Anónimos

Abr 27 • destacamos, Ficciones, principales • 1123 Views • No hay comentarios en Anónimos

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Durante décadas Tijuana ha sido el punto de partida para que los migrantes cumplan el sueño americano; este cuento nos invita a conocer ese mundo alterno donde apenas existen ilusiones

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POR HUGO ALFREDO HINOJOSA

 

Mi nana era una mujer regordeta y chaparra que nunca dejaba de fumar, tenía los dedos de las manos ambarinos por la nicotina, los dientes podridos, el rostro lleno de barros, pero siempre fue bondadosa, supongo. Dejé de verla cuando cumplí diez años, debe estar muerta, sepultada bajo una lápida de alacranes que rondan su tumba sin descanso. Ella pasaba los días enteros cocinando para los sureños que arribaban a su casa y que después se marcharían a Estados Unidos. Los coyotes le pagaban cien dólares por cabeza, una fortuna en ese tiempo. Vi partir a cientos de nicaragüenses, guatemaltecos, salvadoreños y argentinos, algún polaco o ruso; esos hombres se perderían en las corrientes de los ríos o el desierto, en ambos casos los encontrarían, tarde o temprano, tirados en la arena, deshidratados hasta volverse el lecho de alguna serpiente. Los viajeros más inteligentes, no hay tal cosa, se congelarían en la sierra, serían por siempre los fieles y eternos compañeros de los cimarrones. Llegaban hambrientos a casa de mi nana, devoraban cualquier cosa que llegara al plato, frijoles y arroz, tortillas de harina, para después dormir. Ya descansados saludaban, se sonreían y contaban sus historias, aquellas que nadie jamás les preguntaba, son tan trillados los sueños de los viajeros que poco o nada tienen de novedoso; hablaban como si fuera la última vez que podrían nombrar sus deseos frente a los demás. Mentiras, en todo caso. La esperanza es una idiotez ligada a los sueños y, por algún extraño motivo, jamás debemos perderla. Los hombres fantaseaban con llegar al otro lado para darle una mejor vida a su familia, aunque pronto la olvidaban, sobre todo al llegar a su destino, después de descubrir un nuevo mundo, donde el anonimato era virtud. Jamás volverían a ver a sus mujeres e hijos, esos recuerdos eran una carga indeseable. Me gustaba sentarme entre ellos, escucharlos al oscurecer; decían que mi rostro era tan parecido al de sus hijos. Sin pensarlo me volví un profeta capaz de adivinar el futuro de ciertos viajeros, de aquellos que cumplirían sus sueños y de otros que morirían sobre la tierra o el asfalto extranjero, olvidados de la vida. Con el paso de los meses, algunos se convertirían en una digna caricatura del sueño americano. Recuerdo a un rubio famélico que viajaba con su mujer un tanto presuntuosa, una castaña más, ambos jodidos y hambreados, vistieron de negro, ropa prestada, el día que cruzaron la frontera; marcharon alegres con promesas de regresar a su tierra. Llegaron a Los Ángeles de arrimados. Al poco tiempo la Ley Simpson-Rodino les hizo justicia, cartas compradas y juradas de migración de por medio, por supuesto. Regresaron a casa de mi nana ridículamente vestidos, manejaban una camioneta que desvelaba el hambre latente en sus rostros. Nos invitaron a comer, pasamos un buen rato y, al pagar la cuenta, los antes indocumentados se quedaron en blanco, decían haber olvidado el valor de los pesos: sacaron un fajo de dólares que tendieron al mesero para que éste tomara lo que necesitara. Ridículos, dijo en voz baja mi nana; nos despedimos, hasta nunca. Otro más llegó mudo, sonreía para pedir comida y bajaba la mirada, musitaba una letanía secreta, entre lágrimas; lo espantaba el estruendo del tráfico y los camiones al frenar con motor. Los polleros dijeron que lo encontraron desorientado, era el sobreviviente de una matanza, que le sacaron las palabras a cuentagotas: el tren se detuvo, supongo que el conductor necesitaba descansar, confesó. Platicábamos, ocultos en los vagones, preguntábamos por qué huíamos de nuestro mundo, por hambre, por sueños, por amores. El tren se puso en marcha dos horas más tarde. Queríamos llegar a la frontera para ser libres. Se detuvo el tren una vez más. Unos hombres armados estorbaban su paso. Nos bajaron de los vagones, preguntaron de dónde éramos y qué sabíamos hacer. Algunos contestaron a medias, otros contaban sus traumas familiares. Necesitamos hijos de puta, dispuestos a matar; somos hombres de negocios. ¿Ustedes no quieren ser hombres de negocios? Levanten la mano los que se quieran ir con nosotros, les daremos buen dinero y los enseñaremos a matar. Uno contestó que quería trabajar pero no de matón. Un disparo, murmullos, gritos, más disparos. Los asesinaron a todos, entre las ráfagas se confundían los vivos con los muertos, contaba aquel hombre. Me desplomé y la sangre de los cuerpos me ocultaba, la tragaba con cada sollozo, los borbotones me salvaron la vida. Cuando la matanza terminó los sicarios se marcharon y el tren partió como si nada hubiera pasado. Esperé varias horas para ponerme en pie y ver aquellos cuerpos sobre las vías. Más tarde llegaron los paramédicos, policías y noticieros; me dieron de comer, no sin preguntarme estupideces. ¿Qué se siente estar al borde de la muerte? No lo sé, contestó el mudo. Qué historia tan aburrida, pensé. Ése no cruzó por el desierto, ni el río, ni la sierra, contó mi nana, los polleros lo encerraron en un trailer, abrió la boca para pedir que no lo fueran a abandonar, no quería morir asfixiado; es lo de menos, gritaron los polleros, sabemos que sabes guardar silencio.

 

Dejé de ser un niño y cruce la frontera, después me enlisté en los Marines para ser ciudadano estadounidense; y ahora estoy aquí deseando ser un crío en los brazos de mi padre. Cuando los viejos dicen que necesitamos crecer para comprender las cosas es cierto; ellos conocen partes del destino que los niños ignoramos. No soy una piedra porque sí, decía mi padre. Contaba su desgracia tiritando; imagino, lo pienso ahora, a ese niño de ocho años despertar de la infancia para confrontar su miserable destino. Mi abuelo se dio un tiro en la cabeza que no lo mató. Se encerró durante horas en su taller de herrería, lanzaba con furia los fierros oxidados contra las paredes apolilladas que lo guardaban del mundo como a una bestia. Se dio el tiro y, derrumbado sobre la tierra del taller, se quedó quieto a esperar la muerte. Agonizó siete horas y durante todo ese tiempo mi abuelo sujetó la mano de mi padre, qué gran hijo de puta mi abuelo. La gente llegaba al velorio en vida a darle el pésame a la abuela, algunos volteaban y se despedían del abuelo, esperando que les respondiera o diera las gracias por la visita. ¿Qué hombre desea compartirle su muerte a un hijo? Mi padre tuvo que trabajar. Ocho años. Aprender a vivir. Aprender a defenderse, dejar de ser un imbécil, el mundo te devora, siempre hay perros hambrientos. Con los años se casó y me tuvo a mí. Lo he perdonado, ¿por qué debería perdonarlo? Él me golpeaba para hacerme comprender las cosas esenciales de la vida, mamá no me defendía, así es la vida, hijo. No puedo decir que lo comprendí todo. Mi nana intentaba explicarme, pero jamás le presté atención, ella no podía saber los secretos de mi padre y mis abuelos, era una extranjera en mi vida que solo me cuidó y nada más. El gran regalo de papá fue cruzarme por el desierto, sin sed, casi sin sudar.

 

Me gradué como francotirador y después como un muerto viviente: me dieron un tiro, justo a la altura de la frente. Qué irónico destino, pareciera que mi abuelo regresó para recordarme que también soy carne de su carne. Quedé tendido, según recuerdo, un atardecer, una mañana, un día, hasta que me rescataron. Cuando abrí lo ojos pedí a mi nana; después contuve el llanto al sentir ese dolor inexplicable, raso y castrante de las heridas, que te invade antes de soltar las lágrimas en esos campos de olvido, en medio de la batalla. Qué desagradable, un hombre fuerte, un perro de guerra, empequeñecido por una herida. Hoy no puedo comer solo, no responde mi boca. Guían mi mano para limpiarme el culo; las enfermeras protestan mi existencia a su lado. Tengo que beber un poco de agua para articular cualquier palabra y dictar un discurso honorario, dejo escapar una risita infantil, con cada respiro. Saliva y palabras que las enfermeras corrigen para completar mis frases: “osos están en playas”. Mi cuerpo es un laberinto y estoy perdido en él, no sé qué puerta abrir para encontrar mis recuerdos, envejeceré como un mendigo que ruega a su mente limosna. Hoy reconozco la oscuridad, en el campo no existe la noche del todo. Siempre habrá un poco de luz para distinguir los bultos. Llevaba más de tres días escondido esperando a mi enemigo invisible, un fantasma en ese desierto que se nutría con la sed de los animales. Cuando escuché, por fin, el primer disparo después de días de calma, esperé a que mi enemigo volviera a detonar su rifle, luego conté para detectar la posición y la distancia, es sencillo, adviertes el primer trueno, escuchas el impacto y cuentas. Cada doscientos cincuenta metros un segundo, en esa ocasión conté hasta dos, el enemigo estaba a quinientos metros de distancia. Me preparé. Asomé la mira hasta que encontré al diminuto soldadillo bajo un carro destrozado. Sin pensarlo disparé, pero aquella fue una trampa. Me cazaron, me dispararon a tres metros. Era un estúpido ese matón que me dejó vivir. No es fácil ver de primera mano lo salvaje que somos. En ese momento deseaba sacarme los ojos y cubrirlos con las palmas de las manos, protegerlos de todo, cegarlos para que no tuvieran memoria. Siempre me pregunté por qué los heridos gritan en medio del campo de batalla: se llama miedo, idiota, me contesto, por eso grité. Estaré eternamente agradecido con esa enfermera, me sonrió, le di las gracias cerrando los ojos.

 

Olvidé mi nombre, es un deseo cumplido, porque no tenerlo es una bendición en la batalla. No sé cómo se llamaban aquellos a los que les quité la vida; eran números de alguna apuesta: hoy fueron cinco, me debes 100 dólares; y agradezco que no supieran mi nombre los enemigos, los que asesiné, así no me llamarán entre sueños. Cuando llegamos a este mundo deberían arrojarnos a un pozo inmenso donde nosotros mismos logremos identificarnos de alguna forma: con gruñidos o con el ruido de la brizna del polvo, del lodo en los pies, el gotear de los orines. Vinieron mis padres y mi nana a reconocerme, hacía frío en la sala, vieron mi cuerpo, acariciaron mi rostro, mi cabello. Papá rozó la herida en mi frente, suspiraba y escondía la mirada. Es él, dijo mi nana; es él, afirmaron mis padres, pero no me nombraron. Los tres besaron mi frente, rezaron, me peinaron; qué guapo es mi niño, dijo mamá. Partí sin recordar cómo suena mi nombre en sus voces, tampoco recuerdo sus nombres en mis palabras, no sabré cómo llamarlos en la oscuridad.

 

 

 

ILUSTRACIÓN: Dante de la Vega / EL UNIVERSAL

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