Recuerdos de José Luis Ibáñez

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Amante del teatro, del cine, de la teoría y la enseñanza, el maestro José Luis Ibáñez fue una de las grandes figuras de la cultura de México, que educó a un sinnúmero de generaciones que hoy lo recuerdan con afecto

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POR ROBERTO FIESCO

Cuando era niño y vivía en Ciudad Madero, la televisión y la revista Impacto eran las únicas fuentes de información cultural de la que podía abrevar. Una precaria intuición, o acaso la influencia de mi madre, a quien siempre le gustó el teatro, me llevaron a estar siempre atento a las coloridas fotografías del tabloide que retrataban montajes que nunca vería. Deslumbrado y suspirando como pueblerino, veía los avances en televisión de Sugar (1975) en el teatro Insurgentes, o de Papacito piernas largas (1977), con Angélica María en el Lírico, envidiando profundamente a la gente que vivía en la capital porque ellos tenían la increíble posibilidad de asistir a esos montajes plenos de música y vida.

 

En 1979, durante un viaje navideño por el entonces Distrito Federal, vestido –igual que mis hermanos– con un abriguito gris que nos habían confeccionado con la intención de que los niños del trópico soportaran el desconocido invierno citadino, mis padres decidieron que era hora de llevarnos al teatro. Eligieron Anita la huerfanita en el Manolo Fábregas de la calle Serapio Rendón. Lo que siguió fue el deslumbramiento: números musicales muy pegajosos cantados por niñas entusiastas, actores y elementos escenográficos que entraban mágicamente gracias a la mecánica de una banda giratoria, y telones magníficos que parecía que caían del cielo para encuadrar a una Virma González –en estado de gracia– interpretando a la seño Minerva. Cuando el espectáculo terminó, aplaudí a rabiar y deseé con todas mis fuerzas habitar, sí, habitar como sinónimo de existir, en un mundo tan asombroso como el que acababa de descubrir.

 

 

Regresamos al puerto y, en medio de la calurosa placidez estival, El Sol de Tampico y la televisora local anunciaban con constancia, a principios de los ochenta, las funciones de El gran deschave, una obra protagonizada por Ana Martín, la protagonista de la telenovela Muchacha de barrio, de la que tanto se hablaba. Mamá compró boletos y, cuando llegó el día de ir a la función, mi papá estaba, para variar, de viaje en la frontera. Así que me tocó a mí acompañarla. Cuando llegamos al teatro del Sindicato de Alijadores nos avisaron que la obra no se presentaría porque habían tenido problemas con la gira en la plaza anterior, pero que en cambio habían traído otra obra del D.F., con Enrique Álvarez Félix a la cabeza del reparto, la cual lamentablemente era para adultos, así que podían devolverle en ese momento, a quien así lo solicitara, lo que había pagado por las entradas. Mi madre, volteando a verme, respondió veloz: “El niño se va a dormir, no se preocupe”. Lo mismo había dicho cuando me llevaron a ver La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976), donde, por supuesto, no me dormí y quedé aterrado para siempre.

 

 

No había programas de mano y solo sabíamos que la obra se llamaba Culpables (Bent, de Martin Sherman). Cuando el telón se levantó, dos hombres platicaban en una salita, como de país extranjero, y un tercero, rubio y guapo, con una bata muy ligera, entraba a escena y le daba un beso a Álvarez Félix en la mejilla dando a entender que habían pasado la noche juntos. Todo el provinciano público se conmocionó y yo con ellos. Mamá quiso que escapáramos en el intermedio, pero me negué y permanecimos atentos para ver cómo al pobre Enrique lo mandaban después a un campo de concentración nazi y le ponían un triángulo rosa sobre el traje de rayas porque era homosexual, como la mayoría de los personajes de la obra. A mis escasos diez años salí completamente perturbado del teatro haciéndome un montón de preguntas que no tendrían pronta respuesta.

 

 

Años después me di cuenta que todas esas obras, tanto las que significaban una aspiración como las que marcaron mi infancia y mi vida futura tendrían un común denominador: a José Luis Ibáñez como director y artífice de ellas, un creador escénico consagrado por el gran teatro comercial que lo llevó a convertirse desde los años setenta, de la mano del productor neoyorquino Robert W. Lerner, en el mejor director de teatro musical que se recuerde. A los títulos citados habría que agregar otros montajes tan exitosos como Anita es un tiro, 1976; Un gran final/A Chorus Line, 1982; La jaula de las locas, 1992; o Qué tal Dolly, 1994, esta última para mayor consagración de una de las grandes protagonistas de su teatro, Silvia Pinal, para quien tradujo y montó Mame una y otra vez a lo largo de casi veinte años (1973, 1985 y 1988), demostrando en todas las funciones que cuando cantaba –¡y bailaba!– ‘Yo soy la juventud’ lo hacía con la más profunda de las verdades escénicas.

 

 

A la aparente frivolidad del musical se oponía, como una dicotomía irreconciliable, su encarnación como la máxima autoridad en teatro del siglo de oro español, capaz de montar Mudarse por mejorarse (1965), de Juan Ruiz de Alarcón, para la inauguración del hoy abandonado teatro Julio Jiménez Rueda, con Rita Macedo y Julissa como estrellas; o convertir el poema burlesco, La gatomaquia (1966), de Lope de Vega, en un juguetón montaje de vanguardia con mínimos elementos escénicos y vestuario contemporáneo. Ibáñez se había convertido en el príncipe heredero de los postulados del grupo teatral Poesía en voz alta, aquel concebido por Octavio Paz, Juan José Arreola y Juan Soriano, entre otros, que en la segunda mitad de los cincuenta detonaron la escena mexicana con sus renovadores montajes, y que dio a Ibáñez la posibilidad de debutar como director en 1957, durante la quinta temporada del grupo, con Asesinato en la catedral, de T.S. Eliot, una especie de auto sacramental montado en los jardines de lo que ahora es el restaurante San Angel Inn; y un par de años después le permitió montar Las criadas, que significó la introducción del teatro de Jean Genet en nuestro país y uno de los mayores escándalos que polarizaron a la crítica teatral de su tiempo.

 

 

Gracias a un ciclo de conferencias que, bajo el título de 25 años después… ¿Qué pasa con el teatro en México?, fueron realizadas en 1991 en la UNAM –su casa– pude ver a Ibáñez por primera vez. Estaba sentado junto a Vicente Leñero y José Antonio Alcaraz, entre los que recuerdo, en el foro desnudo del teatro Juan Ruiz de Alarcón. Todos los presentes en la mesa manifestaban sesudas reflexiones en torno a la situación de un teatro aparentemente en eclosión, pero siempre en crisis. Cuando le tocó el turno de hablar, Ibáñez solo dijo: “Yo no preparé nada, así que cuando llegue el momento de las preguntas pregúntenme lo que quieran”. Me dio mucho coraje y para mis adentros pensé: “¡Viejo payaso!” No podía creer que un director cuyo trabajo había significado toda una revelación en mi vida resultara tan egoísta con su conocimiento.

 

 

No ignoraba entonces que llevaba décadas impartiendo clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad, donde era considerado una vaca sagrada y adonde llegó por azar, en 1954, buscando en realidad la Facultad de Comercio y Administración en una recién inaugurada Ciudad Universitaria. Cuando vio la lista de las materias que ahí se impartían sintió que había llegado al lugar donde debía estudiar y pronto estaba tomando clases con Fernando Wagner, Rodolfo Usigli y Enrique Ruelas, pilares del teatro universitario. Su vocación como académico comenzó en 1959 y no se extinguió jamás. Solo el cierre de la Facultad por un grupo de feministas el año pasado pudo expulsarlo de la que fue su casa durante sesenta años.

 

 

Fueron precisamente las tareas universitarias las que me llevaron a conocerlo. Coincidimos como jurados del premio Universidad Nacional en el área de creación artística y extensión de la cultura y allí me tocó ver cómo con elegantes y cantarinas palabras y manierismos manuales “tronaba” la sesión arguyendo que él necesitaba más elementos de juicio para evaluar a los postulantes y que si la discusión nos llevaba tres o cuatro sesiones más él no tenía ningún inconveniente y, por lo tanto, el resto del jurado tampoco tendríamos que tenerlo. Al final de aquella sesión, donde habíamos tenido puntos de vista muy encontrados, me le acerqué, le comenté que tenía muchas ganas de ver sus películas y me miró con asombro.

 

 

Había visto su cortometraje Las dos Elenas (1965), una adaptación del cuento homónimo de Carlos Fuentes, en algún ciclo dedicado al I Concurso de Cine Experimental, convocado por el Sindicato de Técnicos y Manuales, y me había sorprendido la frescura de su lenguaje que no evitaba sacar la cámara a la calle, ni llevarla en mano, aunque Gabriel Figueroa fuera el fotógrafo; la reapropiación del universo literario para convertirlo en imágenes; y el testimonio audiovisual de las fiestas, vernissages, lecturas y conciertos de una generación que vivía una gran efervescencia cultural, la cual tenía como eje la casa de Galeana donde Fuentes vivía con su entonces esposa Rita Macedo, quienes le rentaban a Ibáñez una casita en el jardín, lugar que también es locación de esta pequeña película protagonizada por Julissa y Álvarez Félix, futura pareja emblemática de Los caifanes (1966), de Juan Ibáñez (sin ningún parentesco con José Luis), y que contaba en rapidísimos trazos las posibilidades de una pareja para abrir su relación bajo los influjos del trío retratado en Jules et Jim (François Truffaut, 1962).

 

 

Aquella tarde no me dio mayores esperanzas de conocer su filmografía, un episodio que, al parecer, él prefería omitir de su currículum. Sin embargo, al final de nuestra segunda sesión como jurados inesperadamente me entregó dos cassettes VHS donde estaban concentradas sus obras cinematográficas completas. Además del corto, venían en ellos Victoria y Las cautivas (ambas de 1971 y ambas protagonizadas por Julissa, un nombre que volvía una y otra vez a su vida. “Es única” decía él). La primera es una adaptación libre de Washington Square, de Henry James, es decir, la historia de una joven rica, poco agraciada, cortejada por un galán tan bello como equívoco en sus intenciones. En la segunda aparece también la espectacular Fanny Cano, y es una reelaboración, en clave de cine comercial, de aquellas criadas genetianas y las tensas relaciones entre una patrona y su sirvienta.

 

 

Los ganadores de aquel año del premio UNAM, después de una votación muy cerrada, fueron el escritor Vicente Quirarte y la cineasta Lucía Gajá. Ibáñez me encargó mucho sus videocassettes y yo le pedí que me autografiara su libro de Memorias, recogidas por Antonio Crestani y publicadas por El Milagro, que constituyen un compendio de toda la sabiduría teatral que esperaba escuchar en aquella frustrada conferencia; en ellas conviven lo mismo Shakespeare, que Bette Davis, Sor Juana, Broadway y su natal Orizaba.

 

 

Los últimos cinco o seis años de su vida, alejado de las veleidades del teatro comercial, los pasó analizando Peribáñez y el comendador de Ocaña, con la intención de inaugurar el foro experimental de la Facultad que lleva su nombre. Leyendo cada una de las tres jornadas del texto y analizándolas era capaz de llevar a los miembros de su reparto –Julio Escartín, Margarita González, Julio César Luna y algunos estudiantes que entraban a la cátedra y se retiraban desesperados ante la falta de avance del pretendido montaje– hacia las alturas poéticas de Garcilaso de la Vega u Octavio Paz para desentrañar el misterio de un verso de Lope de Vega. El tiempo pasó, el foro se inauguró y la puesta en escena no llegó a concretarse, como si el proceso mismo de análisis y ensayos resultara en este caso más importante para él que el oropel de un estreno.

 

 

No le devolví sus películas, que siempre me reclamaba cuando me veía. Hace un par de meses me juré que cuando pasara esta pandemia iría a entregárselas a la Facultad y me integraría como oyente a alguna de sus clases. Lamento ahora que eso no ocurrirá. Siempre sentí que tenía una deuda con Ibáñez por haberme descubierto, cuando niño, que había algo más grande que la vida: el teatro, porque en él, de acuerdo a sus palabras, “toma forma, de alguna manera directa o indirecta, lo que todavía no ha tomado forma fuera de la escena”.

 

 

Estoy seguro que ahora disfruta de un gran escenario, donde sigue tratando de desentrañar ese elusivo misterio del actor, ese que Ibáñez creía que siempre sabía más que todos.

 

FOTO: José Luis Ibáñez. Circa 1965./ Archivo Mil Nubes.

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