Kornél Mundruczó y la pérdida inasumible

Ene 30 • Miradas, Pantallas • 4759 Views • No hay comentarios en Kornél Mundruczó y la pérdida inasumible

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Una mujer que da a luz pierde a su bebé después del parto, situación que se torna trágica al ser culpada por su propia familia por la muerte de su hijo

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POR JORGE AYALA BLANCO
En Fragmentos de una mujer (Pieces of a Woman, Canadá-Hungría-EU, 2020), desgarrador opus 8 pero primero foráneo del heterodoxo estilista húngaro de 45 años Kornél Mundruczó (Johanna 05, Delta 08, Hagen y yo 14), con guion de la actriz también húngara Kata Wéber basado en experiencias propias, el rudo barboncísimo constructor portuario Sean (Shia LaBoeuf sin el sarcasmo de su autobiográfico Honey Boy: un niño encantador) y su adorada esposa ejecutiva Martha (Vanessa Kirby la exprincesa de la TVserie La corona) reciben como obsequio una flamante minivan por parte de la discriminadora suegra judía bostoniana Elizabeth (Ellen Burstyn) cual premio anticipado por el deseadísimo bebé que van a intentar tener esa misma noche en su casa mediante un parto natural respetuoso de los tiempos del embrión, pero de pronto todo se sale del control previsto, la amiga partera es sustituida por una suplente sobreagitada Eva (Molly Parker) y la parturienta se niega a ir al hospital ante los primeros signos de una falla en el ritmo cardiaco de la bebita que sin embargo logrará nacer, aunque sólo sea para enfriarse, amoratarse y fallecer sin motivo aparente en brazos de su eufórica madrecita, mientras el apurado padre recibe a una ambulancia ya inútil, empezando a exhalarse una innombrable tragedia que al correr de los días va a devastar y acabar enfrentando a la pareja amorosa, cuyos esfuerzos por recuperarse y retomar su vida trabajadora y sexual se revelan infructuosos, encaminándose cada uno por separado a su irreversible desintegración moral, la inerme Martha primero desistiendo de donar los restos del bebé a la investigación médica, para luego extraviarse en su imaginario, y el buen Sean hundiéndose en la cocaína y enredándose con la insatisfecha concuña fiscal Suzanne (Sarah Snook) que se encarga de la alevosa demanda por negligencia y mal desempeño profesional que contra la infeliz obstetra Eva ha emprendido la feroz suegra Elizabeth, quien además termina expidiendo un jugoso cheque para que Sean se largue a trabajar a solas a Seattle en el extremo opuesto del país, dejando a su hija resarcirse éticamente deshecha, aunque aún con ánimo para levantarse, exculpar en el tribunal a la partera in extremis y arrojar las cenizas de su bebita a la corriente del puerto, siguiendo el proceso lógico temporal del duelo por su pérdida inasumible.

 

La pérdida inasumible resucita con gran brillantez, e incluso a estas alturas cínicas, al exquisito melodrama familiar tan hiperafectuoso cuanto reflexivo que viaja de Sirk a Fassbinder, pero reinventándolo en clave y dominante superelíptica, gracias a una estructura de bitácora que salta de un mes en dos o tres al capricho, y mediante un sincretismo de estilos posmodernos que van del neonaturalismo rayano en el suspenso dramático en tiempo real del cine rumano reciente (en especial 4 meses 3 semanas 2 días de Mungiu 07), como en la impactante secuencia inicial de los detalladísimos trabajos de parto a lo largo de intensa media hora en pantalla (mimos, contracciones, tina, pálpitos, reanimación tardía), hasta el desatado envío lírico a lo Malick (El árbol de la vida 11) en el inesperado remate botánico, pasando por un intimismo de gris realismo poético clásico (tipo Carné-Renoir) y por un virtuosismo puntilloso a lo Mulligan (Desliz de una noche 63) o a lo Alicia ya no vive aquí (74, ya con la Burstyn cono dolorosa joven madre itinerante) de este Scorsese que coprodujo nuestra cinta, de seguro fascinado con la odisea interior/exterior urbana de la deshijada heroína sujeta en trizas al martirio.

 

La pérdida inasumible se expresa en sustancia a través de toques sutiles, giros inesperados y matices emocionales, cebados en el dolor intransferible y el autismo absoluto, aunados a las imágenes parcializadas tras cristales o en grisinvernales paisajes bostonianos casi apocalípticos del fotógrafo Benjamin Loeb, las fotos del ultrasonido en el semidesmantelado cuarto del bebé, la obsedente fotogenia indirecta de las barbillas de los hablantes en el juicio, las instantáneas reveladas-reveladoras del irrestituible instante perfecto maternal, la música estandarizadora de Howard Shore, las sobrias actuaciones espléndidas, la edición llena de intensos planos serpeantes e insertos significativos del también húngaro Dávid Jancsó.

 

La pérdida inasumible establece, vivisecta y contempla impasible la destrucción mental de una mujer en fragmentos, pero también los de un varón no menos desintegrado sentimental e irrecuperablemente que aúlla en silencio como la más insólita figura de la paternidad fallida, apoyando una denuncia ética contra la manía de las demandas millonarias, donde fluye en libertad una crispada desolación irreparable, donde el odio a la vengativa madre rígida y manipuladora se manifiesta con libre amplitud, donde la devolución de la minivan al mismo nivel que la expulsión-despedida del marido en el aeropuerto, donde el síndrome de muerte súbita (SMSL) acaso por insuficiencia respiratoria siempre dado como un misterio y una duda irresoluble, donde el clímax será un desplante tribunicio en ese juicio compacto que equivale a la imposición de una generosidad y una sabiduría femeninas al fin conquistadas.

 

Y la pérdida inasumible sostiene a lo largo y ancho del relato un discurso sin cesar renovado en torno a las manzanas: olidas, acariciadas, mordidas, devoradas, atesoradas, cultivadas en el refri a partir de sus semillas, ese noble fruto regenerador regenerado cual viva y sostenida metáfora orgánica de la fertilidad cósmica al cálido alcance de la mano, en las antípodas de la burlona simbología de El juego de la manzana (Chytilová 74), única forma de autoafirmación verdadera, para culminar en la imagen-ráfaga de la hijita futura de Martha con genitor incógnito (Juliette Casagrande) que transgrediendo permisos (“Luciana, ya está la cena”) se trepa y encarama en el manzano plantado para ella en honor a la primera malograda bebé.

 

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