La sombra errante o Civitas Dei

Sep 16 • destacamos, Ficciones, principales • 1936 Views • No hay comentarios en La sombra errante o Civitas Dei

 

En este relato, un moribundo en el desierto escucha una voz que lo guía a una ciudad oculta; ahí tendrá un éxtasis donde la locura y lo divino se confunden

 

POR DONOVAN KREMER

Él sufría por haber introducido
figuras descarnadas que se desplazaban en un mundo demente,
y que no podrá convencer.
Georges Bataille

 

Sediento, el hombre caminó unos metros hasta un estanque que observó seco, la tierra era una llaga. ¿Cómo encontrar agua cuando las arenas se extienden por el día y se modifican durante la noche? El calor reducía las nubes hasta agotarlas y las polvaredas ardían en la refriega del viento.

 

¿Cuál es tu nombre?, dijo una voz que se iba apagando por la quemazón del desierto. El hombre pensó: es una ilusión; luego pensó: las ilusiones sólo pueden verse. Volvió a escuchar, esta vez con claridad, la voz estregando sus oídos llenos de piedrecillas: ¿Hacia dónde te diriges?

 

No le tomó tiempo descubrir que se hallaba ante un círculo grabado en la arena, de cuyo centro hasta llenar la circunferencia corrían trazos, distorsionándose a cada lengüetazo de aire. Quiso que un insecto lo mordiera. Su caballo hacía mucho que quedó sepultado. Quiso regresar al sitio del accidente y correr con la misma suerte que su animal, pero era difícil volver o por lo menos hallar el camino de regreso. Y para qué si de igual forma la sequía lo terminaría de matar; aquí o allá, balbuceó.

 

El viento trajo de nuevo las palabras. El hombre caminó atraído por una línea en el suelo, más bermeja que los otros trazos, y entre dos muros resignados al batir de los años se encontró frente a una estatua gigante. No muy lejos de ella había una inscripción: “Oculta entre los hombres, entre los mundos, está la Ciudad de Dios: el orbe desértico, el cielo desnudo. Basta mirar a través de las espaldas de Aquel”. De la parte trasera de la figura se desprendían dos alas que tocaban con sus puntas una roca enorme. El sol tupido de herrumbre bajaba por las grietas de la pared e iluminaba los ojos de un ángel.

 

Tu nombre es Baruc, ¿por qué huyes?

 

Los recuerdos corrieron en la mente del hombre, veloces, después se alentaron hasta estar estáticos, como cartas arrojadas a una mesa de cristal. Vio su rostro pero no reflejado, su cuerpo dibujado por la edad, y con certeza adivinó las imágenes empañadas por el odio.

 

¡Baruc, baja de la higuera! ¿Cuándo dejarás de actuar como imbécil? ¡Regresa, cabrón, por mi padre que te romperé las piernas! Soy yo y mi suerte, a donde llegue. ¡Eres un maldito anatema!

 

Los granos de arena se tornaron refulgentes con el sol en medio de los muros. Baruc caminó hacia los pies de la estatua y recitó: Al hombre lo hiciste menor que los ángeles.

 

Recordó un pasaje del libro con el que viajaba rumbo a Beerseba: Y lo colocó entre la hendidura de la peña. El hombre vio un hueco entre las dos piernas de la estatua y se dispuso a entrar; el desierto y su fuego se apagaron. Un frío recorría las paredes de la cueva y éstas se ampliaron conforme se internó. La luz del día se hundió de lleno en la oscuridad. ¿De quién huyes si tu sombra no te sigue? Baruc respondió decidido: Somos tú y yo, no falta nadie.

 

Y avanzó extendiendo las manos como si las precipitara al vacío para no dejarse caer en él; por delante notó una mancha verde que luego vio azul, un azul convulso, así lo sintió: la convulsión en la cabeza.

 

—No es esta nieve y el cielo hundido lo que estremecen, es la soledad —rebotó la voz.

 

—Lo merezco, pues no vacilé ante el desierto —dijo el hombre—. Porque hablas desde este encierro, comprendes la flaqueza de confiar en los demás. Sé que tras de mí anochece, pero me rehúso a morir en este sitio.

 

Entonces contempla mis obras, al igual que las estrellas no pueden enumerarse —y las palabras retumbaron.

 

Baruc halló una salida a una bóveda descubierta. De ese hueco se vislumbraba un firmamento incendiado pero tenúe, como la llama de un diablo que muere. Al paso halló una esfera que en un principio le pareció contener la Tierra, pero la Tierra no estaba ahí. Luego creyó ver una rueda y dentro de esa rueda otra rueda, que no eran más que ángeles, ángeles que no eran más que bestias, bestias que no eran más que hombres. Después se asomó el desierto y en el desierto el círculo dibujado en la arena. Baruc tuvo la impresión de estar de nuevo ahí, sintiendo todo el candor de su sangre y el sudor escurriendo por su espalda, mientras veía el grabado que no parecía tener principio ni fin.

 

Se acercó a la esfera pero nada: no había tal grabado, sólo otro engaño: una piedra circular rota de la parte superior. La locura no es un espejismo que se puede disolver, tampoco es enfermar de voces sin identidad, y él estaba ahí padeciendo ambas calamidades. Se arrodilló y permaneció frente al acertijo hecho roca. Comenzó a padecer hambre, le dolió tener que afrontar una muerte a solas. Se desesperó. Volvió el rostro al techo y mientras daba forma a las constelaciones: carros, caballos y dioses en cuerpos débiles, el sonido de la lluvia regó la cueva. Sobresaltado caminó con mayor frenesí guiándose por el tamborear del agua. Creyó escuchar, entre las gotas al estrellarse, el himno que siglos antes un profeta compuso encerrado en una cisterna del templo de Judá.

 

Los caudales no corren como en la época antigua /si me arrojas dejaré de ser /entre estas piedras de la gran ciudad /ahora reducida a polvo /encuentro el rumor de los muertos.*

 

Baruc dio con unas columnas de caliza labrada, y entre un pasillo bien provisto de mármol se acercó a una puerta de madera desvencijada. Entró inseguro —como si el mero hecho de ingresar le privara de nubes, aire y visión que había perdido desde que dio con la cueva—, indeciso a moverse con mayor libertad pese a percibir con la mayoría de los sentidos una cámara amplia. Había luz, una luz desvanecida que saltaba del techo agujerado y de cuyos orificios corría la erosión de un mundo viejo y gastado. Aquí ni el orín ni la polilla se corrompen, creyó haber escuchado la voz, o tal vez era su voz, no supo diferenciar si fue él quien habló lo que pensaba.

 

Lo cierto es que las paredes se desmoronaban al igual que su temple. Había muebles de madera y ornamentos, y al andar por la habitación en algún punto notó aquellos espejos cuarteados, la mayoría verticales. Estaban en una sala pequeña. Baruc al frente de los espejos comenzó a replicarse. Él en desordenadas formas, en indescifrables direcciones. La dimensión de su cuerpo se anulaba frente a otra o se encontraba, se anteponía en todos y en un solo espejo. Decidió concentrar la mirada a la derecha; se movió hacia un reflejo que llamó su atención. La agitación de nuevo le sobrevino, esta vez con mayor temblor. Escuchó pasos y voces, ¿acaso voces desprendidas de los espejos?, trató de adivinar. Pero cómo explicarlo, cómo dar sentido y coherencia a todos esos sonidos que se multiplicaban mientras sus ojos lo observaban: el juicio máximo, el desprecio imprecatorio sin la sentencia de un tercero. Llegó el silencio.

 

Baruc, ya has visto mi rostro —habló la voz.

 

—¿Dónde? —replicó el moribundo.

 

Tú sabes qué continúa para los que han visto mi rostro y

 

—¡Dónde! —cortó con un grito.

 

La cueva se sacudió.

 

—…nadie que lo ha visto vivirá para intentarlo.

 

La lluvia afuera se detuvo. Cargada de una masa metálica, la luna se filtraba por donde el agua bajó en hilos. Los espejos conservaban la imagen de Baruc.

 

Todo este tiempo has estado frente a mí —alguien de los dos repuso.

 

¿Por qué no recuerdo tu rostro entonces? —replicó uno de ellos.

 

Fuiste tú el que acudió a mí, el que atendió a mi voz cuando llamaba en el desierto.

 

—Habría sido mejor la muerte. —La voz de Baruc se alzó entrecortada, como si le faltara el aire. Jadeó para recobrarlo. Le temblaban las manos, sentía punzadas en el vientre, luego un ardor que le subió hasta la garganta, incendiando la súplica que intentó pronunciar con fluidez: —Muéstrate ahora.

 

La boca replicada en los espejos se movía desfasada, anacrónica. Alguno intervino:

 

No quiero quedarme aquí esperando.

 

Tampoco quisiera, pero esta es mi ciudad…

 

Desolada. No hay ningún habitante.

 

Desde aquí he reinado a generaciones, he levantado y destruido imperios.

 

Y para qué tanto esfuerzo si no te muestras, que ellos miren.

 

Jamás reconocerán lo que ignoran, Baruc, como tú en mi recinto acumulando polvo bajo mi sombra.

 

Persistía aún el ardor, disolviendo todo lo que pasaba por su garganta, aire que se ahogaba lentamente, saliva que se diluía en el abismo, un nudo que se aflojaba y dejaba perder, suelto, todo cuanto venía de su cabeza. No puede ser cierto, no puede de ninguna manera.

 

No es verdad que aún vivas.

 

¡Vivo yo!

 

El brazo del hombre se balanceó de atrás hacia adelante y reventó, Baruc, de un puñetazo, el cristal. Quebró todo, las miradas, las voces. Sintió también que algo dentro de él se quebraba. Dio media vuelta y corrió hacia un acertijo. Su paso era acelerado y torpe, pero deseaba salir de ahí. Doblaba a la izquierda, a la derecha, sin la menor arbitrariedad. El trote le inflamó el pecho con estertores sofocantes. Jadeo tras jadeo hasta llegar a una maldita salida. Sí, hasta ver, palpar, sufrir, el fuego del desierto. Pareció mirar un hueco, enorme a la distancia, y mientras se acercó quería achicarse. Por Dios, que sea. La luz le hervía los ojos, aun así continuó adelante y más le hervían y lloró, lloraba por el ultraje de no ser lo que anhelaba. Cuando estuvo más cerca, lo supo, todo estaba decidido, ¿por quién? No importa, lo está, lo estaba.

 

Una ráfaga de arena le golpeó la cara. Baruc se había librado, lo entendía, no regresaría por más palabras que escuchara venir de adentro. Y recordó u oyó, daba igual, una oración: No es esta nieve y el cielo hundido... Fijó bruscamente la mirada arriba y no, claro que no, se dijo mientras el naranja del mediodía le calentó el rostro: No estoy solo. De frente, la tierra arenosa se plegaba inmensa, dulce, el rubor del aire entrecortaba los montículos de piedra. La proyección de Baruc bajo sus caderas viajaba, ligera, errante, retomando la emprendida lejos de la ciudad. El hombre no sudaba más, era un alivio, le aguardaba el destierro de los vivientes.

 

 

 

*Según la tradición hebrea nacida en la época helenista, antes de que los Setenta sabios se reuniesen para traducir al griego el Antiguo Testamento, el rabino Goren Jacobe Izhua confirmó, a través de una carta archivada en el palacio de Darío I, que el Capitán Segundo de los caldeos no halló sino a Baruc hijo de Nerías, secretario de Jeremías, en la cisterna del templo cuando éstos invadieron Jerusalén en el año 587 a.C., y que dentro de aquella el varón de Dios grabó, con sus uñas ensangrentadas, el verso que más tarde fue excluido de uno de los Lamentos del profeta Jeremías.

 

 

Ilustración: Iván Vargas /El Universal

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