Indravati y las siete hermanas

Ago 26 • destacamos, Ficciones, principales • 933 Views • No hay comentarios en Indravati y las siete hermanas

 

Por cortesía de  Impedimenta, presentamos uno de los cuentos de El libro de las brujas, una especie de antología donde estos seres protagonizan y moldean algunos mitos de las culturas antiguas

 

POR SHAHRUKH HUSAIN

Cuento indio

Érase una vez un rey y una reina que tenían una hija, una princesa más hermosa que el sol, la luna y las flores. Como era más bella incluso que las apsarás, las ninfas acuáticas que danzan en la corte celestial del dios Indra, la reina decidió llamarla Indravati. Pensó que si la llamaba «hija de Indra», que es lo que significa el nombre, la niña no correría ningún peligro si alguna vez necesitaba pedir ayuda al dios. La reina era muy sabia, y estaba segura de que su hija era tan hermosa que algún día necesitaría que la salvaran de los vicios y de las artimañas de los hombres. Llegado el momento, podría acudir a Indra sin miedo a caer del cielo y acabar enmarañada en los rizos eternos de Shiva, como le había pasado a la diosa del Ganges hacía mucho tiempo, ya sabéis. Y es que Indra es un dios procaz y lujurioso, y aunque como dios está en su derecho, la reina no quería que su hija pudiera convertirse en una de sus presas si necesitaba pedirle ayuda, así que decidió llamarla de esta manera.

 

Cuando Indravati creció, sus padres concertaron su matrimonio con el apuesto hijo de otro rey. Era lo bastante apuesto para ser digno de ella, así que, como es natural, también lo era para las hadas. Era bello como la luna, tenía unos ojos que brillaban como las estrellas y la piel, tanto la de su rostro como la de su cuerpo, era suave y lisa, casi tan aterciopelada como la del melocotón. (Era muy joven, tanto que apenas empezaba a crecerle vello corporal en algunas partes, ya me entendéis, ¡y se sorprendía cada vez que lo descubría!) Seguro que la princesa se estremecería de deseo en la cámara nupcial y traicionaría su castidad mucho antes de haber fingido el pudor y la timidez que se esperan de una dama. Pero el príncipe era tan atractivo que cualquier mujer podría perder los modales y la vergüenza por él sin el más mínimo recato.

 

La cosa es que había siete hermanas que vivían en un árbol de ficus y que habían visto al príncipe cuando iba de camino a su fastuosa boda. Estas hermanas tenían los pies del revés, de manera que los talones aparecían por delante, así que cada pie recordaba a un báculo o a un bastón de potentado, de esos que llevan una contera abajo, ¿sabéis? Y los dedos sobresalían por detrás, extendidos como las garras de un águila. Pero siempre llevaban los pies cubiertos con faldas largas y vaporosas. Y, de todas formas, ¿quién iba a querer mirarles los pies cuando tenían unos rostros tan seductores? Lanzaban miraditas a los hombres, mordían los bordes de sus mantillas y pestañeaban con esos ojos enormes y entrecerrados, mirando hacia abajo para que se vieran bien sus largas pestañas. Y lo hacían de forma que, si un hombre las miraba a los ojos, cuando ellas bajaran los párpados, él acabaría con la vista clavada —que Dios nos perdone— en sus exuberantes pechos. Las brujas —no deberíamos pronunciar esta palabra: podrían oírnos y, Dios no lo quiera, presentarse aquí— se enamoraron del príncipe y lo querían para ellas, así que lo siguieron hasta el palacio de su futura esposa. Al principio, se enfadaron cuando supieron que iba a casarse, pero luego se les pasó: ¿por qué iba a desalentarse una bruja por algo así? Saben mucho de magia, pero poseen pocos principios. Lo siguieron y esperaron el momento adecuado para actuar.

 

El príncipe y la princesa celebraron la boda con una ostentosa ceremonia. Los músicos tocaron durante un mes, hasta que los dedos se les llenaron de ampollas y los huesos se les agarrotaron. Los cocineros guisaron hasta que los fogones de las cocinas calentaron todo el reino, hasta que todos sus habitantes, incluso los que buscaban comida en la basura, tuvieron la barriga a reventar. Es más, llegaron mendigos de otros reinos y llenaron sus carretas con las sobras del banquete para llevárselas a sus familias, porque hasta los desperdicios podían considerarse un festín en toda regla.

 

Las hermanas no le quitaban el ojo de encima al príncipe mientras esperaban su momento. Y cuando por fin se acabaron los banquetes y las celebraciones, Indravati y su príncipe montaron en su carruaje y emprendieron el camino al reino del novio, donde por fin podrían entregarse al placer carnal en la intimidad.

 

Viajaron durante toda la mañana, pero por la tarde empezó a apretar el calor y decidieron parar a descansar. Fue bajo el mismo árbol en el que las siete hermanas habían visto al príncipe por primera vez; quizá fueron ellas las que le habían metido esa idea en la cabeza, vaya usted a saber. Los novios, impacientes por estar juntos, pidieron a sus sirvientes que los dejaran solos.

 

—Intimidad —ordenó el príncipe. Los cortesanos y sirvientes lo entendieron y se marcharon entre bromas y elucubraciones sobre lo que harían el príncipe y la princesa en esa codiciada intimidad.

 

Pero, en cuanto se miraron, el príncipe y la princesa se sumieron en un profundo sueño. Las hermanas aguardaban entre las ramas del ficus, sabedoras de que su espera estaba a punto de acabar. Casi había llegado el momento. Decidieron actuar antes de que el príncipe hubiera gozado de su esposa, antes de que su lluvia fértil pudiera empapar la sedienta y palpitante flor de loto de Indravati. Llevaban tanto tiempo devorando los miembros y la juventud del príncipe con la mirada, tanto tiempo siendo pacientes, que lo querían con su inocencia intacta.

 

Habían tramado un plan para apoderarse de él antes de que perdiera la virginidad. Cuando los recién casados empezaron a quedarse dormidos, las brujas bajaron del árbol a toda prisa, los apresaron y los llevaron a una torre que habían construido para el príncipe. Arrojaron a la princesa por la ventana para matarla, pero ella se despertó con las carcajadas y los alaridos de las brujas, y pudo despabilarse a tiempo para agarrarse a las ramas de un limonero cercano y amortiguar la caída. Luego bajó por el tronco hasta el suelo, se deslizó sigilosamente hasta la base de la torre y se escondió detrás de unas rocas.

 

Las brujas llevaron al príncipe a lo alto de la torre y lo tumbaron en una cama tan suave como las nubes, tanto que él se sentía como si pudiera flotar. Allí bailaron para él al son de las campanillas y de los crótalos. Estaban muy hermosas; la suya era una belleza inquietante y perturbadora. También le lanzaron un hechizo para que se sintiera siempre levemente embriagado, así no se daría cuenta de que tenían los pies del revés, pues esa es la marca de las brujas, ni de que en sus ojos había más deseo que en los de cualquier mujer corriente, más incluso que en los de esas mujeres livianas que día y noche se ganan la vida complaciendo a los hombres. Y es que, en estas mujeres, las miradas de deseo son fruto de la falsedad y de la costumbre, mientras que en las siete hermanas eran fiel reflejo de su naturaleza lujuriosa.

 

Bailaron para el príncipe haciendo gala de todos sus encantos, excepto de los que debían mantener en secreto. Y cuando danzaban, sus vestidos revoloteaban y dejaban ver el movimiento de sus tallos, pero no las flores que ocultaban más arriba; y bajaban las cintas de sus corpiños, aunque no lo suficiente para revelar esos pechos firmes, que se estremecían, arriba y abajo, en olas de locura y anhelo, ahora aún más turgentes por el deseo que subía como la espuma. Aquella noche intentaron por todos los medios —vaya si lo intentaron— que los virginales miembros del príncipe, ¡tan suculentos!, con su suavísima y bronceada piel, ¡tan seductora!, se enlazaran con ellas. Intentaron agarrarse a él como una viña salvaje y desenfrenada; como zarzas y enredaderas, inseparables; como las vainas que revientan para que nazca la flor de amento, que penetra grietas y cavidades hasta colmarlas. Festín de néctares, de flores y frutas, hasta que él quedara vacío y temporalmente exhausto, y ellas, saciadas.

 

Así planeaban utilizarlo, alimentándose de su fruto, sorbiéndole los jugos con sus cuerpos y lenguas, hasta que se debilitara y acabara por marchitarse para siempre. Todos los días le llevaban alimentos aliñados con potentes afrodisíacos, como diente de tigre, pócimas de hierbas o sangre menstrual. Todo lo llevaban a su habitación cada noche, pero el príncipe nunca tocaba la comida, y por las mañanas, las brujas se deshacían de ella. Porque, claro, si los alimentos surtían efecto cuando ellas no estaban, el prisionero podría desperdiciar los néctares de su cuerpo en alguna otra parte. Por eso tiraban la comida y la arrojaban por la ventana.

 

Esta caía a los pies de la torre, donde esperaba la princesa, que se obligaba a tomar unos bocados, lo suficiente para sobrevivir, pero ni uno más. Y todas las mañanas, cuando las siete hermanas se iban volando hacia su árbol, la princesa trepaba por el limonero y entraba en la torre del príncipe; allí lo cuidaba y le hablaba, mientras le acariciaba las sienes, rogándole que despertara. Pero él no podía. Naturalmente. Y, como es comprensible, la princesa estaba cada día más enfadada, hasta que por fin decidió que no era capaz de quedarse esperando de brazos cruzados. «Tengo que hacer algo», se dijo.

 

Y lo hizo.

 

Al día siguiente, esperó a que las brujas salieran de los aposentos de su marido. Y cuando llegaron a su ficus, ahí estaba ella, dispuesta a enfrentarse a las arpías, agarrada a las raíces del árbol, a las que se aferró con fuerza mientras las brujas lanzaban sus maldiciones. Hicieron unos nudos con mechones de su propio cabello y los soplaron, mascullando entre dientes; murmuraban sus encantamientos cada vez más rápido, más alto, moviendo sus feroces labios, hasta que, de repente, el árbol salió volando, y con él la princesa.

 

Durante el prodigioso vuelo, la joven vio junglas y desiertos, ríos y montañas, tierras tan altas y deshabitadas que ya no quedaba en ellas ni rastro de Adán ni de sus descendientes. Vio pasar mil maravillas bajo sus pies, hasta que llegaron a un semicírculo de montañas, que el árbol de las brujas sobrevoló antes de posarse en tierra. La princesa comprendió que había llegado a Koh Qaf, la Tierra de las Hadas, gobernada por Indra, el rey de las Hadas. Su madre y sus doncellas le habían contado historias de aquel lugar y sus habitantes.

 

La princesa saltó del árbol y se escabulló entre las hadas. Aunque eran muy hermosas, eso no suponía ningún inconveniente, porque ella lo era aún más, a pesar de que todos los seres de aquel lugar estuvieran hechos de aire y de fuego, y ella no fuera más que agua y barro. Eso no importaba: era tan hermosa que nadie notaría la diferencia. La princesa preguntó a unos caminantes dónde se encontraba la corte del rey, y hacia allí se dirigió. Al llegar, vio a las siete hermanas bailando para el rey. Se movían con tal gracia y elegancia que hasta la princesa sucumbió a su encanto: sintió un ardor que empezaba a recorrerle el cuerpo y, por un momento, se permitió dudar de la castidad de su marido, preguntándose si todavía conservaría su virginidad. Tras ese momento de duda, recuperó la compostura y dio un paso adelante, revelando toda su principesca majestuosidad.

 

—¡Rajá Indra!— dijo con tono imperioso.

 

El rey levantó la vista, sorprendido de que alguien se atreviera a interrumpir su placentera diversión con tanta osadía.

 

—¿Quién eres tú?— preguntó, buscando con la mirada a quien había pronunciado su nombre. Entonces la vio. Pero el baile de las hermanas era tan sensual que el rey sintió sus jugos a punto de brotar, contenidos hasta ese momento únicamente por la expansión en su órgano distendido, y al final se derramaron en su espléndido traje brocado. Se reprochó en su fuero interno haber desperdiciado sus fluidos en su propia ropa, en lugar de hacerlo en alguna de los cientos de doncellas que tanto lo ansiaban, divinas como capullos en flor.

 

El rajá comprobó que la mujer que había interrumpido el espectáculo era deslumbrante… Pero cuando la princesa vio los ojos del rey inyectados de lujuria y lascivia, exclamó con firmeza:

 

—¡Soy Indravati!

 

El rey se hundió en su trono, flácido y sin fuerzas. Indravati significaba «hija de Indra»: no podía ni seducirla ni cortejarla, y mucho menos unirse a ella, porque… era su hija.

 

—¿Qué quieres? —preguntó, con una voz que ya no sonaba como el trueno.

 

—Estas mujeres que bailan para ti, mi señor, han hechizado a mi esposo y lo tienen prisionero en una torre. Quiero que me lo devuelvan— suplicó.

 

El rey titubeó.

 

—Son unas mujeres exquisitas —se le ocurrió decir, pues no estaba dispuesto a privar a las hermosas bailarinas de su presa sexual—. Si han tenido la habilidad de hechizarlo, entonces…

 

—¡Son churels!* ¡Son brujas, mi señor! —protestó Indravati.

 

Las hermanas dejaron de bailar y se apiñaron en un rincón, agachándose de un modo extraño, mirando esquivas, a un lado y a otro, siseando entre suspiros y sacando la lengua con movimientos viperinos.

 

—¡Levantad esas faldas! —ordenó el rey.

 

—¡No! ¡Eso no, señor! —chillaron las hermanas hechiceras—. ¡Eso no!

 

Pero el rey insistió, y cuando las hermanas se subieron las faldas hasta los tobillos, quedaron a la vista aquellos pies siniestros, parecidos a los bastones de los potentados, como con una contera de hierro abajo, y los dedos separados como garras sobresaliendo por detrás.

 

Indra desterró a las hermanas de su reino, volvieron al árbol y el hechizo se rompió. Indravati encontró a su marido y a sus sirvientes bajo el árbol, y emprendieron el camino de regreso a su reino, donde todos estaban impacientes y desesperados, porque llevaban mucho tiempo esperando a los novios, al menos uno o dos meses.

 

Al fin, los recién casados disfrutaron de los placeres de la cámara nupcial, y la princesa pudo aplicarse desenfrenada al gozo carnal y disfrutar de los placeres sensuales que el príncipe le ofrecía, porque ella le había salvado la vida y la castidad, y ya no necesitaba comportarse con modestia ni inocencia para demostrarle su amor y su lealtad.

 

Las hermanas siguen allí, en el ficus, con un aspecto que recuerda mucho al de los cuervos. A veces se acercan a otros ficus, pero no podrán morir hasta que encuentren a una aprendiz a quien enseñarle las palabras secretas y profanas con las que las diabólicas churels transmiten sus poderes.

 

 

*Chureyls, churails o churels son todos nombres que designan entidades míticas tradicionales de India, Nepal y Pakistán, y sus características abarcan desde lo demoníaco y lo fantasmal a lo mágico y sensual.

 

FOTO: Indra y Sachi montando el divino elefante Airavata. Folio de un Panchakalyanaka (Cinco acontecimientos auspiciosos en la vida de Jina Rishabhanatha). Crédito de imagen: Fondo de Propósito Especial de Arte Indio

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