La música inmersiva de Julia Wolfe

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El oratorio más reciente de la compositora estadounidense aborda el incendio en la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist en 1911 en Nueva York y apela a la universalidad del sufrimiento humano

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POR IVÁN MARTÍNEZ

No entiendo a la gente que está contra las formas tradicionales, aquellos que quisieran romper con la sinfonía o la ópera como las conocemos o que creen que la escritura sinfónica es cosa del pasado (aquí mismo en la UNAM se rechazan alumnos por recurrir a esos vehículos). Díganme conservador, pero sigo creyendo en ellas como fuentes esenciales e inagotables de la creación humana. Recientemente se han juntado varios ejemplos que me han sorprendido por la capacidad de sus autores para regresar a ellos y comunicar mensajes actuales o universales con lenguajes que para nada pueden catalogarse como anquilosados. Pienso en la misa de réquiem que Lavista estrenó el año pasado y en las óperas más nuevas de Ortiz y Paredes. O el más reciente, que pude escuchar la semana pasada: el estreno del nuevo oratorio de Julia Wolfe, Fire in my mouth, con la Filarmónica de Nueva York, orquesta que lo comisionó.

 

Estos ejemplos que he mencionado utilizan vehículos “tradicionales” para ofrecer su visión actual de momentos históricos: Lavista y Ortiz tomaron el movimiento estudiantil mexicano de 1968; Paredes, a un ícono de la historia afroamericana; y Wolfe, al devastador incendio de 1911 en la fábrica Triangle Shirtwaist en el que murieron más de 100 mujeres, todas inmigrantes, la mayoría adolescentes, y que dio pie a un gran debate sobre migración, derechos laborales y de la mujer.

 

Se trata de una pieza de 60 minutos de duración en cuatro movimientos lo mismo descriptivos que narrativos: Immigration, Factory, Protest, Fire, para orquesta completa y dos coros femeninos. Su escritura postminimalista y multidimensional, llena de texturas y elementos sonoros auténticos (como las tijeras que uno de los coros utiliza como instrumento percusivo), ofrece una partitura inmersiva no sólo en el sentido literal (uno de los coros baja del escenario y otro aparece caminando entre el público, y hay además proyecciones con pietaje auténtico del incendio) sino en el sentido de la conexión que establece su música con su público. Una música que no escatima, extrovertida y visceral, pero no ruda; implacable consigo misma y con la anécdota que narra.

 

Wolfe ya había antes utilizado temas históricos de naturaleza política a través de esta misma forma. Anthracite Fields, su oratorio anterior, ganó el Premio Pulitzer de Música en 2015; y como entonces, me parece que el éxito de la pieza es su universalidad. Ésta puede ser una obra con tinte político (¿puede no serlo una obra que habla del desdén a los migrantes en el ambiente sociopolítico mundial de hoy?), pero no es panfletaria. No es ni siquiera feminista. La música, el espectáculo multimedia, se crea y habla por sí sola. Hay, sí, una esencia cercana al rock en el camino de la protesta, un sentido de enojo o desesperación en elementos literales (en Immigration se escuchan dos temas populares de las dos culturas de donde provenían las víctimas: una tarantela italiana y una canción original presentada en yiddish; y en Fire, se escucha el ardor de la tragedia, el momento del incendio), pero no es la anécdota el fin, sino el vehículo.

 

El programa fue dirigido por Jaap van Zweden, quien se encuentra en su primera temporada como titular de la orquesta. Mi primera impresión en vivo de esta nueva relación es de intensidad. Tanto en la forma en que se hace la música como en la comunicación que se establece entre batuta y atrilistas.

 

El oratorio de Wolfe fue precedido por un movimiento instrumental, Elegía, de otro oratorio, August 4, 1964, de Steven Stucky, que sirvió fielmente para establecer la atmósfera de la noche; y por el Concierto para clarinete de Copland que tocó el principal de la agrupación, Anthony McGill, cuyo resultado global podría haber sido más redondo. McGill posee un sonido exquisito, y tocó inteligentemente con delicadeza y ternura a la vez de un humor cercano a lo vernáculo para establecer un balance muy natural que he escuchado poco de solistas en esta obra. Van Zweden, quien me impresionó por su control y sensibilidad para las texturas durante el oratorio, fue aquí sobrepasado por la brusquedad y la intensidad: menos hubiera sido más, en términos musicales como de volumen (había una fila extra de violines que en algún momento opacaron al solista).

 

Aproveché la visita y escuché dos días después al cuarteto emblemático de la Sociedad de Música de Cámara del Lincoln Center, el formado por los directores de la misma, el chelista David Finckel y la pianista Wu Han, junto al violinista Daniel Hope y el violista Paul Neubauer, de quienes recomiendo el disco dedicado a los cuartetos de Mahler y Schumann junto al primero de Brahms. En esta ocasión, presentaron un programa de lazos personales que fue de menos a más integrado por el op. 1 de Suk, tocado con un romanticismo más bien gris, seguido por el tercero op. 60 de Brahms, demasiado controlado, y finalmente el segundo, op. 87 de Dvorák, presentado con exuberancia y plenitud de emociones.

 

Es evidente por qué este cuarteto se ha convertido en el emblema de la institución: representan juntos lo más sofisticado de la experiencia camerística: se respira y se escucha con vigor la comunicación, la unidad de colores y la riqueza en ellos, así como el conocimiento y la explotación acústica de los detalles intrincados de cada pieza.

 

 

FOTO: Uno de los coros utiliza tijeras como instrumento percusivo para darle textura a su interpretación. / Crédito de foto: Tomada del FB de New York Philharmonic

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