La capitulación, la agenda, el método

Mar 7 • destacamos, principales, Reflexiones • 3305 Views • No hay comentarios en La capitulación, la agenda, el método

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POR JULIÁN HERBERT

 

El 20 de mayo de 2017, en una discusión vía Twitter con Luigi Amara, escribí: “No soy feminista, soy un machista en proceso de rehabilitación”. Alguien citó en redes sociales esta frase hace unos días, lo que le dio un segundo aire. No me desdigo, lo que cambió es que ahora comprendo la rehabilitación mejor que antes.

 

Por ejemplo: me parece improductivo (aunque no siempre logre evitarlo) manifestar desacuerdo con algunos procedimientos del feminismo radical. No porque un hombre no tenga derecho a opinar al respecto, sino porque es una manera fácil de escurrir el bulto. Mi responsabilidad no es la agenda feminista, mi responsabilidad son las prácticas machistas en que incurro, de manera consciente o inconsciente, en mi entorno inmediato y en el ámbito de la ideología. Mi responsabilidad es el combate a prácticas machistas que tienen efecto en mi comunidad, y que van desde feminicidios hasta discriminación cotidiana, pasando por la criminalización de la protesta o la sanción administrativa que el alcalde de Saltillo impuso a un mural que honra la memoria de mujeres asesinadas.

 

Una consecuencia de este enfoque es que el sector masculino que se autoproclama feminista me parezca ingenuo –cuando no perverso. Por la simple razón de que el machismo no es exclusivamente voluntario: forma parte de una internalización construida durante milenios y poblada de sutilezas que trascienden el discurso. Si el machismo es un padecimiento social profundo –para mí lo es–, no lograré librarme de él con buenas intenciones, voluntarismo o hipocresía coyuntural. Necesito una agenda y un método que colaboren con el discurso feminista, no que lo rechacen o pretendan absorberlo. Necesito paciencia: para mí se trata de un proceso gradual, aunque el feminismo radical me exija ir cada vez más rápido. Y necesito estar dispuesto a una capitulación incondicional. El imago de masculinidad con el que me formé desde la infancia es un fracaso: fomenta la desigualdad económica y política, pone en peligro la vida de miles de personas, puede ser usado como instrumento de tortura psicológica contra miembros de mi comunidad, y me coloca a priori a favor de la opresión. Decir que “yo no he matado ni he violado” no me excluye de una serie de prácticas simbólicas, sociales y cotidianas que solapan y posibilitan esos crímenes. Prácticas que no he trascendido aún, y que no voy a trascender por el simple hecho de redactar estas líneas. No estoy vertiendo una metáfora o lazando acusaciones universales: admito una responsabilidad personal. El proceso de rehabilitación será siempre imperfecto, pero el punto de partida tiene que ser tajante: el machismo es algo que yo también padezco, daña mi condición humana y a mis seres queridos, y es más poderoso que mi conciencia individual; sólo a través de una visión colectiva y comunitaria podría acercarme a desarticularlo. Sin capitulación incondicional, no puedo tener agenda ni método.

 

Pienso que, en tiempos de polarización como los que corren, la construcción de consensos tendría que ser el primer punto de la agenda de una nueva masculinidad. Esto suena difícil en términos pragmáticos, pero percibo indicios de dónde podría empezar yo. Apoyar el paro de mujeres del 9 de marzo –apoyarlo no en el dicho sino mediante acciones familiares y/o comunitarias no publicitables– me parece una estrategia útil. Reconocer a las mujeres paristas su derecho a manifestarse como lo han decidido es reconocernos en el espejo de la realidad –más allá de filiaciones políticas.

 

Nadie en sus cabales desestimaría la plaga de feminicidios que atraviesa México. Éste, para mí, tendría que ser el vórtice de una agenda conjunta para los feminismos y masculinidades del país. Y para el gobierno. América Pacheco lo resumió en un tuit: “¿Somos tan idiotas como para no ser capaces de reconocer una emergencia nacional cuando la vemos?” Me parece absurda la desproporción entre la histeria colectiva desatada frente al coronavirus y, en contrapartida, la pasividad con la que algunos sectores perciben la violencia contra las mujeres.

 

Otro tema para la agenda de una nueva masculinidad es la redefinición de lo que significan lo público y lo privado (como lo han ejercido un grupo de escritoras mexicanas a través del proyecto #RopaSucia y del movimiento #MeTooEscritoresMexicanos), toda vez que abundan las prácticas masculinas “privadas” que son hilos de un entramado de abuso social sistemático. No me halaga este punto de la agenda: va de lleno contra mis privilegios y la imagen idealizada que poseo de mí mismo. Pero tengo que aceptarlo. Es el recurso que con mayor rapidez me ha impulsado a cambiar de actitud en los últimos años, mi terapia de shock.

 

Un punto utópico y sin embargo central de la agenda es el pacifismo masculino radical. Si la respuesta a la histórica violencia masculina es una agresividad feminista que quema efigies y raya muros, me parece que participar de esta dinámica –a favor o en contra del feminismo; de hecho, de palabra o de manera simbólica– sólo añade combustible a la polarización. Es en este punto donde creo que más difieren la agenda del feminismo radical y la de las nuevas masculinidades. Tal vez la no violencia haya dejado de ser una opción viable para las mujeres, pero me parece la opción más urgente y humana por parte de los hombres.

 

Respecto al método, enuncio unas cuantas estrategias. Trabajo en comunidad: es más productivo verse en el espejo del otro y la otra que en el espejo del voy derecho y no me quito. Transferencia: cual más cual menos, todos los hombres hemos practicado diversos rangos de machismo; algo que he aprendido de la rehabilitación es que decir las cosas en voz alta ayuda a que éstas se vuelvan más reales y uno logre hacerse responsable de ellas. Humildad: a nadie le hace daño pedir indicaciones o quedarse callado o –mejor aún– dejar que sea otra persona quien lleve las observaciones de uno a la asamblea. Trabajo retroactivo: uno de los mayores retos del proceso de desmontaje del machismo es que no basta con cambiar, hay que acudir de regreso a la fuente de los errores y procurar resarcir en lo posible a quienes se ha dañado –en mi caso personal, hijos e hija y pareja y ex parejas en primer término.

 

¿Qué tiempo voy a tener yo de enmendarle la plana a las feministas, con todo el trabajal que tengo pendiente intentando rehabilitarme de mi machismo?

 

(Hace falta humor también, claro. Sobre todo, para reírse de uno mismo. Aunque sea con tristeza. El humor es la cereza del pastel de todas las capitulaciones, las agendas y los métodos.)

 

ILUSTRACIÓN: EKO

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