José Agustín: la voz permanece

Ene 20 • destacamos, principales, Reflexiones • 1719 Views • No hay comentarios en José Agustín: la voz permanece

 

Entre 1997 y 1998, el autor de Ciudades desiertas colaboró en la sección cultural de EL UNIVERSAL en la columna “La voz invitada”. De nuestra hemeroteca rescatamos dos textos: en el primero (23 de noviembre del 98), aborda la literatura surgida del movimiento estudiantil que fue un parteaguas histórico; en el otro (23 de junio del 97), recuerda a El “Che” Guevara y un cuadro sobre éste pintado por su hermano Augusto

 

POR JOSÉ AGUSTÍN

Narrativa del 68

No hay duda de que el movimiento estudiantil de 1968 ha sido el momento más importante de este siglo después de la Revolución Mexicana, mejor conocida como “revmex”. Sin embargo, mientras ésta dio origen a una narrativa abundante, que incluso dejó libros magistrales como El águila y la serpiente y La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, o Los de abajo, de Mariano Azuela, el movimiento estudiantil no se narró en la misma proporción, ya que el 68 fue una serie de movilizaciones que se volvieron populares y que, al ser reprimidas criminalmente, revelaron el deterioro del sistema y la necesidad de cambios profundos en el país; así se convirtieron en el detonador de tomas de conciencia. Como hecho histórico fue breve y se concentró en la Ciudad de México, pero el 68 se convirtió en un símbolo y en un espíritu que abarcó todo el país.

 

La narración del movimiento estudiantil fue abordada desde distintos aspectos. Primero hay que poner La noche de Tlatelolco, pues aunque técnicamente es un testimonio, en realidad funciona como literatura de lo mejor, un tendido de voces que narra una historia colectiva, un poco como La feria, de Juan José Arreola. La selección y la orquestación de los materiales rebasa el tratamiento periodístico o meramente testimonial. Un caso semejante es Los días y los años, de Luis González de Alba, una autobiografía sui generis y bitácora del movimiento estudiantil, que está vista desde adentro por el “Afamado Lábaro Patrio”, uno de los miembros del Consejo Nacional de Huelga.

 

Ya en terrenos propiamente literarios, las cosas se ponen buenas con Gerardo de la Torre. En su cuento “Únete, pueblo agachón”, pero especialmente en su novela Muertes de Aurora el movimiento estudiantil es visto desde la perspectiva de los obreros y, en la novela, apareado con niveles de alcoholismo francamente “lowrianos”. Además de densos dilemas humanos y de la presencia de Aurora como símbolo, el movimiento estudiantil es parte esencial del libro y está muy bien narrado. En realidad, no hay una novela cuyo tema propiamente sea el movimiento estudiantil, aunque es marco de referencia o escenario de varios libros muy buenos, como Parejas, la excelente y abismal novela de Jaime del Palacio, donde es un telón de fondo bien vivo; o en Al cielo por asalto, de Agustín Ramos, una visión de la izquierda mexicana con imaginación y recursos.

 

El 68 también es parte importante de El sentido del amor, una novela muy divertida de Héctor Anaya; y de Pretexta, de Federico Campbell, Que la carne es hierba, de Marco Antonio Campos, Olvidar tu nombre, de Bernardo Ruiz, Con él, conmigo, con nosotros dos, de María Luisa Mendoza, El mismo cielo, de Hernán Lara Zavala, Manifestación de silencio, de Arturo Azuela, y la abigarrada Cadáver lleno de mundo, de Jorge Aguilar Mora. También es referencia de Personas fatales, de Jorge Arturo Ojeda, Chinchín el teporocho, de Armando Ramírez, El gran solitario de Palacio, de René Avilés, ¿Por qué no dijiste todo?, de Salvador Castañeda, La invitación, de Juan García Ponce, Compadre Lobo, y A la salud de la serpiente, de Gustavo Sainz. Tiempo transcurrido, de Juan Villoro, Las rojas son las carreteras, de David Martín del Campo, Héroes convocados, de Paco Ignacio Taibo II, Delgadina, de Federico Arana, y Los símbolos transparentes, de Gonzalo Martré. Un caso muy curioso es Las cajas, de Luis Spota, que está en contra de los estudiantes y es bastante patética. Las demás novelas aluden, rememoran, “flashbaquean”, sueñan o de alguna manera mitifican el 68.

 

Un caso muy notable es Palinuro de México, de Fernando del Paso, una voluminosa y excedida novela sobre la erudición, la juventud y la medicina que de pronto se saca de la manga una frase de los personajes de la Comedia del Arte. Del Paso estaba inspirado y le salió una divertida y corrosiva fusión de los Juegos Olímpicos del 68 y el movimiento estudiantil. Por supuesto, representó la aproximación más original al tema.

 

Por otra parte, el 68 no sólo fueron movilizaciones de estudiantes sino la contracultura, que convirtió a los jipitecas en chavos de la onda, es decir, la fusión de sicodelia y movimiento estudiantil. Este en realidad fue bastante antirrockanrolero y musicalmente se apoyaba en viejos corridos, pero se nutrió también de muchachos que oían rock, fumaban mota, se dejaban el pelo largo y vestían de mezclilla. Esta contracultura generó una narrativa que directa y espiritualmente está ligada al 68, como En la ruta de la onda, de Parménides García Saldaña, Las jiras, de Federico Arana, Las motivaciones del personal, de Jesús Luis Benítez, y Se está haciendo tarde (final en laguna) y El rey se acerca a su templo, de José Agustín. El espíritu del 68 también está presente en la narrativa policiaca de Paco Ignacio Taibo II, quien además escribió el libro El 68. Hay también una recopilación de textos sobre el 68 de Marco Antonio Campos. Por último, es notable el interés que siguen generando los acontecimientos de 1968 y por tanto es perfectamente posible que se escriba más narrativa sobre el tema.

 

 

La muerte del “Che”

Me ha dado mucho que a los treinta años de su muerte, el “Che” Guevara siga más vivo que nunca en medio de los horrores neoliberales. Desde 1995 no era difícil darse cuenta de que el rango arquetípico de Ernesto Guevara era irreversible porque funcionaba compensatoriamente en estas épocas. Sólo un gran hombre de integridad indiscutible podía seguir siendo el lazo de unión y la seña de identidad de muchos que nos negábamos a tragarnos “la muerte de las utopías” y la doctrina del libre mercado.

 

Yo tuve la suerte de conocer al “Che” Güevotes. A los dieciséis años me lancé, con Margarita Dalton, a alfabetizar Cuba, y para nuestra gran emoción nos tocó encontrarnos al “Che” y a Fidel cuando inauguraban un congreso de alfabetizadores en La Habana libre. La Dalton y yo cerveceábamos sabrosamente cuando vimos que el “Che” y Fidel llegaban, así es que corrimos a saludarlos.

 

Les dijimos que éramos mexicanos, que alfabetizábamos en Cuba, y ellos nos trataron de poca madre, con un gran cariño y atención por nuestras ondas. Yo los veía gigantescos; ambos eran más altos que yo, claro, pero la verdad es que los miraba con los ojos de la mitificación. Jamás olvidaré la sonrisa gentil y bondadosa que nos dedicó el “Che”, y la buenísima vibra que nos aventó. Para mí, que era adolescente y me hallaba tan lejos de mi casa, su presencia fue balsámica. Recuerdo también que admiré aún más al “Che” porque reconoció que la Coca-Cola que se hacía en Cuba era tan mala que el Spur y el Maxi-Cola del Ratón Macías parecían ambrosia. También guardé durante siglos un billete cubano sólo porque en él se leía la firma del ministro de Finanzas que sólo decía “Che”.

 

En 1967, cuando el “Che” fue asesinado en Bolivia yo sufrí por la muerte de alguien cercano y queridísimo, pero también, intuitivamente, supe que en ese momento nacía un mito imperecedero, entre otras cosas porque mi hermano Augusto Ramírez, uno de los grandes pintores de fin de milenio, llegó un día a mi depto y me describió un cuadro que pensaba hacer para homenajear al “Che”.

 

Desde que me platicaba su proyecto supe que Augusto iba a producir algo extraordinario. “¿Sabes qué, mi buen? —le dije— te compro ese cuadro desde ahorita que ni siquiera lo has empezado a pintar”. Augusto y yo acordamos un precio de diez mil pesos, que entonces eran más de ocho mil dólares. Como buen jodido que era, esa cantidad era demencial, así es que en ese momento le di un miniabono y, después, con el paso del tiempo, fui dándole que cien, trescientos o quinientos varos hasta que, siglos después, terminé de pagar el cuadrazo.

 

La obra la llamó La muerte del “Che” y es una señora chingonada. En primer término aparece el “Che” muerto en una paráfrasis perfecta del Cristo de Holbein, porque el tema del cuadro presenta el paralelismo Cristo-“Che”. A la derecha aparecen las imágenes perturbadoras de un modelo gringo que anuncia una camisa (a un costado se lee una leyenda sobre los materiales y el costo de la prenda) y que se muestra indiferente ante una bella madre africana que pela una toronja a la vez que amamanta a su hijo y mira al espectador con una dulce y terrible mirada.

 

En el centro hay una gran manifestación, en la que el “Che” aparece vivo junto a una bola de cuates del pintor, entre los que destacan Julio Castillo, Angélica María (superguevarista en aquella época), Javier Bátiz, Salvador Rojo, mi hermano el pintor, mi esposa Margarita Bermúdez y yo también (qué chingaos).

 

Uno de los manifestantes muestra una tela con el manto de la Verónica, sólo que en vez de Cristo se encuentra el rostro yerto del “Che”. Por cierto, muchos amigos que veían el cuadro en mi casa, y que hubieran querido aparecer en él, exclamaban: “¡Chin, cómo no fui a esa manifestación”. En la parte superior, en un costado se ve una fachada de la Sorbonne y a una rica nena (en realidad la actriz Cora Cardona) que se refina un helado y luce una camiseta que dice “Che Guevara”. Y a un lado, en el fondo, se abre un bellísimo paisaje de Acapulco, por la zona de Pie de la Cuesta, en donde a lo lejos se ve venir a un grupo de guerrilleros. Hasta atrás el mar y el sol de la tarde.
De más está decir que La muerte del “Che” le quedó pocasumadre a Augusto Ramírez. Gustó tanto que tuvo que sacar copias en la Imprenta Madero y después quién sabe quién se las pirateó y sacó pósters que decían “Mueren los hombres, pero no los ideales”, y que se vendieron muchísimo sin que mi brother le pasaran un solo quinto (qué ojetes). Ahora, a todos los que visitan mi casa se les caen los chones ante La muerte del “Che”, que sigue en el centro de mi sala para recordarnos cuál es la onda.

 

 

 

FOTO: José Agustín, en su residencia en Brisas de Tetelcingo, 1995. Crédito de imagen: Barry Domínguez /Fotogrammas

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