no sabemos nada de las mujeres de nuestro pasado: retrocedes una o dos, y si no tienes un escudo o un apellido, no vas a saber de dónde vienes. Este poder también está en la familia, también ahí hay desigualdad, por eso esta noción de “bastardo” lo traigo a partir de pensadoras que le han estado dando vueltas como la activista boliviana María Galindo, para hablar de este lugar fronterizo donde nos ha colocado este saqueo histórico, muy lejos de lo binario, pero como dice Galindo, representando una memoria que activa el conflicto en lugar de pensar el mestizaje, como nos lo han vendido, como si fuera un mestizaje de Disneylandia, que es realmente la asimilación. ¿Cómo vamos a quedarnos calladas y pensar que ya está resuelto cuando no lo está? Es un tema abierto hay que al que seguir dándole vueltas.

 

Para mí era importante de toda esta cuestión de la sociedad a partir de la analogía con los huacos que fueron saqueados sin ningún criterio científico, sin referencias, sin contexto, sin origen, ¡claro! Porque estos que se van a parar a los almacenes de los museos de alguna manera hay un paralelismo con tantísima gente que tampoco nos podemos atribuir con precisión a nada ni a nadie. Me sirven para hablar de esta condición dudosa que se puede reivindicar; se puede reivindicar la duda acerca de nuestra filiación y de nuestra identidad, no vivirlo como un vacío o dolor, sino que, de alguna manera, aunque también nosotras fuimos robadas, estamos aquí hablando, inventando relatos sobre nosotras mismas y produciéndolos por nosotras mismas sin que tengan que venir de afuera a contarnos.

 

Crédito de foto: Sofía Álvez Capuñay/ Cortesía Gabriela Wiener

 

Huaco retrato no sólo es la historia de Charles, un patriarca simbólico socialmente, sino también es la historia de la relación más próxima al primer padre, que es tu padre, y que justo me parece que es hablar de los temas no resueltos que se tienen, psicoanalíticamente hablando, respecto de la figura paterna, y justo al final sale el tema de la carta de una madre, que es sumamente desveladora y que te permite, digamos, construir una identidad. Respecto a ello, ¿cómo fue la relación con tus padres?

 

A mí me interesa que se hable de Huaco Retrato en su propio universo cerrado. De alguna manera llevo muchos libros en los que hablo de mí, que de alguna manera ha supuesto para mí una exposición brutal. En este libro yo he querido jugar más con la ficción y con la no-ficción, de una manera provocadora además porque es un libro que tiene como protagonista a alguien que se llama como yo y que tiene evidentes similitudes conmigo; sin embargo, la relación que tiene la protagonista con sus padres es distinta a la que puedo tener yo con los míos. Esta es una historia que responde a las propias reglas de este libro.

 

Desde luego la historia de la doble vida del padre de la protagonista está muy ligada con la historia del tatarabuelo, ahí se maneja la idea de lo fraudulento, dos vidas en las que la protagonista también se refleja, y además ella se siente traidora de esto, porque se siente un poco Charles también, y se siente un poco su padre, porque se siente un poco “colona”. Recuerda que en la historia ella está teniendo esa crisis de desconfianza tremenda y siente el patriarcado habitarla de manera violenta, y es eso lo que intenta trabajar en sí misma. Frente a eso, en estas identificaciones con lo masculino y con lo femenino, con lo patriarcal y con lo racista de su estirpe, ella mira al otro lado donde no se ha estado mirando, y ahí es que aparece ese agujero de información que el personaje de María Rodríguez, que es la tatarabuela de la que no se va a saber en realidad nada, y aunque ella esté reivindicando esa figura frente a la megaprotagónica de Charles, es verdad que no es un libro en el que se trata de recuperarla a ella, sino que aparecen otras voces de mujeres, como las abuelas, o las hermanas, o la madre, que creo que está contando su propio relato, su propia versión de los hechos, que es tan importante para restituir y reparar los vacíos, o también el olvido en que la protagonista tenía esta dimensión de su historia. Es muy importante para ella hablar de que ella es víctima y verdugo, y de Charles también dice lo mismo, y finalmente encuentra en este hombre del siglo XIX un parentesco que le parece aún más interesante que el apellido o la raza, y que es el tema de la escritura, es ahí donde puede tener una proyección con él y de alguna manera hacer un pequeño vínculo que le parece más importante que el que le venía impuesto.

 

Al final de Huaco retrato aparece esa revelación del viajero que también hace ficciones y la escritora que también se apropia de ciertas identidades y hace, digamos, una suerte de re-escritura, o de autoficción que evidencia que siempre estarán abiertas esas otras posibilidades de volvernos a narrar. Sobre este punto, ¿es posible llevar la idea de la re-escritura de relatos aun ámbito macro? ¿Es posible volver a narrar la identidad de todo un país?

 

Yo quería que este libro no sea un libro sobre una persona, que no sea un libro individual, creo que de alguna manera las realidades que aborda, que son la realidades poscoloniales, o plenamente coloniales porque aún están vigentes, son realidades compartidas, entonces me gusta esta idea de la que habla Cristina Rivera Garza de la no-individualización, de una escritura personal que, sin embargo, no es individual; que es necesario hacer un esfuerzo por investigar para cuidar, de recoger las voces de las otras y de los otros en una re-escritura que de todas maneras tienen un fondo y una fuente colectiva, y esto era muy importante para mí. También, como dice la escritora española Marta Sanz, los libros que a mí me interesan son los que ella llama “desimismados”, libros que están en el mundo, que están pisando tierra y que están generando conversación. Es muy diferente a hacer un libro actual o un libro de moda, ya que van a cosas de fondo que nos han preocupado siempre, como la memoria histórica.

 

¿Por qué el tema de la colonialidad, de la conquista, como le llaman, de América, de ese genocidio y de ese expolio no sería un tema de memoria histórica? ¡Claro que lo es! Es una cuestión política enorme. Ahora mismo, en los últimos meses, hemos visto las idas y venidas del debate entre los políticos de izquierda y derecha entre España y América Latina, y está muy vigente; por ejemplo, políticos de la derecha y ultraderecha española se burlan del apellido de López Obrador, que puede tener todo lo discutible respecto a su gestión política, pero realmente ejercen racismo y discriminación con él, y podemos darnos cuenta de lo que son capaces todavía los que viven en la nostalgia de tiempos imperiales. Si políticos de aquí dicen que el indigenismo es el nuevo comunismo, lo que tenemos es todavía un discurso que intenta imponerse en estos lugares extremos de la derecha contra poblaciones indígenas o descendientes de los pueblos originarios que están ahora organizándose y que, consideran, representan un peligro para su supremacía, eso es la discusión actual, entonces sí que hay muchísimos temas que cuando Huaco retrato salió estaban en el aire.

 

De hecho, el 12 de octubre volvió a ponerse sobre la mesa que España siga celebrando ese día como su fiesta nacional, cuando es el día en el que empieza una historia de violencia, una historia de etnocidio, y nos dicen “bueno, ¡esto ya pasó!”, pero sí, vamos a hablar de lo que pasó hace 500 años, y no porque López Obrador quiera hacerlo, sino porque hay comunidades enteras que quieren hacerlo, que están tomando estatuas y que no quieren que sus hijos e hijas paseen al lado de monumentos que glorifican la colonización y el esclavismo; porque las muertes en las fronteras, los niños en jaulas de Estados Unidos, esos muros y esas cárceles de internamiento para migrantes en España son, absolutamente, consecuencia de ese colonialismo, huellas vivas y activas de esos años, porque son, precisamente, contra las poblaciones del sur global que vienen de territorios expoliados por el norte, así que son temas absolutamente del presente. Yo lo que he tratado de hacer no es un libro teórico ni panfletario, ni un libro sólo reivindicativo, la política está atravesando la vida cotidiana, y son nuestras pequeñas historias de vida, nuestras pequeñas historias de familia, lo que tenemos en nuestros armarios, lo que hablamos en la cama con nuestras parejas, si bailamos o no bailamos en una discoteca, si nos sacan o no a bailar, lo que nos dicen las redes sociales, todo eso tiene que ver también con esta historia y con este presente, y con esta violencia de la que te hablo y que algunos todavía quieren sostener, y no es por dimes y diretes de un lado al otro del charco que vamos a hacer una agenda política o de temas de discusión, estas cosas ya se están hablando y ya se están ejerciendo como derechos como parte de una necesidad de una memoria y reparación.

 

Gabriela Wiener durante el estreno de su obra “Qué locura enamorarme yo de ti”. Crédito de foto: Alessandro Curratino/ El Comercio

 

Hay también en Huaco retrato dilemas que acaecen y que sufren las mujeres. Hablando de Gabriela Wiener, la escritora, ¿te consideras dentro del movimiento feminista?

 

Yo siempre he dicho que muchas personas, mujeres y disidencias, en el Perú y en Latinoamérica, sufrimos por “el rachismo”, que es un neologismo que me he inventado fusionando el “racismo” con el “machismo”, pues es muy difícil que tú puedas leer, entender e interpretar solamente la violencia de género, porque en el Perú viene todo junto, y a esto hay que sumar le también la violencia clasista. Entonces aquí los feminismos que me interesan son aquellos que suman luchas, los feminismos que no se miran el ombligo, los que no tienen una misma genealogía (que es la genealogía blanca), sino aquellos feminismos que ahora mismo están creando pensamiento a partir de otras comunidades y a partir de otras violencias, no sólo la de género, entonces son feminismos en los que yo me reflejo, como los descoloniales, los transfeministas; no me interesa etiquetarme ni ponerme en una corriente específica, lo que yo querría decir es que me encuentro en feminismos que no excluyen: los que no excluyen a las putas, los que no excluyen a las mujeres trans, los que no excluyen a las negras, los que no excluyen a las marrones, o que no excluyen a las pobres o a las migrantes. Cualquiera que te diga que esas cosas no son temas de feminismo, pues hasta luego, y si el feminismo va a ser sólo eso, lo que define a una mujer blanca, metrosexual y burguesa de clase media, entonces quédate con tu feminismo, porque ahí no estoy, ni me ubico, ni me representa. Creo que somos muchas mujeres y disidencias que hemos estado militando en estos últimas años, que hemos estado haciendo activismo porque razones hay de sobra en la violencia sexual o de género y en el feminicidio en Latinoamérica, y creo que toca seguir levantando esas banderas, pero muchísimas nos hemos sentido desencantadas por estas últimas debates teóricos sobre personas, sobre derechos y sobre gente concreta, viva, y creo que se ha perdido un montón de energía en esos esfuerzos excluyentes, racistas, transfóbicos, y pues son otras luchas en las que he estado en los últimos tiempos, por ejemplo, la lucha contra el racismo, que siempre ha estado en mis temas sobre los que escribo o que me atraviesan , y me gustaría estar ahí siempre en las trincheras, siempre en la suma de lucha.

 

Finalmente quisiera hablar de una imagen que me parece muy significativa de la novela, que es cuando la protagonista está en la cama con un hombre heterosexual por un lado, y del otro, una mujer blanca española, y que es una imagen de poliamor, pero de crisis, porque después de ello comienzan a emerger muchos de los celos e inseguridades de Gabriela. Aquí la pregunta es: ¿es posible controlar, o erradicar, al patriarcal que todas llevamos dentro o que nos han impuesto?

 

Es que no es algo de lo que se suela hablar demasiado y creo que es urgente que lo hagamos cuando hablamos de amor, porque sólo hablamos de género, sólo hablamos de monogamia, y nos olvidamos de que la raza y la clase son otros cruces que también crean desigualdad entre las personas y que se alojan además en el seno de las relaciones y que es muy complejo. La protagonista de Huaco retrato se siente colonizada por el deseo de un cuerpo blanco pero también se vuelve colonialista, porque la habita el patriarcado y la posee y no puede soportarlo. Esos talleres de descolonización del deseo están inspirados realmente en experiencias de comunidad antirracista en búsqueda de sanar heridas de manera colectiva y de repararlo.

 

Ahora bien, ahí en el libro lo que hay es toda una chanza, una ironía y un humor de esto, si es que realmente puede ser un camino, porque la tesis es: para descolonizarnos, hay que follar entre nosotras, porque nuestro deseo ha sido blanqueado. ¿cómo lo vamos a descolonizar? O que nuestro deseo ha sido heterosexualizado, ¿cómo lo vamos a desheterosexualizar? Y por qué nos hemos estado enamorando de blancas y blancos, por qué ellos están en la punta de la jerarquía de nuestro deseo, quién nos lo impuso, o quiénes han merecido nuestro amor… en fin. Hay sobre todo esta reflexión. La otra reflexión es la de hablar del patriarca que vive en nosotras, digamos, delirar esta cuestión de los celos que te dicen en los manuales del poliamor o sus gurús, o la gente que te enseña en estos talleres de amor libre a deconstruirte, y que, finalmente muchos lo que te dicen es “gestiónate tú y tus celos y ya verás”. Y para mí, que soy una persona que además vive en una relación no monógama, ha sido muy importante darme cuenta, y darnos cuenta los tres, que estamos vinculados, que tenemos que hacernos cargos de los otros y de las otras, y que siempre va a haber una tensión entre el deseo individual y querer darle rienda suelta, y el cuidado de los otros, entonces es ahí en este equilibrio tan frágil, que siempre está a punto de irse a la mierda, que uno va construyendo relaciones de bien amar, y de cada vez ser menos tóxico, menos violento, menos celoso, pero es una guerra no terminada, y aunque no me guste verlo en esos términos, desde luego son procesos completamente abiertos en las que uno sigue metiendo la pata, y no hay más, pero lo que no podríamos ya es volver a encerrarnos en la monogamia, sino que nos toca seguir luchando desde ahí adentro, ya no hay vuelta atrás, ya lo hicimos, pero es importante cuando hablo de formas no hegemónicas del amor plantear este conflicto de la identidad a través del amor, cómo marca nuestra sexualidad nuestras relaciones raciales… me sumo a estas personas que están pensando de manera descolonial el amor, de una manera no siempre racional, que piensa que hay, efectivamente desigualdades, que las personas no vienen igual a las relaciones, pues hay personas que vienen con unas heridas e inseguridades que vienen de cuestiones estructurales muy bestias, de violencias, de memorias, y otras que simplemente han tenido un camino mucho más sencillo. ¿Cómo no va a ser esta persona mucho más celosa que esta otra? Entonces estos encuentros, en donde hay amor de por medio, tienen que ser respetuosos de la realidad, de la herida y del pasado y de la memoria de la otra persona. Si no, ¿qué se puede construir?

 

FOTO: La escritora Gabriela Wiener, quien ha ganado además el Premio Nacional de Periodismo de Perú en 2018 / Crédito: El Mercurio

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