La maleta de Cunningham

Jun 21 • destacamos, Ficciones, principales • 2177 Views • No hay comentarios en La maleta de Cunningham

 

POR JAVIER GARCÍA-GALIANO

 

En Trieste los recuerdos parecen proceder de otras partes. No sólo del mar. Los tranvías remiten a geografías de otros tiempos. El Jardín Público sugiere una remembranza eterna. En los cafés se reiteran sosegadamente conversaciones antiguas. En el Tergesteo se especula con el futuro de números efímeros. Los edificios de los bancos y las Compañías de Seguros pretenden preservar una magnificencia caduca. Como ciertas palabras, el bora, el viento amenazante que determina sus calles, procede de otras partes…

 

Hubo un hombre en Trieste cuyos recuerdos se hallaban en el oeste. Los había cultivado en revistas que leía clandestinamente en sus años escolares: The Union Jack, Pluck y The Halfpenny Marvel, las cuales le había descubierto Joe Dillon, que poseía una pequeña biblioteca de ejemplares usados. Esos recuerdos se acrecentaban con las películas mudas y los juegos infantiles de indios y cowboys.

 

Dublín también estaba al oeste, pero en Dublín no había cinematógrafos. El hombre de Trieste aludía a Irlanda como “l’isola di santi e savi”, era maestro de inglés en la Berlitz School, blasfemaba sardónicamennte con acento irlandés y deploraba consuetudinariamente de Dublín, ciudad que no dejaba de rememorar y recrear con ironía despectiva en sus pensamientos, en sus conversaciones, en sus cartas, en sus escritos. Había llegado a Trieste solamente con una maleta desde Zúrich, donde debió dejar un baúl con sus pertenencias. También había estado en Pola con esa maleta, de la que entresalían con descuido algo de ropa sucia y diversas prendas de viaje. Sin embargo, sus evocaciones quizá hallaron uno de sus orígenes en otra maleta, que había estado empeñada a un prestamista de Malborough Street, en Dublín, que se llamaba Cunningham y a quien algunos consideraban “un buen tipo” e incluso lo elogiaban.

 

El maestro de inglés no había visto esa maleta, pero sabía de su existencia porque perteneció a su padre que, entre otras cosas, guardaba en ella algunos documentos, como su diploma del Queen’s College de Cork, y una dentadura postiza. Su padre se llamaba John y con frecuencia refería que el primer tenor de la Carl Rosa Opera Company, Barton McGuckin, se le quedaba viendo cuando se encontraban en las calles de Dublín. Mucho después de su muerte, supo que McGuckin lo había oído en un concierto en la Antient Concert Rooms y lo consideraba el mejor tenor de Irlanda. A veces lamentaba haber perdido su diploma del Queen’s College de Cork en la maleta que le empeñó a Cunningham y que nunca intentó recuperar. Hubiera querido llamar John a su hijo, como él, como su padre, pero un estafador dipsómano lo registró con el nombre de James.

 

También en Trieste los acreedores acechaban a James, el maestro de inglés, que era conocido por su proclividad a pedir prestado. Parece que para eso le servía asimismo la palabra. No tenía una maleta que empeñar, como su padre, ni una dentadura postiza. A veces se acordaba de los acreedores que lo aguardaban en Dublín.

 

Había estafado a dos sastres y se propuso diversos negocios como ser representante exclusivo del tweed irlandés Foxford en Trieste —logró vender algunos sacos entre sus alumnos—, como convertirse en tenor, como resolver crucigramas para ganar un concurso de la revista Ideas de Londres. La carta con su solución llegó un día después de la fecha final de admisión. La idea no fue suya, sino de su hermana Eva, que también evocaba Dublín en Trieste, donde sólo el cinematógrafo curaba su melancolía. En Irlanda no existía el cine y James, el maestro de inglés, tenía un amigo esloveno que conocía a los propietarios de las salas Edison y Americana de Trieste. Uno era tapicero y había inventado un sofá-cama; otro, un comerciante en pieles; otro más, un fabricante de paños y dueño de una tienda de bicicletas; a ellos les propuso introducir el cinematógrafo en Irlanda.

 

James, el maestro de inglés, conocía de memoria las calles de Dublín y eligió un local en el número 45 de Mary Street, que daba a Sackville Street, la calle principal de la ciudad, para transformarlo en sala cinematográfica, cuyo nombre, Volta, procedía de otro cine que existía en Bucarest y en cuya primera función se proyectaron, entre otras películas, El primer orfelinato de París, La Pouponnière y La trágica historia de Beatriz Cenci. La incipiente prosperidad del negocio fílmico le sirvió para saldar muchas de sus deudas y para que antiguos conocidos le pidieran dinero prestado incluso en el tranvía. Uno de sus alumnos, que comerciaba con pintura anticorrosiva para barcos y escribía en secreto con el nombre de Italo Svevo, descubrió que en realidad se dedicaba a traficar con el verbo, por lo que lo llamaba Il mercante di gerundi. Como los barcos que se afanaban abundantemente en su puerto, como los recuerdos, como el bora, en Trieste las palabras parecían proceder de otras partes y converger en el irlandés que se llamaba James por error e impartía clases de inglés. Muchas de sus palabras importaban menos una ocurrencia que una invención e iban concadenándose en una evocación infinita. Y a pesar de que sabía de su valor, James Joyce, que empeñaba lo que podía, nunca empeñó su palabra.

 

El idioma que le fue dado a James Joyce también estaba hecho de ecos, de sonoridades, de recreaciones que no han dejado de propagarse por las calles de Trieste, de París, de Dublín, donde se había originado y donde se pretendió eludir y proscribir. Se ha hallado asimismo en Coyoacán, donde un hombre, que en ciertos libros aparece bajo el nombre de Salvador Elizondo, lo invocaba con devoción. Según me confesó al final de una tarde, mientras fumábamos y bebíamos cerveza Guinness en la verandah de su casa, en París, cuando era estudiante, había tenido que empeñar el cartel de la primera función del cine Volta de Dublín, diseñado por James Joyce, para pagar unas deudas. Su padre había sido productor de películas. En una pecera, un par de ajolotes persistían en su ser. En un rincón, había una maleta abierta, en la que creí ver programas de concierto antiguos, boletos usados de tren, un ejemplar del Précis du manuel opèratoire de L. H. Farabeuf, títulos escolares en desuso, un viejo mapa de Dublín y una dentadura postiza.

 

*Fotografía: Joyce en Trieste, 1915./ ESPECIAL

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