Jonás Trueba y el azar creador

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Eva decide pasar el agosto en Madrid, entre verbenas populares y encuentros azarosos que darán giros inesperados que transformarán su vida

 

POR JORGE AYALA BLANCO 
En La virgen de agosto (España, 2019), sereno opus 5 del joven cineasta hispano madrileño ya de imprevisible si bien culto internacional a sus 38 años Jonás Trueba (único hijo dinástico del Fernando Trueba de Belle époque 91; primeros filmes deslumbrantes: Los ilusos 13 y Los exiliados románticos 15), con guion suyo y de su protagonista navarra Itsaso Arana, la arraigadísima exactriz madrileña Eva (Itsaso) está a punto de cumplir los fatídicos 33 años y en busca de un cambio profundo decide permanecer durante un caluroso verano en su semivacía urbe natal, pero mudándose al pisito con 7 ventanas que le presta un cinéfilo hollywoodesco-emersoniano obsesivo (Sigfried Monleón), y cual solitaria ajena a su entorno social, se dedica al goce puro, sin plan alguno, visitando el Museo Romano, tomando un tour turístico, frecuentando bares y cines, presenciando peregrinaciones y verbenas, contemplando estrellas fugaces llamadas Lágrimas de San Lorenzo, pasando una jornada agobiante con el otrora amigo en crisis de macho ligador fallido Luis (Luis Heras), reanudando amistad con la examiga íntima ahora madre soltera de un bebé adusto Sofía (Mikele Urroz), congeniando con la libérrima vecina rusa de arriba Olka (Isabelle Stoffel), resistiéndose lúcidamente a ser seducida por omnitolerante galés en España psicológicamente varado Joe (Joe Manjon), yéndose de excursión a un río cercano con su nuevo grupo primario para ver al afable británico apuntarse de súbito como padre espontáneo del bebito seriesísimo, recibiendo una terapia alternativa de los femibioenergéticos soplos sabios de la lesbiana apasionada María (María Herralde), topándose en un cinema de arte con el hoy eludible novio reciente Simón (Simón Pritchard), y creyendo rescatar del suicidio melancólico en la balaustrada prohibida de un peligroso viaducto al camarero ocasional Agos (Vito Sans), para acabar involucrándose sensualmente con éste y afectuosamente con su precoz pequeña hijita Violeta, permitiendo que su destino personal esté siempre regido por un venturoso pero firme azar creador.

 

El azar creador funciona formidable y sedosamente como cine coloquial en su más alto nivel, como deambulación cartográfica, como acto de fe y profesión-profusión de amor loco a la ciudad de Madrid, con cero declaraciones de odio o de ambiguo amor-odio, una urbe de luz deslumbrante y vida ritual en las calles, de encuentros y desencuentros inesperados y siempre novedosos, de relaciones recicladas y vigorosamente aleatorias, de reflejos fantasmales en los cristales y un arcaico reloj de sol que marca la hora con un minúsculo rayo para luego rivalizar con el cardillo proyectado por un celular sobre las paredes cual criaturas sin sombra ni otra permanencia más allá de lo fugaz, obliga a que todo se construya en torno a ese azar vuelto jornadas de fiesta impetuosa y cantaores de una especie de rock flamenco a quienes la heroína se atreve a declararles su admiración abierta.

 

El azar creador se despliega en escalada y a modo de bitácora, del día primero al 15 de agosto, un agosto vuelto feraz y privado, pletórico de asombros en tono ínfimo pero casi mitológico, en donde por amable coincidencia sin ironía amarga hasta el intempestivo galán ganón en el itinerario humano de la heroína se llama Agos (de Agostino), tras haberse impuesto y extendido una deriva espaciotemporal perfecta, diríase al desnudo y etérea, que determina y emula la no-estructura fílmica de una confidencial equivalente de los 71 fragmentos para una fenomenología del azar de Haneke (94), tanto como su simbología de una sociedad entera, pero sin necesidad de hacer intervenir ni la violencia ni la muerte, pues se cuenta con la sabiduría deambulatoria de una suerte de flâneuse benjaminesca, la Eva Futura por fin a la vista y a la mano, a un tiempo pivote, centro y propulsora dinámica de la ficción, para quien cada descubrimiento, por sorprendente y secreto o a bofetadas que sea, puede no significar otra cosa que un enfoque diferente de lo mismo.

 

El azar creador continúa narrando y contagiando la fascinación por las inasibles chavas-salamandras de Tanner (La salamandra 71) que ya se asomaba en Los ilusos, y en Los exiliados románticos, donde dos de los especímenes del film anterior recorrían edénicos lugares del sur de Francia y de París, para arrastrar hasta sus últimas consecuencias, a modo de road picture grupal de ambos sexos, exacto como la madrileña estática y circular de La virgen de agosto, un ensayo sobre los residuos y estragos del romanticismo decimonónico vuelto lúdicamente añorante en su pánico al compromiso amoroso y a las diferencias eróticas.

 

El azar creador certifica la denodada y sacrosanta búsqueda de identidad de una mujer en crisis de edad y decisión vital-vocacional definitiva, la identidad de una mujer que ha resuelto convertirse en lo que es según el imperativo del tebano Píndaro: “Llega a ser lo que eres”, la chava que no aguanta mínima cobardía ni cinismo en las acciones propias o ajenas así sean las dulcemente expresadas a medias por el anglosajón que sin embargo canta de sopetón viejos himnos heroicos de las Brigadas Internacionales y reconoce su desarraigo como una especie combatiente vencido en el campo del honor relacional, la mujer que se regocija hondamente luego de mirar de reojo complacido el faje lésbico de sus nuevas amigas discretas aunque entusiastas al disfrutarse Olka y María, el nuevo tipo de mujer activa cuyas iniciativas rompen con la difícil incertidumbre viril en el primer acercamiento corporal mediante un simple y terso “¿Por qué no hacemos el amor?”
Y el azar creador concluye su confesión/acceso/descubrimiento general con otra serie de revelaciones particulares no menos importantes, pues Eva termina confiándole al compañero por él escogido que está encinta y a la pequeñuela Violeta que nadie la embarazó (“Como la virgen”, responde místicamente la chavita), a tiempo para salir juntas del encuadre en pos de helados.

 

FOTO: Fotograma de La virgen de agosto/ Crédito: Especial

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