La vida y muerte de Gazael

Dic 23 • destacamos, Ficciones, principales • 1570 Views • No hay comentarios en La vida y muerte de Gazael

 

El nacimiento de un niño con la estrella de David y la media luna islámica pone en shock al Medio Oriente, un evento anormal que estimula las rivalidades entre israelíes y palestinos

 

POR ARI VOLOVICH
El humo aún no se había disipado del todo cuando los médicos de la ONU entraron en la cuenca para ser testigos de aquel acontecimiento inexplicable. A pesar de que la cabeza de la mujer estaba separada de su cuerpo tras el estallido de un misil aéreo lanzado por el EDI, no podían declararla muerta dado que su pulso seguía intacto. Esto, descubrieron después, se debía a que el corazón del feto latía por sí sólo y con tal fuerza que irrigaba de sangre al de su propia madre. Tardaron largas horas en poder extraer al portentoso germen humano del útero antes de meterlo en la incubadora y llenarlo de los nutrientes protocolarios.

 

Los médicos no lograban entender cómo el feto pudo sobrevivir a la muerte de su progenitora. Los resultados que volvieron una semana después del laboratorio de Geneva indicaban que este milagro era fruto de una inusitada simbiosis entre el fósforo blanco y los óvulos de la mártir acribillada, perteneciente a la Jihad Islámica: su madre. Para sumarle más elementos de misterio a este evento, la médico en jefe de la ONU, Eugene Van Shpritz, notó que los testículos del neonato estaban marcados con dos símbolos nítidamente trazados: una estrella de David azul y una media luna roja, respectivamente en cada tanate.

 

Naturalmente, el fenómeno no tardó en acaparar la atención de los medios locales e internacionales que operaban en Jan Yunis. El corresponsal de la BBC, obedeciendo la pauta editorial, lo bautizó como “Gazael”. Por más evidente y desafortunado que resultara este apodo, así fue registrado en su acta de nacimiento emitida por la ONU bajo una nacionalidad indefinida.

 

El neonato había logrado polarizar a la sociedad palestina e israelí al instante de que su existencia adquiriera una dimensión mediática. Las facciones más fanáticas y puritanas de ambos bandos unieron sus voces para condenar lo que calificaron era una “aberración a las leyes naturales” cuando no “un error de Aquel”. Los enfermeros desechaban cientos de amenazas de muerte diarias que, dicho sea de paso, superaban de lejos las postales y globos que adornaban su habitación.

 

Consciente del latente peligro que corría la criatura y dado el cariño que le había tomado, la doctora Van Shpritz se apresuró en falsificar un acta de defunción dirigida a los medios de comunicación y tramitó los papeles de adopción a través del aparato burocrático de la ONU. La condecorada cirujana renunció a su cargo y a su profesión para llevar a Gazael a un lugar seguro: a su natal Rotterdam. A partir de ese momento, Van Shpritz se consagraría de lleno a la tarea de tutelar a la cría hasta que ésta cumplió los seis años de edad, tiempo que, de acuerdo con el criterio de la doctora, era el necesario para que su existencia se haya ganado el desinterés mediático.

 

Como era de esperarse, el psicodesarrollo de Gazael tuvo su vasto catálogo de contratiempos. Pasó largos meses en observación en los mejores hospitales de Holanda, bajo la atenta supervisión de su tutora y madre adoptiva. Y es que el infante mostraba claros rasgos de personalidad autodestructiva. Tenía el reflejo, por ejemplo, de golpearse ambas sienes a puño cerrado ante el menor indicio de estrés y una afinidad desmesurada por el peligro. Su amor propio era igualmente proporcional a su baja autoestima: un día podía proclamarse el rey y amo de su salón de clases ante sus compañeros y al otro amanecer en posición fetal debajo de su edredón.

 

Este comportamiento se exacerbaba, aunque de manera inconsciente, en ciertas fechas clave del conflicto árabe-israelí. Un ejemplo claro de esto eran los 14 de mayo, día de la independencia israelí y, consecuentemente, del Nakba (la catástrofe) palestino. En estas fechas el comportamiento de Gazael se volvía más errático que de costumbre. Pasaba del júbilo absoluto a la depresión más insondable en un pestañar de ojos. Su ya de por sí marcada ciclotimia se antojaba intratable.

 

El primer día de independencia, cuando apenas cumplía un año de edad, Gazael extrajo un bisturí para infligirse heridas en su muslo. En el momento en que la doctora Van Shpritz lo encontró, el neonato estaba sentado en un charco de su propia sangre esbozando una sonrisa por demás turbia mientras que una sola lágrima escurría por su pómulo. Después de todo, la dualidad de su ser sólo podía resultar en un masoquismo innato: su autodestrucción era motivo de dicha y tormento. A partir de ese día, Eugene no tuvo otro remedio más que sujetarlo con un chaleco de fuerza en la referida fecha.

 

Además, su mala conducta en el ámbito escolar obligaba a la pobre doctora a presentarse en la oficina del director al menos dos veces por semana. El último incidente le ganó la expulsión de una de las escuelas más incluyentes y tolerantes de Rotterdam. Gazael, tras adueñarse del arenero, proclamando su derecho divino a “esa tierra”, se vio asediado por un grupo de niños quienes lo confrontaron con palos y piedras, lo que resultó en una trifulca que mandó al hospital al hijo del embajador griego con tres costillas rotas y una retina desgarrada.

 

A pesar de que apenas cumplía sus 52 años, Eugene tenía el aspecto de una anciana tras doce largos años de haber asumido la maternidad de Gazael. Para sumarle más tormentos a su existencia, la reputación que precedía a su hijo hizo que ninguna escuela en toda la Unión Europea estuviera dispuesta a aceptarlo, lo que orilló a Van Shpritz a hacerse cargo de su tutela nuevamente, renunciando a su consulta privada y a su mermada vida social. A pesar de sus mejores esfuerzos por educar al niño que estaba incursionándose en la temprana adolescencia, todo fue en vano. El espíritu insurrecto e indomable de Gazael lo colocaba en las calles de Rotterdam, donde pasaba sus días robando tiendas departamentales, vandalizando automóviles de los vecindarios más lujosos de la ciudad y peleando con las pandillas callejeras en turno.

 

Ya más adentrado en su adolescencia, experimentó un sinfín de descalabros amorosos. Su baja autoestima, sus destellos de grandeza y personalidad autodestructiva, claramente no le rendían buenos frutos en el cuadrilátero romántico. Aunque sí lograba atraer a cierto patrón de chicas con marcadas tendencias suicidas. De los 15 a los 21 apenas sostuvo tres relaciones cortas.

 

Fue justo cuando se separó de quien sería su última pareja que sucedió lo inevitable: una patrulla lo sorprendió robando una licorería para encañonar a Gazael quien, lejos de intimidarse, soltó su motín etílico, se acercó al policía con una parsimonia diabólica y hundió sus nudillos en su mentón. El agente que permanecía de pie pidió apoyó y pronto Gazael estaba rodeado de los esbirros de la Ley quienes lo apaleaban sin piedad sobre el pavimento. Los videos que los transeúntes subieron a las redes sociales se viralizaron enseguida. Gazael se mostraba con la misma sonrisa insana que vio su madre con horror aquel 14 de mayo, cuando éste apenas tenía un año de edad, evidenciando así el hecho de que su instinto autodestructivo rozaba con lo erógeno.

 

Van Shpritz entró a toda prisa a la habitación del hospital donde su hijo yacía en un coma de primer grado, justo cuando el médico de guardia pasaba su linterna para buscar una reacción en los ojos color oliva de Gazael. Eugene despidió al doctor y se sentó al lado de su hijo para acariciar su rala cabellera negra. Pasó sus dedos largos por su semblante y su marcada barbilla partida.

 

Los pronósticos variaban según los médicos, pero Eugene sabía que podrían pasar meses sino años antes de que su hijo recuperara la conciencia y que, en el mejor escenario posible, saldría con un daño cerebral manejable. Descorazonada e impotente, la doctora se sumió en una profunda depresión que la mantuvo aislada del ojo público durante los dos años que precedieron al siguiente suceso relevante.

 

Ya sea por un azar del destino o por mera casualidad, el nuevo enfermero a cargo de la higiene de Gazael era originario de Jan Yunis. En cuanto éste se dispuso a cambiarle el pañal, notó los símbolos que tenía marcados en sus testículos y se acordó de aquel reportaje que circuló años atrás. No tardó en filtrar su hallazgo y en menos de una hora un equipo de Al-Jazeera ya se encontraba en las inmediaciones de la habitación para cubrir una historia que había permanecido soterrada en el olvido. El sonriente corresponsal señalaba los testículos de Gazael para dar la orden al camarógrafo de enfocar la estrella de David y la media luna que, dicho sea de paso, no habían perdido nitidez con el transcurso de los años; por el contrario, sus colores se antojaban más vivos que nunca, casi radiantes.

 

En cuanto la noticia impactó el Medio Oriente, los zelotes colonos y los extremistas islámicos exigieron la cabeza de Gazael y la de su madre, por haber ocultado esta “aberración del Creador”. Asimismo, las manifestaciones de árabes e israelíes que se postraron frente a la entrada del hospital cubrían toda la manzana.

 

En cuanto Eugene Van Shpritz se enteró de lo sucedido, despertó de su letargo y viajó al hospital con el objetivo de proteger a su hijo de los medios y del tumulto de manifestantes. Mientras intentaba abrirse el paso entre la multitud, algunos lograron identificarla y señalarla. La primera piedra lanzada pegó justo en el centro de la frente de Eugene, quien presionó su dedo índice contra el punto del impacto para acercarlo a sus ojos y ver la sangre de cerca. Siquiera antes de lograr procesar lo que había ocurrido, los manifestantes ya habían logrado cubrir la humanidad de la buena doctora con rocas.

 

Esto último dio luz verde a la intervención de la policía para esparcir a la multitud y arrestar a los responsables. El parlamento holandés ordenó el envío de agentes del servicio secreto para custodiar el hospital. No obstante, una célula del Mosad había logrado burlar los filtros de seguridad para trasladar a Gazael al Instituto Weizman en Rehovot, Israel, con la intención de estudiar su ADN y así poder explicar cómo un arma diseñada para matar terminó inseminando una vida indeseada.

 

El cuerpo inanimado de Gazael pasó por una serie de pruebas exhaustivas cuyo objetivo era separar la información genética de su madre biológica de la del fósforo blanco para intentar descifrar así lo indescifrable. Sobra decir que los análisis no arrojaron conclusiones contundentes. El genetista a cargo del estudio adjudicó ese “milagro” a un “error divino”.

 

Al margen de la frustración por los resultados inconclusos, decidieron conservar a Gazael en las instalaciones del instituto con la esperanza de que volviera del coma y así poder interrogar su aspecto neurológico, psicoafectivo y, naturalmente, cuestionar sus posturas ideológicas. No obstante, pasaron los meses y el vástago de la guerra permanecía en las profundidades insondables de su inconciencia. Este hecho no impidió que el 14 de mayo, una lágrima solitaria brotara de su ojo izquierdo acompañada de una erección que crecía simultáneamente debajo de las sábanas.

 

No fue sino hasta dos años después que Gazael despertó de su largo sueño. Lamentablemente para los médicos y afortunadamente para él, volvió al mundo de los vivos con un profundo cuadro amnésico, mismo que le impedía recordar sus orígenes y, por ende, sofocaba sus crisis de identidad congénitas. Por vez primera, pudo experimentar el amor propio y la alegría de vivir a pesar de su raída condición física después de casi tres años de inmovilidad absoluta.

 

Tras varios meses de fisioterapia, Gazael logró recuperar su estado, aunque su memoria seguía en constante deterioro. El único recuerdo que seguía intacto era el de su madre. A pesar de que sus médicos le informaron de su muerte en incontables ocasiones, Gazael olvidaba este hecho enseguida.

 

Ya sea por inocencia o por efecto de su temprana senilidad, accedió a dar una entrevista a un periodista del noticiero más visto en Israel y Palestina, en donde su tibieza y nula postura política frente al conflicto generó una enorme indignación en las facciones fanáticas de ambos bandos quienes se apuraron en calificarlo de traidor de sus respectivas causas.

 

Las amenazas de muerte volvieron a acechar su disminuida persona, aunque Gazael permanecía en un estado de despreocupación inalterable, amparado en la placides desmemoriada.

 

El Instituto Weizman decidió darlo de alta al asumir que había perdido todo valor científico y, por ende, no había ningún sentido retenerlo en sus instalaciones, mucho menos considerando la peligrosa atención que atraía su presencia.

 

Y así, sin más, con un pequeño bolso de cuero negro que contenía una muda de ropa, un pijama y un cepillo de dientes, Gazael de pronto se encontraba parado en la acera afuera del instituto. Siquiera antes de que lograra dilucidar un rumbo a su vida, los neumáticos de un Jeep militar se derraparon en el pavimento hasta detenerse frente a él. Dos soldados saltaron del vehículo y condujeron a un pasivo Gazael al asiento trasero en medio de ambos y el conductor arrancó enseguida. Las órdenes habían llegado de los altos mandos. Gazael había sido declarado persona non grata en Israel y debía ser depositado en Gaza.

 

Un voluminoso convoy de tanques de guerra custodiaba al Jeep desde su entrada a Gaza hasta llegar al cráter donde los médicos de la ONU lo habían extraído del vientre de su difunta madre años atrás. Bajó del vehículo junto a los soldados quienes lo condujeron al interior del cráter que le dio vida. Dócil y sonriente, Gazael se despidió de los soldados y de los tanques que desaparecieron detrás de una espesa estela de tierra y humo.

 

Permaneció inmóvil y sin soltar el bolso de su mano, estudiando su entorno con la mirada cuando de pronto sintió un intenso hormigueo que ascendía de las palmas de sus pies hasta su cabeza. Sin experimentar ningún tipo de dolor físico, su cuerpo se pulverizó y se desvaneció como la arena para desintegrarse y esparcirse sobre la tierra amarilla de su útero antinatural. El Hamás y el Gobierno israelí se apresuraron en adjudicarse la responsabilidad de su inexistencia, tan repentina e inexplicable como su propio nacimiento.

 

 

 

ILUSTRACIÓN: Iván Vargas /EL UNIVERSAL

« »