“Las buenas novelas son políticamente incorrectas”

Ago 29 • Conexiones, destacamos, principales • 5363 Views • No hay comentarios en “Las buenas novelas son políticamente incorrectas”

POR ÓSCAR ZAPATA
@oscarzaga

 

Entrevista con Luis Arturo Ramos

Luis Arturo Ramos (Minatitlán, Veracruz, 1947) es narrador, ensayista, cronista y profesor de la maestría bilingüe en Creación Literaria de la Universidad de Texas en El Paso. Ha publicado cuatro libros de cuentos, siete libros para niños, dos libros de crónica y, con la recientemente publicada, De puño y letra (Cal y Arena, 2015), nueve novelas. Ramos, como se le conoce en la universidad, es un tipo adusto, un profesor severo y un escritor experimentado al que le preocupa la perfección y profesionalización del oficio. Del oficio de escribir, por supuesto. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (1972-1973), donde estuvo bajo la tutela de Juan Rulfo y Salvador Elizondo. De puño y letra, su última novela, es un thriller policiaco que ridiculiza los vicios, pleitesías e intrigas de la política cultural mexicana de la mano de un cínico y nostálgico detective-poeta llamado Bayardo Arizpe. El argumento de la novela es tan simple como incisivo: Orlando Pascacio, laureado y reconocidísimo poeta nacional, deja tras su muerte un manuscrito inédito que contiene ensayos sobre los 19 poetas vivos más importantes de México. Una vez que el manuscrito desaparece misteriosamente, la viuda del poeta decide contratar a Arizpe para recuperar el texto que sacudirá los cimientos de la literatura nacional.

 

¿Cuál es el propósito de esta novela? ¿Cuál es la historia que a Luis Arturo Ramos le interesaba contar?

Por principio de cuentas, como hago siempre, lo que me interesa es contar una historia coherente en la trama, con personajes verosímiles y perfectamente contextualizados espacial y temporalmente. La novela se sitúa en la ciudad de México durante el 2011, el último año del presidente Calderón. Busco crear una trama que sea lógica y coherente en lo concerniente a la secuencia de los eventos. Es por eso que me interesa tanto la novela policial, porque exige una lógica que debo llevar de principio a fin. Y sobre esa lógica es que monto a mi personaje principal.

 

¿Quién es este personaje principal, Bayardo Arizpe, suerte de detective de barriada al que se refieren otros personajes como un “Chérloc Jolms” de alcantarilla y se le encarga la tarea de recuperar el manuscrito inédito de Orlando Pascacio?

Se trata de un detective-poeta de segunda división que además es tallerista literario y se gana la vida vendiendo libros, al mismo tiempo que es contratado para descubrir adúlteros o cobrar cuentas. Es un personaje que vive fuera de su tiempo: se niega rotundamente a usar celular o computadora; vive inmerso en ese romanticismo que impide usar tarjeta de crédito para no volverse parte del “sistema”. Es el último bolchevique. Junto con su grupo de “Los Lapidarios” representa esa postura romántica frente a la vida, una última trinchera de resistencia frente al poder.

 

¿Quiénes son o qué representa este grupo, La Hermandad de los Lapidarios?

Son los amigos de Bayardo. Es un grupo de poetas “competentes” a los que les interesa no tanto el poder, sino el prestigio. Sin embargo, esta “competencia poética” pasa absolutamente inadvertida debido al desconocimiento de su obra en el circuito literario. Es el gran problema de muchos escritores… me incluyo. Son esos que se preguntan, ¿por qué ese cuate y yo no, si no soy tan malo o al menos soy tan malo –o tan bueno– como otros que sí figuran? Esto, en el contexto de un país donde se lee en promedio menos de un libro al año, te habla del poder que tienen los intelectuales.

 

Los Lapidarios son esos poetas que se reunían en las cantinas situadas en un extremo poniente de La Alameda, cantinas jodidas que olían orines a la salida del metro Hidalgo. Los Lapidarios representan a esos hombres que, de alguna u otra manera, murieron en la raya. Gente que, a lo mejor por arrogantes o por escrupulosos, se negaron a dar ese último paso que los doblegaba frente al poder. Gente que no estaba dispuesta a hacerle la barba a nadie con tal de figurar, tanto en lo literario como en lo político. Son esos hombres que tuvieron la posibilidad de detentar el poder y decidieron rechazarlo por sus convicciones políticas. Me molesta mucho el encarnizamiento contra el pasado mexicano, contra aquellos que desde su literatura estaban comprometidos políticamente. Nada de que eso no sirvió, discúlpame pero no es cierto. Hubo gente dignísima, la hay todavía, que a la mejor por ingenuos, o por escrupulosos, se negaron a ceder frente al poder. En la novela lo que trato de rememorar es esa época en que tu posición política o tu ideología de alguna manera condicionaba ciertas prácticas, las poéticas incluidas.

 

La novela se adentra en ese maneado y siempre polémico tema sobre la relación entre los intelectuales y el poder. ¿Qué de esa relación es lo que le interesa señalar?

Pues en la novela se aprecia bien: cuando Orlando Pascacio estornudaba, “el presidente telefoneaba para desearle ¡Salud!”… aunque no hubiera leído uno sólo de sus libros. Esta relación tan peculiar y sui generis no se da en muchos países, sobretodo en los países del primer mundo. A Obama le tiene completamente sin cuidado lo que piense, si es que todavía vive, Gore Vidal y jamás se le ocurriría preguntarle lo que opina sobre la construcción de una nueva línea del metro en Nueva York. Pero en México sí ocurre y ha ocurrido desde siempre. Existen los intelectuales que de alguna forma ayudan a construir la fachada que legitima al poder, después vienen las canonjías que emanan de este poder político-literario: puestos, prebendas, publicaciones, invitaciones, viajes, magníficos sueldos…

 

Un amigo mío que es crítico literario, muy buen crítico por cierto, me dijo que un gringo estaba haciendo una antología de cuento mexicano y quería consultar no tanto a los “voceros”, sino “otras fuentes”. El gringo, quien ya había hecho varias antologías, fue a verme y me contó: “en algunos países de Latinoamérica me han ofrecido dinero para aparecer en las antologías, pero solamente en México me han ofrecido dinero para que otros no aparezcan”. Eso te habla de la muy peculiar relación que existe entre el poder y la literatura en México.

 

Si la novela se monta sobre la premisa de la desaparición de un texto escrito por Orlando Pascacio, excelso poeta y reconocidísimo hombre de letras, y cuyo contenido sacudirá los cimientos de las letras nacionales, es ineludible que la referencia podría ser a Octavio Paz. Sin embargo, si nos apegamos a la temporalidad, usted dice que la novela sucede en 2011 y Paz murió en 1998.

Podría, solamente podría. Más que una figura, porque nunca aparece vivo, Orlando Pascacio es una sombra que permea el tiempo objetivo de la trama. Más que una persona es una categoría. Representa una mezcla de muchos intelectuales, con una gran capacidad, sin los que creo no se entendería –y esto es un lugar común– la literatura mexicana. Pero no necesariamente se trata de Paz. Su físico no es el mismo. Hay una insistencia en que Orlando Pascacio es un mestizo que, inclusive, se fabrica una familia trasatlántica en un intento de reconstruir su imagen y su origen. Se cuela ahí la cuestión del racismo: se casa con la rubia y como no puede tener hijos alquila sobrinos güeritos. Lo que me interesa es el concepto, la categoría. Hay montones de intelectuales, de mucha calidad, mucha prosapia, de gran inteligencia, que vivieron las turbulentas o mansas aguas de la política mexicana cruzando el pantano sin mancharse, pero dando muchísimas concesiones al poder. De ahí el argumento principal: por expresos deseos de Pascacio, este libro tiene que aparecer después de su muerte porque no van estar todos los que son, ni son todos los que están. Con todo lo que ello implica. Tú no puedes decir que fulano es un pésimo poeta porque está colocado en cierta jerarquía del poder y obviamente habrán repercusiones de índole política.

 

Sobre la temporalidad, qué bueno que me haces esa pregunta. Se habla del PRI agazapado y a punto de regresar al poder, se menciona el caso de la desaparición de la niña Paulette en 2010, cuando en el homenaje el presidente se acerca a la viuda Pascacio se describe a un hombre chaparrito con gestos de tendencia militar –es la efigie de Calderón–, se alude a que la política cultural está tomada por neocristeros. Por todos estos elementos que menciono, el tiempo se corresponde con el año 2011 en la Ciudad de México. Espero que el lector no se vaya con la finta de que, por las iniciales, Orlando Pascacio se refiere directamente a Paz. Es una categoría construida a partir de las figuras y los recuerdos de muchos intelectuales que de alguna manera tuvieron que caminar junto al poder para mantener sus prebendas y que ocultaron sus verdaderas opiniones acerca de lo que era, en este caso, la literatura.

 

La personalidad de Bayardo Arizpe y de sus amigos Los Lapidarios, su ideario político, el bar en que se reúnen, la reticencia al uso de la tecnología, todo parece indicar que se intenta rememorar nostálgicamente los viejos tiempos de una intelectualidad politazada, de recuperar un México que ya no es la norma.

Por supuesto, no es la norma. ¿Quién anda sin celular, quién no escribe en computadora? Los Lapidarios se reúnen en un bar donde la gente todavía usa sombrero y pañuelo. Para Bayardo la Ciudad de México es solamente los cuatro cuadrantes que forman la intercepción de Insurgentes y Reforma, no conoce ni le interesa conocer Santa Fe o Polanco. Los Lapidarios son unos locos, rojos, trasnochados, absolutamente anacrónicos, pero también personajes queribles y entrañables. Gente que aún canta La Internacional. Representan ese mundo que ya se ha ido pero que a mí me interesa recrear porque aún hay vestigios, rémoras, monumentitos que quedan de ese viejo México que era y ya jamás volverá a ser. A mí me ocurrió: en el entierro de Revueltas, Juan de la Cabada exhorto a que los asistentes cantaran La Internacional, pero todos medio la tararearon porque nadie se la sabía. Bayardo, este detective-poeta que aún escribe a mano, representa eso que ya va quedando atrás. Y lo que es peor, lo sabe. La primera víctima de su ironía es él mismo. Bayardo simboliza la fidelidad a un pasado que ya no es. A la gente que somos nacidos en los años 40 y 50 todavía nos llegaban las emanaciones de un pasado revolucionario. Yo crecí y me eduqué con maestros que eran refugiados españoles: viejos que al tercer trago ya te estaban cantando las canciones del Quinto Regimiento. La novela está plagada de guiños que a la gente joven le pasarán inadvertidos, pero que los de mi edad espero entiendan. Ese mundo politizado ya está perdido, pero me interesaba recuperar algunos de sus vestigios.

 

¿Podría ser que esa falta de pericia, o incapacidad para adaptarse a los tiempos modernos, sea la razón por la que Bayardo no puede integrarse a ese mundillo literario del cual reniega, pero al mismo tiempo aspira?

Creo que todos los escritores aspiramos a tener reconocimiento y prestigio. El problema aquí es qué estás dispuesto a hacer para obtener ese prestigio. Yo no dudo que grandes narradores, con una gran calidad, tengan fama. Pero también hay otros donde no necesariamente se cumple esa ecuación, donde la fama no corresponde con su calidad literaria. Y también a la inversa: hay grandes escritores que jamás trascendieron o serán reconocidos. Y sí, se trata de una batalla perdida, de esa “incapacidad” como tú la llamas –lo acepto– de adaptación. Pero quizá la razón sea, también, hasta una especie de soberbia, como diciendo “yo no necesito de eso”. Bayardo piensa que a la mejor Angelita (devota mujer de letras, fiel secretaria del difunto poeta Pascacio y una de las posibles sospechosas del robo) oculta el texto porque se niega a que se comercialice un objeto que para ella es sagrado, es decir, se trata ni más ni menos que del colosal poeta nacional señalando quiénes son los poetas mexicanos vivos más importantes.

 

Llama la atención que Bayardo sea poeta y no narrador. Me parece que el personaje funciona como símbolo de un tipo de escritor mexicano que ya no existe o está a punto de desaparecer.

En un país donde no se lee, dedicarse a la poesía es una apuesta por el todo. El narrador tiene más posibilidades de supervivencia que el poeta. La poesía o es buena o no es. La prosa puede ser como la pintura abstracta, puedes cometer un poco de charlatanismo y salir airosa. Bayardo es un cínico que se burla de todos, de sí mismo y de la situación, porque en el fondo aún alberga legítimas aspiraciones de ser reconocido como poeta. No podría ser detective sino fuera cínico. Bayardo sabe que las posturas extremas ya no son posibles ante las condiciones objetivas de la realidad.

 

¿Estaría de acuerdo en que De puño y letra es una novela políticamente incorrecta?

Yo creo que todas las buenas novelas son políticamente incorrectas porque tratan de reflejar el mundo a través de personajes que no son perfectos, sino a través de hombres como nosotros, con aspiraciones, con miedos, con vergüenzas. El verdadero logro de una buena novela es que el lector pueda ver el mundo desde esa particular perspectiva.

 

 

*FOTO: Entre otros reconocimientos, Luis Arturo Ramos ha recibió los premios de Narrativa Colima-INBA en 1980 y el Premio de Ensayo Literario José Revueltas en 1989/Héctor Vicario.

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