La escritura como revancha

Feb 15 • destacamos, principales, Reflexiones • 5192 Views • No hay comentarios en La escritura como revancha

POR JAVIER MUNGUÍA

 

Cuando el 13 de julio de 1942 fue capturada por los gendarmes franceses que la entregarían a la vesania nazi, Irène Némirovsky dejaba tras de sí años de acoso. Ya en 1936 le escribe a su editor, Albin Michael, sin dar mayores detalles para no comprometerse, que la situación se había vuelto muy dura para ella. Si en la Francia que le tocó vivir era moneda corriente que los judíos fueran sometidos a linchamiento social, la circunstancia se recrudeció con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, primero, y después, en una Francia ocupada por los alemanes, con la promulgación de leyes antisemitas, que dejaron al esposo de Irène, un banquero, sin posibilidad de trabajar, y a la escritora, sin derecho de publicar. Tendrá que hacerlo con seudónimo hasta su muerte.

 

Exiliada desde los 15 años de su Ucrania natal, Irène se negó a recuperar su condición de fugitiva cuando un gendarme le propuso huir para evitar los campos de concentración. Fue recluida en uno francés, en Pithiviers, y luego en Auschwitz, donde sería asesinada, a sus 39 años, el 17 de agosto de 1942. De nada sirvieron los documentados esfuerzos de sus amigos, su editor y su esposo para salvarla. Este último sería capturado y asesinado unos meses después, y sus hijas, perseguidas y salvadas casi por milagro de una suerte atroz.

 

La vida de Irène fue severa desde sus albores: amaba a su padre, pero este, un rico banquero aquejado de ludopatía, no se ocupaba de ella, atareado con su trabajo, sus viajes, su vicio. La madre, vanidosa y frívola, obsesionada con la juventud perdida y habitual cazadora de amantes, nunca le mostró cariño ni simpatía alguna. Además del afecto de su institutriz francesa, la lectura y la escritura fueron para Irène el mejor refugio ante los rudos embates que su entorno le profería.

 

Huyendo de los bolcheviques, que habían puesto precio a la cabeza de su padre, Irène llegó a Francia junto a su familia en 1919, luego de una breve estancia en Finlandia y Suecia. Hablaba varios idiomas, pero elegiría como lengua literaria la de su país de adopción, que había aprendido desde pequeña. En Francia, la vida le dio una tregua: mientras estudiaba Letras en la Sorbona llevó una existencia ligera y divertida, de bailes y ligues habituales, hasta casarse con Michel Epstein. En el prólogo a uno de los libros de Irène, su hija Élisabeth Gille se pregunta quién de entre sus compañeros de universidad habría sospechado que esa jovencita mimada y rica escribía al volver de esas veladas “aquellos textos sombríos, violentos, incluso cínicos”. Lo cierto es que el genio de Némirovsky fue precoz: su penetrante mirada sobre el temperamento humano y su dominio de la narración pueden apreciarse ya en sus primeros textos.

 

Contemporánea de los grandes renovadores de la novela (Joyce, Proust, Woolf, Kafka, Faulkner), Irène no parece haber sido tentada por el llamado de la novedad: sus ficciones son todas de corte clásico, lo cual no supone ninguna limitación para su arte. La experimentación literaria puede ser encomiable y nos ha legado un buen grupo de obras maestras, pero nunca debería asumirse como una obligación ni como un mérito por sí misma. Del mismo modo en que no es menos importante la novela decimonónica que la del siglo XX, tampoco lo es la obra de la autora de Suite francesa respecto de la de sus más innovadores coetáneos. Gracias al descubrimiento y publicación de este libro póstumo en 2004, el conjunto de narraciones de Némirovsky va ocupando cada vez con mayor contundencia un merecido lugar entre las más altas hazañas en el campo de la ficción.

 

Desnudos de apremios formalistas, los libros de la ucraniana parecen ir directamente al tuétano de la experiencia humana por medio de una elegante sobriedad, un certero instinto para desechar lo secundario y narrar lo esencial, y una mirada que penetra con filo de bisturí en las entrañas de sus personajes. En su propia vida, tan rica en contrariedades, encontró Irène la materia prima para inventar sus historias. Si bien no limitada a la experiencia de su autora, la obra de Némirovsky asedia con frecuencia su biografía desde distintos enfoques para tomar revancha de ella volcándola en experiencias artísticas intensas e iluminadoras.

 

La primera novela que supuso un amplio reconocimiento para Némirovsky, David Golder (1929), tiene como protagonista a un álter ego de su padre. Golder, un banquero judío proveniente de Ucrania y exiliado en Francia, pierde a la vez la salud, su fortuna, a su esposa y al único ser que ama en el mundo: su hija, una joven superficial y caprichosa. Con el objetivo de recuperarla es que Golder realiza arriesgados y patéticos intentos de reconquistar su patrimonio, que apuntan a una derrota contundente y a una tardía revaluación de su vida. Sin énfasis moralistas, Némirovsky perpetra una crítica durísima contra un mundo que conoció muy bien: uno en el que todo afecto está supeditado al dinero y a la posición social. Como la consumada artista que era, aun a los 26 años, Irène consigue que el objeto de su crítica no se convierta en una caricatura, sino en un ser con aristas diversas, que no suscita solo la reprobación del lector sino también su piedad y hasta su empatía.

 

Figura secundaria en David Golder, la madre de la autora es modelo central en tres novelas magistrales: El baile (1930), El vino de la soledad (1935) y Jezabel (1936). La primera es una novela de iniciación en la que una jovencita de 14 años toma conciencia y venganza de un mundo adulto miserable y degradado, cuya figura principal es su progenitora; la segunda relata la hostilidad y rivalidad sentimental entre una madre obsesionada con la lozanía preterida y una hija que ha añejado su furia ante la indiferencia materna; la tercera es un relato de intriga en el que una mujer madura acusada de asesinar a su joven amante va revelando ante el lector una existencia signada por la incapacidad de aceptar su decadencia física. Con todo su talento y toda su rabia, la autora entrega un tríptico que no tiene nada de exabrupto: es producto de experiencias bien asimiladas que encuentran en la precisión y en la progresión dramática sus mejores aliados para ser vívidamente compartidas.

 

En un principio llamada Las escalas de Levante y publicada por entregas en 1939, El maestro de almas (2005) muestra a una autora cuyos dardos no se limitan ya al ámbito familiar, sino a una sociedad francesa que nunca terminó por admitirla entre los suyos —pese a su talento y al reconocimiento que le merecieron muy pronto sus libros—, y que terminaría por entregarla a sus asesinos. Proveniente de Crimea, el médico judío Dario Asfar llega a una Francia que lo rechaza por su origen. Acosado por la miseria, Dario no ve más remedio que convertirse en un charlatán disfrazado de psicólogo que aprovecha el desasosiego y las carencias emocionales de los burgueses para esquilmarlos. Si bien el protagonista se percibe en un principio por encima de este mundo endeble y corrupto que pretende dominar, conforme ascienda en la escala social se asemejará cada vez más a sus víctimas. Sin aspavientos, con tres o cuatro palabras, el final da cuenta del clímax de degradación al que llega el protagonista en su adopción completa del modo de vida de sus “pacientes”.

 

Según la ya fallecida Élisabeth Gille, hija de Némirovsky; Myriam Anissimovla; prologuista de Suite francesa; y Mario Vargas Llosa, que se hace eco de Anissimovla, Irène hizo suyos prejuicios antisemitas, siendo judía, en sus ficciones. Considero muy errada esta observación. La misma Irène aclaró en una entrevista de 1935 que en sus libros describía no a los hebreos en su totalidad sino a los “judíos cosmopolitas para quienes el amor al dinero ha pasado a ocupar el lugar de cualquier otro sentimiento”. Que la autora rasguñara hondo y sin piedad alguna en el interior de personajes judíos exiliados en Francia —sería el caso de sus padres y de sí misma—, no debería ser tomado una forma de rechazo a los judíos como pueblo. Como bien sugieren Olivier Philipponnat y Patrick Lienhardt, biógrafos de la autora, es absurdo acusar de antisemita a quien “siempre evitó las generalizaciones y solo esbozó seres singulares”.

 

Cuando el entreguismo francés la capturó, Irène trabajaba en la que sería su novela más extensa y ambiciosa. Alcanzó a terminar dos partes de cinco. Suite francesa solo vería luz en 2004, cuando su hija Denise Epstein encontrara el manuscrito en una maleta con papeles de su madre. Escrito durante el conflicto que engulliría a la autora antes de acabar, el libro rescató su obra del silencio al que había sido relegada. La primera parte relata el éxodo de los parisinos durante el ataque alemán; la segunda se desarrolla durante la ocupación. Lejos de hacer una nómina de verdugos y víctimas, Némirovsky recrea, además de los horrores de la guerra, toda la sustancia humana que aflora en el estado de emergencia: las mezquindades, la falsa caridad, la indiferencia, la violencia inopinada y la vanidad de los mismos desplazados, sin olvidar, aunque anden escasos, la dignidad, el heroísmo y la toma de conciencia de pertenecer a una humanidad feroz, “una manada de animales salvajes y cobardes” según un personaje.

 

La idea según la cual Suite francesa es, sin discusión, el libro mayor de la autora no es exacta. Si bien se trata de un fresco extraordinario sobre una Francia vencida y desnuda, expuesta a las miradas, no son inferiores esas narraciones, prácticamente todo el resto de su producción conocida en español, en que Némirovsky se limita a hacernos intimar a fondo con dos o tres personajes; incluso es probable que en ese ámbito su talento haya alcanzado un nivel de perspicacia superior.

 

En sus novelas, Irène Némirovsky ejecuta un indudable ajuste de cuentas con su familia y con el mundo que le tocó, pero no uno mezquino. Se trata de una revancha luminosa que troca la soledad y el dolor en literatura de la mejor estirpe: la que indaga en los claroscuros del ser para comprenderlo mejor. A Irène la estupidez nazi no le permitió contar el pánico de los campos de concentración. Seguramente, con su pluma de narradora maestra y su agudísima visión, habría transfigurado en arte esa infamia, se habría vengado de ella convirtiéndola en piezas narrativas de una belleza terrible y delicada.

 

*Fotografía: ESPECIAL. Irène Némirovsky (1903-1942), narradora ucraniana

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